¿Has pensado alguna vez en la muerte? Seguro que sí. Probablemente alguna vez de forma banal. Quizá hayas pensado en ella como algo remoto. A veces, sin embargo, te la habrás imaginado como algo casi tangible. Palpable.
Lo cierto es que muy pocas veces habrás logrado dar con una respuesta a cualquiera de las preguntas que te han rondado la cabeza. En Calperro, todos y cada uno de sus habitantes habían pensado en la muerte y, dependiendo de la persona, quizá lo más acertado habría sido decir que habían pensado en La Muerte.
Aquel casi —casi— podría haber sido un día cualquiera. La gente había recorrido la carretera, en coche o a pie, para hacer la compra. Había cocinado y, si es que acaso la tenían, se había reunido con sus respectivas familias para conversar durante la comida después de cocinar. Algunos pasaron la tarde tumbados en el sofá, con el mando de la tele en la mano y la vista clavada en una pantalla titilante. Fue un día especialmente caluroso. Había moscas calcinadas en los alféizares de las ventanas y la brisa mecía las ramas de unos árboles de color verde brillante. Un día normal.
Pero aquel día, La Muerte había hecho una visita al pueblo. Ya no parecía lejana. Su presencia aleteaba como los mosquitos en verano y batía con bravura a quienes habían presenciado aquella tragedia.
Una casa ardía en llamas. Un grito hendía el aire y lo rompía en mil añicos.
Las ventanas habían estallado y los fragmentos brillantes refulgían en el suelo al amparo de quienes los pisaban para asomarse, obscenamente curiosos, con el fin de averiguar lo que había sucedido. La noche traía consigo misma un centenar de estrellas; la muerte, un millar de corazones rotos.
Había tres coches patrulla y dos ambulancias. Se había conseguido rescatar un cuerpo de entre los restos chamuscados de la casa y el fuego comenzaba a extinguirse a un ritmo cada vez más rápido. Dos mujeres y un hombre salieron de la puerta delantera de la casa con un bulto entre sus brazos, que colocaron sobre una camilla y taparon con una bolsa de plástico negra. ¿Era aquello La Muerte? ¿Era el fuego? ¿O eran todas las personas que, afanadas por enterarse de lo sucedido, clamaban y aullaban pidiendo explicaciones?
Quizá La Muerte era la gente que fingía aflicción para compadecerse de una persona cuya identidad todavía no conocían, o quienes realmente estaban devastados ante la tristeza y brutalidad de la situación, aun sin importar quién se hallase en la camilla.
La respuesta podía parecer tan evidente que jamás nadie se replanteó formularla.
Fuera como fuese, la noticia sacudió los cimientos de Calperro hasta resquebrajar una calma que hasta entonces había parecido inquebrantable. Se acercaban furgones repletos de reporteros que comenzaban a sacar las cámaras para plasmar de forma indefinida la tragedia que nunca nadie olvidaría allí.
No hubo más heridos. Nadie más había muerto.
Casi una hora después —con las llamas ya extintas— la multitud comenzó a dispersarse. Alguien entre las decenas de personas seguía gritando. La policía preguntaba y el grito ahogaba cualquier intento de respuesta.
Dos horas después, los cimientos derruidos de aquella casucha de madera y piedra de color crema seguían vomitando humo.
A la mañana siguiente, la foto de la casa en llamas protagonizaba la portada de todos los periódicos locales, acompañada de un titular sobrio y doloroso, junto a la identidad de la última persona que había pisado aquella casa, y que nunca jamás volvería a conocer el mundo que La Muerte se había empeñado en despedazar.

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