En la ciudad de Nixval, donde los rieles magnéticos flotaban por encima de callejones adoquinados y las nubes se teñían de lila por la energía mágica suspendida en el aire, vivía Kael.
Kael era un zorro antropomórfico de mirada perezosa, pelaje rojizo, y una inteligencia notable que solía desperdiciar en quejas internas y sarcasmo pasivo. No le gustaban las emociones fuertes, las multitudes ruidosas ni mucho menos los trabajos imprevistos.
Su meta en la vida: sobrevivir cada jornada laboral sin que nadie lo fastidiara.
Aquella mañana, Kael dormía profundamente. Estaba enredado entre sábanas desordenadas, vestido con su ya infame pijama rosada de ositos kawaii. Un regalo de mal gusto, pensaba él, pero terriblemente cómodo.
Sobre su escritorio se apilaban libros de magia urbana, tazas con café reseco y un control de videojuegos de edición limitada que, por el momento, estaba a salvo.
La alarma mágica comenzó a sonar con una vocecita burlona:
—¡Arriba, peludo! ¡Es lunes y el tiempo no se detiene por ti!
Kael no respondió. Sólo gimió.
—Zzz… odio existir…
Finalmente, abrió los ojos. Tenía ojeras suaves, cabello desordenado, y una expresión que gritaba “quiero morirme un ratito”.
Se estiró. Bostezó. Se levantó…
¡CRACK!
Pisó el control.
Silencio.
Miró hacia abajo. Las piezas del control yacían bajo su pie, rotas, como un cadáver de plástico.
—¡Mierda! —chilló.
Se quedó parado unos segundos, procesando la tragedia. Luego suspiró profundamente y murmuró:
—Día uno sin voluntad de vivir: otra vez lunes.
Después de vestirse con su camisa gris, sus pantalones flojos y su eterna bufanda azul oscuro (porque según él, el frío siempre está en el alma), salió del departamento.
Mientras bajaba las escaleras, cruzó a la señora Muri, una hurona anciana con bigotes encantadores.
—¡Kael! Hoy hay una lectura pública en la plaza. ¡Van a recitar poesía de dragones!
—Prefiero que me devore uno —respondió sin detenerse.
El archivo central de Nixval era un edificio viejo, rectangular y triste, escondido entre un café flotante y una tienda de talismanes. Allí trabajaba Kael como ayudante de archivo, lo cual sonaba más elegante de lo que era. Su trabajo consistía en revisar libros polvorientos, clasificar documentos mágicos y no meterse con objetos sellados.
Entró al vestíbulo. Lo recibió el aire estancado y el sonido metálico de E13, el golem de recepción.
—Buenos días, Kael.
—No son buenos. Es lunes.
Caminó hasta su escritorio. Antes de que pudiera sentarse, una voz lo sorprendió.
—¡Kael! —gritó su jefe desde el fondo del pasillo.
Kael se encogió un poco.
Era él. El director del archivo: el señor Gravos, un tejón de voz grave, mirada severa y bigote mágico que flotaba como si tuviera vida propia.
—Ven conmigo. Tenemos una misión de campo.
Kael parpadeó. —¿Perdón?
—Vamos al museo. Van a trasladar una sección privada a los archivos y necesitan un evaluador neutral.
—¿Y yo soy neutral?
—No. Eres barato. Vamos.
El museo de artefactos mágicos de Nixval era una mezcla entre un castillo medieval y una estación espacial. Techos de cristal, columnas vivas y exposiciones flotantes. Kael detestaba el lugar. Olía a incienso raro y niños hiperactivos.
Mientras caminaban por el pasillo de arte antiguo, Kael no dejaba de quejarse mentalmente.
"¿Por qué no enviaron a Lior? ¿O a Juna? ¡Yo ni siquiera sé catalogar arte maldito!"
El director lo llevó a una sala sellada. Al abrirse, el aire cambió. Polvo de siglos bailaba bajo la luz encantada. En el centro, sobre un pedestal cubierto con tela roja, había un extraño jarrón.
No tenía etiqueta. Solo runas antiguas.
—Quieren que confirmemos si esto tiene valor histórico o solo es decoración de culto —dijo Gravos.
Kael lo miró con escepticismo.
—¿Y si explota?
—Entonces descubriremos si tiene valor.
Kael suspiró. Se acercó al jarrón. Lo tocó.
Y en ese instante, la habitación tembló.
La tela se voló. El jarrón brilló con una luz morada intensa. Las runas se activaron.
Kael retrocedió.
—¡Oh no, oh no, oh no—!
¡BOOOOM!
Una nube de humo púrpura lo envolvió. Una carcajada retumbó en las paredes.
—¡AL FIN LIBREEEEEE!
Del jarrón emergió una figura alta, flotante, con ojos brillantes y una túnica giratoria: un genio mágico de energía pura y demasiado carisma.
—¡¿QUIÉN OSA ROMPER MI SUEÑO MILENARIO?!
Kael levantó una mano con miedo.
—Fui yo, pero fue accidental. Estaba cumpliendo órdenes. Puedo firmar un formulario de disculpa.
El genio lo observó detenidamente… y luego sonrió.
—¡Felicidades, zorro patético! ¡Has sido elegido como el nuevo portador de la carga sagrada!
—¿La qué?
—¡Serás el próximo gran HÉ—!
—¡No! ¡Detente ahí! —interrumpió Kael con firmeza, alzando una mano—. No digas esa palabra.
—¿Hé...?
—¡¡NI LO INTENTES!!
El genio lo miró, confundido.
—Pero... así funcionan las maldiciones dramáticas.
Kael suspiró.
—Mire, señor humo parlante, yo sólo vine a trabajar. No quiero aventuras. No quiero profecías. Sólo quiero volver a mi silla, tomar café frío y seguir archivando como el ciudadano mediocre que soy.
El genio parpadeó.
—¿Y si te digo que si no aceptas, el jarrón se rompe y el mundo se inunda de sombras?
—¿Y si te digo que eso suena a un problema para alguien con más motivación?
—¡Kael! —gritó su jefe desde el pasillo—. ¿Qué está pasando allá?
Kael miró al genio.
El genio lo miró a él.
—¿Puedes volver al jarrón un rato? Prometo no tocar nada esta vez.
—Mmm… no. Las reglas mágicas dicen que ya activaste el vínculo. Estás marcado.
Kael cerró los ojos.
—Día uno como recipiente maldito de un genio: también es lunes.
Kael es un joven zorro con gafas, guantes y cara de fastidio permanente. Vive tranquilamente trabajando como archivista en la ciudad de Nixval, un lugar donde la magia y la tecnología conviven… más o menos. Le gusta el silencio, el orden y su rutina aburrida. Pero todo cambia cuando, por un accidente ridículo, activa sin querer un artefacto ancestral: la Marca del Héroe.
Ahora es el "elegido" para salvar el mundo. ¿Salvarlo de qué? ¡Ni él sabe! Lo único que tiene claro es que no quiere hacerlo. Odia los combates, odia la fama, y sobre todo, odia que le digan qué hacer. Pero el destino no acepta un "no" como respuesta.
Acompañado por un grupo tan disfuncional como él, Kael se verá obligado a enfrentarse a monstruos, conspiraciones y a sus propios demonios… mientras intenta encontrar una forma de librarse del estúpido título de “héroe”.
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