En los días apacibles de palacio, Silvius junto a Celestia observaban al joven Livius gatear por la habitación.
- Sil, cariño- Celestia agarró la mano de Silvius- ¿Qué pensarías de tener otro hijo?
- ¿Un niño? ¿A qué viene eso ahora?- se extrañó- Aunque yo preferiría una niña, para hacer la parejita. Además de que sería mi ojito derecho.
- Oh, por favor para. Cuando te pones así no apareces tú. Estoy hablando enserio.- Se sentó en la cama y subió a Livius a su regazo.
- ¿Qué te preocupa, Celestia? Dime.
- La Diosa Inga me ha dicho que un fuerte mal se aproxima. Quiere protegernos, por ello me pide que le engendre un cuerpo humano. Solo yo puedo hacerlo, y no sé qué hacer. – abrazó al niño- Como sacerdotisa suya es mi deber acatar sus órdenes, pero tengo miedo de lo que pueda nacer de eso.
- No te preocupes, serás una madre ejemplar. Y seguro que todo saldrá bien.- se sentó junto a ella.
- Me preocupa ese mal que dice que llegará. Si nos quiere proteger es que es algo que nos afectará de lleno.
- Está bien, todo irá bien. Estaré siempre a tu lado. – acercó la cabeza de la chica a su hombro y acarició suavemente su pelo.
Un año después nacería Chisa y tiempo después sucedió la gran catástrofe. Celestia cargaba con sus hijos en brazos y sobre su espalda un fardo con algunas cosas que recogió de la habitación antes de huir. El ruido de caballos y espadas resonaba por las paredes del túnel. El dragón iba delante y con sus llamas iluminaba el camino. Cuando llegó al final del túnel, cogió unas tablas y tapó la entrada con la esperanza de poder volver, si era necesario, por esa ruta.
- No llores, Chisa, ya pasó- acunaba en brazos a la niña que lloraba.- No pueden oírnos.
- Madre, por aquí hay un caminito junto al río- Señaló Livius.
- Bien visto, vamos.
Descendieron por aquel camino con la mal fortuna de resbalar y caer al cauce del río. El dragón quiso ayudar pero con su tamaño y las posibilidades de ahogarse fue corriendo detrás de ellos, aunque los acabaría perdiendo de vista. La corriente los llevó hasta un poblado donde una mujer, que lavaba la ropa, los encontró a los tres en la orilla. La mujer alarmada llamó a su esposo y se los llevaron a su casa con la esperanza de salvarlos del frio. Eran una familia de molineros. La familia fue muy hospitalaria con los desconocidos que salvaron en el rio, y pasaron algunos días en su casa.
- Lamento abusar de vuestra amabilidad. Me gustaría que aceptarais estas pocas monedas en compensación. Ya me encuentro mejor, así que nos marcharemos al alba.- les comentaba Celestia.
- No, no te preocupes mujer. Aceptamos tus Írias, pero no tienes por qué marcharte aún. A nuestro hijo le gusta jugar con el suyo así que no tengas prisa.
- Mi esposa tiene razón. Una señorita como tú, sola por el bosque con dos niños es muy peligroso.
Al final Celestia se retiró a su habitación. Cargando a Chisa reprimió las lágrimas. Desde el nacimiento de la niña, había perdido todo contacto con la Diosa Inga, quien era su único consuelo al verse desamparada y sola con sus hijos. Chisa agarró con sus pequeñas manos, el dedo de su madre mientras esbozaba una sonrisa. Por otro lado, Livius se sentaba en una colina cercana y miraba hacia el bosque durante horas.
- Livius. Siempre que te tengo que buscar estas aquí ¿Qué miras?- llegó un niño en su busca.
- Espero.
- ¿A qué esperas?- insistió.
- A un dragón.
- ¿Un dragón? Si esos animales no existen. Hay leyendas pero no son verdaderos.
- ¡Si lo son! Yo tengo uno- ni se movió del sitio.
- Vale, como digas. Pero ¿qué tal si jugamos mientras le esperamos?- preguntó y Livius accedió.
Los días parecían pacíficos, pero poco a poco sentimientos negativos brotaban en aquella convivencia. El molinero, a cada día que pasaba, se sentía más atraído por la joven Celestia y a su vez la mujer de este se ponía más y más celosa. Un día llegó un mensajero del Rey, anunciando la coronación del Rey Oberón. Junto a estés iba un encargado de arrestar a la Sacerdotisa de Featherson, pero para ocultar ese hecho, pues eso crearía un conflicto con los religiosos, solo repartieron algunos retratos de la mujer diciendo que era una ladrona de palacio. Celestia sabía que no podría ocultarse allí para siempre, tenía que huir. Mientras hacia los preparativos pudo oír la conversación acalorada que tuvo la pareja con respecto a entregarla a las autoridades. Miró a sus dos hijos que dormían plácidamente y tomó una decisión.
- Spriggan, Ferez, escuchadme- dijo Celestia entrando en la sala- Me entregaré voluntariamente, y cobrad la recompensa. Pero solo os pido que dejéis a los niños de lado. Ellos no tienen nada que ver y no deberían de pagar por mis pecados.
- Eso no soluciona el hecho de haber encandilado a mi marido, ¡Bruja!- la agarró del pelo.
- ¡Spriggan! ¡Suéltala!
- ¿Te pones de su parte?
- No, estoy de acuerdo en entregarla.
- Bien. En cuanto a tus hijos, no tengo problemas de cuidarlos. Me gustan los niños y siempre son bienvenidos a ayudar.
- Muchas gracias, espero que la Diosa Inga os lo pague con abundancia.
- No, no creemos en ese dios.- Cortó la mujer.
Celestia fue a arropar a sus vástagos cuando llamaron a la puerta. Era unos soldados que Spriggan había llamado momentos antes. Capturaron a la mujer mientras Ferez no pudo hacer más que mirar hacia otro lado, a la vez que su mujer parecía alegrarse por la desdicha de la otra. No pasó mucho tiempo antes de que Ferez no soportara más como estaban las cosas. Su matrimonio de cada vez estaba peor. Y su mujer parecía tener algo contra Chisa, porque no hacía más que decir que aquellos ojos podía ver a través del alma. Livius la protegió de algunos actos de violencia por parte de la mujer. El hijo de la pareja intentó ayudarles, pero no podía hacer nada por ellos, por muy amigos que fueran seguían siendo niños. Al final, la familia de molineros decidió vender a los niños a un circo ambulante que pasaba por el pueblo. Debido a una mala cosecha, no había con que hacer harina y no tenían casi alimentos que llevarse a la boca por lo que decidieron deshacerse de ellos de la forma más económica posible. Justo en el camino para llevarlos, el dragón los encontró. Livius y Chisa fueron aceptados como mercancía. Los primeros días en aquel lugar fueron un infierno para Livius. Inga incapaz de hacer nada debido a su edad, le pidió al dragón que se mantuviera cerca del chico y le borrara los recuerdos que le hacían sufrir. Así, a la mañana siguiente, se levantó como una persona nueva. Sin pasado que recordar ni vida mejor, su día a día era lo único que tenía. Chisa creía que era la única forma de ayudarle. Y así el pasado quedó atrás y los años pasaron para los dos críos casi como esclavos en aquel circo.

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