Mientras subía las escaleras de la torre donde se encontraban los dormitorios de su rango, intentó pensar si podía hacer algo por Gabs. Sospechaba que debía ser muy difícil sentir que se era un bueno para nada, pero aún peor debía ser no querer hacer nada al respecto, no tener una meta que le impulsara a seguir intentándolo. Para Chips era natural, él sabía que quería hacer, aunque no como lo lograría. Sin embargo, entendía que quizás ese no era el caso para todo el mundo. Tampoco podía engañarse y decir que siempre había tenido los objetivos claros, pero se excusaba con recordar lo difícil que había sido su vida, lo urgente de sus necesidades y problemas.
Se comenzó a sentir impotente por no poder hacer nada para apoyar a su amigo, y también un poco incomodo por comenzar a recordar cosas desagradables, así que decidió dejar de pensar por el momento, ya mañana sería otro día.
“Los tiempos cambian” se dijo.
Esperaba que quizás mañana Gabs se encontrara de mejor humor para intentar hablar un poco más con él. Llegar a una solución juntos.
“A final de cuentas no es como si su vida dependiera de nosotros ahora mismo”.
De pronto, sus pensamientos fueron interrumpidos en el acto cuando, al abrir la puerta del dormitorio, se encontró de frente al regordete Waze.
Chips se quedó en el lugar, confundido. Waze no era ni de su rango ni de su asignación, ni siquiera era un alumno ya, si no un erudito graduado.
—Bu-Buenas noches, Maese Waze —saludó Chips mientras se preguntaba que hacía el felino en ese lugar e intentaba disimular el impacto que le generaba el extraño encuentro.
Waze no emitió ninguna palabra, solo lo observó receloso y continuó su camino escaleras abajo.
Un par de segundos después, Chips decidió agregar lo ocurrido a su lista mental de cosas por ignorar y seguir su camino a la cama.
No más avanzar entre las filas de literas del dormitorio la calma volvió a abandonarlo al darse cuenta de que el cerrojo de su baúl personal estaba abierto.
Se apresuró a revisarlo, pensando que quizás entre el sueño y su natural estado de distracción lo había dejado abierto en la mañana. Trató evitar enlazar ideas y concluir que había sido obra del erudito, pero luego de inspeccionarlo le fue imposible descartar esa posibilidad.
El cerrojo había sido forzado.
Los nervios comenzaron a invadirlo. Miró a los lados, buscando algún otro baúl que se encontrase en el mismo estado, pero no halló nada fuera de lo normal.
El dormitorio no estaba vació, pero todos los otros inquilinos ya se encontraban en sus camas dormidos o distraídos, leyendo algún libro. Al parecer nadie se había percatado del estado de su baúl, del extraño visitante que acababa de salir de allí hacía menos de un minuto.
O simplemente decidían ignorarlo.
No podía estar seguro de que Waze fuese el culpable, pero la incógnita de porqué había estado allí él no lo ayudó a descartarlo como sospechoso.
Tembloroso, comenzó a levantar la tapa, asustado por lo que se podría encontrar o por lo que podía faltar. No tenía en su posesión nada con que lo pudieran incriminar de algo, pero ese hecho solo hacía que todo fuera más misterioso y aterrador.
Para su suerte, los nervios se esfumaron no más ver que todo estaba en orden, o al menos lo que él llamaba orden. Inconscientemente dejó soltar un suspiro de alivio y, como si nada, prosiguió a tomar su batola para cambiarse y prepararse a dormir. Pero, al levantar la pieza de ropa, sintió que algo caía y escuchó un pesado golpe contra la madera.
Frente a él se encontraba un fajo de hojas viejas amarradas con tiras de tela. Se apresuró a recogerlo y en el acto se dio cuenta que, dentro de su baúl, al fondo, había más bloques de papeles como ese.
Miró a los lados para asegurarse que no llamaba la atención e intentó leer un poco para entender lo que sucedía. Y fue en ese momento que su miedo volvió y se acrecentó.
Lo que le congeló la sangre no fue el estado del papel, quebradizo y mohoso, amarillento, a punto de desmoronarse. Estaba acostumbrado a lidiar día a día en su trabajo como cronista con páginas parecidas. No, lo que lo espantó fue el idioma en que habían escrito sobre ellas, con tinta negra y una caligrafía pulcra y sobrenaturalmente uniforme. Todas las letras iguales tenían la misma forma, el espacio entre ellas y el que separaba las líneas era exacto. La tinta con la que se representaban los caracteres no se comportaba con la naturaleza de la tinta que utilizaba ningún escriba que conociera.
Nadie podía escribir así. O al menos nadie que existiera en esos tiempos.
Hizo a un lado unas páginas que no entendía y luego se encontró con un texto que ocupaba, con letras grandes, la mitad del papel. No estaba muy acostumbrado a leer el idioma, pero si conocía las palabras. Claramente estaba en problemas, no era posible que las páginas de un libro como ese estuvieran en su poder sin que lo condenara a algún caso de hurto o algo parecido.
No pudo evitar preguntarse si era eso lo que Waze quería, inculparlo. Alguien del rango y labor de Chips nunca hubiera podido tener en sus manos un libro titulado “Atlas Histórico Mundial”.
Era un libro de los Antiguos.

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