Página 1 –. Donde el mar conoce a la tierra... (2)
Página 1 –. Donde el mar conoce a la tierra... (2)
Dec 12, 2022
Para una selkie, existen dos hogares en este mundo.
El primero es el faro donde nacen, esa es su nación.
Hacía mucho tiempo, los faros fueron cedidos por la humanidad hacia las selkies una vez que las sirenas desaparecieron, demasiado orgullosas, demasiado salvajes como para molestarse en seguir jugando con los destinos humanos. Una vez que su agarre en el colectivo natural se volvió lo bastante fuerte como para desaparecer, lo hicieron. En la actualidad, sólo rumores de ellas persistían y eso era suficiente para mantenerlas con vida, ahí en lo profundo de los Seis Océanos. Eso y las atrocidades que eran capaces de realizar a los barcos que se acercaban demasiado a sus territorios.
Los faros eran una ofrenda de paz de la humanidad hacia el mar. Su propósito era el de dar refugio, ser un lugar donde hombres y mujeres selkies de un mismo clan pudieran reposar en cualquiera de sus formas sin el peligro de ser esclavizadas, y el de convertirse en un punto de enfoque para centralizar su magia. Las selkies no eran tan fuertes como sus hermanas, capaces de forjar océanos enteros si así les placía, dependiendo más bien de su comunidad para generar la magia suficiente para acciones más grandes que el control de las corrientes.
A cambio, las selkies aceptaron tomar el lugar que las sirenas habían abandonado, protegiendo a los marineros en su regreso a casa, calmando al océano para crear puertos seguros a los cuales regresar.
Los faros eran el hogar de las selkies en tierra, la representación del vínculo que compartían con los humanos.
Luego estaban las fosas.
Una selkie podía pasar la mayoría de su vida en el fondo del océano. La mayoría de ellas así lo hacía, en realidad. Las fosas eran los hogares originales de su gente, cuevas dentro de riscos bajo el agua y grietas en lo profundo del océano. Eran protecciones naturales contra depredadores, tanto del mar como de la tierra. Y aún ahora, las fosas eran el lugar más seguro para ellas, alrededor de las cuales toda su comunidad se reunía. Una nación selkie era al menos diez veces más grande de lo que lucía a primera vista, si uno usaba como base sólo los avistamientos en tierra. La magia hacía de estas fosas lugares inmensos, con castillos enteros enterrados y los pueblos que se encontraban bajo su protección.
Las fosas eran la conexión que las selkies tenían hacia el mundo natural, donde empezaban y donde terminaban.
Era natural amarlas.
Era natural sentirse segura en ellas.
Eso era lo natural.
Laine siempre había amado su hogar. Se lo diría a cualquiera que preguntara.
Arren era el mar que había fundado su familia, por así decirlo. Su madre había migrado con una facción de seguidores hacía casi 500 años y con la ayuda de su padre, el mago más poderoso de su generación, había expandido la fosa en tan sólo veinte años hasta lograr crear el reino de su gente. Cordelia había negociado por su cuenta con los humanos de Vinsey Rey por protección y tratados de comercio, establecido tropas de exploración profunda y luchado contra monstrums de la zona hasta establecer un perímetro seguro. Sólo recientemente su visión se había expandido hacia el futuro lejano, en lugar de la amenaza inmediata: algún día, Aurelia heredaría el trono y se esperaba que todo su senado estuviera conformado por miembros de su familia.
Marjatta había estudiado en tierras de Visen Rey y era ahora la principal intermediaria entre ambas gentes. Cora se encontraba subiendo de rangos entre las tropas y Willa llevaba años estudiando directamente bajo la tutela de su padre para que, tal vez en otros doscientos años, ella fuera la maga del reino. Nessia y Galatea también tenían sus propios sueños, su propia manera de ayudar al reino.
Sólo quedaba Laine.
Laine, la más joven. Laine, la más ingenua. Laina, la ilusa.
A veces Laine se preguntaba si había realmente un lugar para ella en el reino que su madre había construido. Un lugar que sólo ella pudiera ocupar.
“Todo estará bien, Laine” le murmuraban sus hermanas, acariciando su cabello.
“Pronto recapacitará y podrán comenzar a conocerse de verdad” intentaban consolarla, pero incluso antes de que las lágrimas terminaran de disiparse frente a su rostro, sus hermanas ya habían vuelto a desaparecer, ocupadas. Siempre ocupadas.
“Haremos que ruegue. Tendrá que disculparse de rodillas antes de que siquiera consideremos perdonarlo. Sólo no llores, ¿está bien?” suplicaron.
Y Laine asentía sólo el tiempo suficiente para verlas cruzar el arco de su puerta.
Para luego seguir llorando en su almohada.
Porque ellas no sabían.
Ninguna de ellas sabía que ya no podía sentirlo.
Eso que había nacido ahí dentro de su pecho esa primera tarde, que se había instalado como una perla en su molusco, ligeramente a la izquierda, y la había arrastrado por toda la ciudad durante tres días. Durante tres días, Laine había tenido eso siempre consigo, haciéndole compañía. Era caliente, era pesado, manteniéndola mirando siempre hacia arriba, hacia abajo y hacia adelante. Hacia tierra.
Johannes, el matrimonio que compartían.
Laine se había sentido torpe, constantemente retrocediendo sobre sus pasos y girando sobre su lugar. Jamás había estado muy segura de lo que buscaba, pero por una vez eso había estado bien, porque no necesitaba saberlo, porque sabía que más allá de eso algo le estaba esperando. Cuando encontrara lo que quería, podría ver a Johannes. Cuando encontrara lo que quería, podrían comenzar su vida juntos.
Le habían dolido las piernas y su respiración se había acelerado.
Y durante todo ese tiempo… no había podido dejar de pensar en ello: ¿Era así como se sentía? ¿Tener un corazón humano?
Laine lloró.
“Deshazte de ello, o lo haré yo.”
No sabía que era lo que había hecho Johannes, pero había funcionado. Esa misma noche tras su última reunión, el vínculo que con tanto cariño Laine había apodado como su pequeña perla, simplemente se había enfriado. Aún podía sentirlo, aún sabía que estaba ahí, pero era como si alguien hubiera extinguido los últimos rayos del sol entre sus manos y los estuviera asfixiando de manera constante.
Laine, la más joven. Laine, la más ingenua. Laina, la ilusa. Siempre creyó que encontraría su lugar en el mundo, pero ahora sentía como si ya lo hubiera perdido.
En un mundo donde los cuentos de hadas son reales, Laine es una selkie y Johannes un simple humano con un disgusto particular por las leyes de la magia.
Cuando un simple acto de bondad los convierte en marido y mujer, Johannes tendrá que aceptar en su vida el poder de las historias para poder encontrar la manera de romper el contrato que los une. Tener una selkie como esposa es un privilegio por el que muchos estarían dispuestos a sacrificarlo todo y mientras Laine esté a merced de los impulsos que los atan juntos, ninguno de los dos estará a salvo.
Johannes está seguro de que puede cambiar la historia, re-escribir el mito y regresar a su vida tal como era antes, pero eso es lo más curioso de la magia… jamás escucha el deseo que esperas.
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