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Leyendas & Mitos de una Selkie Enamorada

Página 1 –. Donde el mar conoce a la tierra... (8)

Página 1 –. Donde el mar conoce a la tierra... (8)

Dec 21, 2022

Laine flotó frente a la entrada de la cueva, pese a todo, indecisa. Sus ojos ardían por mucho que se los frotara con cremas frescas.
Finalmente había logrado entregar su piel, pero no se sentía mejor por ello.
Johannes tan sólo había sentido lástima por ella.
Laine no era una mujer orgullosa, nada más lejos de la verdad. Pero incluso una mujer como ella no iba a poder evitar sentirse herida— ¿qué era tan repulsivo en ella que Johannes se negaba a aceptarla como su esposa? ¿Cómo podía inspirar tanta desconfianza en el hombre del que se había enamorado con tan sólo un vistazo a su corazón?
¿Quién era él?
¿Cómo se atrevía?
¿Acaso sabía el honor el honor que se le había concedido?
Laine agitó la cabeza, como si eso pudiera dispersar los pensamientos que la habían plagado desde la noche anterior, no ayudados por el hecho de que sus hermanas habían dicho exactamente lo mismo en voz alta, después de que Laine lograra entregar las noticias la noche anterior sin romperse a llorar.
Apenas.
Laine había intentado defender a Johannes, hacerles escuchar razón, ¿pero qué razones tenía, realmente? Ninguna.
Cada que sus hermanas la retaban, Laine se veía forzada a guardar silencio, ¿pues qué respuestas le había entregado Johannes en todo ese tiempo?
Ninguna.
Fue eso lo que la había arrastrado hasta ese lugar, la cueva de la Bruja del Mar.
Era, a su manera, uno de los orgullos de Arren. Significaba que había suficiente magia en este mar para alimentarla, suficiente luz para propiciar su propia sombra.
La cueva se encontraba en lo profundo del océano aledaño a Arren, a horas de distancia nadando y justo a la adecuada como para que Laine pudiera regresar a tiempo para su cita con Johannes esa misma noche.
Laine había intentado no pensar mucho en eso cuando miró el mapa del reino en el salón de su madre.
No pudo evitar pensar en eso observándola justo ahora, encontrándose frente al lugar.
Había algo inquietanto en la cueva de la Bruja.
Por naturaleza, ninguna criatura marina era capaz de temerle al océano. Éste era sus vidas, sus venas, sangre y oxígeno, imbuyendo cada órgano dentro de ellas con la magia que creaba todo en existencia. Las selkies eran hijas de dos mundos, pero sabían a dónde pertenecían, a dónde regresarían al final de su viaje: podían perder al sol y a la tierra, pero jamás se perderían a sí mismas siempre que tuvieran al océano consigo.
En la oscuridad de su corazón, ellas tenían un hogar.
“Pero no así” pensó Laine con un escalofrío, todavía observando la boca de la cueva. “No ahí” tuvo que admitir, pues aquellas sombras parecían tragarse toda luz que se atreviera a asomarse. Laine había traído consigo una de las lámparas de hierro delgado del castillo, su interior encendido con un aceite que ardía incluso bajo el agua, pero supo incluso antes de entrar que no le serviría de nada. En medio de esa oscuridad, era incapaz de iluminar más allá de su mano.
Laine no habría encontrado esto tan perturbador de no ser por la manera en que el agua se sentía dentro de la cueva. Podía sentir a sus músculos moviéndose a través del espacio, su cola agitándose nerviosamente, pero no sentía las corrientes del agua moviéndose a su alrededor, ni escuchaba el ruido blanco del océano que había conocido toda su vida, que reconocería de entre cientos de ellos. No supo que todavía había un residuo de luz hasta que este desapareció frente a ella. Cuando se dio media vuelta, vio que la entrada se había extinguido, tragada por las sombras.
Laine se quedó ahí congelada, sin saber cómo reaccionar, hasta que sintió algo acariciando la aleta de su cola. Con un grito ahogado, Laine se apartó, mirando hacia donde creía haberlo sentido, sólo para encontrar no al culpable, sino pequeñas constelaciones verdes que habían comenzado a aparecer ligeramente más adentro, marcando los bordes de un suelo y paredes circulares.
Laine volvió a sentir la misma caricia, excepto que esta vez a sus espaldas. Cuando se dio la vuelta, se encontró con una medusa. Era de apariencia delicada, blanca y casi completamente transparente, con tentáculos tan finos como hilos y un halo en la parte inferior.
—Oh… ¿y quién serías tú, exactamente?
Por supuesto, la medusa no le respondió, en su lugar comenzando a deslizar a trompicones por la cueva, siguiendo el camino del musgo.
Laine exhaló, tragando una vez más antes de comenzar a seguirla.
La cueva, una vez iluminada y acompañada de su pequeño fantasma personal, no era tan aterradora, incluso si el silencio resultaba opresivo y mantenía a Laine demasiado nerviosa como para atreverse a explorar las piedras preciosas que lentamente comenzaban a llenar el lugar. Entre más profundo se adentraban, más vivo comenzaba a sentirse todo. Plantas y flores crecían desde las grietas en las paredes, meciéndose suavemente y respondiendo a su presencia de una manera en que ninguna planta normal lo hacía en el exterior, casi como manos y bocas llamándola. Habían pequeños montículos que se transformarían lentamente en estalagmitas y picos en el techo todavía demasiado jóvenes para ser verdaderas estalagmitas.
El corredor terminó en una caverna de techo bajo, con todos sus elementos naturales arreglados de una manera que lucía intencional, arrinconados en los bordes y dejando el centro libre. Contra la pared, ligeramente a la derecha y recostada en un trono bajo, con sus tentáculos expandidos alrededor de ella, se encontraba la Bruja.
Todo en su postura era indolente, desde la manera en que se encontraba recargada, con la cabeza hacia atrás para mirarla desde debajo de sus pestañas, hasta la manera en que sus largos brazos se encontraban posicionados, extendidos a sus costados para que ambas palmas de sus manos se encontraran a la vista. Su cabello estaba oculto detrás de una corona conformada por serpientes de metal oscuro entrelazadas las unas con las otras y su piel era roja, pálida ahí en la parte interna de sus brazos y rostro, pero oscurecida hasta ser casi completamente negra alrededor de sus ojos, los cuales eran sólo dos abismos, sin la parte blanca y sin irises distinguibles.
—Vaya, vaya, vaya, ¿qué tenemos aquí? Princesita a la vista.
—Ursilla, Bruja del Mar —se inclinó Laine, extendiendo también ambos brazos a cada uno de sus lados, con la parte interna de sus muñecas hacia afuera.
—¿Qué busca la hija de Cordelia en aguas tan tirrias como las mías?
Su voz era más profunda de lo que su apariencia podía indicar y el movimiento de sus labios parecía un simple teatro, ahí para presentar un rastro de normalidad, pero sin molestarse en encajar o seguir el ritmo correcto. Las palabras seguían resonando a su alrededor para el momento en que dejó de moverlos.
Laine se irguió, intentando calmar el latido de su corazón. Echando un pequeño vistazo a su alrededor, se dio cuenta de que su pequeño compañero había desaparecido.
—Busco… —empezó, pero las palabras se marchitaron en sus labios. Las forzó afuera— información.
La Bruja le observó por unos instantes, inclinando la cabeza hacia el otro lado.
—No, no es eso lo que quieres, ¿verdad? —Laine abrió la boca para negarlo, pero la Bruja continuó— Lo que tú quieres es mucho más simple. Acción.
La Bruja se levantó de su asiento con sólo la fuerza de sus téntaculos. Con tan sólo dos impulsos de sus poderosas extremidades logró cruzar toda la estancia en un instante, colocándose frente a Laine, quien, todavía en la entrada de la cueva, se dio cuenta de que si intentaba retroceder, terminaría de nuevo en el pasillo, ahora completamente a oscuras. Se quedó donde estaba, aferrando con fuerza el asa de su lámpara.
—Quieres algo mucho más sencillo —le dijo, la punta de un tentáculo elevándose hasta su rostro, una ventosa rozándola—, algo que puede ser forzado.
—¡No! —gritó Laine, porque era verdad.
Ella no podría-
Jamás buscaría-
El tentáculo desapareció y la Bruja había dejado de sonreír, observándola.
—Soy suya —forzó las palabras—. Soy su esposa, pero él no me ama. Ha hecho algo para bloquear el vínculo que deberíamos tener e incluso mi piel- se niega a utilizar mi piel —las lágrimas que había logrado esconder de sus hermanas escaparon libres frente a la Bruja, disolviéndose tras unos momentos como perlas sin voluntad—. Dice que su deseo es deshacerse de mí y siento- quiero- deseo ser su esposa, pero no si esto es lo único que me espera, no así.
Laine se encontraba encogida sobre sí misma, aferrando el espacio en su pecho donde debería sentir lo que él se negaba a entregarle, a dejarle tener. Una furia amarga se apoderó de ella, subiendo desde su estómago hasta su garganta, llenando su boca de bilis, porque si no podía darle nada más, al menos podría haberle dejado eso. El consuelo de su vínculo.
Ella habría prometido lo que fuera.
Tal vez entonces podría haberlo soportado.
—Pequeña niña estúpida —le dijo la Bruja, sorprendiéndola lo suficiente como para dejar de llorar. Alzó la vista y la encontró mirándola con pena. Era una pena cruel y condescendiente que le hizo sentir vergüenza de sí misma. La Bruja la desestimó con un ademán de su mano, un momento inclinándose hacia un costado con todo su cuerpo y al siguiente detrás de ella, empujándola hacia un enorme caldero al otro lado de la habitación—. ¿No aprendiste nada de nuestros pequeños cuentos? Sólo hay algo más poderoso que los humanos pueden ofrecernos además de su fe. Sabes lo que es, ¿no es cierto?
Uno de sus tentáculos finalmente la tomó de la cabeza, forzándola a inclinarse sobre lo que había creído era un enorme recipiente vacío. En el fondo, sin embargo, se encontraba una delgada capa de un líquido denso y casi transparente, moviéndose por cuenta propia y reflejando la luz a destellos.
Laine intentó mover la cabeza para ver a la Bruja, preguntar de qué estaba hablando, pero el téntaculo sólo la empujó con mayor fuerza hasta casi meter su cabeza dentro del caldero. Escuchó la voz de la Bruja por sobre ella y al mismo tiempo desde las paredes de cobre recubierto con níquel.
Laine vio imágenes horrorosas.
Imágenes que le rompieron el corazón.
Laine vio a la pequeña sirena tomando el cuchillo y sosteniéndolo por encima del cuerpo del hombre que amaba.
Laine vio a un cazador dejando ir a una niña y sacando otro cuchillo, a los bordes de un bosque.
Era distinto, y sin embargo, lo mismo.
Finalmente, Laine vio a una mujer esperando a las orillas del mar, en lo alto de la mañana o al filo del día, indiscernible en la memoria.
Un hombre salía de entre las olas, algo rojo, oscuro, vivo entre sus manos.
—¿Sabes lo que hizo él? —escuchó la voz de la Bruja del Mar preguntarle desde algún lugar por encima de ella. Laine intentó resistirse, decirle que no quería saber, pero la mujer continuó, una sonrisa cruel pintándose sobre la imagen en el caldero— Me entregó su corazón, todavía palpitante, para que yo me lo comiera mientras observaba.
Podía ver esos mismos dientes, blancos y afilados, dos largas filas de ellos abriéndose cada vez más, dejando ver un túnel viviente, que se contraía rítmicamente a su alrededor. Laine podía escucharlo. Podía escuchar su propio corazón, incluso por encima de lo que reconocía como a la Bruja riendo en algún lugar muy lejos, demasiado lejos de ella.
—¿Qué es lo que realmente quieres, Hija del Mar?
Laine se forzó a gritar.
—¡Quiero sólo lo que él quiere! —las palabras desgarrando su garganta y volviéndo cada una de ellas más dolorosa que la anterior— ¡Quiero la manera de romper este matrimonio!
La tormenta a su alrededor amainó, pero Laine casi se arrepintió de ello, cayendo sobre el borde del cadero y apenas alcanzado a sostenerse antes de que su rostro golpeara contra el interior. Se quedó ahí agachada, sollozando.
Todo su cuerpo dolía.
—Eres demasiado débil —Laine no la miró, soltando otro gemido. Los tentáculos de la Bruja aparecieron en su rango de visión, pero Laine no se movió. Uno de ellos levantó su barbilla, hasta que la Bruja volvió a aparecer a través de la pátina frente a sus ojos—. Pero eso ya lo sabías, ¿no es así? Viniste aquí en desesperación, esperando que pudiera forzarte a aceptarlo.
Laine lloró.
La Bruja la soltó, dándose media vuelta de regreso a su extenso trono, volviéndose a reposar en él como la bestia tras terminar su festín, cuando lo único que le quedaba por hacer era observar las sobras de su presa.
—No puedo otorgarte tu deseo, hija del mar. Así no funciona la magia. —Le sonrió, un eco burlón en sus palabras.
Laine se levantó, sus brazos temblando del esfuerzo.
—¿Y qué puedes hacer entonces?
La bruja se quedó en silencio. Laine estaba a punto de darse por vencida cuando volvió a hablar.
—Lo que te mostré es cierto. Un corazón latiente, tomado a la fuerza o entregado por voluntad propia, es suficiente para cambiar el final de cualquier historia. No necesitas ninguna otra clase de deseo.
Laine se le quedó mirando, boquiabierta.
—¡N- no puedo hacer eso!
Lo que él quería ser era libre.
La bruja simplemente se encogió de hombros, rompiendo el contacto visual. Una tensión que había estado en el ambiente todo ese tiempo comenzó a dispersarse.
—Es todo lo que tengo para ofrecerte. Adiós, princesita.
La medusa blanca que la había guiado hasta ahí apareció de repente frente a sus ojos, como si nunca se hubiera ido. Cuando comenzó a rebotar de nuevo en dirección al pasillo, iluminando musgos, cristales y plantas a su paso, Laine la siguió, mirando hacia atrás una última vez.
La bruja se encontraba con los ojos cerrados y la cabeza apoyada en un puño. La otra de sus manos se encontraba siguiendo un ritmo invisible, igual al de las mismas mareas en el exterior. Era hermosa y gigante, pero también delicada como las estatuas adornando las paredes del castillo. Por un momento Laine recordó a su madre, trabajando a solas en uno de los tantos salones del castillo, lidiando con los elementos más tediosos de dirigir un reino.
La bruja la había llamado “hija de Cordelia”. Princesita. Hija del Mar.
Y cuando esa mano se detuvo, Laine se giró rápidamente, intentando fingir que no había visto nada, como en todas esas ocasiones en que su madre había levantado la mirada para encontrarla asomándose a través de la puerta.
Su madre habría sonreído.
Laine no supo que había hecho la bruja, pero se descubrió queriendo mirar.
Algo le había quedado claro. Por un momento, ahí en esa cueva, Laine no había tenido miedo.
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Laine está desesperada. Incluso entre tantas distorias de princesas e hijas, madres y reinas, es muy difícil encontrar la manera de ser feliz sin sacrificios.

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