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Lust Play - ESP

Nuestros aromas se mezclan

Nuestros aromas se mezclan

Oct 09, 2022

El sonido de los latidos de mi corazón se amontonaba en mis oídos. Como una tonta, sostuve en una de mis manos, los dedos que él había acariciado de la otra hacía apenas unos cuantos minutos. Estaba tan llena de esa sensación aún, que las gotas que golpeaban contra la ventana del auto, me parecían ir al mismo ritmo que el palpitar que agitaba mi pecho.

Thump Thump, Thump Thump.

—Sophie.

Theo pronunció mi nombre para sacarme del trance. El tiempo en el que fuimos a casa de mi madre y llegamos a mi departamento, había transcurrido sin que me diera cuenta.

—Sí, disculpa —estaba tan nerviosa que sólo quería salir del auto sin tener que decirle nada. Tenía mucho miedo de ser demasiado obvia, de acabar diciéndole que otro hombre me había hechizado con sólo rozarme un dedo y que esa sensación era mucho más satisfactoria y significativa que cualquier otra entre él y yo en estos últimos meses.

Él detuvo mi mano en la manija, bloqueándome la salida. —Estás muy alterada —dijo buscando en mis ojos— ¿Ocurrió algo que no me has dicho? ¿Te sientes bien? Tus mejillas están rojizas.

"¿Cómo es que eres tan perceptivo cuando el lazo que has puesto alrededor de mí cuello se debilita, pero no cuando quiero hacerte saber que nuestros corazones se han enfriado y están separándose el uno del otro?", pensé en cuán triste era esto y en cuánto no le importaba: Él no quería saberlo, o tal vez lo sabía y no le importaba.

Puse una mano en su pecho para apartarlo y evadirlo. —No ha pasado nada, me ha caído la lluvia y aún tengo un poco de frío.

Él se afianzó una vez más a la puerta sin dejarme salir.

— ¡Déjame ir ya, Theodore, estoy cansada!

Mi reclamo retumbó dentro del auto. Después de chasquear los dientes, se alejó de mí acomodándose en su asiento, con absoluta calma, ajustó su corbata y volvió a hablar —Como quieras.

Me fui sin mirar atrás y sin decirle nada más.


¡Paff! Me lancé a la cama sin siquiera cambiarme de ropa. Los zapatos cayeron de mis pies al suelo haciendo un ruido sordo. Mis ojos se perdieron en el techo de la habitación. Suspiré, y una vez más mi mente divagó entre las figuras que la lámpara proyectaba sobre la pintura blanca.

Hoy han pasado muchas cosas. Toqué de nuevo mi mano y recordé el rostro de aquel hombre y a sus dedos, suave y fugazmente, acariciando los míos ¿Lo habré imaginado? No, no podía haberlo imaginado.

Él me pidió que volviera, ¿no es así?

Me levanté de la cama. Mis piernas se estremecieron al sentir el frío suelo y me llevaron a acariciar mis hombros y brazos para buscar calor. Poco a poco dejé caer mi ropa del día sobre la alfombra del vestidor hasta quedarme desnuda; solté mi cabello y lo peiné cuidadosamente mientras me veía al espejo.

Mirarse al espejo desnuda a veces puede ser un acto de valor, aceptación y amor propio. La idea de haber sido deseada por un instante, me había hecho recordar lo placentero que era observar y disfrutar de los rincones más honestos de mi cuerpo. —Mírate —me dije—. Eres hermosa.

Dicen que cuando nos excitamos nos vemos más hermosos. Como en un ritual sagrado, con movimientos lentos y gráciles, abrí el cajón de la lencería y elegí una de encaje y detalles negros, era ese tipo de prendas que preparas para una ocasión especial, con alguien especial. Lentamente la deslicé sobre mi cuerpo, el suave sonido que hacía el roce de la tela sobre mi piel era placentero a mis oídos.

Un vaho tibio escapó de mi boca al sentir las sábanas sobre mí. Esto es agradable, pensé. Mis manos acariciaron mis muslos, mi cadera, la parte baja de mi vientre. Mi respiración marcada era lo único que llenaba la habitación. Los dedos que ese hombre tocó ahora tocaban mi propio cuerpo y el borde de mi lencería. Al volver a su recuerdo, mordí mi labio inferior. Quise que mis dedos fueran los suyos, y ese placentero pensamiento se transformó en un gemido en mi boca. Apreté con fuerza uno de mis pechos desnudos aferrándome a ese deseo, y dejé que mi mano sustituyera la suya entre mis piernas al menos por esta noche.


En la mañana, recibí un mensaje de Theo, en él me informaba que iría a un viaje de negocios y que volvería a mitad de la semana. Un segundo mensaje llegó para decirme que no quería hablar sobre lo de ayer porque era incómodo para él discutir vía telefónica mientras estaba fuera.

—(...) ¿Y entonces se acabó el tema? ¡¿No te dijo nada más, sólo se fue a su viaje y ya?! —La pequeña ventanita de Erica saltó en la esquina de mi monitor. Ella me miraba desde su escritorio. Podía ver sus ojos asomarse por encima, llenos de indignación.

Di un par de clics y luego le contesté —. No sé si debo alegrarme porque no quiere tocar un tema del que no quiero hablar, o sentirme terriblemente porque le importa tan poco el motivo de mi actitud de ayer, que puede postergarlo como si nada.

Cerré la ventana y continué dibujando.

—Deberíamos aprovechar que él no está e ir a ver al hombre que te gusta. Yo te acompaño —la ventana de Erica emergió sobre mi pantalla de dibujo—. Pero en plan de conquista.

Mis ojos se abrieron con fuerza y de golpe mientras me sonrojaba.

—¿Te has vuelto loca? —le escribí.

—Piénsalo, a Theodore no le importa qué hagas ni con quién, y él no está aquí, así que ¿qué te detiene? Yo te cubro, dile que saldrás a cenar conmigo, verás que no te va a preguntar absolutamente nada —escribió y me lanzó una mirada maliciosa llena de complicidad—. Aprovecha esta oportunidad para al menos conseguir el número de teléfono de ese hombre, Sophie ¡Vamos!

Mis dedos temblaron un poco frente al teclado mientras pensaba en si debía hacerlo, en si contaría como una infidelidad el pedirle su número a otro hombre, o en qué excusa darme a mí misma para no sentirme culpable por ir a verlo con eso en mente mientras Theo no está en la ciudad.

—Está bien pero... Mañana —acabé contestando—. Necesito tiempo para asimilar que voy a hacer esto.

El mensaje de vuelta sólo trajo dos pulgares arriba en aprobación.

Llevé mi mano a mi rostro, avergonzada, como si acabara de sentir pudor ¿Está bien para mí hacer esto? Deslicé mi lápiz digital sobre la tableta, dibujando cada vez más rápido ¿Qué pasa si él me rechaza, si hago el ridículo? ¿Qué haré si Theo lo descubre?

Las sombras fueron moviéndose a la par de las manecillas del reloj, conforme las horas y colores se iban. Las dudas y preguntas siguieron repitiéndose en mi mente, haciéndome dar un paso atrás y otro hacia delante. Así el día concluyó sin poder pensar en otra cosa y acabé de nuevo en ese ensoñado lugar de lámparas rojas y luces tenues.

Afiancé mi mano a aquel chal que él puso sobre mis hombros la otra noche y decidida continué mi camino hacia adentro.

—Bienvenida —Un hombre mayor, de ojos rasgados me atendió esta vez. Cortésmente me llevó a mi mesa habitual y se retiró.

—¡Xiao Chen! —Llamó— ¡Xiao Chen! Sírvele a la dama.

—En seguida.

Su voz aterciopelada se escuchó desde otro lugar y así descubrí que ése era su nombre. Segundos después, le vi entrar al área en donde me encontraba y tuve morder una vez más mi labio para reprimir cualquier gesto descarado que pudiera hacerme ver muy fácil frente a él.

Xiao Chen se quedó de pie unos segundos, sosteniendo el menú y su libreta. Me miró a los ojos, ligeramente agitado, con los labios apenas abiertos, y luego de humedecerlos con el ápice de su lengua, éstos se curvearon para darme una sonrisa. No lo imaginé, esos ojos y su boca me decían: "Has vuelto".

—¿Está lista para ordenar? ¿En qué puedo servirle? —Su mano se extendió para poner el menú frente a mí, pero sus dedos clavaron el papel a la mesa, para afianzar la palma y dejar descubierto su fuerte brazo frente a mí.

No pude evitar admirar una vez más su piel y la forma de su brazo, las venas que se marcaban en él, sus delgados y alargados dedos.

—Hoy no me quedaré mucho tiempo... quería... quería devolver esto —extendí el chal y le miré desde abajo, tímidamente.

Al recibirlo, se quedó observándolo por unos segundos antes de hablar.

—Tiene un aroma dulce— dijo sonriendo.

—¿Disculpe?

—La prenda conserva el aroma de la señorita.

—L-lo llevaba conmigo para no olvidarlo, perdone... —me sentí muy descuidada y avergonzada—. Lo había lavado pero, al estar conmigo en mi bolso y manos...

—Su perfume se impregnó en él —volvió a sonreír. Su tono de voz suave, como un susurro, me hizo estremecer.

—Ahora se mezclará con el suyo al acabar el día —Me apresuré a contestar sin siquiera pensar en cómo eso se oiría—. Quiero decir... —me interrumpí a mí misma al darme cuenta de lo que había dicho—. D-debo irme.

Me puse de pie, tomé mi bolso y me dirigí a cruzar el pasillo para salir del restaurant.

"¿Qué estoy haciendo?" Pensé en que haberle pedido su número hubiera sido menos vergonzoso y lanzado. Sin embargo algo me detuvo, sentí que había sido tan grosera... que debía ir hacia él y disculparme, decirle alguna cosa.

Me di la vuelta y fui hacia el salón.

Mi boca se abrió anonadada en tanto mis mejillas se enrojecían con violencia. Él aún estaba ahí, de pie, contemplando muy cerca de su rostro el chal que le había devuelto.

—Tiene razón...—le oí decir— ¿Cuál sería el aroma de su piel al mezclarse con la mía?

Xiao Chen cerró sus ojos, hundió su rostro en la tela y aspiró con fuerza para llenarse de la suave fragancia de mi perfume.


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