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Cómo sobrevivir a una maldición

Capítulo 2: Perdida

Capítulo 2: Perdida

Nov 24, 2018

Natel exhaló sin poder creer que había tenido esa conversación. Todos los ratos amargos que había tenido pensando en su pleito con Monique habían desaparecido. Por fin, aunque hubiera sido solo por la necesidad de pedir un favor, habían hecho las paces. Entonces, Natel se dirigió a la puerta donde aún esperaba la chica desconocida. Tratando de mostrar la más diplomática de sus actitudes, él la saludó.

- ¿Qué tal? Yo soy Natanael, pero todo el mundo me dice Natel para abreviar. Tu eres Nina, ¿Verdad?

Nina se mantuvo en silencio y se limitó a dirigir su vacía mirada hacia Natel mientras ladeaba su cuello como si no entendiera lo que acababa de escuchar. Después de un momento, asintió con la cabeza, lo que fue tomado por Natel como una respuesta afirmativa.

Él la invitó a pasar a la casa y tras vacilar un momento, ella entró. Nina se quedó parada en medio de la sala de estar con los pies juntos y sosteniendo su gran mochila. Su mirada, que hasta ahora parecía mirar a la nada, se había convertido en un curioso fisgoneo que repasaba cada esquina de la humilde residencia con mucha atención. Este gesto no pareció inspirarle mucha confianza al dueño de la casa.

Una de las cosas que Natel más amaba de su hogar, era su constante silencio y su imperturbable tranquilidad. Sin embargo, en ese momento el silencio se había convertido en una neblina helada que lo impregnaba todo. Por un momento pensó en tratar de abrir un tema de conversación casual, quizá una de esas monótonas y simplonas charlas sobre el estado del clima. Pero pronto recordó que, aunque iniciara una conversación, él no obtendría ninguna respuesta de aquella chica aparentemente muda.

- Sígueme, - Dijo finalmente Natel. – Te mostraré dónde te puedes quedar.

Nina asintió y siguió los presurosos pasos de su anfitrión hasta el pasillo de las habitaciones. Natel abrió la última puerta del pasillo, la que estaba a un lado de su habitación y le indicó a Nina que entrara.

- Discúlpame si el lugar está hecho un desastre, pero como sabrás, realmente no esperaba visitas.

Y ciertamente, al estar desocupada la habitación de huéspedes, Natel la había designado como la bodega de la casa. Sobre la cama había un montón de cajas de cartón vacías y carpetas repletas de papeles que ya no le servían de nada pero que había evitado tirar a la basura por pereza. Levantó todo aquel desastre y trató de acomodarlo de la forma más compacta posible en una esquina de la habitación. Una vez que la cama estuvo libre, Natel se dispuso a sacudir con su mano el polvo del colchón. Mientras él estaba atareado con estas labores, Nina se mantuvo en silencio, contemplándolo sin siquiera ofrecer su ayuda; cosa que molestó un poco a Natel.

Cuando la cama estuvo decentemente limpia, Nina se acercó a ella y se sentó en el colchón. Entonces, abrió uno de los bolsillos de su mochila y buscó algo dentro de ésta. De la mochila sacó un pequeño cuaderno de pastas moradas y una pluma decorada con un simpático osito de plástico en un extremo. Garabateó algo en el papel y entonces le ofreció el cuaderno a Natel. Él tomó el cuaderno y leyó una sola palabra escrita en la blanca hoja: “Gracias”.

Al levantar la mirada del papel, Natel pudo ver que la chica se estaba quitando las botas que llevaba puestas. Quizás se disponía a descansar. La conducta de su inesperada inquilina fue muy extraña para Natel. Ella sin duda no parecía interesada ni en lo más mínimo en comunicarse con nadie. Fue difícil para él decidir si aquella actitud era debida a que Nina era una persona tímida o si era atribuible a su enfermedad.

Hablando sobre su enfermedad… Natel no pudo evitar tratar de imaginar qué clase de mal aquejaba a aquella chica. Su imagen no era ni por poco el retrato estándar de la salud, pero tampoco era como si se viera particularmente deteriorada. Además, estaba el tema de su voz, que era lo que más intriga le causaba. ¿Se trataría acaso de una infección de algún tipo en la garganta?

Sin querer molestar a Nina con su presencia, Natel se despidió secamente y salió de la habitación, no sin antes indicarle la ubicación del baño y decirle que si necesitaba algo podía tocar a la puerta de al lado, donde él se encontraría. Tras dar un par de pasos, Natel se dio la vuelta y nuevamente le habló a la chica.

- Lo siento, olvidé preguntarte, ¿Ya cenaste? Si tienes hambre podría traerte un poco de…

Mientras Natel ofrecía aquella muestra de cortesía, Nina se levantó de la cama y caminó descalza hacia él. Con la mirada fija en dirección a su anfitrión, la chica cerró la puerta de la habitación, dejando a Natel hablando solo con el exterior de la puerta de madera. Con una expresión atónita y algo indignada, se limitó a irse a su habitación sin comprender realmente lo que acababa de pasar. Una vez que estuvo dentro de su cama cubierto con sus mantas, comenzó a dialogar consigo mismo como era su costumbre.

- ¿Qué demonios le pasa? ¿Dije algo malo?

- ¿No será que esa enfermedad de la que hablaba Monique es algo psiquiátrico? – Le respondió su “yo” interior. – ¡Diablos! ¡Acabas de invitar a una psicópata a tu propia casa?

- ¡Cállate infeliz! – Respondió Natel nerviosamente. – Fuiste tú el que me dijo que la dejara quedarse.

- ¿Y por qué me harías caso? Sabes que lo único que hago siempre es molestarte.

- Como sea. No creo que esa chica esté loca o algo por el estilo. Si fuera así, Monique me lo hubiera dicho.

- Mandar a un psicópata a la casa de tu odiado exnovio. Hm… esa chica sí que es brillante.

Sintiéndose más cansado que de costumbre a esas horas de la noche, Natel desistió de intentar tener un diálogo civilizado consigo mismo; por alguna razón ese idiota estaba más hostil con él que de costumbre. Lentamente sus párpados se movieron hasta que sus ojos estuvieron completamente cerrados. Un par de segundos después, fueron abiertos de golpe mientras Natel saltaba de la cama y corría a la puerta de su cuarto para poner el seguro.

Un electrónico y molesto sonido repetitivo rasgó el pacífico silencio que reinaba en esa mañana. Una mano torpe salió de entre las cobijas y tanteó la mesita de noche hasta dar con la fuente del ruido. Tras presionar el botón del despertador, Natel dejó salir un gruñido de molestia y volvió a quedarse dormido de forma descarada tras haber escuchado el despertador. El tiempo transcurrió en silencio nuevamente hasta que, por fin, un relajado y totalmente descansado Natel abrió los ojos y contempló la luz del nuevo día. Dio un último bostezo y dirigió su mirada al reloj. En ese momento, todo rastro de paz interior fue exterminado por completo de la faz de la Tierra. El reloj no podía mentir, se había quedado dormido en día de trabajo.

Soltando un grito de horror, Natel corrió a toda prisa a la ducha y salió de ésta sin haberse lavado el cabello. A toda prisa, buscó alguna camisa limpia en su armario. Tomó un puñado de gel y lo untó en su cabeza para después dar un par de cepilladas con un peine. El resultado fue un peinado que estaba lejos de dar el aspecto “profesional” esperado. Con manos temblorosas y picándose los ojos en más de una ocasión, logró ponerse sus lentes de contacto. ¿Cómo es que se había quedado dormido? Y tenía que pasar exactamente el día que debía reunirse temprano para almorzar con un cliente.

Natel trabajaba en una fábrica de máquinas procesadoras de alimentos. Él se había postulado para el puesto de empleado de mantenimiento y reparación de equipos. Las labores de reparación eran tareas que se le daban bastante bien. Sin embargo, debido a que la empresa contaba con poco personal (En gran parte debido a que su jefe era un avaro), también se le comisionaban de vez en cuando (Al menos tres veces por semana) tareas del área de ventas, como acudir a reuniones con potenciales clientes. Para alguien que prefiere mil veces más trabajar con máquinas que tratar con personas, esto resultaba una verdadera molestia.

Ese día, tenía agendada una reunión con un potencial comprador, un hombre que era dueño de varias cadenas de comida y que planeaba expandir su negocio. El plan era reunirse con él para almorzar mientras le mostraba los equipos que su empresa podía ofrecerle. Las ventas eran algo que entusiasmaban poco a Natel, pero aún él podía ver lo grande que sería poder cerrar un trato con ese sujeto. La cita se había programado para las 9:00 am. Dado que el desafortunado Natel se despertó a las 8:31, su mañana se convirtió en un verdadero frenesí. Saliendo de su casa con una apariencia de “tío borracho” al final de una boda, corrió por la calle estirando el brazo para llamar la atención de cualquier taxi que pasara por ahí.

A las 9:25, maldiciendo al tráfico de su ciudad y a el desafortunado incidente con su despertador, Natel llegó a la cafetería donde se suponía sería su reunión. Al entrar al local, se topó con un hombre regordete con cara de pocos amigos que lucía un frondoso mostacho; el cliente no parecía estar nada feliz con el retraso. Al desafortunado joven le hubiera encantado tener alguna historia que pudiera excusar su impuntualidad, pero en realidad no había nada más que su propia pereza. El mismo Natel se encontraba sorprendido por aquella desventura. Esas cosas nunca le pasaban a él, no se había quedado dormido de forma tan descarada desde hace alrededor de tres años. Y de cualquier modo… ¿Cómo puede alguien que bebe ocho tazas de café al día dormir tanto?

Después de disculparse con el cliente y tener que tolerar la severa mirada de descontento que recibió como respuesta, Natel se dispuso a hacer su trabajo. Tras un poco de charla para aligerar el ambiente (Usando las plantillas de conversación con desconocidos que sacó de “ComoSerUnVendedorParaPrincipiantes.com”), sacó de su maletín el catálogo con los equipos y máquinas automáticas que ofrecía la compañía para la que trabajaba. Tal vez hablar con la gente no era lo suyo, pero sin duda estaba orgulloso de asegurar que podía armar y volver a armar cualquiera de esas enormes máquinas industriales con los ojos vendados.

A pesar de aquella pésima primera impresión, la junta parecía ir por buen camino. El cliente era uno de esos empresarios forjados a la antigua. Su temor y desconfianza hacia la tecnología era evidente. Cada vez que Natel explicaba el funcionamiento de algún moderno equipo automatizado, el pobre hombre se rascaba la nuca y fruncía el ceño totalmente confundido.

- La gente vieja siempre hace lo mismo. Comienzan desconfiando de todo lo que sea “novedoso” para ellos, pero una vez que lo prueban no pueden dejarlo. Creo que actualmente son los ancianos los que pasan más tiempo con la vista pegada a un smartphone que los jóvenes. – Comentó su voz interior. Al menos alguien le hacía compañía.

Mientras el cliente leía las especificaciones técnicas del catálogo (Como si pudiera entenderlas), Natel dirigió su mirada a la calle mientras suspiraba por el aburrimiento. ¿Cuánto más tendría que durar esa maldita reunión? ¡Compre algo o lárguese, maldita sea!

Entonces, una imagen vagamente conocida llamó la atención del aburrido joven. De pie en la acera al otro lado de la concurrida calle se encontraba su peculiar huésped, Nina. Por un momento Natel dudó que realmente fuera ella. Llevaba puesto un gorro de color grisáceo, que no traía el día anterior, pero sin duda la sudadera azul que colgaba de su delgado cuerpo era el mismo que usaba el día anterior. Además, aquellos ojos eran inconfundibles. La indiferente mirada de la chica apuntaba hacia la cafetería. De hecho, si su deficiente visión no le fallaba, estaba mirándolo a él.

Natel esperó un momento esperando ver si la chica iba a algún lado, pero ella se mantenía de pie en el mismo lugar. Sin saber muy bien qué debía hacer, una frase hizo eco en su cabeza: Cuida de ella. Esas fueron las palabras de Monique. Considerando que ignorar a su inquilina, quien parecía estar algo perdida, no sería algo que le gustara mucho a Monique, Natel se levantó de la mesa.

- Discúlpeme un momento. – Le dijo al robusto hombre sentado en su mesa, quien aún seguía leyendo el catálogo. – Tengo que hablar con alguien, no tardaré mucho.

El cliente dio un gruñido que sonó como un “De acuerdo, pero si me haces esperarte media hora una vez más te voy a arrancar las orejas”. Natel cruzó la calle con prisa y se encontró con Nina.

- Hola, ¿Qué estás haciendo por aquí? – Preguntó él siendo consciente de que no escucharía una respuesta.

Nina metió una mano en el bolsillo de su sudadera y sacó el pequeño cuaderno y la pluma que la noche anterior utilizó para comunicarse. Pronto, una página con una oración garabateada en ella fue le mostrada a Natel:

“¿Él es tu amigo?”

- ¿Eh? ¿De quién hablas? – Preguntó él sintiéndose más confundido y algo molesto por la forma en la que su pregunta fue ignorada. – Si te refieres a ese sujeto, él no es mi amigo, es un cliente y en este momento estoy algo ocupado. Así que dime, ¿Qué haces por aquí?

Unos segundos después, otra nota le fue mostrada como respuesta.

“No sé en dónde estoy”

- Oh, ya veo, entonces estás perdida… espera un momento. ¿Cómo fue que me encontraste?

Una vez más, la libreta le contestó:

“No lo sé. Yo no te busqué. Tú me encontraste”

Antes de que pudiera decir nada, otra nota fue escrita:

“Tengo hambre”

Natel dio un suspiro de frustración al ver que su intento por comunicarse con ese pequeño capricho de la humanidad resultaba inútil.

- Hay un restaurante familiar a una cuadra de aquí. – Dijo él señalando el local de comida rápida que podía vislumbrarse a unos cuantos metros. – Si tienes hambre ve a comer ahí y en cuanto termine mi reunión iré contigo para llevarte a casa. ¿Te parece bien?

Nina movió la cabeza de arriba abajo en respuesta, sin cambiar su inexpresivo rostro ni un poco.

- Espera… sí traes dinero contigo, ¿Verdad? – Preguntó Natel temiendo que tendría que pagarle la comida.

Nina metió su mano en su bolsillo una vez más y de éste sacó un billete de alta denominación que sostenía con solo dos dedos. El brillante papel moneda, ondeando cual bandera en aquella ciudad que no era precisamente conocida por ser muy segura, era un blanco muy atractivo para cualquier ladronzuelo que pasara por ahí.

- ¡Guarda eso! Si no tienes cuidado te lo van a sacar del bolsillo sin que te des cuenta. – Exclamó el para nada paranoico y obsesivo Natel.

Nina rebuscó su atuendo con su mirada buscando un sitio para esconder el dinero. Finalmente, la chica se agachó y metió el billete dentro del calcetín que sobresalía de su bota derecha.

- Como sea. – Dijo el chico. – Te veré allá. No tardaré mucho.

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