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Only the Crown Remains

The Whispers Beyond-Prólogo pt1

The Whispers Beyond-Prólogo pt1

May 19, 2025

El reloj de pared del laboratorio marcaba las 21:47 cuando el correo cifrado entró por la línea segura.

Thomas no lo notó de inmediato. Estaba solo, como casi todas las noches de esa semana, revisando por enésima vez los espectros de reflectancia de una muestra lunar traída en la misión Artemisa IX. Un residuo sin valor, según todos, pero él había aprendido a desconfiar de los consensos.

Fue el zumbido breve del canal prioritario lo que le hizo alzar la vista. Un mensaje en rojo parpadeaba en la terminal: CÓDIGO NIVEL 4.

Frunció el ceño, apartó el café —ya frío— y aceptó la solicitud de autenticación biométrica. Solo entonces apareció la cara cansada de María Leclerc, directora del Goddard Space Flight Center y su jefa irecta.

—Thomas —dijo, sin rodeos—. Tenemos algo. Un impacto.

Él alzó una ceja.

—¿En qué parte?

—En la Antártida Oriental. Un punto ciego al parecer. Entró sin ser detectado. No sabemos cómo.

Radek parpadeó. Eso no pasaba. No a estas alturas del siglo XXI.

—¿Dónde exactamente?

—Cerca del Domo Argus. Pero... las lecturas no cuadran.

En la pantalla, ella envió un paquete de datos. La firma espectral apareció con lentitud: líneas anchas, distorsionadas, con picos en rangos que Thomas jamás había visto. Algo crudo y profundamente errático en esa gráfica lo hizo fruncir el ceño más de lo habitual.

—¿Esto es real?

—Confirmado por dos satélites. El objeto tiene más de cien metros de longitud. Parte se enterró, el resto está expuesto. Impacto contenido. Pero hay algo más.

—¿Qué?

María dudó. Eso lo alarmó.

—Los sensores... detectaron otras anomalias. Algo en el material parece generar energía de forma... sostenida.

Thomas se incorporó en su silla. Su voz salió más baja de lo que planeaba:

—No te estoy entendiendo.

—Yo tampoco lo entiendo. Necesitamos que vengas, Thomas. Te quieren en la sala de reuniones.

Él asintió lentamente. Luego, al ver que la transmisión no se cortaba, preguntó:

—¿Qué más no me estás diciendo?

María suspiró. Sus labios se tensaron antes de hablar.

—Los chinos detectaron la firma también. Y su estación Kun Lun está... destruida. La onda expansiva la arrasó.

Un silencio espeso cayó entre los dos.

Thomas bajó la mirada a la gráfica una vez más. El espectro seguía allí, como un secreto antiguo mal enterrado.

El eco de sus pasos acompañaba a Thomas mientras cruzaba el pasillo iluminado por luces frías, aún con su bata puesta. Afuera, el cielo de Maryland se teñía de azul profundo, el tipo de noche en que todo parece suspendido.

Al llegar, dos guardias uniformados flanqueaban la puerta. Uno de ellos asintió en cuanto lo reconoció.

—Puede pasar, doctor.

La puerta automática se deslizó con un leve susurro. El interior estaba más oscuro de lo habitual, apenas iluminado por las pantallas encendidas y una tenue luz ámbar sobre la mesa central. Un grupo de hombres ya lo esperaba.

Reconoció al instante al director de la NASA, Michael Halvorsen, sentado a la derecha. Habían coincidido en tres, quizás cuatro reuniones técnicas en el último año, intercambiado correos y saludos cordiales. Siempre educado.

A excepción de su jefa, los demás eran desconocidos para Thomas... excepto uno. El hombre que estaba de pie al extremo de la mesa, dando indicaciones con voz medida pero firme, tenía un rostro familiar. Cabello corto, perfectamente peinado. Mandíbula cuadrada. Thomas sintió un leve nudo en el estómago: ¿Es él? ¿El Secretario de Defensa... en persona?

—Doctor Whitman —dijo el hombre, sin titubeos, girándose hacia él—. Gracias por venir. Tome asiento.

Thomas obedeció en silencio, lanzando una última mirada al director Halvorsen, quien le respondió con un gesto leve, casi como disculpándose por lo que venía.

—Iremos al grano —continuó el hombre que Thomas creía haber visto en televisión—. Nuestros sensores detectaron una anomalía en el sitio de impacto en la Antártida. El núcleo del cráter, que creíamos fragmentado, está intacto. Lo que hay allí... no es una simple roca.

Una pantalla se encendió al fondo. Imágenes satelitales, térmicas, fluctuaciones de campo magnético. Al centro: un cristal translúcido, brillando ligeramente en múltiples colores, apenas visible bajo el hielo.

—Estamos observando patrones inusuales en nuestros instrumentos. Oscilaciones que no tienen explicación meteorológica ni tectón

—Queremos que lo vea usted mismo, doctor Whitman, como Jefe del Departamento de Vigilancia y Estudio de Objetos Cercanos a la Tierra, es la persona ideal para asesorarnos —retomó el hombre que dirigía la reunión—. El avión estará listo pronto. Sale a primera hora desde la base de Andrews. Volará con un equipo técnico reducido, pero completo. Y contará con una pequeña unidad del ejército para acompañarlos. Por protocolo.

—¿Protocolo para qué? —preguntó Thomas, sin ocultar el escepticismo—. ¿Esperan encontrar hostilidad en un bloque de hielo?

—No es hielo lo que nos preocupa, los chinos si —replicó el hombre, con seriedad contenida.

Hubo un silencio breve. El tipo de silencio que dice demasiado.

Thomas bajó la mirada. Procesaba rápido. Las piezas no encajaban del todo, pero algo sí estaba claro: esto era grande. Y estaban asustados.

Le entregaron una carpeta sellada, con su nombre impreso en letras negras. Thomas la sostuvo como si pesara el doble de lo normal. Se puso de pie, cruzando otra mirada fugaz con el director de la NASA. Esta vez, Halvorsen sí le habló, en voz baja:

—Tenga cuidado allá, Thomas. Y no toque nada sin estar seguro.

Al salir, el aire del pasillo se sintió más denso. Una alerta velada recorría el complejo. Thomas caminó hacia su laboratorio sin decir nada, repasando mentalmente lo que llevaría. Una sensación persistente lo acompañaba, casi como un eco interno:

La nieve caía sobre la ciudad como una advertencia tardía. Thomas observaba por la ventana del auto mientras los copos danzaban bajo los faroles, alargados por las corrientes del viento. En la radio, una voz monótona hablaba sobre una perturbación polar inusual, pero él no prestaba atención. Su mente estaba en la conversación de hace apenas unas horas.

—¿La Antártida? —había dicho Ellen, su esposa, sin intentar ocultar la preocupación en su voz—. ¿Cuánto tiempo?

—Dos meses. Tres a lo mucho. Dependerá de lo que encontremos.

Él no la culpaba. Sabía que no era la primera vez que se iba. Había pasado temporadas en islas perdidas en el Pacífico, en los desiertos de Atacama y Arabia. Pero nunca, nunca al corazón blanco del mundo. Y nunca con ese brillo en los ojos que ahora traía.

El brillo de algo que no comprendía del todo. Algo que lo inquietaba y lo fascinaba en igual medida.

Ella lo miró como si no creyera ni una palabra. Thomas, la abrazó con fuerza, sin prometer que todo estaría bien. No era hombre de promesas vacías. Ellen le puso una chaqueta extra en la maleta, a pesar de saber que le darían ropa especial en el centro de operaciones.

—Por si la que te dan no es suficiente —dijo, como excusa.

Respiró hondo. Algo en el fondo del estómago se revolvía como si supiera que esta vez, lo que encontraría al otro lado del mundo no era solo piedra y hielo.

La cabina del Hércules C-130 vibraba con un zumbido grave y constante, el rugido sordo de una bestia mecánica que no descansaba. Thomas lo sentía en los huesos más que en los oídos. El frío se colaba por cada rendija del fuselaje, implacable, como si el avión ya volara dentro del continente helado.

Habían despegado hacía horas. Ahora cruzaban la vastedad blanca del sur, un océano inmóvil de hielo y viento. A través de las ventanillas semicongeladas, sólo se divisaba una planicie infinita, sin relieves ni sombras, apenas una línea entre cielo y tierra que no se movía.

En el interior, el grupo mantenía el silencio propio de los vuelos largos, aunque este no era sueño ni cansancio: era tensión. Todos sabían que no estaban yendo a una expedición rutinaria. Thomas, menos que nadie.

Frente a él, sentado con la espalda recta como una lanza, Scott Hawthorne, Director de Innovación en Materiales Avanzados repasaba notas en su tablet. Ingeniero del MIT, meticuloso hasta lo enfermizo, le gustaban los datos puros, la certeza del número. Y lo que habían encontrado esta vez, no encajaba con nada.

Más al fondo, un grupo de ingenieros murmuraba entre sí. Uno de ellos —Greene, joven, recién transferido al centro Goddard— soltó una carcajada mal contenida al contar una historia que nadie más parecía querer escuchar. Hawthorne lo fulminó con la mirada, y la conversación se apagó como una vela.

Thomas revisó por enésima vez el informe que había leído antes de partir. El objeto seguía emitiendo una radiación que no correspondía a nada conocido. Las firmas espectrométricas cambiaban ligeramente cada hora, como si el cuerpo se estuviera reconfigurando. No había consistencia. No había patrón. Las palabras que había usado en su reporte eran vagas, y por eso mismo, inquietantes: "fluctuaciones no clasificadas", "valores fuera de escala", "interferencia sin origen definido".

Los sensores no mentían. Pero no decían nada que pudiera entenderse.

Cruzó una mirada con Hawthorne. El otro no dijo nada, pero Thomas supo que pensaban lo mismo. No estaban listos. Ni los instrumentos, ni ellos.

El piloto habló por el intercomunicador, su voz distorsionada por el zumbido del avión.

—Inicio de aproximación al plateau. Descenso en quince minutos. Aseguren todo.

Luces se apagaron. Mochilas se cerraron. El ambiente cambió sin palabras. Como si todos comprendieran que, al aterrizar, las reglas que conocían iban a dejar de aplicarse.

Aferrado al asiento con los cinturones cruzados sobre el pecho, Thomas cerró los ojos por un momento. No para descansar, sino para recordar. A su esposa, al abrazo de su hija antes de salir. Les había prometido que no serían más de dos o tres meses. Una misión técnica, nada fuera de lo normal.

El recuerdo le pesó en la boca del estómago. No porque temiera haber mentido, sino porque empezaba a sospechar que aquello que los esperaba allá abajo no iba a dejarse clasificar, ni medir, ni controlar.

El hielo, afuera, se extendía como una verdad absoluta. Inhóspito, interminable, indiferente.

Y en su centro, algo había caído.

Algo que no debía estar ahí.

El viento los recibió como un muro. Apenas descendieron por la rampa del avión, el aire cortó la piel como cuchillas invisibles, seco, implacable, saturado de partículas microscópicas de hielo que golpeaban el rostro con furia. Thomas entrecerró los ojos detrás de las gafas térmicas, y sintió cómo la Antártida se imponía como una presencia viva. No era sólo frío; era hostilidad.

Alzando la vista, lo primero que vio fue el horizonte blanco, puro y muerto.

Lo segundo, fueron las estructuras.

—¿Qué diablos...?

Los módulos inflables estaban alineados en semicírculo, con antenas direccionales, generadores protegidos, y una torre de observación montada sobre un ensamblaje metálico que no parecía improvisado. No era una base temporal de emergencia. Era una instalación planeada. A conciencia.

Y ya estaba completamente operativa.

Un vehículo oruga apareció desde uno de los lados del campamento, trazando líneas negras en la nieve con sus huellas anchas. Se detuvo a escasos metros del avión. Tres figuras descendieron de él, uniformadas con trajes térmicos blancos sin identificación visible, salvo un emblema circular en el hombro izquierdo: DARPA.

Thomas bajó de la rampa con pasos pesados. El hielo crujía bajo sus botas, los demás lo seguían, intercambiando miradas.

—¿Nos esperaban? —preguntó alguien.

—No que yo supiera —respondió Thomas, con el ceño fruncido.

Uno de los hombres —alto, mandíbula afilada, piel curtida por climas extremos— se adelantó. No ofreció la mano.

—Doctor Whitman. Me alegra conocerlo.

—Usted tiene ventaja. —Thomas mantuvo el tono cordial, aunque frío—. No me dieron su nombre en los preparativos.

—Coronel Nathan Groves —dijo el hombre—. DARPA me asignó como enlace de seguridad para esta operación. Nos adelantamos para asegurar el perímetro y establecer condiciones de trabajo adecuadas.

—Creía que mi equipo sería el único aquí.

Groves ladeó ligeramente la cabeza, sin perder la sonrisa profesional.

—La decisión vino de más arriba. La información fue clasificada durante la fase inicial de despliegue. No era personal, doctor.

Thomas no respondió de inmediato. Sus ojos buscaron entre las estructuras. Personal armado. Estaciones de escaneo. Dos drones terrestres que patrullaban los bordes del campamento. Esto no era una base científica. Era una base militar.

Hawthorne se acercó, susurrando:

—¿Te dijeron algo de esto?

—Nada.

Groves los guió hasta uno de los módulos. Mientras caminaban, Thomas notaba las miradas que los seguían, el orden casi militar del lugar, y cómo algunos técnicos fingían estar ocupados cada vez que él los observaba. No había caos. No había improvisación. Eso, en sí mismo, era preocupante.

Dentro del módulo, una mesa de mapas mostraba una imagen satelital de la zona. Al centro, una marca en rojo: el objeto.

—¿Cuánto han podido estudiar? —preguntó Thomas, con voz baja.

—Limitadamente. Su equipo tiene los instrumentos más precisos, pero lo que tenemos hasta ahora es... desconcertante. No hay cráter visible. El impacto fue absorbido sin dispersión de material. La estructura está semienterrada, pero intacta, sin cráter aparente.

Hawthorne dejó escapar un leve sonido, mezcla de sorpresa y duda.

—Eso no es posible.

Groves se encogió de hombros.

—No lo es. Pero está ocurriendo.

Thomas se apoyó contra el borde de la mesa, sintiendo el peso de la situación hundirsele en el estómago. Todo esto, desde el principio, había sido más grande de lo que le dijeron. Más grande de lo que admitían. Y sin embargo, ahí estaba él, como siempre, empujado hacia el centro sin mapa, sin advertencias.

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Your story reads like a movie — your writing builds scenes so clearly.
Have you considered turning your novel into a short cinematic book trailer? It’s a great way to hook new readers.
I’d love to show you a sample — do you have any socials?

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