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Imperio Felino

2.2

2.2

Apr 01, 2025

El combate terminó sin siquiera haber comenzado. El que dio más lucha fue Cornamenta, quien hubiera podido contra un par de soldados si su oponente no hubiese sido el mismísimo sargento.

Cornamenta empujó en dirección a su enemigo, pero el diestro felino lo esquivó e hizo que trastabillara hacía el frente y perdiera el equilibrio. Sin embargo, haciendo gala de una agilidad extraña para su contextura, el bovino se recuperó rápidamente.

De todas maneras, ese error le costó a Cornamenta dos puñaladas en el costado derecho y un tajo profundo en su espalda, ataques que el sargento ejecutó en menos de un segundo con su delgada espada de duelo.

Lo normal era que los soldados portaran espadas largas como arma reglamentaria, pero el sargento Riccon era muy diestro en el arte de la esgrima y se le había permitido cargar con un sable, lo que lo hacía ver mucho más elegante pero no menos mortal.

Cornamenta soportó el dolor y manoteó en el aire tratando de alcanzarlo con un brazo similar a un tronco. Riccon lo esquivó de nuevo, sin mucho esfuerzo, y al mismo tiempo corto el tendón de su pata derecha, haciéndolo caer de rodillas.

El bovino siguió luchando con todo su monumental ser, pero luego de fallar más ataques y perder la movilidad de los dos brazos por unos precisos y estratégicos cortes del espadachín, no pudo hacer más nada que verlo con unos ojos inyectados en sangre y odio.

—¿Qué era lo que habías dicho? ¿Qué no te pondrías tu identificación a menos que tu cabeza colgara en una de nuestras paredes? Bueno —dijo el sargento justo antes de proceder a decapitarlo con un elegante movimiento —, deseo concedido.

Al momento en que la cabeza del enorme toro tocó el suelo, también lo hizo el cuerpo del último manifestante bovino.

La protesta había acabado y la paz volvía a ser instaurada nuevamente con cero victimas ciudadanas.

El gato regordete se acercó al sargento a estrecharle la mano, darle las gracias y negociar otros asuntos que Maxxie y sus compañeros no pudieron ni debía importarles escuchar. No más envainar sus espadas se alinearon en formación alejados de la sangrienta escena.

Unos minutos más tarde, luego de un intercambio de palabras y unas monedas que pasaron disimuladamente de la mano del tendero a las del sargento, este último se dirigió a dos de sus hombres y les dio la instrucción de apilar los cadáveres y sus extremidades sueltas junto a la carnicería para que los encargados de limpiar ese desastre “la tuvieran más fácil” y, acto seguido, indicó al resto de la formación que siguieran con la guardia del día bajo la promesa de reunirse al terminar su turno en su bar favorito para celebrar la victoria.

Maxxie hizo caso de inmediato y avanzó en dirección al callejón de la derecha para dirigirse a su punto de guardia. Mientras lo hacía, captó con el rabillo del ojo como el tendero se agachaba a recoger los brazos de Cornamenta y, con gran esfuerzo, arrastrarlos hacía dentro de su local.

 

***

 

Unas cuantas horas y varias cervezas después de terminar su guardia, Maxxie se encontró tambaleándose camino a las barracas para acostarse y terminar la jornada.

Había sido otra excelente jornada en servicio del Emperador. Nada lo hacía sentir más orgulloso que defender los intereses del Imperio de personas que no entendían su lugar en la vida, el papel que debían desempeñar para el bienestar del grandioso Imperio que les daba estabilidad y paz.

Hacía más de un siglo que las tierras del Imperio Felino no se veían amenazadas por ningún tipo de guerra, todo estaba en orden y funcionaba, pero por supuesto existían aquellos que no agradecían ese beneficio y se dedicaban a perturbar dicha paz. Por eso Maxxie se levantaba todos los días. Para, portando su brillante armadura que lo identificaba como Guardia del Emperador, detener a aquellos que se dedicaban a robar a los ciudadanos de bien, a hacerles daño o incluso tan solo a incomodarlos. Como, por ejemplo, ese grupo de bovinos que con su acto egoísta solo buscaban entorpecer por un momento las actividades económicas del sector, molestando a nobles y comerciantes por igual.

Pensó si para ellos valdría la pena lo que habían hecho. Protestaban porque estaban hartos de pertenecer a un nivel más bajo de la cadena alimenticia que sus señores felinos.

“Si de todas formas terminaron descuartizados en la calle ¿No era mejor aceptar su destino y convertirse en alimento en las granjas?”

No tardó en convencerse de que la respuesta era que no. No valía la pena.

No entendía como no les era suficiente lo que el Emperador, en su infinita bondad, les otorgó al asignarle a ese grupo el derecho de andar por la ciudad como un ciudadano más, de llevar una vida simple pero tranquila.

“Después de todo los peces no tienen ese derecho. Y nadie nunca va a parar a pensar en dárselos. No lo necesitan. Al igual que los bovinos, están allí, en el mundo, para llenar los estómagos de los habitantes del Imperio, para aportarles sus nutrientes y ayudarlos a lograr sus labores, para hacer que el Imperio cada vez sea aún más grande y magnífico” continuó “La única diferencia es que, por algún tipo de broma cruel de las deidades celestiales, los bovinos pueden hablar. Incluso a veces razonar.”

Hizo memoria un momento y recordó un par de bovinos que había visto trabajando en el palacio. No podía negar que existían algunos de ellos cuya inteligencia era increíble para ser parte de su especie, pero a ojos del Imperio la mayoría simplemente eran comida, ganado.

Con tanto pensar sobre bovinos y peces a Maxxie le comenzó a rugir el estómago. Lamentablemente ya estaba llegando a las barracas, si se regresaba al sector comercial a buscar algo que comer se le haría muy tarde y no lograría descansar lo suficiente para reponer energías y rendir al máximo en los entrenamientos del día siguiente. Aunque era un excelente soldado y tenía un grandioso futuro ya garantizado en la guardia real, su sueño y objetivo era convertirse en un Yelmo Dorado como su difunto padre, y para eso debía dar todo de si y más.

Los Yelmos Dorados representaban el mayor rango entre los caballeros del Imperio y su labor era salvaguardar la vida de la familia real y defender sus intereses personales por todo el continente.

Así había muerto su padre, durante un viaje en el cual…

Sus pensamientos, que divagaban rumbo a la melancolía se vieron interrumpidos de inmediato cuando captó a un par de soldados frente a la entrada de las barracas. Llevaban una capa amarilla con bordes azules a su espalda, lo que los identificaba como guardias reales, los encargados de mantener el orden en el palacio.

Maxxie intentó enderezar su porte y disimular su estado de embriaguez lo mejor posible mientras avanzaba hacía ellos. Aunque no estaba del todo seguro de poder hacerlo bien.

—¿Maximilian Yellowpal? —preguntó uno de los guardias cuando se acercó lo suficiente.

— Sí, señor. Maximilian Yellowpal, cabo primero del catorceavo pelotón de la Guardia Civil. A sus órdenes.

—Descanse soldado —le ordenó el guardia para que Maxxie detuviera el saludo.

El estado etílico de Maxxie se esfumó no más ver que le extendían una carta en un pergamino enrollado y sellado con la insignia del Emperador. Ahora era la ansiedad la que amenazaba con embriagarlo.

—Tiene nuevas órdenes, soldado, repórtese mañana a primera hora, antes del alba, en los barracones de la Guardia Real en el palacio. Su suboficial al mando está enterado ya de la asignación.

Maxxie tomó la carta y los guardias se despidieron para volver a sus posiciones en la comodidad de los cálidos pasillos del palacio, dejándolo a él allí, solo, bajo la luz de las deidades celestiales y el silencio de la noche.

Desenrolló el pergamino luego de romper el sello y comenzó a leer.

Con cada palabra leída su ansiedad crecía más, por lo que al terminar la carta se encontró en un estado catatónico por una combinación de miedo y emoción. Algo común en su labor, vale aclarar.

La tarea que le asignaban era peligrosa y emocionante, algo que nunca había pensado que le podía suceder y, aunque era producto de una tragedia, no podía evitar sentirse feliz. Si lograba esa misión de seguro tendría una oportunidad para ser aceptado en las filas de la Guardia Real, e incluso ser ascendido como Yelmo Dorado directamente.

Por supuesto, ni por un segundo se le cruzó por la mente la incógnita de porque el Emperador lo enviaba a él, un cabo primero de la guardia civil, asignado a labores de custodia urbana, a rescatar a su tercera hija que acababa de ser raptada por captores no identificados.


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