Después de aquella breve “charla” con Nina, Natel regresó a la cafetería donde lo esperaba el cliente. Sintiendo un enorme deseo de dar por concluida la reunión lo más pronto posible, se dirigió hacia el hombre del mostacho.
- Y bien Don Lucas, ¿Ya tiene una respuesta a mi oferta?
- Aún no lo tengo muy claro. ¿Podrías explicarme de nuevo como funciona esta… cosa? – Respondió el cliente.
La voz molesta voz interior volvió a alzarse en la mente del joven:
- Tienes que estar bromeando. Es la cuarta vez que tienes que explicarle lo mismo. ¿Por qué la gente mayor es tan terca y especial con los detalles?
- Desde luego Don Lucas. – Respondió el joven ignorando por completo las quejas de su amigo imaginario.
Y así, Natel volvió a repetir aquello que había repetido una y otra vez durante todo el almuerzo. La interfaz del equipo bla, bla, bla… el consumo energético bla, bla, bla… el precio bla, bla, bla… Y de pronto, el discurso fue cortado abruptamente. Natel quedó mudo al ver a Nina entrando a la cafetería, caminando directo hacia su mesa. Sin siquiera mostrar un saludo, la chica fue hacia la mesa de la esquina donde se llevaba a cabo la reunión y se sentó en el sillón acolchado a un lado de Natel.
- ¿Nina, qué estás haciendo aquí? Te dije que esperaras en el restaurante de hamburguesas. – Dijo el joven tratando de disimular su nerviosismo. Lo último que quería era a esa chica rara ahuyentando a un cliente que de por sí era difícil.
Ante la expresión confundida de Don Lucas, Natel se apresuró a explicar la situación.
- Ah… eh… permítame presentarle a Nina. Ella es eh… una amiga.
- Ajá, está bien. Mucho gusto, Nina – Respondió el hombre sin entender muy bien qué figuraba la presencia de esa chica en la reunión. – Joven, ¿Puede continuar con su explicación?
Sin demorar ni un segundo, Natel trató de ignorar la presencia de Nina y continuó con su bien ensayado discurso de ventas. Un minuto después, la libreta de Nina se deslizó por la mesa y fue colocada frente al chico.
“Llama a un mesero, por favor”, Decía la nota escrita en la página mostrada.
- Espera un momento. – Murmuró el chico para después continuar con su explicación.
Una vez más, una nota fue acercada a su vista:
“Tengo hambre”
Natel dio un suspiro de resignación y, tras mendigar al cliente un gramo más de paciencia, levantó la mano y llamó a un mesero que pasaba cerca de su mesa. Pidió al empleado que le diera un menú y el eficiente sujeto le pasó uno de los que llevaba en el bolsillo de su delantal. Con la intención de evitar otra interrupción en el futuro, Natel le pidió al mesero que esperara para tomar la orden de Nina. La chica contempló la carta parpadeando en contadas ocasiones. Finalmente, apuntó con su dedo índice su elección en el menú: Un sándwich de jamón y una malteada de fresa. Un rato después, el mismo mesero se acercó a la mesa cargando con una charola sobre la que transportaba la comida de Nina y aprovechó para llevarse los platos vacíos en los que habían comido Natel y Don Lucas.
La charla siguió entre el joven vendedor y el cliente, aunque en múltiples ocasiones fueron interrumpidos por el molesto sonido que hacía Nina al sorber la espuma de su malteada con la pajilla. Ya que hablamos de su forma de comer… una amplia área de la mesa alrededor del plato de la chica pronto se llenó de migajas de pan y manchas de mostaza.
Pasado un largo rato, Don Lucas llamó a un mesero y ordenó que le trajeran la cuenta. En ese momento, temiendo que se escapaba la oportunidad de una gran venta, Natel repitió la pregunta que hizo minutos atrás.
- Entonces, Don Lucas. ¿Ya tiene una respuesta a mi oferta?
- Sin duda la tengo. – Respondió el robusto hombre. – Detesto los cambios; especialmente cuando se trata de cambios en mi área de trabajo. Pero debo aceptar que es hora de modernizar un poco mi negocio. Me has convencido, si me das la tarjeta de tu compañía, yo mismo los llamaré para hacer un trato.
- Excelente, no pudo tomar una mejor decisión. – Dijo el chico cuando lo que en verdad quería decir es: “Por fin podré largarme de aquí”. – Cuando llame, no olvide decir que viene de parte de mía.
En ese momento, el mesero que había tomado la orden de esa mesa se acercó con la cuenta dentro de una pequeña carpeta de cuero. Don Lucas comenzó a buscar su cartera, pero Natel lo detuvo.
- Permítame pagar a mí, señor. – Dijo el chico. No le molestaba en lo absoluto, de todas maneras, todo lo gastado en esa cena le sería devuelto por su compañía (Aunque le diera una hernia del disgusto a su jefe).
Súbitamente, un repentino e inesperado temblor sacudió la pequeña mesa, haciendo que las cucharas y saleros tintinearan estrepitosamente. Sin mostrar rastro alguno de vergüenza, Nina había subido su pie derecho con todo y bota a la mesa y metió su mano dentro de su calcetín.
Un billete de mil pesos totalmente maltratado fue colocado gentilmente sobre la carpeta de la cuenta. Tanto el mesero como Don Lucas se quedaron petrificados con la boca abierta. Mientras tanto, Natel se cubría la frente con una mano y soltaba una risilla nerviosa.
- De acuerdo. – Habló el cliente una vez que pudo salir de su estupor. – Entonces así quedamos. Esperen mi llamada muy pronto.
- Desde luego, muchísimas gracias por su preferencia. – Dijo el joven sudando por los nervios y la vergüenza.
Y así, Natel y Nina se quedaron solos en la mesa. El chico golpeó la mesa con su frente mientras suspiraba aliviado. Al menos las cosas habían terminado en un trato. Entonces, volteó a ver a la chica a su lado, quien lo miraba con sus ojos fríos.
- Nina, - Comenzó Natel tratando de sacar su voz más gentil. – ¿De casualidad sabes cuánto tiempo estarás en la ciudad?
Tras recibir unos cuantos trazos con el bolígrafo decorado con un osito de plástico, la pequeña libreta le fue mostrada una vez más:
“No lo sé”
- Sabes que… no importa.
El mesero se acercó una vez más a la mesa trayendo consigo una charola con el cambio de Nina. Siendo consciente de que ella había pagado todo el almuerzo, Natel sacó de su cartera el dinero que ella había gastado y se lo devolvió, sin olvidar dejar algo de propina. La chica tomó cada billete y moneda y lo introdujo dentro de su calcetín derecho a toda prisa, como si temiera que alguien se los pudiera arrebatar.
- Ahora es nuestra oportunidad. Vete corriendo de aquí y dejemos a esta loca aquí. No sabrá cómo regresar. – Se apresuró a decir la voz en la cabeza de Natel.
Sabiendo que aquella no era una alternativa, el chico se dirigió hacia Nina.
- ¿Ya habías venido antes a esta ciudad? – Preguntó.
Nina respondió moviendo la cabeza de lado a lado a manera de negación.
- ¿Y cómo fue que llegaste hasta acá?
La chica tomó su cuaderno y escribió una respuesta:
“Quería salir a caminar”
- ¿Salir a caminar? Son como diez kilómetros hasta la casa… espera un momento. ¿Cómo siquiera pudiste salir de la casa? – Exclamó al darse cuenta de aquel hecho. – Sali con tanta prisa en la mañana que olvidé que estabas ahí y te dejé encerrada.
“Dejaste una puerta abierta”
- ¿De qué hablas? El departamento solo tiene una puerta.
“La puerta de la azotea”
- ¡¿Qué?! ¿Saltaste desde la azotea para salir de la casa?
“Es una sola planta, no era muy peligroso”
Los ojos de Natel parecían dos huevos duros. La imagen mental de su inquilina saltando desde el techo de la casa le parecía de lo más excéntrico e increíble. Tratando de aparentar que lo que acababa de escuchar no le afectó en lo absoluto, continuó hablando.
- Pues, perdóname por dejarte encerrada así. No estoy acostumbrado a… tener a alguien más en casa. Pero creo no deberías hacer ese tipo de cosas; Monique me mataría si algo te pasara. Si vamos a compartir techo, lo mejor sería si pudiéramos comunicarnos mejor en casos así. ¿Puedes darme tu número de teléfono?
Nina tardó un par de segundos en reaccionar a la petición y finalmente escribió su número en una de las hojas de su libreta. Después, arrancó la hoja y se la dio a Natel. El chico tomó el bolígrafo del osito y anotó su número de igual forma.
- Oye, respecto a ese doctor al que debes ver… ¿Sabes cómo llegar a donde trabaja?
La chica movió enérgicamente la cabeza de arriba abajo manteniendo su cara inexpresiva y se apresuró a escribir en la libreta.
“Sé como llegar. No te preocupes por eso. Debo visitar al doctor todos los lunes y jueves a las 4:00 pm”
- De acuerdo. En este momento tengo que irme al trabajo. Hay demasiadas cosas que hacer en el taller. – Dijo el chico. – Puedo pasar a dejarte en la casa si lo deseas.
Nina asintió con la cabeza como respuesta.
El camino a casa transcurrió en silencio. Para fortuna de Natel, el conductor del taxi en el que viajaban no era uno de esos parlanchines que tratan a toda costa de crear conversaciones. Era más bien uno de esos ceñudos sujetos con cara de “Los odio a todos”. En cierto punto del trayecto, la paciencia del taxista fue puesta a prueba cuando a Nina le dio por ponerse a jugar con el seguro de su puerta como si fuera una niña. Al llegar a la casa, Natel le dio a Nina la llave de su casa.
- Tómala. Yo guardo otro juego de llaves en el taller. Solo prométeme que no la perderás.
La chica tomó la llave y salió del auto sin siquiera hacer un gesto de agradecimiento.
- Vaya, te tocó una mujer difícil. – Dijo repentinamente el taxista.
- ¡Demonios! Me caías mejor cuando tenías el pico cerrado. – Exclamó la voz interior.
Cuando Natel entró al taller de mantenimiento y reparación donde llevaba a cabo la mayor parte de sus labores, se sintió relajado. Tal vez no era el trabajo con el que soñaba cuando estaba en la universidad, pero al menos estaba haciendo aquello en lo que era bueno. Los 22 años aún es una buena edad para seguir refugiado en la comodidad de un trabajo mediocre. De cierta forma, él era un sujeto afortunado. ¿Cuántas personas pueden decir que se sienten más cómodos en su trabajo que en su propia casa? Especialmente ahora que la señorita extravagancia tenía que quedarse ahí.
Al final de una jornada laboral particularmente extenuante, un agotado joven se dirigía hacia su casa arrastrando los pies. Esa noche, el impredecible clima de la ciudad hizo de las suyas una vez más. Un frío viento barría las calles y hacía que a Natel se le pusiera la carne de gallina.
- El jefe es un hijo de puta. ¿Cómo pudo ser capaz de hacerte trabajar tres horas extra? – Dijo el molesto “yo” interior de Natel.
- Como sea. – Respondió sin ánimos. – No es como si tuviera algún plan para hoy o algo así.
El frío del exterior se había logrado colar dentro de la casa. Natel se arrastró a sí mismo hacia su habitación frotándose los brazos para aliviar un poco el frío. Después de encender la cafetera, se metió dentro de su cama y se cubrió hasta la barbilla con su cobija. El café recién preparado impregnó el aire con una fragancia deliciosa. Fue en ese momento cuando se dio cuenta de algo. La cama de la habitación de huéspedes no tiene cobijas. Dado que la noche anterior el clima había sido algo cálido, éstas no habían sido necesarias. Pero ahora, la pobre Nina debía estar muriendo de hipotermia. La naturaleza de la enfermedad de Nina aún era un misterio, pero sin duda pescar un resfriado no sería nada bueno para su salud.
Después de sacar un par de mantas del clóset, Natel dirigió sus pasos hacia la puerta de al lado. Recordando las normas básicas de privacidad, tocó la puerta llamando a su inquilina; no obtuvo ninguna respuesta. Tocó una vez más y de nuevo nada sucedió.
- Tal vez está dormida. – Murmuró.
- ¿Qué chica de su edad está dormida a las 9:00 pm? – Dijo la voz en su cabeza. – Yo opino que mejor la dejemos en paz.
- No puedo hacer eso. Está helando esta noche, necesito darle estas mantas. Monique me pidió que la cuidara y eso es lo que haré.
Lentamente, temiendo encontrarse en una situación vergonzosa, Natel abrió la puerta mientras anunciaba su llegada con un saludo.
- ¿Qué tal? Eh… solo vine a dejarte esto por si tienes frío…
Al ver a Nina tumbada en la cama totalmente inmóvil, comprendió que, en efecto, ella estaba dormida. La chica se encontraba hecha un ovillo abrazando sus rodillas de tal forma que su cuerpo ocupaba el menor espacio posible. Parecía tan tranquila, pero el pequeño temblor que sacudió su cuerpo hizo evidente que la estaba pasando mal por el frío. Sin saber muy bien qué intención comandaba sus actos, Natel tomó una de las mantas y cuidadosamente la extendió sobre la chica. Al sentir el tacto de la gruesa tela, ella exhaló con alivio. El chico pronto se sorprendió a sí mismo mirando atentamente a la persona durmiendo frente a él. Se dio cuenta de lo poco observador que había sido con ella. La mayor parte del tiempo, Natel solía evitar mirar a la gente a la cara, pues en ocasiones el contacto visual con desconocidos lo ponía algo nervioso. Sin embargo, al estar ella dormida, él no parecía estar intimidado por su presencia.
Viéndolo con detenimiento, el rostro de Nina era bastante distinguido. Su piel era casi impecable, con excepción de sus marcadas ojeras. Su pequeña boca lucía unos labios rosados y voluminosos. Natel pensó que, de arreglarse un poco aquel enmarañado cabello y si sonriera un poco de vez en cuando, ella luciría despampanante. Aún así, no podía negar que su apariencia actual le parecía bastante linda.
En ese momento, un repentino movimiento hizo que Natel saltara hacia atrás por el susto. Nina ahora se encontraba sentada en la cama con los ojos abiertos y mirando a la nada.
- ¡Ah! Di… discúlpame por entrar así. – Dijo Natel tartamudeando. – Yo solo eh… vine a dejarte unas mantas y…
De pronto, tanto la voz como la respiración del chico se vieron cortadas abruptamente. Sus ojos se abrieron totalmente por la sorpresa y una expresión aterrada apareció en su rostro. Y no era para menos, pues en ese momento había escuchado una voz salir de la garganta de la supuesta chica muda.
- Muestras demasiada cortesía a quien no deberías. – Dijo ella con un tono seco y carente de vida.
- ¿Nina? – Preguntó Natel confundido.
- Ella no es lo que tu crees. – Respondió ella. – Si quieres sobrevivir, deberás pensar muy bien en quién confiar.
- ¿De qué estás hablando? ¿Sobrevivir a qué?
- A tu maldición.
Tras decir aquella aterradora respuesta, el cuerpo de Nina se desplomó sobre la cama e inmediatamente se quedó dormida otra vez; como si la perturbadora escena de hace unos segundos nunca hubiera ocurrido.
Natel dio la vuelta y salió de la habitación tratando de mantener la calma con todas sus fuerzas mientras ignoraba el escándalo que hacía su “yo” interior en su cabeza. Como si fuera un niño asustado, se cubrió el rostro con sus mantas y por primera vez en mucho tiempo, no sentía apetito por una taza de café.
En aquel momento él no lo sabía, pero su enorme desventura acababa de comenzar.

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