Natel se encontraba en un lugar que conocía bastante bien. Se trataba del gran parque que estaba a solo un kilómetro de su casa. Un terreno de una extensión inmensa cubierto de bosques frondosos, lagos de limpias y brillantes aguas y caminos designados para las personas que paseaban por aquel pacífico lugar. Un pedazo de naturaleza en el corazón de una gran ciudad; un verdadero retiro espiritual para visitar un domingo. Hace algunos años, Natel solía salir a pasear por aquel lugar para respirar aire fresco y relajarse con el cantar de las aves mientras alimentaba a las ardillas. Fue en aquel lugar donde tuvo algunos de los momentos más felices que vivió junto a Monique. Pero bueno… eso es parte de otra historia.
Ahora, a pesar de que cada camino de aquel sitio seguía siendo tal como él lo recordaba, Natel no pudo ignorar lo diferente que se sentía el ambiente en el lugar. La escena era totalmente surrealista. No había absolutamente nadie en aquel silencioso parque. A pesar de que el sol se hallaba en el cielo, a una posición que indicaba que serían cerca de las seis de la tarde, su luz era opaca y de un notable color verde oscuro que bañaba todas las cosas de tan peculiar coloración. En aquel monocromático e inusual escenario, Natel caminaba sin tener idea de cómo había llegado ahí o porqué vagaba por el parque.
Desde hace un buen rato, Natel tenía la idea de que quizá se encontraba dentro de un sueño. Sin preocuparse por el porqué de la situación, continuó con su paseo. De pronto, una visión a lo lejos captó su atención. Era una figura oscura, la imagen de una persona cubierta con una larga gabardina negra y una capucha, como si llevara algún típico disfraz del ángel de la muerte.
Él corrió hacia el desconocido sin siquiera sentir temor o desconfianza de él; si eso era solo un sueño, no habría nada de qué temer.
- ¡Oye, espera! – Gritó Natel tratando de llamar al desconocido sujeto del rostro cubierto.
El extraño personaje no se detuvo, pero aminoró su paso para que Natel pudiera alcanzarlo. Una vez que lo alcanzó, Natel caminó al lado del encapuchado.
- ¿Disculpa, sabes qué está pasando aquí? – Preguntó el chico, pero no obtuvo respuesta. – No te molesta si te sigo un rato, ¿verdad? Es que no entiendo qué está pasando y este lugar tan solitario me pone nervioso.
El desconocido giró la cabeza de lado a lado respondiendo a la pregunta de Natel.
- ¿Llevas mucho tiempo caminando por aquí? – Preguntó Natel.
Como ya se habrán dado cuenta, el poco sociable y para nada amistoso Natel estaba tratando de tener una charla con un desconocido. Extraño, ¿verdad? Pues no es tan extraño como creen. En la vida real, Natel era un asocial ermitaño, pero al saber que estaba en un sueño, se sentía algo desinhibido. Aquel ser no era más que un producto de su imaginación y si alguien tiene experiencia charlando con amigos imaginarios, ese era él.
El encapuchado se mantuvo en silencio todo el rato, era como si realmente no tuviera nada bueno qué contar. Natel pronto desistió de tener una conversación con él, pero siguió caminando junto a su extraño acompañante.
En cierto momento, el sujeto de la gabardina salió del camino y bajó por una poco empinada pendiente que descendía a una parte del bosque cubierta con arbustos. El bosque en esa zona era particularmente denso y la opaca luz del sol se veía obstruida por las copas de los árboles. Natel no recordaba haber caminado por ese lugar alguna vez.
De pronto, Natel se dio cuenta de la presencia de un enorme objeto a unos pasos frente a él. Escondido en aquella densa porción de bosque, había un árbol de colosales dimensiones. Sus gruesas raíces se hundían en la tierra y se entrelazaban con las de otros árboles. Su tronco debía tener cerca de dos metros de diámetro y en el centro de éste se podía ver un enorme hueco oscuro, como una cueva en las entrañas del gigantesco árbol.
Ambos siguieron caminando hasta estar a unos pasos del tronco hueco. En ese momento, un sonido proveniente del interior del árbol llamó la atención de Natel. Era un sonido parecido a una respiración mezclada con un leve gruñido. Sin duda, algo se escondía dentro de aquel árbol.
- ¿Hay algo ahí dentro? – Preguntó el joven.
La figura encapuchada asintió y giró su rostro cubierto hacia él. Entonces lo escuchó hablar. La voz del desconocido sonaba extraña y sintética, como si hablara a través de uno de esos juguetes que distorsionan la voz.
- Sí, hay algo ahí. – Respondió el desconocido. – Dentro de ese árbol se encuentra encerrada una criatura que muchos temen y que pocos se atreven a ver a la cara.
- Entonces debe ser peligrosa. Mejor vayámonos de aquí. – Dijo Natel empezando a sentirse nervioso.
- No. – Dijo el encapuchado con severidad. – Él debe ser libre.
De pronto, del interior del tronco hueco resonó un rugido anormal y desafinado que no podía pertenecer a ningún animal sobre la Tierra. No había forma de ver la apariencia de ese ser, pero sin duda no debía ser algo bonito.
- Bromeas, ¿verdad? No sé qué sea esa cosa, pero me pone la piel de gallina. Creo que lo mejor para todos sería dejarlo en paz.
El encapuchado se acercó violentamente a Natel y lo sacudió por los hombros.
- ¡Estás confiando en las personas equivocadas, Natel! ¡Libéralo ahora!
Un violento rugido sacudió las ramas del gran árbol y retumbó en los oídos del joven. Entonces, aquellos rugidos se trastornaron hasta tomar la forma de una maligna voz ronca que gritó:
- ¡Libérame, maldecido! ¡Obedece!
Sin poder soportar más el miedo que le infundía la escena, Natel corrió por donde habían llegado y volvió al sendero. Apretando los ojos lo más fuerte que pudo para despertarse, el chico corrió por el camino que cruzaba el parque. Solo quería huir de aquel extraño monstruo que se escondía en el tronco hueco.
Súbitamente, un fuerte impacto derribó a Natel e hizo que le diera una punzada de dolor en el pecho. Al abrir los ojos, se encontró con una chica tirada en el suelo frente a él, sobándose la cabeza; había chocado con ella mientras corría a ciegas por el solitario parque. Ella tenía su lacio y castaño cabello sujeto con una trenza y vestía ropa deportiva. Llevaba unos shorts que dejaban ver sus largas y fornidas piernas, sin duda era una chica atlética, pero ¿qué hacía corriendo en ese lugar?
- ¡Corre, él está cerca! – Gritó ella una vez que se recuperó del golpe.
Entonces, la joven se puso de pie de un salto y corrió por el parque a una velocidad extraordinaria, digna de un velocista.
Natel se quedó quieto en ese lugar, mirando como la desconocida chica se alejaba por el camino. Entonces, despertó.
Natel abrió los ojos de golpe mientras jadeaba de terror. Ahora se encontraba en su habitación. Todo a su alrededor era oscuridad, pero unos tenues rayos de luz azulados entraban a través de su cortina, indicando que el amanecer se encontraba muy cerca. Poco a poco, pudo controlar su respiración y recuperar la calma.
- Que sueño tan raro. – Se dijo a sí mismo. – Qué bueno que solo era eso, un sueño. Aún es muy temprano, aún para mí que suelo madrugar incluso en mis días libres. Lo mejor será que trate de dormir un poco más.
Tras decir aquello, Natel se recostó nuevamente y cerró los ojos tratando de conciliar el sueño nuevamente. Fue entonces que el horror se hizo presente.
Natel sintió como unas frías y secas manos lo sujetaban del cuello y del pecho. Asustado y totalmente confundido, el chico trató de liberarse, pero el agarre de las múltiples manos que lo sujetaban era muy fuerte. Sumido en el pánico, se sacudió con todas sus fuerzas y saltó de la cama dando un grito de espanto. Entonces contempló con sus propios ojos como un hervidero de decenas de manos grises brotaban de su colchón y se agitaban en el aire tratando de sujetarlo. Al no encontrar a su presa, las manos retrocedieron y desaparecieron dentro del colchón, como si nunca hubieran estado ahí.
- ¿Qué demonios haces ahí parado como un idiota? ¡Salgamos de aquí! – Gritó la voz dentro de la cabeza de Natel.
Obedeciendo a su voz interior, Natel salió corriendo de su habitación y fue a su cocina. Abrió el grifo del fregadero y bebió agua de él. Después, se enjuagó el rostro.
- Esto no puede estar pasando realmente. – Dijo nerviosamente.
- ¿De qué hablas? Eso se sintió muy real. No puede haber sido solo tu imaginación. – Respondió su voz interior.
- Tengo que llamar a la policía… o algo.
- ¿Y qué les dirás?... Ayuda hay fantasmas en mi casa, manden a la marina.
- Este no es momento para bromas.
Una hora después de aquel incidente, la mañana se hizo presente y consigo trajo la claridad del día. Como era de esperarse, Natel no pudo volver a su habitación. Se pasó todo el rato dando vueltas por la cocina mordiéndose las uñas y discutiendo consigo mismo sobre si aquello que vio en su cama había sido real o no. Por más que quisiera tranquilizarse a sí mismo, esto era imposible, no había forma de que hubiera sido solo su imaginación.
A la mente de Natel vino la escena que había visto la noche anterior cuando fue a la habitación de Nina a dejarle las mantas. Ella había hablado, a pesar de ser supuestamente muda, y le había dicho algo muy parecido a lo que escuchó del encapuchado de su sueño. Natel no sabía qué era lo que sucedía, pero algo parecía claro, Nina sabía algo al respecto.
Sin poder esperar ni un minuto más para escuchar una explicación, Natel fue hacia la habitación de huéspedes, donde Nina seguía durmiendo exactamente en la misma posición en la que había caído la noche anterior.
- Nina, despierta. – Dijo Natel mientras le daba un par de palmadas en el hombro.
Nina dejó salir un quejido y se dio la vuelta, dándole la espalda a Natel. Sintiéndose frustrado, el chico volvió a llamarla.
- Despierta por favor. Esto es urgente.
Entonces, Nina se sentó perezosamente en la cama y su mirada confundida se paseó por la habitación hasta dar con Natel. Al verlo, la chica ladeó la cabeza como si no entendiera la razón por la que la habían despertado.
- Nina, ¿de qué hablabas anoche? Algo muy raro y tétrico acaba de sucederme y estoy seguro de que tú sabes algo sobre eso.
La chica, totalmente confundida parpadeó un par de veces y después señaló con su dedo la mesita donde descansaba su pequeño cuaderno de pastas moradas y su bolígrafo con el osito de plástico en la parte superior. Natel comprendió el gesto y le acercó el cuaderno y la pluma. Entonces, ella escribió una respuesta:
“Anoche no te vi. La ultima vez que nos vimos fue en la tarde, cuando bajé del taxi.”
- ¿De qué hablas? Por favor recuérdalo. Anoche vine a dejarte unas mantas y tu… tu hablaste, no a través de tu cuaderno. Tu hablaste y me dijiste algo muy extraño, algo sobre una… maldición.
Nina mordisqueó una de las orejas del osito de su bolígrafo mientras miraba hacia el techo como si tratara de recordar. Después de unos segundos, escribió otra nota.
“Lo siento, eso no puede ser verdad. Yo no puedo hablar”
Tras leer la nota, Natel levantó la vista hacia su inquilina y vio como ella se sujetaba la garganta mientras meneaba la cabeza de lado a lado.
Incapaz de comprender la situación, Natel insistió.
- ¿No puedes hablar? – Preguntó. Nina meneó la cabeza de lado a lado una vez más. - ¿Y dices que no recuerdas haberme visto anoche? – Ella una vez más negó con la cabeza.
Natel dio un suspiro de desesperación mientras miraba a Nina. Su expresión de confusión parecía ser sincera, como si la idea de Nina hablando fuera tan extraño para ella como lo fue para él mismo.
- Sabes que… olvídalo. – Dijo el chico desistiendo de su esperanza de obtener una explicación.
Se dio la vuelta y se disponía a salir de la habitación, cuando de pronto sintió un tirón en la manga de su chaqueta. El chico volteó y vio a Nina escribir un mensaje en su cuaderno.
“¿Irás a trabajar?”
- ¿Eh? No, hoy es mi día libre. – Respondió Natel, a lo que Nina respondió con otra nota escrita.
“¿Entonces por qué estás despierto tan temprano?”
La verdadera respuesta a esa pregunta era: “Porque un montón de manos salidas de quién sabe qué infierno acaban de intentar estrangularme en mi propia cama”, pero una vez que lo pensó bien, Natel se dio cuenta de que, incluso aunque no lo ubiera despertado aquella experiencia paranormal, él de todas formas se habría levantado a las 7:00 am. ¿Qué persona normal se levantaría a las 7:00 am en su día de descanso?
- Yo siempre me levanto temprano, incluso los sábados y domingos. – Respondió Natel.
“¿No tienes sueño?
- No, para nada. – Dijo Natel tratando de sonar seguro de su respuesta.
“Te ves cansado. Parece que realmente quisieras dormir.”
- Ya te dije que no tengo sueño. – Exclamó Natel antes de soltar un inconveniente bostezo que delató el cansancio que siempre cargaba con él.
Después de salir de la habitación de Nina, Natel comenzó su rutina de todos los días. Lo primero que hizo fue tomar una ducha, para después pasar cinco minutos luchando para ponerse sus lentes de contacto, lo cual era una tarea que él odiaba y que siempre le provocaba un incómodo ardor en los ojos. Después, fue a su pequeño patio trasero y metió su ropa sucia en la lavadora. Lo siguiente en su rutina era descolgar del tendedero la ropa que había lavado el día anterior y plancharla cuidadosamente. Una vez terminadas las labores de lavandería, Natel fue a la cocina y comenzó a preparar su desayuno. Tomó un par de huevos y los rompió sobre una sartén, para después poner a freír varias tiras de tocino fresco. Un aroma delicioso pronto inundó la casa y fue en ese momento que Nina apareció en la cocina.
La chica se sentó silenciosamente en la mesa y dirigió su fría y ausente mirada a Natel. Ella traía puesto su gran abrigo azul oscuro y sus botas marrones. Su cabello, enmarañado y aún húmedo, delataba que acababa de ducharse.
- Buenos días. – La saludó Natel sin esperar una respuesta. – Estoy preparando mi desayuno. Si quieres te puedo servir a ti también, aunque no soy muy bueno que digamos en la cocina.
La chica escribió algo en su cuaderno y lo deslizó por la mesa para acercarlo a Natel. En él estaba escrito un mensaje:
“Gracias.”
- De acuerdo, entonces en unos diez minutos estará la comida.
Tal como lo dijo, diez minutos después un par de platos de huevos estrellados con tocino y arroz fueron puestos sobre la mesa junto a un par de vasos de jugo de naranja y dos enormes tazas de café (O lo que para Natel serían tazas de tamaño normal).
Una de las cosas que Natel más detestaba era tener que comer acompañado, por alguna razón tener que mantener una charla mientras comía era algo que le parecía muy molesto. Pero al estar comiendo en compañía de la silenciosa Nina, este problema parecía no existir en lo absoluto.
Tras dar varios bocados de la comida preparada por Natel, Nina dirigió su atención hacia la taza de café negro frente a ella. Tomó la gran taza con sus pequeñas manos y la llevó a sus labios. Un gesto de desagrado surgió en su rostro y Natel pronto comprendió el porqué. Él se había acostumbrado al sabor del café negro sin azúcar, pero a Nina no parecía gustarle tanto.

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