Sus dedos poco a poco, con suma lentitud, sueltan los botones de su camisa sin dejar de fijar sus ojos rasgados en mí. Él sujeta mi mano, la invita a acariciar la suavidad de su cuello y una vez lo toco, me atrae con fuerza hacia él para acercar sus labios a los míos, y cuando estoy a punto de sentir su tibia respiración...
Despierto.
—Ah... no de nuevo... un poco más —Con infelicidad abrí mis ojos. La luz de la mañana inundaba mi habitación.
Me senté en la cama, decepcionada, sin saber si el motivo de mi decepción era el haber soñado tal cosa, o el haberme despertado, una vez más, antes de que mi deseo pudiera consumarse al menos en mi imaginación.
Hacía una semana ya desde que había visto a aquel hombre en el restaurant y desde entonces, recurrentemente me hallé a mí misma delirante, sea despierta o en sueños, en constantes fantasías protagonizadas por él.
Tomé el teléfono para textearle a mi amiga. Esa noche tuve que correr a contarle todo... verme frente a mi novio, envuelta por una incontrolable e intensa sed causada por otro hombre, me hizo sentir sumamente vulnerable, pero sobre todo, incómoda con él y nuestra relación. No podía hablar de esto con nadie más, y el haber tenido la necesidad de hablarlo, una y otra vez, era evidencia de que este encuentro no había sido para mí cualquier cosa.
Abracé mis piernas y hundí mi rostro entre mis brazos. Mis ojos se perdieron en el polvo que hay en la luz de la ventana. Sentí que mis mejillas se quemaban con el rubor de la vergüenza que me invadía, como si al despertar hubiese sido descubierta al hacer algo indebido.
La mañana se hizo eterna para mí. Fui devorando cada uno de mis pendientes en la oficina, uno tras otro, sin dejar de ver de vez en cuando el reloj. La aguja se movía lentamente, dándome una terrible sensación de lejanía entre la hora de salida y yo.
El teléfono vibró sacándome de mis pensamientos.
—¿En dónde estás?
Mi amiga Erica, que estaba en un cubículo diagonal a mí, me escribió.
—Estoy aquí, justo donde estás mirando.
—Lo preguntaba porque te veías perdida, así como... en un viaje astral a china.
—En ese caso, me sacaste de mi viaje astral.
Me dejó un emote muy odioso en donde me sacaba la lengua, y al levantar la vista para verla con mala cara, ella emuló el emote, dejándome ver su también odiosa lengua.
No hay mensajes de él aún. Inspiré con fuerza y dejé el teléfono en la mesa. Cada vez sabemos menos el uno del otro, sin embargo... no puedo decir que me sienta del todo mal, es algo que sabía que pasaría en algún punto. Sólo me pone un poco... Nostálgica.
Vi hacia la foto de ambos en mi escritorio.
El atardecer tiñe las blancas paredes de un tono rosa muy agradable. El lugar está vacío. Como una ola pesada, caen mis pestañas sobre mis ojos. En mi mente apareció la imagen de las manos de aquel hombre, su cabello oscuro y sedoso que se acomoda distraído sobre su frente. Una vez más, fantaseé con deslizar mis dedos en él.
Atrapé mis mejillas con mis manos para despertarme de este sueño. Es hora de irme. Decidí que era prudente caminar un poco para despejar mis pensamientos. En otros tiempos, él venía por mí al trabajo ansioso de verme, pero hoy ni siquiera me ha escrito un sencillo "Hola, ten un buen día". Después de algunos pasos y de un poco de enojo al recordar su abandono, el cielo pareció leer mi ánimo y desató sobre mí una fría cortina de lluvia para corresponderlo.
Aquí estoy. La lluvia me ha traído a este lugar, a buscar el calor de un lugar que no es mi hogar, de un hombre que es un desconocido.
—¿Espera a alguien más la señorita?
Mi cabello y ropa chorrean en el suelo.
—No, esta vez seré sólo yo.
Las lámparas rojizas hoy estaban encendidas. El hombre me ofreció una toalla blanca, limpia, para secarme.
Me senté en un rincón, en una de esas mesas que son sólo para dos.
—Le envían esto a la señorita, déjeme saber cuando esté lista para ordenar.
Levanté la vista pero no vi a aquel rostro conocido. Un té de jengibre, tibio, había sido puesto en mi mesa, y en el pequeño platito debajo de la taza, un delicado y bonito dulce.
—¡Ah! —Exclamé luego de recordar el postre que él había puesto aquella vez en la mesa
—¿Ha... sido él?
Las campanas del móvil que colgaba frente a la puerta de empleados sonaron llamando mi atención. Nadie salió de ahí, pero vi que el mesonero le hablaba a alguien.
Mi cuerpo comenzaba a sentirse terriblemente frío, y mis labios a tiritar. El té había hecho lo suyo, pero aún mi ropa continuaba mojada.
—¿Me permite?
S-su voz me llamaba. A mi lado, extendiendo un chal oscuro, se encontraba su estilizada y atractiva figura. Su voz ronca se enroscó en mi oído causándome un espasmo, y por unos segundos, no pude responder.
—S-sí.
Me cubrió con el chal con mucha delicadeza, asegurándose de abrigarme bien. Su aroma envolvió mi cuerpo embriagándolo enseguida. Usaba un perfume dulce pero robusto que le sentaba bien.
—¿Le sirvo otro? —señaló con su mano la taza vacía.
Mis mejillas enrojecieron violentamente.
—Sí, gracias.
Después de darse la vuelta, se marchó con la taza.
Llevé mi mano a mi pecho conteniendo la velocidad agitada de mi respiración, tratando de ignorar el sonido acompasado de mis latidos y de las gotas de lluvia. De alguna forma, su voz continuaba repitiéndose en mi cabeza como un eco. Apenas hemos cruzado palabras de cortesía, pero para mí esto fue suficiente para alterarme por completo.
El teléfono vibró en la mesa justo cuando el otro mesonero dejó un nuevo té y mi cena frente a mí. Al voltearlo vi que mi novio llamaba.
Su voz alegre contestó del otro lado —¡Hola! ¿En dónde estás?
—Estoy en... Ya salí del trabajo.
—¿Por qué no me dijiste que pasara por ti, eh? ¿En dónde estás? - Volvió a preguntar, pero yo... No quería responder.
—No habías escrito y no quise molestarte... Estoy en el restaurante al que me llevaste el otro día, vine a comer y a esperar que la lluvia parara.
—Tu madre me llamó, me preguntó si estaba contigo, como le dije que no, se preocupó mucho. Quiere que te lleve a su casa, nos invitó a cenar. — Escuchaba el sonido de cornetas y el bullicio de la calle.
—Ah... Pero ya me han servido la cena —Eché un ojo a mi plato.
—No estoy tan cerca, tienes tiempo para comer mientras llego. Ya le avisaré a tu mamá que sólo comeré yo —Rió mientras lo decía, como si no hubiese pasado todo el día sin llamar, o como si no me hubiese buscado al trabajo en semanas, hasta que mi madre se lo pidió.
—Está bien.
Luego de colgar, me llevé un bocado a la boca. Aquel hombre me miraba desde la barra, tras el mostrador, de brazos cruzados mientras el mesonero le hablaba. Su mirada penetrante observó cada uno de mis movimientos hasta que él al fin se fue a otro lugar, y sólo hasta entonces pude terminar de comer sin sentir que era yo la que estaba siendo devorada.
El mensaje en mi teléfono decía que Theo ya estaba muy cerca. Tomé mi bolso y el recibo de la cuenta. Me dirigí al mostrador, y deslicé mi tarjeta y el recibo sobre la barra.
—¿Le gustó el té? —Él, quien era el que recibía el pago, ladeó su cabeza mientras registraba mis datos en el computador. Su cabello rozaba pícaramente su pómulo, invitándome a apreciarlo.
—Me gustó mucho, también el pequeño postre que lo acompañaba... ¿Lo hacen aquí? Era muy bonito —Me atreví a mirarlo a los ojos con un dejo de timidez e inocencia, es curioso cómo algunas mujeres, sin darnos cuenta, comenzamos a coquetear fingiendo ser tímidas, prudentes y medidas.
—Lo he hecho yo. Dicen que tiene un sabor muy tierno, y una apariencia deliciosa... —Sus palabras respondieron a mi juego, metiéndose con suavidad en mis oídos mientras sus ojos parecían hacerlo en mi cuello y en mi blusa.
Extendió su mano con mi tarjeta. Yo sujeté el extremo para recibirla, pero antes de que pudiera retirarla...
—Espero que... haya sido de su agrado —Mirándome quedo, desde abajo, atrapó mis dedos con los suyos apenas unos segundos, rozándolos con suavidad, como en una fugaz caricia—. Vuelva pronto... Por favor.

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