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Imperio Felino

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Mar 31, 2025

Parte I

Pero no…

Aquí estoy.

Solo.

Esperando poder terminar de escribir antes de morir de hambre y no sucumbir a la locura de comer la carne de mis aliados.

Si en efecto en el cielo hay un dios que nos está vigilando a todos, aprovecho estas líneas para maldecirlo…

 

Tres campanadas interrumpieron el embelesador sonido de decenas de plumas rasgando decenas de trozos de pergaminos.

Transcribir las historias del pasado era una parte importantísima de la noble labor de esparcir el conocimiento, de hacer avanzar a la civilización. No hay mejor manera de construir el futuro que aprendiendo del pasado. Pero dentro de todo, el presente es igual de importante, y esas campanadas les indicaban a los eruditos de la Universidad que era hora de reunirse en el Gran Salón para tomar la cena. Los libros eran necesarios, y por ende mantener bien alimentadas a las mentes que los trabajaban era una tarea critica.

Chips secó su pluma y, mientras guardaba todos sus instrumentos de trabajo, combatió con la extraña sensación de dualidad que lo arremetía. Segundos antes estaba transcribiendo los últimos registros de un héroe de guerra, Sir Millfroyd el Destructor de Torres. Un héroe que había perecido por intoxicación luego de verse obligado a cometer canibalismo, asediado por una avanzada enemiga en la antigua Retrievericia. Y ahora él se disponía a disfrutar del acostumbrado festín que la Universidad ofrecía a sus miembros cada noche.

Sin duda alguna eso era algo que le fascinaba a Chips. “Los tiempos cambian”, era su frase favorita que, aunque corta y sencilla, se le podía atribuir la verdad de la vida misma.

Por eso era tan aficionado a la historia, era increíble pensar todo lo que los felinos habían hecho para llegar al momento exacto en el que estaban ahora. Todas las grandes mentes que se forjaron en tiempos de necesidad, logrando construir poco a poco la sociedad en la que vivían, la paz que disfrutaban. Todas las guerras peleadas para establecer el grandioso e imbatible Imperio Felino. Todos los héroes que entregaron su vida para combatir a los caninos y a la oscuridad antes que ellos.

“Aunque eso de la Era de la Oscuridad no cuadra del todo” fue el pensamiento que inició el fuego en su mente mientras descendía las escaleras del torreón para dirigirse al comedor. El incendio de dudas y divagaciones ardía constantemente en Chips, y eso a él le gustaba. Le gustaba pensar, le gustaba razonar, darle vueltas a una idea hasta que de pronto daba con una respuesta o, mejor aún, con más preguntas.

La versión de la “verdad” del Imperio definía la Era de la Oscuridad como el punto de origen de la civilización, un periodo de duración desconocida en la que los felinos sobrevivían como podían al terror de un mundo sin día y en el que seres de sombras, llamados Kharankui, los cazaban sin descanso. Un periodo que acabó con el nacimiento del Emperador Dios Leónidas y su combate contra el Dios de los Tres Brazos.

Sin embargo, y en contradicción, muchas narraciones de héroes y sabios de tiempos pasados hablaban de una era de lujos y grandezas incluso mejor que la actual Era Dorada del Imperio. Un mundo previo a la oscuridad en la que los felinos compartían sus tierras con una raza que vivía para servirles, una raza de la que hoy día se hablaba tan poco que hasta llegaron a considerar el tema como tabú.

Por alguna razón, ese era uno de los misterios que más avivaba el fuego dentro de Chips. La posibilidad de que existiera una historia perdida, una historia prohibida. Y era por eso por lo que esa noche bajaba las escaleras del torreón más rápido que cualquier otra noche. Miltrón, su amigo desde los primeros días en la Universidad, al fin había sido asignado a traducir y transcribir un pintado.

—Eran cuatro, cuatro tortugas —dijo Miltrón emocionado mientras se acercaba un bol de coles fermentadas para servirse en su plato ya repleto.

Sus otros tres amigos, Chips incluido, lo veían con fascinación. Ningún otro se dispuso a servirse nada de comer, se notaba su interés en la historia y eso a Miltrón le fascinaba, por lo que daba largas para mantener el suspenso y la emoción.

—Vamos, Miltrón, continua, no nos dejes así ¡Incluso Gabs ha ignorado que hay trucha horneada en la mesa! —interrumpió Jasques al ver que su compañero engullía un cucharon de puré de batata en lugar de continuar hablando.

Miltrón sonrió y apuró la comida. Sus enormes ojos amarillos que resaltaban por su esponjoso pelaje de un blanco prístino demostraban malicia. Si había algo que le encantaba al robusto chinchilla era ser el centro de atención.

Mientras tanto, del otro lado de la mesa, un cornish rex muy similar al propio Chips parecía que iba a morir de la ansiedad si su compañero no tragaba rápido y continuaba con la historia.

A pesar de que Gabs y Chips eran muy parecidos físicamente, sus personalidades eran polos opuestos. Gabs era nervioso y tímido, no le gustaba hablar mucho pero cuando lo hacía se convertía en una catarata de palabras. Chips era más tranquilo, más controlado con sus emociones, mas… académico. Era más apegado a la descripción de diccionario de la palabra “erudito”. Aunque de vez en cuando, también sufría de verborrea sin control.

Por otro lado, Jasque, con sus varios años más de experiencia, era el ejemplo a seguir del grupo. Hablaba cuando tenía que hablar y lo hacía con una jocosa sabiduría que lo convertía en el perfecto líder. Normalmente servía de moderador para las acaloradas pero acostumbradas discusiones pseudo-intelectuales del grupo.

—Cuatro tortugas. Parece ser que también eran guardianes de los Antiguos —continuó con un aire de misticismo luego de tragar el bocado y preparaba su cuchara para el siguiente —… Vivían en los subterráneos de la ciudad por alguna razón, no se dejaban ver por los ciudadanos comunes, pero siempre aparecían cuando alguna fuerza externa los amenazaba. O al menos eso es lo que se muestra en los dos pintados que han traído los recuperadores.

Muy poco se sabía de los Antiguos y sus costumbres, y eso se debía al mal estado en que se encontraban los pocos registros escritos que habían logrado recuperar hasta ahora de las pocas ruinas que quedaban de su supuesta civilización.

Se teorizaba que era a ellos a los que los diarios más antiguos de los Felinos se referían como su servidumbre, una raza que, aunque vivían bajo el yugo Felino, construyeron una civilización independiente con sus propias creencias y costumbres, muy apartadas de las de sus amos y señores.

Existía una división en la Universidad dedicada a investigar sobre el tema de los Antiguos, pero no era ni la más grande ni la que mejor presupuesto disfrutaba, por mucho. Los últimos emperadores Felinos contemporáneos no habían mostrado mucho interés en la historia previa de la llegada del Emperador Dios Leónidas, incluso llegaron a categorizar a los Antiguos como un mito, ignorando por completo las evidencias. Por eso los Maestros Académicos de la Universidad no dedicaban muchos recursos a estudiar dicha civilización.

Por supuesto, a Chips eso le parecía una estupidez. Hasta le indignaba. “¿Cómo tantos se atreven a asegurar que los Antiguos eran un mito existiendo tal cantidad de registros y evidencias? ¿Tantas señales de un mundo por completo distinto al actual? ¿No vale eso para dar lugar a dudas, al menos?” Eran las preguntas que siempre se hacía al hablar del tema.

Esa falta de información, junto al misticismo que rodeaba el tema y la descarada decisión de la monarquía de ignorar los hechos, hacía que las mentes más curiosas entre los eruditos sintieran gran atracción a esa parte olvidada de la historia. Y Chips y su grupo claramente eran parte de ese selecto grupo.

Selecto porque, a su pesar, mientras la Universidad se enfocaba más en los estudios para el progreso del Imperio, menos personas veían como algo productivo estudiar historia tan antigua y de tan “dudosa credibilidad”. Después de todo, eso había quedado mucho más de cinco mil años atrás.

De todas formas, importante para el imperio o no, era algo que la universidad trataba con la mayor delicadeza posible, dándole acceso a la información a muy pocos afortunados. La interpretación de un pasado olvidado podía ser peligroso. Tenían que ser cautelosos frente al desconocimiento.

Y fue por esa misma razón que Jasques le hizo una seña de alerta a Miltrón cuando otro erudito, mayor que ellos por varios años, avanzó en su dirección por el pasillo entre los mesones.

El grupo hizo silencio un momento y luego volvieron a hablar en susurros cuando el felino amarillo y regordete se alejó para sentarse en otro lugar.

—Aún no le caes muy bien a Waze, ¿Cierto? —comentó Jasques, jocoso.

—Pues si tenía esperanzas de caerle bien, ya quedó en el pasado —respondió Miltrón luego de tragar un bocado que se había apurado a tomar cuando vio a su superior —. Últimamente está más obstinado que nunca. Ni siquiera me dirige la palabra ya. Es más, a veces pareciera que está haciendo de todo menos supervisar a sus aprendices… Cada vez está más loco.

—Entonces, es mejor que no te oiga difamándolo. Mientras te siga dejando trabajar allí, todos estamos felices —agregó Chips y luego procedió a murmurar —. No queremos que nuestro “informante” pierda su acceso a la “información”.

Todos rieron de forma disimulada, menos Miltrón. Se notaba incomodo cuando le recordaban que lo que estaba haciendo era ilegal.

Ilegal o no, pasaron las horas de la cena entre charla y charla mientras discutían sobre la leyenda de las Tortugas y otros muchos personajes que formaban parte de la mitología conocida de los Antiguos.

Chips pensaba que en gran medida no tenían mucho sentido. Aunque el material con el que disponían era poco, la cantidad de información que extraían de cada página escrita o pintada era abrumadora.

Pero no siempre cantidad era calidad.

Las historias de los Antiguos mezclaban muchos factores de forma constante, aunque no del todo congruente. Hombres indestructibles que volaban, animales que hablaban, hombres que no eran hombres u hombres que eran hombres, pero venían de la inmensidad del espacio.

Sin importar ese caos informativo, si algo deseaba Chips era ser asignado a estudiar esas historias. Deseo que se vio truncado cuando los Maestros terminaron por decidir que sus habilidades y conocimientos serían mejor aprovechados en la sección de crónicas, condenándolo a pasar días transcribiendo escritos sobre héroes reales de eras pasadas y las noches acosando sin descanso al afortunado de Miltrón para que le diera más información sobre los Antiguos.

“Pero los tiempos cambian” pensó, “Aún tengo una vida por delante, podré desempañarme bien y luego pedir a los Maestros que me asignen a otra área.”

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