Capítulo II
El 4 de septiembre de 2019, comenzaba mi último año de colegio. Era algo triste pensar que no volvería a ver a algunos de mis amigos, ya que se irían lejos a estudiar. El día anterior, preparé mi uniforme de gala para el primer día y algunas libretas para este último curso.
Despertar para el primer día de clases nunca es agradable, pero hoy era el turno de mamá para hacer el desayuno, así que de alguna manera estaba contenta. Ella siempre prepara comidas que cree que son saludables, y lo son, pero a menudo experimenta con la comida. Me asusta un poco; si sabe mal, no podré decir nada.
Ver a mamá con un delantal de cocina no es común. Pasa la mayor parte del tiempo en su despacho, así que es lindo verla así.
—Buenos días, Luci —saludé. No soy irrespetuosa por llamar a mi madre por su nombre; lo hago por cariño.
—¿Qué tal dormiste, Tori? —preguntó, usando el apodo con el que siempre me llama. Es lindo.
—Bien... aunque mi cuello me está matando —respondí, frotándome la nuca.
—Debiste colocar tu almohada en una posición rara otra vez —dijo Luci, burlándose.
—Tal vez lo hice, pero no lo recuerdo —admití, sonriendo.
—No olvides alimentar a Sachi —recordó.
Sachi es mi mascota, un perro pekinés, una bola de pelos.
—Hoy tengo entrenamiento de boxeo, Luci —dije, suspirando—. Esta tarde sufriré un poco. Adrián regresó.
Dios mío, siempre me pregunto qué clase de monstruo es ese tipo. Siempre me hace sufrir en los entrenamientos.
—Te dejaré preparado algo rico. No olvides comerlo cuando regreses del colegio —dijo mamá, sonriendo.
—Gracias, mamá —respondí, agradecida.
Ella es la mejor. Mis padres se divorciaron cuando yo tenía siete años. Mi padre es médico, y al parecer le fue infiel a mamá. No lo entiendo. Vivo con mamá desde entonces, y ella siempre se asegura de que no me falte nada. Siempre trata de estar presente todo el tiempo que puede, y cuando no puede, se disculpa con un regalo. Nos turnamos para cocinar, y yo siempre trato de hacer algo que sé que le va a gustar.
—Ten un buen día, mamá —dije, mientras me preparaba para salir.
—Gracias, cariño. Tú igual —respondió, sonriendo.
El primer día de clases pasó rápido, demasiado rápido. Estuve pegada a Ana como un chicle. Ella es mi amiga desde que tengo uso de razón. Me gusta su forma de ser, su cabello negro que le llega hasta los hombros siempre destaca, y sus ojos, que siempre pensé que parecían de hielo, profundos, como si pudieran ver el alma. Siempre está rodeada de un aura de misterio y pureza, una mezcla de fuerza y fragilidad. Mi conexión con ella es bastante profunda, ella siempre ha tenido la misma personalidad desde siempre, cuando éramos niñas solíamos jugar juntas por nuestras madres, ellas se conocían también desde su infancia y querían que nos convirtieramos en mejores amigas como era ellas, su plan parecía haber fallado en el momento que nos conocimos, mamá me ha contado que tenía alrededor de 5 años en el momento que nos conocimos. Nuestra amistad no empezó con el pie derecho, apenas nos conocimos empezamos a pelear por un juguete que pareció gustarnos a las dos, pero todas esas peleas por juguetes que nos gustaban a las dos se iban convirtiendo poco a poco en risas de nosotras jugando juntas, se puede decir básicamente que fuimos obligadas a convivir juntas y agradarnos la una a la otra. Cuando Ann perdió a su mamá, ella vivió unos años en mi casa, ella siempre era positiva en cuanto a la muerte de su madre, nunca dejo que la tristeza la venciera. Aunque tenía sus momentos donde se sentía derrotada, tengo un recuerdo en específico, Ann estaba enojada, estaba enojada con Art, no recuerdo muy bien, pero tal vez tenía7 años en ese momento. Art no había hechos sus tareas, Ann lo regaño sobre su irresponsabilidad, algo que ella odiaba con su alma era la irresponsabilidad, Art fue corriendo hacia a mí para que lo defienda, pero ni siquiera yo me salvaba de la reprimenda.
También recuerdo cuando mis papás se divorciaron y mi único soporte en ese momento parecía ser Ann, ella siempre estuvo, diciendo que todo estaría mejor, cuando nada lo estaba. “Está bien sentirse mal, después de todo somos humanos no unas máquinas” dijo cuando apenas éramos unas niñas, ella parecía entender por completo el propósito de la vida, debe ser porque esta misma la obligo a madurar mucho más rápido de lo que debía. Ella siempre permaneció invencible, siempre me enseñaba cosas nuevas de la vida cotidiana, me enseño como memorizar más rápido cuando mamá me presionaba con los estudios, todo tipo de cosas. Y lo que realmente aprecio de nuestra relación es cuando ella dijo que me consideraba una hermana, lo agradecida que se sentía conmigo y mis padres no lo cambiaría por nada del mundo. Ella simplemente era ese tipo de persona. Cuando cumplió 15 años ella se fue de casa llevándose consigo a Art, regreso con su padre después de haber vivido con ella mucho tiempo, Ann le tenía un tipo de compasión hacia su padre a pesar de los abusos que sufrió por él. Mamá acepto esa decisión casi por la presión de Ana, dijo que no quería ser una molestia para ella, dijo que ya era lo suficientemente grande como para enfrentarse a su padre y para cuidar de Art. Una tía de ellos se había contactado con Ann, y le había prometido cuidar de Art hasta que ella se gradué del colegio con la condición de regresar con su padre porque se encontraba hundido en el alcohol, solo mantenía su trabajo para poder seguir abasteciendo su adicción. Ella termino aceptando.
—¿Hoy tendrás entrenamiento? —preguntó Ana, suspirando.
—Sí... Adrián regresó —respondí, aterrorizada.
—Que Dios se apiade de ti —dijo, riendo.
—Amén, hermana —respondí, riendo también—. Espérame unos minutos. Iré a quitarme el uniforme en los vestidores.
—No tardes demasiado. Quiero llegar al bus de la 1:30pm. Hoy debo recoger a Art de su escuela —dijo Ana, mirando su reloj.
—No tardaré nada. Solo espérame —aseguré.
Hoy pensaba ir directo al gimnasio, solo pasaría rápidamente por casa ya con mi ropa deportiva puesta para no perder tiempo, todo por culpa de Adrián. Cuando salí, vi a Ana sonriendo al lado de un chico. Incluso parecía estar sonrojada.
—¡Oye, Ana, vamos! —grité, queriendo ver su reacción.
Ana simplemente me miró con una expresión que parecía decir: "Te voy a matar".
Finalmente, íbamos camino a la estación de bus mientras yo le preguntaba por aquel chico. Mientras esperábamos, hablábamos de lo atractivo que era aquel chico con el que la vi, Abel, al menos para Ana. Un chico del otro salón que había tenido un cambio radical para bien durante las vacaciones, por lo que todas las chicas estaban detrás de él.
Ana es muy conocida en el colegio. Obtuvo una beca completa, es linda, carismática y tiene la mejor personalidad del mundo, o al menos eso es lo que piensa la gente. Porque siempre que está conmigo me esta regañado de la misma forma que lo hace con Art, soy una persona bastante afortuna de conocer todas sus facetas, triste, feliz, enojada, incluso la Ana llorona. Esa chica tal vez esté interesada en ese chico, no lo sé. Ya me lo contara más cómo evoluciona su relación con ese tipo, aunque no lo aceptare tan fácilmente si no es alguien mínimamente decente.
Su personalidad es algo cambiante. Siempre se enoja conmigo por no prestar suficiente atención cuando se trata del estudio, por mi actitud que suele ser bastante relajada, incluso a veces por mi impuntualidad, no lo haga apropósito, simplemente pierdo la noción del tiempo. Dice que estoy loca por hacer ejercicio, y no se equivoca. Ella está en el primer puesto de mejores estudiantes, aunque se queja porque no presto mucha atención en clase. Yo la sigo en ese listado, en el segundo lugar. Ana piensa que, si dejara de ser una maniática del boxeo, estaría en el primer puesto. No lo creo; ella es demasiado inteligente, y no lo digo solo porque sea mi amiga. Lo digo en serio. Incluso trabaja a medio tiempo los fines de semana.
Se esfuerza todo el tiempo, y no creo poder ganarle.
Por fin llegó un bus. Empezaba a hacer algo de frío, así que nos despedimos como siempre y me fui a casa.
Lo peor sucedió: empezó a llover. Tuve que correr unas cuantas calles, pero por suerte llevaba una campera puesta encima de mi suéter del gimnasio, así que la lluvia no tocó mi piel. La lluvia no parecía querer detenerse, así que busqué refugiarme en una parada de bus. Estaba tan concentrada en no mojarme que ni siquiera noté los maullidos de un gato que estaba allí. Un felino, acurrucado en un pedazo de cartón tirado justo en esa parada. La lluvia caía en forma de hilos plateados, tejiendo un velo de tristeza infinita. Ver animalitos en esa situación me parte el corazón. Un nudo se formó en mi garganta.
No podía ignorarlo. Acercarme a darle algo de cariño al gato era lo mejor que podía hacer hasta que la lluvia parara. Lo llevare a casa. Mamá no se enojará, ¿verdad?
Lo tomé en mis brazos para darle calor. Lo hacía de forma cariñosa, como una completa tonta. No se puede evitar cuando quieres mucho a los animales.
—Eres una masita de pelos tan linda —le dije al gato con un tono de voz agudo, como si estuviera segura de que me entendía—. No entiendo a la gente que puede abandonar a animalitos tan lindos como tú. Eres una masita de algodón de azúcar.
En ese momento, llegó una chica que llevaba el mismo uniforme de mi colegio. Era una chica de cabello negro y rizado. Unos ojos color miel que me miraban llenos de curiosidad, una piel tan clara, como si el sol nunca hubiera rozado su ser y un lunar bajo su ojo izquierdo me llamo la atención. Me sorprendí demasiado por su llegada y sentí algo de vergüenza. Antes de que llegara, le estaba hablando al gato, y realmente esperaba que no hubiera escuchado nada.
—Hola, masita de algodón —dijo la chica.
Mi cara comenzó a arder. Parecía que hoy había perdido algo de dignidad. Ni por asomo pensé en responder. No la conocía, pero no quería ser grosera, así que simplemente levanté las cejas como si ese fuera un saludo.
—¿Lo encontraste aquí? —preguntó ella, mirando al gato con curiosidad.
Esta chica parecía ser un poco habladora. No quería ser descortés, así que respondí de manera breve.
—Estaba aquí, pero lo llevaré conmigo a casa —dije, acariciando al gato.
—Oh, estaba por preguntarte si te lo quedarías, pero veo que sí. Me alegro. Mis padres no quieren un gato más en casa —comentó, sonriendo.
—¿Tienes muchos gatos? —pregunté, curiosa.
—Tengo seis: Lunita, Taco, Cachito, Botas, Tigresa y Mafusa —respondió, contándolos con los dedos.
—Casi un ejército gatuno —dije, algo sorprendida—. ¿Cómo debería llamar a este?
—Pensé que ya le habías puesto Algodón de Azúcar —dijo, burlona.
—Cállate. Se llamará Masita —respondí, riendo.
Ella se echó a reír a carcajadas al escuchar el nombre que le puse. Yo también soy un poco extrovertida, así que en unos minutos empezamos a hablar sobre gatos y la lluvia. Parece que hice una nueva amiga muy agradable gracias a Masita y a la lluvia.

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