Desde que tenía memoria, todo lo que se dedicaba a hacer siempre era guiado e inspirado por su curiosidad. Aunque de ser más honesta consigo misma, primero era la emoción de llevar la contraria. Para ella no existía una emoción más potente que desafiar la imagen que los otros nobles tenían de ella. De lo que ella se suponía debía ser.
Esa rebeldía poco a poco la llevó a leer sus primeros libros, y fue ahí cuando descubrió que tan curiosa podía ser. No tardó en darse cuenta también que la curiosidad podía molestar a los demás, y se encantó con la idea de que podía seguir con su objetivo y, además, aprender.
Cuando sus criadas ya no se veían capaces de responder sus preguntas, y su padre comenzaba a irritarse por el constante ataque provocado por su hambre de conocimiento, le asignaron tutores.
Al estudiar ya más a fondo, no tardó en familiarizarse con la maldición de los eruditos, darse cuenta de que mientras más sabía en realidad era menos lo que conocía. Cada respuesta le traía decenas de preguntas nuevas, lo que conllevaba a buscar más libros y por ende a encontrar más preguntas.
Sin embargo, el conocimiento no hizo más que alimentar el fuego de rebeldía en su interior. Poco a poco, mientras devoraba todas las bases de información que tenía disponible, fue armando en su cabeza el plan para salir del encierro intelectual que consideraba era ser parte de la nobleza.
En un momento le pidió a su padre que la dejara ir a Furilia y enlistarse en la Universidad. Ella era la cuarta en la línea de sucesión, por lo que no tenía obligaciones políticas para con el reino y no había motivos para que se quedase en la capital. Pero él se negó diciendo “La vida de un erudito de la Universidad no será el destino de nadie de mi familia”.
Fue ahí, cuando se suponía que sus ilusiones debían destruirse, que las piezas calzaron.
No mucho tiempo después entendió que la única forma de librarse de su destino era escapar de Miaurnia. Escapar de su padre. Pero para eso tendría que hacerse pasar por muerta, desaparecer. Y así concibió el plan, contratar a una banda de criminales para que la “raptaran” y la llevaran a los confines del Imperio donde podría dejar de ser la princesa Loretta Panthera y, luego de un tiempo prudencial, volver con otra identidad y enlistarse en la Universidad.
Por supuesto, algunos habrían dicho que su plan era una locura. Un ayudante del maestro librero con quien había formado una sincera amistad una vez le dijo, después de compartir de forma hipotética su plan, que era muy inteligente pero no muy sabía. Que más bien la podría describir como crédula e inocente. Qué no sabía cómo funcionaba el mundo. Su respuesta a dicho ataque fue que no necesitaba ser pobre y tener un trabajo para entender eso si tenía tantos libros leídos sobre el tema. No volvieron a dirigirse la palabra.
No le importaba, ahora que estaba fuera del palacio, viviendo una “vida real”, se lo demostraría a ella misma. Si es que lograba llegar al confín del Imperio caminando sin morir en el intento, claro estaba.
—¿Cómo te llamas? —preguntó, llevada por esa curiosidad —. Es decir, tú sabes mi nombre, pero yo no sé nada de ti. En las cartas no especificabas siquiera un apodo. Si vamos a tener una conversación, si vamos a convivir los próximos días, necesito saber cómo llamarte.
—No, no necesitas.
—Mira, se ve que odias a los nobles. Quizás prefieras robarles o asesi… —se detuvo, no era buena idea mencionar algo así cuando ella era una noble y la hacía ver como una potencial victima —… Es decir, entiendo que no sea de tu preferencia convivir con ellos. Pero al aceptar esta misión, aceptaste hacerte responsable de mi por un tiempo, convivir conmigo.
—Llevarte viva hacía destino. No mantener conversaciones. No estamos en la corte. Acá afuera “convivir”, no. Acá, sobrevivir.
—Bueno, entonces ¿No puedo saber tu nombre?
—No.
“Qué difícil es” pensó Lore, pero se estaba dando cuenta que, si le entablaba una conversación más detallada, con preguntas menos directas, obtenía mejores respuestas. Aunque igual de tajantes, al menos no eran monosílabas.
—Es decir, sí, entiendo que debemos sobrevivir —continuó ella —. Pero eso me da una razón, ¿No? Digo, si de pronto nos rodea un grupo de bandidos y alguno me rapta o algo así… Imagínate que me carga en su espalda y comienza a correr por el bosque. Necesito llamarte de alguna manera, no voy a estar gritando “Secuestrador, ¡Ayuda!”
—Viajando conmigo, ningún ladrón común acercarse suficiente. Si eso preocupa, no preocupar.
—Ok, gracias, pero era solo un ejemplo. Imagina el escenario.
— “Ayuda”, suficiente — añadió, interrumpiéndola —. Aunque seguramente gritar no puedas. No razones para ladrón en cargar contigo huyendo. No viva, al menos.
—Bueno —contesto ella, tragando saliva. Iba progresando, aunque quizás no en la dirección correcta —. Era un ejemplo. Digamos entonces que… Vamos a un pueblo y al alojarnos en una posada tengo que anotar nuestros nombres en el cuaderno de clientes ¿Qué debería poner?
—Eso en cortes. Acá, afuera, nombres no importan. Monedas importan. Quien seas, no importa, mientras pagues.
—Vale, vale… Digamos que…
—Suficiente —exclamó el felino justo antes de emitir un largo y cansado resoplido —. Si nombre quieres, usa Zane.
—¿Zane? Ok, perfecto —dijo la chica, celebrando, apuró el paso y se plantó frente a Zane —. Ahora que se tu nombre, me puedo presentar como debe de ser, Loretta Phantera, un placer.
Lore le extendió la mano esperando que Zane la sujetara y le diera una delicada lamida, como era costumbre en la corte. Pero este solo la observó, levantando una ceja, resopló de nuevo y siguió avanzando, esquivándola y dejándola allí, plantada.
“Que irrespetuoso y mal humorado.” Pensó, pero sabía que era su culpa, debía haberlo esperado.
Estaba clara en que Zane detestaba a los nobles y era un ladronzuelo, un criminal. No entendía porque de pronto esperaba un poco de modales de dicho personaje.
Se dijo a sí misma que debía corregir eso, ahora estaba fuera de Miaurnia y no podía ir de aquí a allá comportándose de esa manera. Tenía que adoptar una forma de actuar más acorde.
—Entiendo, no debería seguir actuando así, ¿Cierto? —dijo luego que volvió a alcanzar a Zane —. Lo lamento, he sido un poco ingenua, ¿Podrías enseñarme como debería comportarme antes de que lleguemos al siguiente pueblo?
—No pueblos.
—Pero…
—Pero, si encontrar alguien — le volvió a interrumpir Zane, al parecer sabiendo que era lo que ella iba a preguntar —… Simplemente no hablar.
“No hablar. No es mala idea. Así puedo ver como actuan los demás y luego tratar de imitarlos.”
Decidió que eso haría, si es que se encontraban a alguien en el eterno camino que les quedaba por delante.
—Necesitamos buscar un lagarto —dijo finalmente, luego de un par de minutos en silencio.
Una montura le haría el trabajo mucho más fácil. No era un carromato y nunca había cabalgado un lagarto antes, pero sabía la teoría, sabía que iba a ser más fácil que caminar.
—Quizás. Luego —le respondió Zane, su “captor”.

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