IV
Cuando eran las 15:15, llovía con apuro, para compensar el atraso.
Antú estaba casi lista, había "almuerzayunado" con calma. Ahora preparaba el vestuario para recibir a los clientes, que no tardarían en llegar, para la cita agendada hace meses. "¿Qué me pondré hoy?" Se preguntaba juguetona y sonriente.
El teléfono sonó durante 2 segundos antes que Santiago Thaljieh contestara. Tenía el teléfono en la mano, comenzó a sonar, vio el nombre de Aurora en la pantalla, contestó diciendo de inmediato:
—Gracias, esperaba que alguien me llamara. No quería estar acá. Voy en camino.
Bernardo Dumont se había sentado en la silla de siempre a la hora de siempre. Sólo un estruendo, puede sacudir la rutina. Sólo un estruendo cómo ese podía interrumpir la serie de las 3:30 p.m.
En el piso de abajo se sintió una explosión y pudo sentir levemente temblar su piso.
El pensamiento "¿Qué podrá haber pasado? Quizás un accidente doméstico" tan racional y sensato se apareció, mezclado, solapado con el inmediato, visceral e incontrolable miedo.
Ese edificio de arquitectura vanguardista, cuya idea de vida comunitaria se había visto interrumpida con un golpe de estado. Pasó de albergar estudiantes becados a ser habitado por militares y luego vendido a los privados que actualmente le cobraban arriendo.
Bernardo había oído rumores nunca refutados acerca de militares temerosos de la revolución que llevaría fin a la dictadura dejando bombas escondidas entre los pisos de ese y otros edificios emblemáticos del gobierno interrumpido.
Oír el estruendo en el piso que dividía su morada con la del vecino de abajo, le provocó un pavor indescriptible. El aliento de escenas de otro lugar.
Santiago, el muchacho que se llamaba como una ciudad que se tragó el mar, salió caminando apresurado. Luego de unos minutos, cuando llegó a la parada de buses se dio cuenta que no sabía la dirección a la que debía ir. Al teléfono de Aurora llegó un último mensaje de texto de parte de su madre. Aurora vio el nombre de "Imperator" y lo borró sin leerlo. Luego marcó el número de Momo.
Hortensia durante su entrenamiento había escrito un mensaje para su hija. Durante su entrenamiento, en ese espacio donde no hay mucho yo operando, hablaba y escribía, pero no escribía ella, aunque lo firmaba ella.
Aunque no entendiéramos el lenguaje ni los grafemas.
No necesariamente ese "yo", está identificado con su nombre. Le llamamos Hortensia, por convención, para hacer el relato más fácil. Antes de terminar, la voz había le había enviado por teléfono una advertencia a Aurora: "Lloverá donde no debería."
El mensaje no sería leído.
Antú se dibujó un signo en cada mano, aunque pensó que era grosero.
Momo Bianchi contestó su teléfono, para oír la voz de Aurora preguntar: — ¿Qué haces?
— Me lamentaba lo mal diseñada que está esta ciudad: Es fea y segrega a propósito, además de no soportar las lluvias ¿Y tú?
— Yo escapo de un deber impuesto. Tratando de buscar un hogar, conformándome con un techo.
— ¿A qué hora voy?
— Te estoy mandando la dirección ¿Puedes traer algo de beber?
— ¡Claro, Auri! Déjamelo a mí. Llevaré algo que sepa a amor.
Estaban listas para despedirse, pero Momo necesitaba agregar algo, más:
— ¿Auri?
— ¿Sí?
—Tengo algo que decirte que no puede esperar a que te vea en persona: ¿Sabías que por su corto sistema digestivo y las cantidades brutales de bambú que comen, los pandas cagan cerca de 40 veces al día?

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