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El Destino de Proteus

El Dia que un (No)Elegido Conoció al Hijo de Geos II

El Dia que un (No)Elegido Conoció al Hijo de Geos II

Mar 26, 2025

Las orejas de la emanación se irguieron al escuchar el brusco detener de unos pies que luego se pusieron en marcha al apresurar su paso par, una vez más, alentar su andar. El can disminuyó su paso al percatarse del corazón agitado de su nuevo acompañante, quien trató de estar a la par del andar de su nuevo tutor sin mucho éxito, pues en su tercer intento se escuchó golpear su pie contra el suelo y tropezar. El olor a sangre y polvo detuvo a Slaen de seguir y se volteó para encontrarse que el chico no estaba en el suelo. Sin embargo, apenas había logrado frenar la caída al presionar con fuerza su pierna izquierda, que estaba delante de la otra contra el suelo con mucha fuerza.
—Te has lastimado.
Eliedas se había raspado la punta de los dedos, las rocas le habían dejado rascada la piel, con sangre visible.
Podemos descansar un rato —dijo al acercarse a la cría.
—¡No estoy cansado!—,expresó refunfuñando en respuesta y, poniéndose inmediatamente en posición de firmes.
—Entonces caminaré a tu ritmo.
—No —dijo evitando la mirada de su cuidador.
Slaen echó un vistazo a los pies de la cría. Su calzado había desaparecido, bueno, uno de sus zapatos había desaparecido, y el que quedaba se estaba desgastando. Mientras, los pies del pequeño tenía otras heridas y ampollas ocasionadas por la fricción de sus pies contra la tierra y las piedras.
—Oh.
Slaen bajó su cabeza para olfatear las piernas del diedra.
—¡¿Qué haces?! —preguntó Eliedas apartándose por inercia al recibir un ligero lengüetazo del can.
—Lo siento, fue instintivo —dijo con sus orejas contrayéndose hacia atrás—. Muchas bestias lo hacen para aliviar y sanar a su compañero. Me dejé llevar por los instintos de este cuerpo —mencionó sin dejar de mirar los pies descalzos del chico—. ¿En qué momento perdiste el otro zapato?
—No lo sé, no me di cuenta.
El cánido pensó que el chico quería hacerse fuerte o bien era alguien muy orgulloso.
—¿Aún llevas las monedas que te dio la matriarca?
El chico se descolgó el bolso que llevaba y lo abrió revelando el contenido y mostrando varios cambios de ropa, así como varias monedas.
Slaen fijó su vista en el horizonte. Era una visión árida, limpia de cualquier otra cosa que no fuera un panorama árido de tierra rocosa, con algunos brotes de musgo seco y el cielo rojizo que revelaba su próximo anochecer.
—Hay una pequeña villa. Cuando anochezca por completo sus luces se harán visibles. ¿Crees poder aguantar hasta entonces?
—Sí, puedo, sí puedo —contestó de forma frenética asintiendo con un movimiento rápido y repetido de su cabeza. Veloz, se apartó del can y adelantó el paso.
—No es por allá —le advirtió el animal, haciendo que el chico, algo cohibido, regresara al lado de su nuevo cuidador.
—Perdón.
—Descuida, incluso a mí me pasó cuando aún era más joven. Pero creo que yo aún era peor. En cuanto pude mis cuatro patas agarraron fuerza y las pude mover sin tambalear, no cesé en usarlas y dejé de arrastrarme por el suelo como una lombriz. ¡Trotaba sin reparo! Era bueno para correr, pero malo para orientarme. Una vez, mi madre nos llevó a mi hermana y a mí a enseñarnos a cazar. Estaba tan emocionado que, cuando nos tocó descansar un poco, decidí adelantarme y entrar al bosque y no me fijé siquiera qué rumbo tomaba. Solamente corría, sin freno alguno, hasta que me di cuenta de que estaba solo. Lo peor es que no sabía volver.
Eliedas siguió el paso del can, escuchando, atento pero algo perdido, con su vista en el suelo y con los hombros caídos. Aún le persistía el sentimiento de vergüenza, solamente observando el andar de sus pies con el de su cuidador notando que las de su tutor eran más delgadas al de las otras especies que conocía y cubiertas por aquella textura de pelaje color oscuro.
—No sabía usar ni mi nariz ni mis oídos para guiarme, y me desesperaba fácilmente como para poner atención con mis ojos, era una cría muy atolondrada… —Miró de soslayo a la cría quien seguía mostrándose apocada, irguió su cabeza y elevó un poco más su voz, sin dejar de ser suave—. Estuve perdido tres días; fue la primera vez que experimenté el sentimiento de hambre. Aunque intenté cazar, fue inútil y terminé herido. Incluso me torcí una de mis patas…
Recordó ansioso aquellos hechos, y mordisqueaba el pasto o alguna rama para saciar la ansiedad y el hambre. Contó acerca de cómo su propio lloriqueo aumentaba al no hallar el camino de regreso, y omitió para el pequeño la parte de cuando un latir apresurado sofocaba su pecho, y cuando este empezó a disminuir por el agotamiento y el dolor de sus cansadas patas junto al dolor de su pata torcida.
—Al final caí rendido al suelo como tantas veces, pero esta vez no quería levantarme, ya no lo… bueno como ves, tuvo un final feliz, sigo aquí.
El dolor pareció apagarse al tiempo que sus ojos se entrecierran; el frío, que en un principio le calaba, conforme iba perdiendo la conciencia se volvió reconfortante.
Luego, tras unos breves segundos en la oscuridad o quizas fueron minuto o tal vez mucho más la verdad, Slaen ya no lo recordaba la emanación, solamente tenía memorizado la sensación de ser acogido por manos amables,tan reconfortantes como cálidas. Y una vos suave vos musitando en repetidas ocasiones que no le dejará
—Eso es todo lo que recuerdo… Bueno, eso y la sarta de regaños de mi madre. Eso nunca lo olvidaré.
—¿Ella te encontró?
—No, pero sí me buscó sin parar durante esos días perdidos. Quien me llevó a casa fue mi —se detuvo en seco para confusión del pequeño diedra, parecía buscar la palabra con la que continuar, pero no tardó en volver en sí—… mi padre —dijo con sequedad y con pronunciación desdeñosa en cada sílaba. Luego elevó su mirada sobre el horizonte, que empezaba a tornarse entre azul y tintes morados oscuros, junto al apagarse de la luz solar, a la vez que pequeñas luces se hacían notar conforme el par se acercaba.
Luego posó su vista sobre Eliedas, quien ahora miraba en la misma dirección. Después siguió viendo el paso torpe de la cria por el dolor en su pie descubierto.
—¿Alguna vez has visto a un humano? — preguntó alentando intencionadamente su paso, para quedar atrás.
—Mmm… no. Sé que son, pero solamente los he visto en libros y en algunos retratos.
—¿Ni siquiera de lejos? Sé que en ocasiones son visitados por ellos.
—Tampoco, si se presentaba alguno no se me dejaba verlo.
—Entonces tendré que pedirte que no temas, cuando voltees.
—! ¿Qué?!
Sintió un pequeño jalón de su bolso, estaba siendo abierto, sintió aligerar el peso. Pero todavía obedeció la orden, aun cuando fue tentador voltear.
—Cambiaré mi forma, has de saber que mi especie tiene esta habilidad. —El pequeño asintió— Bueno, si es así, espera a cuando te diga que es seguro, es algo impresionante —dijo y en unos instantes, vio la tierra y las piedras levantarse en dirección contraria. Sintió una ventisca helada golpear suavemente su espalda mientras se mantenía erguido en espera de una orden, tentado a girarse y ver, con ligeros movimientos de su rostro, pero aun sin alcanzar a enterarse de que ocurría detrás de él.
—Ya está —dijo Slaen, y lentamente Eliedas se volteó, quedando anonadado por la nueva imagen que delante de él se presentaba. Ya no tenía la forma cuadrúpeda y con pelaje, había sido reemplazada por una figura humanoide, por una criatura de una extraña tonalidad trigueña que le recordaba a la arena del mar al comenzar el atardecer. Aunque delgado, se notaba que era un cuerpo musculoso, pero Eliedas sentía que era más frágil que el de una karnante, un poco más bajo en estatura. Su rostro era fino, de rasgos delicados, que le recordaban ligeramente a lo diferente que eran las hembras karant con los rostros más toscos que los machos. Pero lo que más llamó su atención fueron las extremidades de Slaen: a diferencia de los kranantes que poseen cuatro dedos, tenía cinco, un cabello similar al que su tutora llevaba en su cabeza. Slaen había conservado el color oscuro de su pelaje, era largo hasta llegar a los hombros y levemente rizado en las puntas. Aquello era una cosa extraña para el chico. Aquella bestia peluda pasó a estar desprovista de casi todo su pelaje y, para consternación del joven, ¿cómo se había cambiado tan rápido? Y es que cubría su cuerpo con el ropaje que había guardado en el bolso y le quedaba a la medida y bien colocado.
—Tranquilo —dijo poniéndose a la altura de la cría—. Lamento tener que exponerte tan pronto a nuevas experiencias.
—Está bien, no debí sorprenderme al saber que usted es una emanación… ¡Ah!
Fue sujetado debajo de las axilas y, de un instante al otro, se encontró sentado encima de los hombros de Slaen.
—Sujétate bien. —Entre el tambaleo de su cuerpo y el no saber cómo actuar, se inclinó y se agarró de la cabeza de su cuidador.
—Cuidado, que no veo —dijo más entre risas que molesto.
—Ya falta poco, pero no creo que tus pies aguanten, así que el resto del camino irás en mis hombros.
Así fue, en el camino restante, Eliedas se mantuvo con su cuerpo inclinado mientras se aferraba a la cabeza del... ¿humano?, quien no se inmutaba ante el fijo, pero tembloroso agarre del chico. El pequeño sintió el vértigo de la altura, jamás había experimentado ser cargado de esta manera y el contacto era nuevo. La textura del cabello del sujeto era suave, pero, para el pequeño, ese contacto picaba entre sus dedos. No le causaba dolor, pero sí era algo molesto que lo tentaba a soltarse si no fuera por el miedo a una caída que podría resultar dolorosa.
—Ponte el manto sobre la cabeza— le previno cuando ya estaban adentrándose al pequeño poblado. Rápidamente, Slaen agarró su capucha y se la colocó sobre la cabeza a Eliedas.
No era bueno alertar a otros que Eliedas se marchaba con un extra fuera de estas tierras, al menos no cuando todavía permanecían en estas, después de todo Eliedas salió sin avisar del reino, sería polémico que la cría de los venerados diedras fuera dado a manos extrañas, habría quien lo verían como un insulto a sus creencias. Quizás habría quienes se alegrarán, otros podrían aprovechar para tomar venganza con sus propias manos al saber que Eliedas estaba lejos de la protección de la matriarca, y este sujeto no le parecía fuerte a la cría, al menos en los estándares de su gente, quizás lo era con su ¿Especie? Reflexionaba el pequeño diedras mientras avanzaban por el pequeño poblado. No pasaban desapercibidos por sus residentes, pero era Slaen quien llamaba demasiado la atención, un humano, aunque no eran inexistentes, eran pocos que visitaban estas tierras y generalmente se miraban dentro de las grandes ciudades, no en pequeños poblado de Sortoloxia.
En su andar, Slaen se detuvo en un par de ocasiones para hablar con algunos pobladores, preguntaba qué medio de transporte podría llevarlo a un sitio llamado Silvanem. Los residentes le indicaron:
—Si quieres salir de aquí… —el karnante macho se detuvo para observar brevemente al que reconocía como un humano. También observó a Eliedas, pero poco le importó, ya que el chico, como supuso él mismo, no lo reconoció por la capucha; estaba más intrigado con la figura adulta—. Tendrá que comprar un umbra, de otra manera le será muy difícil. Casi nadie va allá, es raro el karnante que quiera hacer tan largo viaje por nada, pero, al menos si conoce el camino, con un umbra podrá recorrer tan larga distancia. El karant señaló el camino cuando Slaen preguntó de quién podrían conseguir el umbra.
Slaen bajó a la cría , dejándolo encima de un pequeño barril tapado para evitar que tocara el suelo, y le dijo al pequeño que volvería pronto.

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El pequeño Eliedas es el último de su especie: los diedra, una antigua raza considerada por los karnantes la especie más antigua y cercana a su deidad Geos, pero tan amada como odiada por los karnantes. El joven Diedra deberá abandonar Sortoloxia, el hogar donde fue criado, y dejar a su tutora, la gobernante de aquel país, ante las tensiones que han ido en aumento por su presencia. Ahora, hasta que la situación mejore o se encuentre una solución para su regreso, estará al cuidado de una criatura conocida como una emanación.

Mientras unos desean que rija su futuro por el camino de un guerrero, otros, por el de un soberano. Incluso por el de una divinidad están otros, deseosos de su muerte. Es solamente aquella emanación quien desea que pueda disfrutar su infancia y poder darle un futuro.
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