Akihabara, Japón
El dojo de la familia Hoshino estaba en silencio, salvo por el susurro del viento que agitaba las hojas de los árboles de cerezo en el jardín. Dentro, Ryuhoshi blandía su katana con movimientos precisos, su respiración acompasada mientras ejecutaba el entrenamiento que su abuelo, Hiroto, le había encomendado. Cerca de él, Kenji practicaba con su arco, ajustando las flechas de su carcaj tras cada disparo hacia un blanco improvisado.
Hiroto observaba a ambos con detenimiento desde una silla baja, sosteniendo una taza de té en sus manos.
—Tu postura está mejorando, Ryu —comentó, dejando la taza a un lado—, pero aún descuidas tus flancos cuando atacas.
Ryu se detuvo y limpió el sudor de su frente con el dorso de la mano.
—Lo sé, abuelo. Pero no puedo evitar pensar que estos movimientos no tienen sentido… Es como si estuviera luchando contra fantasmas.
Hiroto dejó escapar una leve risa, profunda como el eco de un río tranquilo.
—¿Fantasmas? Quizás no estés tan equivocado. —El anciano señaló el altar al fondo del dojo, donde un amuleto de jade en forma de dragón reposaba bajo un tenue resplandor verdoso—. Ese dragón ha estado con nuestra familia durante generaciones. Su energía no es un cuento, Ryu. Es un vínculo con algo mucho más grande de lo que puedes imaginar.
Antes de que Ryuhoshi pudiera responder, una ráfaga de viento atravesó el dojo, haciendo que las puertas corredizas temblaran. Kenji se detuvo, con una flecha a medio tensar, y miró a Hiroto.
—¿Sintieron eso? —preguntó Kenji, bajando el arco.
Hiroto asintió lentamente, su expresión grave.
De repente, una sombra oscura comenzó a extenderse por el jardín. Los tres se giraron hacia el cielo y vieron cómo el sol, antaño brillante, empezaba a ser devorado por un objeto negro que crecía lentamente en su superficie. La luz se desvanecía, y el cielo adoptaba un tono carmesí que hacía parecer que el mundo entero sangraba.
Un escalofrío recorrió a Ryuhoshi.
—¿Qué está pasando?
Kenji sacó rápidamente su teléfono, mostrando una transmisión en vivo desde el canal de noticias
—Tienen que ver esto. No es solo aquí.
Hiroto y Ryuhoshi se acercaron mientras Kenji reproducía la transmisión de las naciones unidas
Marsella, Francia
La noche caía sobre Marsella, bañando la ciudad con tonos anaranjados y violetas mientras el sol se deslizaba tras el horizonte. En un pequeño apartamento cerca del puerto, Sara Blanc estaba sentada a la mesa del comedor, con una taza de té enfriándose entre sus manos. Frente a ella, un viejo diario abierto revelaba páginas llenas de dibujos, anotaciones y diagramas que parecían más misteriosos con cada vistazo.
El diario perteneció a su madre, Celine Blanc, una botánica apasionada que dedicó su vida a estudiar las rosas negras. Sara pasó años buscando un significado en esas páginas, pero muchas de las palabras estaban escritas en un código que nunca logró descifrar.
Entre las hojas amarillentas, un dibujo destacaba: un círculo rojo intenso con un ojo negro en el centro, rodeado por espirales de tinta que parecían moverse bajo la luz tenue de la lámpara.
Sara acarició el borde de la página con delicadeza, recordando las palabras de su madre, quien murió cuando ella tenía solo 12 años.
—"Las plantas no solo crecen, Sara," —decía Celine con su voz suave y apasionada—. "Responden a algo que va más allá de lo visible. Algo que no podemos ver, pero que podemos sentir si escuchamos con atención."
Sara dejó escapar un suspiro, perdida en sus recuerdos. Desde la muerte de su madre, ese diario había sido su única conexión con ella. Pero también era un enigma que parecía resistirse a cualquier explicación lógica.
Sus dedos se detuvieron sobre un dibujo particular: dos flores, una negra y una blanca, con pétalos que se entrelazaban en forma de espiral. Su madre siempre hablaba de ellas como símbolos de algo profundo, algo que iba más allá de la vida y la muerte.
—¿Qué intentabas decirme, mamá? —susurró Sara al diario, como si las palabras pudieran surgir de las páginas en respuesta.
De repente, un dolor agudo atravesó su cabeza. Fue tan intenso y repentino que dejó caer la taza, que se rompió en el suelo con un estruendo.
Sara apretó las sienes, jadeando, mientras una imagen vívida se formaba en su mente. No era la primera vez que veía algo así; desde niña había tenido visiones inexplicables, pero esta era diferente.
Se encontró en un vasto campo de flores marchitas. El suelo bajo sus pies estaba seco y agrietado, y el aire era pesado, cargado de un olor metálico y dulzón. Sobre ella, el cielo era oscuro, con nubes negras que se arremolinaban como si contuvieran tormentas.
En el centro del campo, una figura femenina apareció, vestida con un largo vestido negro que se arrastraba sobre las flores muertas. Una corona de pétalos oscuros adornaba su cabeza, y su presencia era tan imponente como etérea. Aunque su rostro estaba cubierto por un velo, Sara sintió que esos ojos invisibles la miraban directamente.
La figura alzó una mano, y su voz resonó en la mente de Sara como un eco profundo.
—Sara… el Este te llama.
El campo se desmoronó ante ella, y la visión se desvaneció tan rápido como había llegado.
Sara se levantó de golpe, con el corazón desbocado. Su respiración era pesada, y el sudor perlaba su frente. En sus manos temblorosas, todavía sostenía el diario de su madre.
Las visiones nunca habían sido tan claras. Por lo general, eran fragmentos inconexos, imágenes fugaces que no lograban aferrarse a su mente. Pero esto… esto era diferente. La figura, su voz, el campo… todo era demasiado real.
Sara abrió el diario en busca de algo, cualquier cosa, que pudiera darle respuestas. Sus ojos se posaron en una anotación que había pasado por alto antes:
"El Este guarda los secretos de las raíces negras. La respuesta está allí, donde el sol se alza."
Sara frunció el ceño, su mente todavía aturdida por la visión. Algo en esas palabras la inquietaba. ¿Su madre sabía algo sobre lo que estaba ocurriendo? ¿Sobre lo que ella estaba viendo?
El viento sopló por la ventana abierta, haciendo que las páginas del diario se agitaran como si una fuerza invisible intentara llamar su atención. Sara cerró el libro de golpe y miró hacia el horizonte.
El Este… Japón.
El pensamiento se formó con una claridad abrumadora. No sabía por qué, pero estaba convencida de que debía ir allí. Algo en su interior, una fuerza que no podía ignorar, la empujaba hacia ese lugar.
No era solo una corazonada. Era una certeza que la aterrorizaba y la intrigaba al mismo tiempo.
—Mamá… —susurró mientras su mirada volvía al diario—. ¿Qué sabías que yo no?
Sara sabía que no había forma de ignorar este llamado. Las respuestas que buscaba estaban allí, y aunque la idea de dejar todo y viajar al otro lado del mundo le helaba la sangre, una parte de ella sabía que no tenía otra opción.
Con manos temblorosas, comenzó a empacar.

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