Capítulo I (Parte 2)
Luci cambio de escuela a Art para que su padre no pudiera tener ningún tipo de contacto con él, Art se volvió más reservado a comparación de cómo era antes. Podía notar que cada vez sonreía menos. Era entendible, pero quisiera poder arreglarlo, volver a ver su brillante sonrisa que mostraba antes al ver a su hermana.
—Tori, hoy vendrán tus amigos, prepárate, ¿de acuerdo? —menciono con su sonrisa dulce de siempre.
Mi relación con mis amigos se volvió cada vez más complicada, no dejaba que ellos me vean, seguía buscando a Darío todos los días. Adrián me llamo un montón de veces, intuyo que era para pedirme volver al boxeo, Marcos y Gabriela también estaban muy preocupados. Perdí todo tipo de contacto con ellos, me estaba ocultando de todo. No estoy preparada para afrontar la realidad, sé que en cualquier momento mencionaran a Ann, no lo soportaría. Cuando la mencionan siento un punzón en mi pecho, quitándome el aire de los pulmones. La única persona con la que mantenía contacto fue con Liz, ella me estuvo ayudando con esto, al inicio no entendía porque quería acercarse tanto a mí. Sus intenciones conmigo nunca fueron una simple amistad, en se momento no lo entendía. Aunque ahora se todo esto no puedo corresponder a sus sentimientos, siento que no podre dar lo que ella quiere de mí. Todo lo que ella ha hecho por mí, para apoyarme cuando estuve completamente hundida en la tristeza por la pérdida de Ann, nunca lo olvidare, siempre le estere agradecida por estar conmigo incluso cuando trate de alejarla. Simplemente no puedo corresponder, aunque sea otro golpe duro para mi corazón ya que mis sentimientos por ella son confusos. No quiero arrastrarla a una situación donde deba esperar por mí.
—¿Te ayudo con la cena? —agregue sonriendo levemente mientras ataba mi cabello.
—Nop, hare mi plato especial esta vez. Puedes ir a pasar el rato con Art. —dijo mientras sacaba ingredientes de la nevera.
—Bien.
Fui a la habitación de Art, ahora es legalmente mi hermano. Como mencione antes él se volvió más reservado, incluso más callado. Estuvimos jugado un rato hasta que los invitados llegaran.
—¡Tori, Art bajen! —gritó mamá. —Tus amigos ya llegaron, Tori. —agregó.
Art y yo bajamos al comedor, ahí estaban mis amigos con los que había cortado el contacto a excepción de Liz. Cuando los vi parecían no saber cómo actuar después de verme, es normal. No quería ver a nadie la única que podía tener un acercamiento escaso conmigo era Liz. Aun así, era hora de tomar de nuevo las riendas de mi vida.
—¿Qué tal, chicos? —dije casi balbuceando. —Gracias por venir. —sonreí.
Ellos simplemente saltaron hacia a mí para darme un brazo.
—Eso duele. —dije soltando un gran suspiro el cual era de felicidad.
—¡Idiota! ¿Por qué no querías vernos? —dijo Adrián, casi gritando. —Estaba tan preocupado, tonta.
—Estaba tan preocupada por ti, Tori. —agrego Gabi.
—Yo también estaba preocupado por ti, Victoria. —dijo Marcos.
Mamá y Liz se quedaron observando los sollozos de todos, incluso yo. Art se burlaba de nosotros diciendo que parecíamos niños pequeños, en ese momento vi su sonrisa, volvía a brillar, eso me alegro. Tal vez él también estaba molesto por alejarme de todo después de lo que sucedió, él parecía haber madurado demasiado para su edad. Cuando todos dejaron de asfixiarme con ese fuerte abrazo vi sus miradas, todos parecían estar felices, aunque falte alguien muy importante.
—Gracias por venir. Perdón por desaparecer por completo. —dije sonriendo.
Después de eso fuimos a comer, la casa parecía llena de vida, llena de felicidad. El aroma a comida recién hecha flotaba en el aire, mezclado de risas y conversaciones triviales que me llenaban de alegría. Se que mamá organizo esto con la esperanza de que vuelva a hablar con mis amigos, después de aislarme del mundo. Aunque me sentía un poco incómoda con esta idea de mamá, se lo agradezco mucho. Tenerla a ella, Art y Liz conmigo me ayudó mucho, con el simple hecho de su presencia.
Liz, como siempre, estaba radiante ante mis ojos. Su cabello rizado que caía en cascada sobres sus hombros, y sonrisa que iluminaba la habitación. Durante toda la cena la estuve mirando de reojo, notando como su risa contagiaba a todos y como su presencia parecía suavizar el dolor de mis heridas. Sabía lo que ella sentía por mí, después de un largo tiempo empecé a notarlo en sus miradas, en sus gestos, en la forma que siempre estaba ahí para mí, esperando por mí. No quería que ella continuara de esa forma, no soy la persona correcta.
Cuando todos los invitados se retiraron, Liz se quedó conmigo en la cocina, ayudando a Luci a recoger los platos. Luci, con su increíble intuición característica, le sonrío a Liz y finalmente dijo:
—Ustedes dos vayan a tomar un poco de aire fresco. Yo me encargo del resto.
Salimos al jardín trasero, donde la noche era fresca y tranquila. El cielo despejado nos dejaba ver por completo las estrellas, y el silencio solo era interrumpido por el suave sonido del viento entre los pequeños arbustos que rodeaban el patio. Me acosté en el césped mirando las estrellas, Liz también hizo lo mismo.
—Fue una buena noche —dijo Liz, rompiendo el silencio—. Te vi sonriendo, eso también me alegro la noche.
—Sí —respondí, con una sonrisa leve—. Fue… agradable. Sentirme así de nuevo fue lindo, incluso Art estaba riendo un montón. Es la primera vez que lo veo sonreír de esa manera en mucho tiempo, verlo así me hizo sentir calidez.
Liz solo asintió, jugueteando nerviosamente con su cabello. La mire de reojo, sabiendo lo que se venía. Evité lo más que pude esta conversación, pero volvió a surgir una vez más. Sabía que no la podía postergar para siempre.
—Victoria… —comenzó Liz, con un tono de voz más serio—. Necesito hablar contigo.
Respire profundamente, incluso pasando un poco de saliva por mi garganta. Sabía que estaba por decir, y también sabía que no podía ofrecerle nada de mí, no todavía.
—Lo sé, Liz — dije, antes de que Liz pudiera decir algo—. Se lo que sientes por mí, no puedo decir que no lo haya notado antes. Pero no puedo corresponder a tus sentimientos. En este momento no puedo ofrecerte nada.
Liz me observo, podía ver sus ojos llenos de una mezcla de alivio y tristeza.
—Lo sé —dijo Liz, con su voz suave—. Sinceramente esperaba esto, se por lo que has pasado los últimos días, y no quiero poner ningún tipo de presión en ti. Pero quería decírtelo, quería hacerte saber que estaba para ti, y no lo hago esperando algún tipo de cambio, sino porque te quiero. Quiero que sepas que estaré aquí, en lo que sea que necesites.
Un nudo parecía formarse en mi garganta. Liz no espera ningún tipo de cambio en nuestra relación, decidió estar por elección propia. Esto lo hace un más difícil, No quería lastimarla, pero tampoco quería mentirle.
—Liz… —susurre, con voz temblorosa—. En el fondo sabía que esto iba a pasar, O, al menos lo sospechaba. No puedo decir que no me importes, porque sería una completa mentira. Eres increíble, te agradezco que hayas estado conmigo todo ese tiempo y estarías en lo cierto si pensaras que no merezco a alguien como tú. —Hice una pausa, aclarando mi garganta—. Pero no estoy bien, Liz. Siento que perdí una parte de mi ser, no estoy entera. Y no quiero arrastrarte a esto, a este desastre en el que me convertí.
Liz me miro sin decir absolutamente nada, pero sus ojos hablaban por ella. Esos ojos que siempre estaban atentos a mí se tornaban tristes. El nudo en mi garganta se hacía más grande.
—No quiero que esperes por mí, no quiero que te quedes atrapada en una situación donde no puedo darte lo que mereces. —dije con voz firme —. Mereces a alguien que te haga sentir como la persona más importante del mundo, sin dudas, sin miedos. Yo no puedo hacer eso ahora.
Liz tomo mi mano suavemente, entrelazando sus dedos con los míos, parecía buscar una manera de mantenerse conectada a mí.
—No te pido estar bien — dijo Liz finalmente, con voz suave pero firme—. No te pido ser una persona completamente perfecta. Solo quiero que me dejas estar aquí, contigo, en todo lo que decidas. No lo digo como una promesa, sino como elección propia. Porque te quiero, tal como eres, incluso si no estás bien.
Mi vista se nublaba, antes de darme cuenta las lágrimas habían empezado a caer de mis ojos, cubrí mi rostro con mi otra mano. No quería lastimarla, pero tampoco quería perderla.
—No estoy segura de cuando estaré lista —susurre, apretando la mano de Liz.
—No sé si alguna vez lo estaré, pero no quiero que te alejes de mí, eres demasiado importante para mí. No pienses que no te quiero porque lo hago y demasiado, más de lo que me gustaría admitir. Solo que no tengo idea de cómo hacer esto bien.
—No tienes que saber, a decir verdad, yo tampoco estoy segura de cómo hacerlo. —dijo Liz —. Solo tienes que dejarme estar aquí, en lo que decidas. No tienes que ser perfecta por mí, solo necesitas ser tú.
No tenía las respuestas que necesitaba en ese momento, pero una cosa era clara. Liz siempre fue alguien que merecía la pena, alguien que quería tener en mi vida, incluso si no sabía lo que eso implicaba.
—Gracias—susurre, apretando más la mano de Liz —. Por ser tú, por no rendirte conmigo. Por… por querer mi patético ser, incluso cuando yo no puedo quererme a mí misma.
Liz me abrazo en ese momento, y por primera vez en semanas, sentí que el futuro para mí no sería de gris. Después de eso regrese adentro, despidiéndome de Liz. Fui directo a mi cama.
Recordé aquel día que la vi por primera vez, ese día era lluvioso, recuerdo la forma en que su mirada se ilumino cuando le preste mi suéter porque ella estaba completamente mojada, Liz sonrío cuando lo devolvió, recordar aquella sonrisa alivianaba mi pecho. La sensación apenas duro unos segundos. Me acosté abrazando ese suéter usándolo como escudo contra el mundo. Las lágrimas que había estado conteniendo desde el funeral de Ana comenzaron a caer. Cada lágrima era un recordatorio especialmente para mí, anunciando una y otra vez que Ana ya no estaba, nunca más la escucharía reír o regañarme porque no prestaba atención en clase.
—Prometí cuidarte — susurré, apretando cada vez más fuerte el suéter. —Y te fallé. Un recuerdo golpeo fuertemente mi ser, la última vez que la vi. Era Ana, riéndose de su hermano y de mí, estábamos cantando su canción favorita. —No te dejare sola —dije¸ Ann me sonrío, como si supiera que era una promesa vacía.
Esa promesa resonaba en mi mente como un eco. Cerré los ojos tratando de ahuyentar aquel recuerdo, pero era inútil. Ann se encontraba en todas partes, en el viento que rozaba mi piel, en el silencio que llenaba la casa, en los ojos de Arturo, que la miraban con una mezcla de tristeza y reproche.
—No te dejare sola —repetí, en voz alta, como si tratara de convencerme a mí misma.
En el fondo sabía que era una promesa que ya no podía cumplir. No mientras el padre de Ana siga libre, no mientras siga rota por dentro.
Seguía aferrada a mi suéter, como si fuera el único hilo que me mantenía unida a la realidad. Fuera, la lluvia empezó a caer, llorando al ver mi dolor por lo que había perdido.
—Perdóname, Ann. —susurre, justo antes de que el sueño me arrastrara a su mundo, donde Ann seguía viva, donde las promesas aun podían ser cumplidas.

Comments (0)
See all