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El Destino de Proteus

Un Castigo Negado III

Un Castigo Negado III

Mar 28, 2025

This content is intended for mature audiences for the following reasons.

  • •  Abuse - Physical and/or Emotional
  • •  Suicide and self-harm
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Ludo se acercó con paso tímido al tutor de Eliedas, hasta ponerse a la par de la emanación que se había recargado en la pared. —Lamento la confusión —expresó el maestro juntando sus manos sobre su estómago. —No debería disculparse, maestro Ludus, pensó que Eliedas era un híbrido. Al saber que soy emanación pensó que estábamos relacionado en sangre —dijo Slaen y el karnante asintió—. No se disculpe por las banalidades. Aunque sigo sin entender cómo podría sentirme ofendido, señor Ludos. —No lo veo así, señor Slaen. Incomodé al pequeño, podría dificultar su integración. Sé que dije que son excelentes alumnos y es cierto, pero quizás me emocioné tanto que olvidé que las crías pueden ser crueles a causa de su corta edad. —Por lo que yo veo, maestro, Ludos, estaban muy emocionados con Eliedas aquellos cachorros —dijo Slaen y se rascó detrás del cuello mientras observaba la salida—, pero es entendible su preocupación. Eliedas tuvo su momento de descanso cuando, al fin, todos aquellos infantes se agotaron de preguntar, pero de inmediato propusieron que jugara a las escondidas con ellos y que él fuera el que buscara a todos. Cuando se apartaron para ocultarse, Eliedas soltó un gran suspiro. Al no ver a ninguno de sus compañeros cerca, se giró hacia atrás mirando la entrada del nido y estuvo tentado de huir a lado de su tutor, pero eran demasiados niños a los que dejaría decepcionados y no quería ganarse su ira cuando apenas los conocía. Eliedas se puso a buscarlos, pero, cuando estaba en ello, una curiosa criatura se acercó. Era una niña humana, de sus muchos de sus nuevos compañeros de nido, pero para Eliedas seguía siendo extraña la especie humana, y más ahora que podía observar con más aprecio a uno de su edad. Esa pequeña tenía un cabello castaño oscuro que le llegaba a las mejillas, ojos grandes y castaños, una pequeña nariz fina pero redondeada y regordetas mejillas sonrojadas, con una piel morena. Aquella niña miraba curiosa sobre el diedra. —¿No vas a esconderte? —preguntó Eliedas. La niña soltó una risilla risueña, provocando que Eliedas pusiera un semblante rígido, pues se sintió ofendido por tal gesto, pero no quería llevar aquello más lejos. Aunque la cría humana no ayudaba cuando decidió que quería empezar a merodear alrededor de su compañero diedra, provocando un enfado más rápido en este.
—¿Qué me estás mirando?— gruñó enfadado Eliedas. La niña dio un brinquito enfrente, jaló de las mejillas a su compañero. Eliedas la detuvo tomándola de las muñecas a la niña. —¡No me toques! —, exigió exasperado Eliedas mostrando sus pequeños y afilados dientes a la niña que no se intimidaba para nada.
Ella actuó más atrevida: Safo sus manos y las colocó sobre los párpados inferiores de Eliedas, metiéndole la punta de los dedos por debajo queriendo forzarlos a abrirse. Ello causó un gran terror en Eliedas quedando paralizado unos segundos. Apretó con miedo sus ojos superiores y, mientras en su mente gritaba un «no me toques» en bucle, liberó un grito ensordecedor que se mezcló con el de la niña cuando esta fue empujada. Eliedas volvió en sí con la respiración acelerada, encontrándose con los ojos húmedos de su compañera, que ahora estaba en el suelo, con su pierna manchado de sangre y tierra. Se había clavado una rama en su pierna. Mantenía una expresión horrorizada. Empezó a derramar lágrimas, con su rostro tornándose colorado y con un chillido ensordecedor lleno de balbuceos. Eliedas comenzó a temblar y se abrazó a sí mismo, encajando sus garras a los costados de su cuerpo. Los adultos, junto a sus compañeros de nido, se acercaron al escuchar la conmoción. El diedra se tiró al suelo, sentado, apretando sus garras en la cabeza. Se repitió a sí mismo una y otra vez que era su culpa. La presión en su pecho aumentó, el paladar de Eliedas se expandió un amargo sabor . Eliedas temblaba y sollozaba, casi estaba al borde de hiperventilar, pero se vio detenido por un toque suave que lo calmó. El pequeño dio un paso hacia atrás al aturdirse cuando escuchó su nombre. Levantó su rostro. Allí estaba su tutor mirándolo preocupado, luego Slaen volteaba a ver a la niña humana, regresando de inmediato a mirar a los ojos de Eliedas con una expresión un poco más severa. «Decepcionado», pensó Eliedas al encontrarse con aquellos ojos, y llegó a la conclusión que por sus actos contra la cría humana debía ser castigado. De su bolsillo el pequeño sacó una navaja. Entonces, Eliedas los apuntó al muslo de su pierna. Aquella filosa arma clavo profundo y salpicó bastante sangre, pero no era de Eliedas quien debía temer por esa aquella herida, los ojos almendrados del diedras se toparon con los amables de Slaen. Tembloroso la cría safo su mano de la navaja y se levantó apresurado del suelo y susurró Eliedas un lo siento cuando miro la navaja atravesada en la mano de Slaen. A Eliedas le punzo la vergüenza en el pecho por sus actos. —¿Por qué lo hiciste? —preguntó de manera tranquila Slaen. —Fue un accidente, no quería lastimarla. Solamente… me, me, me... «Me asusté», pensó Eliedas tragándose aquella última frase.
—No me refiero a eso. ¿Por qué ibas a lastimarte? —expresó molesto Slaen, quien se levantó del suelo y miró alrededor a las conmocionadas crías que estaban cerca de la niña, ahora auxiliada por los adultos, en especial por el señor Ludos que estaba tratando la herida. Slaen soltó un suspiro, ocultó su mano de los pequeños y, mirando resignado el arma atravesada, sacó la navaja con un movimiento rápido, pero doloroso que se notó al fruncir sus dientes y su expresión de su rostro contraerse ante el dolor. Cuando al fin salió por completo aquella filosa arma, una hembra karnante se acercó y ofreció una tela blanca que envolvió en la mano herida de la emanación para, después, ofrecerse a atenderlo, pero el maestro Ludos dijo que no sería necesario, que Slaen sanaría de inmediato. Con ello se ganó una mirada severa de la emanación, pero estaba más preocupado por el pequeño.
Eliedas parpadeó perplejo, luego bajó la cabeza con vergüenza.
—Tengo que pagar mi daño con el mismo precio.
—Eliedas…—expresó entre dientes Slaen.
Con su mano sana tomó a Eliedas, pero, antes de irse del nido, habló con los adultos para que lo mantuvieran al tanto por la atención médica de la niña, comprometiéndose que él respondería por Eliedas y daría la compensación correspondiente por el daño a la humana.
Salieron del nidal, Eliedas esperaba un silencio incómodo en todo el camino, que una vez llegaran a casa sería reprendido y castigado por las manos de su tutor. Sin embargo, Slaen jamás silencio su voz.
—¡¡Nunca vuelvas a hacerlo, nunca vuelvas a intentar lastimarte de esa manera!!
—Pero… pero… tengo que pagar mi deuda, no la tuya —expresó rezongando Eliedas, soltándose de la mano y gritando, aunque de inmediato se acobardó al recordar la mano herida de Slaen.
—No está sanando —. Expresó preocupado el diedras.
Eliedas deseó sujetar la mano de Slaen como si con ello pudiera curar su herida, cerró los ojos, apretando con fuerza los párpados y deseando que al abrirlos, ya no estuviera la mano de Slaen llena de sangre con aquella horrible carne húmeda y rosada.
Slaen se horrorizó al ver la sangre brotar de la palma de su mano, notando que la sangre se escurría por la muñeca. Y que había dejado un camino carmesí en el suelo.
—Te diría que no te preocupes, que sanará. Aunque probablemente no lo haga hasta el día de mañana. Pero todavía corre peligro de que desangre o que se infecte. Tengo que cuidar la herida —comentó mientras la contemplaba y arrancaba un pedazo de ropa para presionar sobre ella.
—Reparto... lanzar... castígame...
—¡¡Otra vez con eso!! Lo haré, pero no de manera tan extremista —dijo Slaen frustrado.
—Me lo merezco
—¿Querías lastimarla? —preguntó el tutor de Eliedas.
—Por supuesto que no. Es que ella… Como sea, no tiene justificación.
—No, no la tiene. —Slaen cruzó sus brazos, manteniendo la mano despegada de su cuerpo y mostrando ligeros ademanes de dolor. La emanación se puso en cuclillas a la altura del diedra y continuó—. Pero es comprensible. A tu edad, los actos y sus consecuencias son difíciles de medir. Por eso los adultos somos los responsables de los actos de nuestros hijos.
—No eres mi... —Se mordió los labios ahogando la frase—. Olvídelo, no quería ser insolente.
—Es la verdad, no soy tu padre, pero soy un adulto y tú un futuro que debe pulirse como un diamante. Los adultos debemos velar siempre por los más jóvenes. El que abandona sin razón y reniega a su guía y protección a los jóvenes, es despreciable. Pero, quien te dijo que tenías que herirte para ser castigado, es repugnante.
—¿Eso importa? ¿Cómo le servirá eso, señor?— Eliedas estaba confuso, su tutor no quería castigarlo con la misma barra que hirió a la humana; para el diedras, su tutor resultaba demasiado comprensivo.
—Para entenderte y saber cómo puedo guiarte.
Al regresar a casa, Eliedas vio sus figuras y fue con ellas, pero Slaen le detuvo y le dijo que su castigo sería este: no podría jugar con ellas durante unos días.
Slaen elevó su mandíbula poniendo su dedo debajo del labio, en modo pensativo.
— Unos diez días.
Eliedas aceptó la sentencia que dio su tutor, le pareció justo aunque insuficiente el castigo.
Pero pidió a Slaen dejarle ayudar a atender su mano, aun con la protesta del propio Slaen. Fue corriendo afuera y regresó con un balde agua que puso sobre a calentar. Eliedas estuvo esperando a que hirviera.
—Espera a que enfríe, mi piel es delicada, el agua hirviendo la lastimará —dijo Slaen.
—¿Tiene el ungüento? —preguntó Eliedas mirando alrededor.
—No lo uses en mí. Usa la sal en su lugar para limpiarla. Échala en el agua.
Cuando el agua estuvo lista, Eliedas humedeció un paño y lo pasó sobre la palma. Se sintió nervioso al contacto con la frágil herida viscosa y con la carne abierta, brillante a la luz y húmeda. Eliedas sintió asco, pero aguantó las náuseas para continuar con la limpieza hasta que Slaen lo detuvo con un suave palpar en su cabeza.
—Ve a descansar, yo me encargo.
—Pero te duele.
—Sí, me duele, y mucho —dijo Slaen, apretó los dientes y soltó un soplido que movió sus cabellos—, pero creo que yo mediré mejor mi dolor, no quiero que me veas llorar cuando ya no resista. Sería muy, muy, muy vergonzoso —dijo Slaen con una pequeña y nerviosa sonrisa que apretaba mordiendo el labio inferior
— Ve a descansar.
—Supongo que tiene razón —expresó cohibida la cría. Obedeció y subió a su habitación.
Eliedas se recostó y se envolvió en las nuevas sábanas que Slaen había comprado, sintiéndose protegido con ellas encima, no eran suaves como las que usó cuando llegó, eran un poquito ásperas y porosas y le hacían sentir cómodo y relajado.
El pecho de Eliedas punzó, junto a a un recuerdo que comenzo polulat en su cabeza, que se repetía en bucle una escena donde un adulto karnante despotricaba crueles palabras, y tomaba la mano del chico con un fuerte agarre, haciendo que los delgados dedos de la cría tronaran. Eliedas recuerdo que aguanto el deseo de llorar por el dolor ardiente recorrer sus dedos hasta suplicarle al Karnante que lo dejara ir, que no diría lo que había hecho su cuidador, cuando eso no bastó Eliedas amenazó desesperado con mandar a decapitar al Karnante, eso le valió un golpe en el estómago al diedra por parte del karnante.
—Recuerda, repugnante criatura, en Sortoloxia todo se paga, hasta la más mínima herida—dijo apretando con más fuerza los dedos—. Si se entera la Dominus que intentaste huir estará decepcionada. Esto me parece un buen castigo.
Eliedas soltaba ligeros chillidos ante el dolor de la presión.
El pequeño solamente se sintió curioso cuando vio a las otras crías jugar cerca del palacio, ni siquiera pensaba en dar un paso afuera, pero el grito del karnante terminó asustándolo y, por accidente, al girarse había arañado la mano del adulto, ni siquiera había salido sangre. Para reprenderlo, en lugar de hablar con su superior, este adulto justificó sus actos violentos lastimando a Eliedas. Al mencionar el karnatus a la Dominus para amenazar a Eliedas, no se intimidó, porque aquella hembra híbrida, aunque severa, era amable y le creería, ya que la mente de Eliedas le decía que por supuesto era un diedras. Pero que el dolor siguiera y rompiera sus dedos, lo atemorizaba más y prometió no hablar.
Volvió en sí Eliedas al presente, con su tutor.
Aquel karnante no era el único en actuar así, había visto a otras crías ser tratadas con violencia por sus padres o maestros, aunque jamás de la manera con la que su maestro llegó a infligir a Eliedas.
Su tutor, le extrañaba tan distinto a su maestro Karnante, pero Slaen era una emanación, así que Eliedas concluyo que era cosa de su divinidad, era así de amables, porque no temía en influenciarlo en el mal camino y contaminarlo al ser según la creencia de Sortoloxia las emanaciones el propio Geos que se había dividido así mismo entre los mortales. Pero ese ser perfecto sangro y sufrió dolor con una simple navaja, aquel ser no era tan perfecto como le habían contado y eso era desconcertante.
yasmingarcia
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