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Sed de Sangre

El Viejo Diario

El Viejo Diario

Oct 20, 2022

Era la fría madrugada de un sábado como otro cualquiera, y la capital del Reino de Caramelo se hallaba en calma mientras sus habitantes descansaban. Las luces del imponente castillo que se alzaba en el centro de la ciudad estaban apagadas, todas salvo una, la de los aposentos reales, pues Bonnibel, la joven princesa de pelo rosado, todavía seguía despierta.

La tenue luz provenía de la lamparita que había sobre el escritorio, la joven se encontraba sentada en él, leyendo un antiguo libro mientras tenía la cabeza apoyada sobre su mano izquierda. A pesar de estar en la estación de lluvias, que normalmente solía ser fría, llevaba puesto como pijama una camiseta negra de manga corta con un dibujo un tanto siniestro, y un pantalón corto con un estampado de cuadros rosados.

La lectura que estaba llevando a cabo era de lo más adictiva, y a pesar de estar agotada por el ajetreo que hubo en la corte horas antes, no podía dejar de leer, pues la curiosidad se lo impedía. Al pasar de página, se ajustó las gafas y miró el reloj que había en una de las estanterías situadas sobre el escritorio, dudando entre si seguir leyendo o no. Habían pasado unas cuantas horas desde que empezó a leer, por suerte para ella, no tenía ningún compromiso real al día siguiente, por lo que podía permitirse trasnochar de esa manera. «Solo unas páginas más…», pensó.

El libro en cuestión, era un viejo diario aparentemente escrito por una humana, que aun habiendo estado durante siglos en la antigua biblioteca regentada por la Princesa Tortuga, estaba extraordinariamente bien conservado. La cubierta estaba hecha de cuero oscuro parcialmente desgastado, que sin duda había visto días mejores, pero por suerte, el interior estaba casi intacto, ya que el paso del tiempo sólo había logrado amarillear las páginas.

Era la ocasión perfecta para aprender más sobre los humanos, dado que la especie se extinguió hace siglos a causa de la Guerra del Champiñón, una terrible guerra en la que se utilizó armamento nuclear que devastó el planeta casi por completo. Con un poco de suerte, quizá encontraría pistas del destino que corrieron, pues nunca se supo si lograron salir del planeta o encontrar un lugar que la radiación no hubiese arrasado. Al fin y al cabo, su amigo Finn era humano, y no presentaba ningún tipo de mutación en su cuerpo, algo que despertaba la curiosidad de la princesa.

Tras leer unas cien páginas, empezó a encontrar algunas en blanco. A simple vista las hojas parecían vacías, pero al pasar la mano por encima se podía notar que había una especie de relieve casi imperceptible grabado en el papel. «Me pregunto qué habría escrito, quizás se equivocó, o quizás…», reflexionaba la princesa, mientras las yemas de sus finos dedos se deslizaban por la hoja hasta acabar en el borde del libro, fue entonces cuando se percató de algo extraño, había un pequeño trozo de papel arrugado que sobresalía ligeramente de entre las últimas páginas.

Creyendo que se trataba de un marcapáginas olvidado, abrió el diario por esa página y vio que ese pedazo de papel arrugado y manchado de sangre, era lo que quedaba de una hoja que parecía haber sido arrancada violentamente, pero por suerte, todavía quedaba algo escrito que quizá esclarecería lo ocurrido.

 “[…] ce días que Hunson fue en su busca. He visto a esos bastardos merodeando. No descansaran hasta llevarse a mi hija. Pero esto se acabó, ya me he cansado de huir. He llevado a Marcy a la caravana cercana al viejo búnker para que esté a salvo mientras yo ahuyento a esos malditos. Lamentaran el día en el que se cruzaron en el camino de Elise Abadeer…”

Bonnibel se tapó la boca con ambas manos al leer el apellido de la autora del diario, y mantuvo su mirada clavada en el manuscrito.

—Oh Blios mío, no puedo creerlo, todo este tiempo he… ¡Blios mío! —exclamó, aún no podía salir de su asombro—. Me va a matar, lo sé…

Tras unos minutos sin poder apartar la mirada del antiguo diario, seguía inmóvil y sin saber exactamente qué hacer. Todo ese tiempo había estado leyéndolo sin darse cuenta de que la autora fue la consorte de Hunson Abadeer, un demonio que reinaba en la dimensión de la Nochesfera, y al parecer, también era la madre de Marceline, la Reina de los Vampiros, alguien a quien durante años había tratado de evitar en la medida de lo posible, debido a varias desafortunadas desavenencias entre ellas. Sabía perfectamente que si alguno de ellos se enteraba de que había leído algo tan privado no se lo tomarían nada bien, sobre todo ella. Pero estaba mal guardárselo, no tenía relación alguna con el Sr. Abadeer, no obstante, sabía dónde encontrar a su hija.

Estaba segura de que el manuscrito escondía más información, pero tratándose de esa familia lo mejor era no arriesgarse y entregárselo a la vampiresa. Al fin y al cabo, a pesar de tener mala relación, no podía evitar preocuparse por ella y por su seguridad, pues quizá los seres malvados mencionados en el diario seguían existiendo, y eso significaba que podría haber una posibilidad de que también fuesen una amenaza para la Tierra de Ooo.

Miró el reloj de la estantería, el tiempo parecía haber pasado volando mientras leía, y ya faltaba poco para las seis de la mañana. Sus ojos fueron de un lado a otro de la habitación hasta acabar posándose en su teléfono móvil, podría contarle lo sucedido sin correr peligro alguno, pues lo último que quería era lidiar con dos demonios enfurecidos.

A causa de su mala relación con la vampiresa, hacía años que había borrado su número de los contactos de su móvil, pero recordaba tenerlo apuntado en su vieja agenda telefónica. Tras buscarla por los cajones del escritorio sin éxito alguno, acabó encontrándola bajo una pila de papeles desordenados. Sin embargo, al ir a marcar el número se quedó mirando el teléfono fijamente, dudando, pues no estaba nada segura de si debía exponerse de esa manera, ya que sabía de primera mano lo temperamental que era la vampiresa, por haber tenido que lidiar varias veces con sus ataques de ira a lo largo de los años.

Finalmente, tomó una bocanada de aire, lo soltó lentamente para intentar ahuyentar a los nervios que se habían apoderado de su estómago, marcó el número y esperó, tras nueve tonos saltó el contestador; antes de que acabase el mensaje colgó para volver a intentarlo, pero tampoco tuvo éxito la segunda vez, le resultaba extraño, pues estaba llamando al número de su teléfono móvil. Dándose por vencida, dejó el teléfono encima el escritorio, abrazó sus rodillas y apoyó su barbilla sobre éstas, mientras un mar de pensamientos inundaba su mente. Su mirada permaneció perdida en la nada hasta que notó la fría brisa nocturna que entraba por el gran ventanal, el cual había estado entreabierto durante todo el día, como siempre, una vieja costumbre que por algún motivo seguía arraigada desde hacía años en su subconsciente.

Un leve escalofrío recorrió todo su cuerpo cuando se acercó a cerrarlo, al mirar a través del cristal se frotó ambos brazos para entrar en calor, estaba nublado y apenas se veían las estrellas. Al quedarse contemplando el precioso cielo nocturno, una disparatada idea cruzó sus pensamientos, dado que estaba a punto de amanecer la vampiresa seguramente estaría durmiendo, ya fuese en su guarida o en cualquier otra parte, por lo que sólo tendría que dejar el diario en la puerta de su casa con una nota anónima, así podría matar dos pájaros de un tiro y entregar el diario sin ser descubierta.

Bonnibel sonrió satisfecha por su gran idea y se dirigió a la cómoda para cambiarse de ropa, debía elegir algo que la hiciese pasar desapercibida, así que se decidió por algo cómodo, unos viejos vaqueros desgastados de color azul oscuro, una sudadera morada, una bufanda granate que le serviría para resguardarse de las corrientes de aire helado que habría durante el viaje, y, por último, unas cómodas deportivas por si le tocase salir corriendo.

Al acabar de vestirse, se sentó frente al tocador blanco que había junto a la cómoda, la imagen que se reflejaba en el espejo mientras cepillaba su larga melena, era la de una hermosa joven de rasgos delicados, con ojos de color violeta claro, los cuales realzaban aún más la belleza de su cansado rostro.

Tras soltar un pequeño suspiro, abrió varios cajones del mueble hasta dar con lo que buscaba, pues por algún motivo desconocido las gomas de pelo nunca estaban donde debían estar, e incluso teniendo un cajón solo para ellas el número menguaba con el tiempo, era como si se perdiesen en una dimensión desconocida. Finalmente, acabó haciéndose una coleta alta utilizando una goma morada, la única que había encontrado.

Antes de levantarse, sus ojos se posaron en la tiara real, que descansaba sobre un cojín de terciopelo rojo. Era una pieza exquisita, forjada con metal dorado y engarzada con un zafiro esférico encantado, que proporcionaba protección contra cualquier tipo de presencia maligna. Salir sin ella podría ser arriesgado, pero era un asunto extraoficial y sin duda prefería pasar desapercibida.

Una vez tuvo todo lo que creía necesario, se apresuró en escribir una nota anónima en un trozo de papel, indicando que el libro era de Elise Abadeer, la cual trató de escribir con una caligrafía horrible para asegurarse de que Marceline no reconociese su letra. Seguidamente, metió la nota en el diario y éste en una bandolera marrón, procurando que este estuviese lo más asegurado posible dentro de la bolsa. Caminó hacia el gran ventanal, ya que éste daba al balcón, y desde allí podría llamar a su leal halcón gigante, el transporte más rápido del que disponía. Normalmente, la llamada que utilizaba para que el halcón apareciese, no pasaba nunca desapercibida. Un grito con una tonalidad en concreto, bastaba para que apareciese de la nada y recogiese a la princesa, sin embargo, esta vez debía ser silenciosa, por lo que utilizó un silbato especialmente diseñado para que solo el ave pudiese oírlo.

Tras la llamada, el animal apareció en cuestión de segundos, posándose de forma grácil sobre la gruesa barandilla de piedra blanca, sacudió su cabeza y emitió un graznido corto a modo de saludo. Después de observar unos segundos a la joven, dio un salto y bajó de la baranda, colocándose más cerca de ella.

Mañana, que era como la gran ave se llamaba, era una hembra de halcón gigante de unos tres metros de altura, su plumaje abarcaba varias tonalidades de marrón y sus ojos de rapaz eran negros como el azabache. A diferencia del resto de transportes reales, ella llevaba una tiara dorada que era parecida a la de la princesa y que poseía las mismas propiedades mágicas.

—Siento haberte despertado, pero esto es urgente… —le dijo en voz baja mientras le acariciaba el ala izquierda.

Mañana giró su cabeza hacia un lado al escucharla, dando a entender que no sentía molestia alguna, pues era su deber como transporte real servirla y lo haría a cualquier hora. La princesa sonrió en agradecimiento, seguidamente se encaramó sobre el lomo del gran halcón, trepando hasta situarse detrás de su cabeza.

—Necesito que me lleves a la guarida de Marceline, ¿sabrás guiarte bien de noche? —inquirió mientras se colocaba bien la bufanda alrededor de su cuello.

Mañana, miró hacia atrás y entrecerró sus grandes ojos negros, la última pregunta la había ofendido. No obstante, respondió de forma afirmativa con un largo y agudo graznido. Una vez la monarca estuvo bien asegurada sobre su lomo, brincó colocándose de nuevo en la gruesa barandilla, se dejó caer y segundos antes de llegar a rozar los edificios de la ciudad, abrió sus grandes y majestuosas alas elevándose rápidamente a gran altura.

—Argh… ¡Mañana, Eso no ha sido nada seguro! —exclamó, sobresaltada—. Lo has hecho por preguntarte si sabrías guiarte de noche, ¿verdad? —inquirió, pero la pregunta sólo logró que el halcón la mirase de reojo y emitiese cuatro graznidos cortos a modo de carcajada.

La vista desde esa altura era espectacular, estaban volando por encima de la capa de nubes más baja, las mismas que impedían que la tenue luz de la luna menguante llegase a iluminar el paisaje nocturno. Al parecer, el halcón había elegido la ruta del norte, que era la más corta pero también la más inestable, ya que las corrientes heladas que soplaban por el este, provenían del Reino de Hielo y eran siempre impredecibles. Trataron de encontrar una corriente de aire caliente que les sustentara, pero poco antes de llegar a su destino, una de esas las corrientes de aire frío hizo que descendiesen unos metros de forma brusca. Instintivamente la princesa se agarró fuertemente al cuello de la gran ave para no caerse. Cuando el peligro hubo pasado se incorporó y comprobó si todo seguía en su sitio, por desgracia, la goma que sujetaba su pelo había salido volando a causa de las turbulencias, dejando que el viento fresco hiciese ondear su larga melena al compás del aleteo de su fiel halcón.
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Aria Valanch

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Un viejo diario plagado de oscuros secretos del pasado, alterará la vida de Bonnibel y Marceline, quienes decidirán emprender una aventura para tratar de descubrir la verdad. Pero... ¿a qué precio?
--------------
La historia está basada tanto en la serie como en los múltiples cómics. Esta versión es una reedición de la antigua historia de Sed de Sangre, ya que estaba desactualizada. Espero que la disfrutéis tanto como yo estoy disfrutando reeditándola.

(Todos los personajes salvo los que yo he creado pertenecen a Pendleton Ward).
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