Ryuhoshi jadeaba, su pecho subía y bajaba con fuerza mientras apoyaba las manos en sus rodillas, la katana aún temblando en su mano derecha. El amuleto de jade brillaba tenuemente en su pecho, como si estuviera intentando calmar el caos en su interior.
—Ryu, ¡respira! —dijo Kenji mientras sujetaba su arco con fuerza.
Ryuhoshi levantó la vista hacia su amigo y luego hacia su abuelo, quien caminaba hacia él con una expresión seria.
—Lo hiciste bien —dijo Hiroto, colocándole una mano firme en el hombro—. Sobreviviste, y eso ya es un paso adelante.
—Sobrevivir no es suficiente —murmuró Ryu, enderezándose lentamente—. Apenas puedo mantenerme en pie.
Hiroto lo observó detenidamente, como si evaluara cada aspecto de su postura, de su respiración. Finalmente asintió.
—Tu cuerpo se está adaptando al poder del dragón más rápido de lo que esperaba. Lo que desataste en esa batalla, esa fuerza… con el tiempo, podrás usarla sin agotarte tanto e incluso con mayor potencia.
Kenji, que había permanecido en silencio, frunció el ceño mientras inspeccionaba las flechas restantes en su carcaj.
—¿Cómo sabes todo esto, abuelo? —preguntó con la voz tensa, desconfiada.
Antes de que Hiroto pudiera responder, Ryuhoshi habló. Sus ojos oscuros se clavaron en los del anciano, como buscando una verdad que dolía.
—¿Qué tiene que ver el Jinete de la Guerra con la muerte de mis padres? —espetó, la voz cargada de rabia contenida.
Hiroto soltó un suspiro largo, casi resignado, pero no apartó la mirada.
—Todo a su tiempo, Ryuhoshi. Las respuestas llegarán cuando estés listo para escucharlas.
—¿Y cuándo se supone que estaré listo? —rugió Ryu, cerrando los puños—. ¡No quiero esperar más! ¡Quiero saber la verdad ya!
Hiroto lo miró con calma, aunque su voz se volvió más firme, más cortante.
—Vi cómo blandías esa espada, Ryu. La movías con ira. Y aunque la ira te da fuerza, también te vuelve ciego. En el combate, la mente debe ser más fuerte que el corazón.
Ryuhoshi lo miró en silencio, la frustración marcada en su rostro, pero Hiroto no se detuvo.
—La ira puede darte poder por un momento, sí… pero también te convierte en una bestia salvaje. Tus movimientos se vuelven predecibles, torpes. Si realmente quieres derrotar al Jinete, vas a tener que aprender a dominarte primero a ti mismo.
Ryu bajó la vista hacia la katana en su mano. La sujetaba con fuerza, como si pudiera encontrar respuestas en ella. Las palabras de su abuelo le pesaban más que la espada.
—Entendido… —murmuró, sin levantar la mirada. Pero la frustración seguía ardiendo dentro de él, como una llama que se negaba a apagarse.
El motor del auto de Ryuhoshi resonaba suavemente mientras avanzaban por una carretera desierta. La luna iluminaba el camino serpenteante, arrojando sombras alargadas que parecían moverse por el rabillo del ojo.
Ryu estaba al volante, con una expresión tensa mientras mantenía las manos firmes en el volante. Kenji, en el asiento del copiloto, sujetaba su arco con las piernas cruzadas, mirando de reojo el bosque oscuro que los rodeaba. Hiroto estaba en el asiento trasero, observando el horizonte con una calma que contrastaba con el nerviosismo palpable de los dos jóvenes.
—¿Qué encontraremos en el santuario? —preguntó Ryuhoshi, rompiendo al fin el silencio que pesaba sobre el grupo.
Hiroto se quedó callado unos segundos, como si las palabras tuvieran que buscar su lugar exacto antes de salir.
—Un sitio donde los mortales tocaron el aliento de los dioses por primera vez —respondió al fin, con voz grave—. Ahí, la sangre del dragón despertó por primera vez en un miembro de nuestra familia.
Todos guardaron silencio. Incluso el viento pareció respetar aquel momento.
—Ese santuario... —continuó Hiroto— es más que ruinas antiguas. Es la raíz de lo que somos. Fue allí donde los dioses marcaron a los Hoshino con su fuego, y desde entonces, nuestra línea ha estado atada al destino del mundo.
—¿Y Seiryū? —preguntó Ryuhoshi, casi en un susurro.
—Él te espera ahí. No como un guía, sino como alguien que busca respuestas también. En ese lugar, quizás ambos las encuentren.
Kenji, que había estado en silencio hasta entonces, dio un paso adelante, dudoso.
—¿Y si no hay respuestas...? —preguntó, la inseguridad asomando en su voz.
Hiroto lo miró, y por primera vez, esbozó una pequeña sonrisa.
—Siempre las hay, Kenji. A veces no son lo que esperábamos. A veces duelen. Pero el santuario no nos oculta nada. Solo hay que atreverse a escuchar.
El auto se detuvo abruptamente al llegar a lo que una vez fue un pequeño pueblo. La escena ante ellos era un paisaje de pesadilla. Casas derruidas, vehículos volcados, y cuerpos desperdigados por las calles. La sangre manchaba las paredes y el suelo, y un hedor metálico impregnaba el aire.
Ryuhoshi apagó el motor y salió del auto, su katana lista en su mano.
—Esto es… —murmuró Kenji mientras bajaba, mirando horrorizado los restos de lo que alguna vez fue una comunidad viva.
A unos metros de ellos, un hombre estaba empalado en una pared con barras de metal, su torso abierto dejando al descubierto órganos ensangrentados.
—No puede ser real… —murmuró Kenji, llevándose una mano a la boca.
Hiroto salió del auto y se colocó junto a ellos, con el rostro endurecido.
—No desvíen la mirada. Esto es lo que enfrentamos. Y esto es lo que debemos detener.
Desde el centro de la plaza, varias figuras grotescas se movían entre los escombros. Demonios menores, una amalgama de carne y bestias, devoraban los restos de las víctimas. Uno de ellos, un coloso descomunal con garras y dientes desproporcionados, mordía el torso de un niño con un crujido espantoso.
Ryuhoshi tragó saliva, levantando su katana.
—¿Qué hacemos?
—Luchamos —dijo Hiroto, su tono firme—. Es tu momento, Ryu.
El joven dio un paso al frente. Sus ojos no reflejaban miedo, ni odio, sino algo más profundo: una certeza que nacía desde dentro.
—No seguiré el camino que el destino me dio —dijo con firmeza—. Vine a forjar el mío.
Elevó la katana, su silueta recortándose contra el cielo gris.
—Y si el destino intenta detenerme... que mire hacia las estrellas y recuerde que nunca podrá alcanzarlas.
Y con paso decidido, avanzó hacia el corazón de la oscuridad.
Ryuhoshi cargó hacia los demonios. Kenji no necesitó instrucciones: ya estaba a su lado, como si lo hubieran hecho toda la vida.
El primero en moverse fue Kenji, disparando una flecha a las piernas de un demonio menor. El proyectil atravesó su rodilla con precisión quirúrgica, haciéndolo caer con un chillido.
—¡Apunta a los puntos vulnerables! —gritó Hiroto mientras giraba con fluidez, usando su bastón para golpear la sien de una criatura que intentaba emboscarlo.
Ryu desató un corte en diagonal con su katana, atravesando a otro demonio más grande. La hoja dejó tras de sí un rastro de luz azul, como si las garras de un dragón hubieran marcado el aire.
El coloso se alzó, percibiendo la amenaza. Rugió con una furia salvaje y cargó directo hacia Ryu. Este apenas logró esquivar las garras, girando sobre un solo pie, desatando un corte ascendente que se llevó parte del brazo del monstruo.
Kenji no dudó. Disparó al tobillo de la criatura, ralentizando su avance. Sus ojos se cruzaron con los de Ryu por un segundo. No hizo falta hablar.
Ya sabían qué hacer.
Kenji rodó hacia un costado, disparando otra flecha justo cuando Ryu se impulsaba con un salto lateral. Ambos se movían como una única sombra, sincronizados por instinto, como si sus almas hablaran un lenguaje antiguo.
—¡Kenji, flanco izquierdo! —gritó Ryu, pero Kenji ya estaba ahí.
Entonces, cuando el coloso levantó ambos brazos para aplastarlo, un destello cruzó la mente de Ryu. Un recuerdo.
—Concéntrate, Ryu —decía Hiroto, con voz firme pero serena—. El enemigo más grande no está frente a ti. Está aquí.
Golpeó con dos dedos el centro de su pecho.
—Tu miedo, tu duda... eso es lo que debes cortar primero.
El joven Ryu, de apenas ocho años, intentaba imitar los movimientos shaolin que Hiroto le enseñaba, pero caía al suelo una y otra vez.
—¿Por qué siempre tengo que entrenar como si estuviera en una guerra que no existe?
Hiroto solo sonrió.
—Porque un día lo estarás... y quiero que en ese momento, tu cuerpo recuerde lo que tu mente haya olvidado.
Ryu parpadeó. La katana en sus manos brillaba. Su respiración se volvió tranquila, medida. Cada parte de su cuerpo sabía qué hacer. Lo había entrenado toda su vida para esto.
Gritó con una determinación que resonó como un trueno.
Con una serie de cortes veloces, su katana dejó un rastro en forma de dragón etéreo en el aire. La silueta resplandecía con energía azulada, que rugía al compás de sus movimientos. El coloso retrocedió un paso... pero ya era tarde.
—Este es mi camino. Y lo abriré con mi espada.
Ryu saltó, girando en el aire. Kenji disparó justo en ese momento, impactando en el pecho del coloso, y Ryu descendió como un cometa.
Su golpe final atravesó al monstruo, partiendo su cuerpo en pedazos que se desintegraron en cenizas.
El silencio cayó por un segundo. Luego, el viento sopló, arrastrando los restos de la criatura como polvo estelar.
Hiroto, desde la distancia, asintió con orgullo.
El silencio volvió a la plaza, roto solo por los jadeos de Ryuhoshi y Kenji. El aire seguía siendo pesado, pero los demonios restantes retrocedieron hacia las sombras, como si algo o los estuviera llamando.
Hiroto se acercó a Ryuhoshi, colocando una mano en su hombro.
—Lo hiciste bien, Ryu. Pero esto es solo el principio.
Ryuhoshi miró los restos del demonio líder, su mente llena de preguntas.
—¿Por qué están haciendo esto? ¿Qué buscan?
Hiroto miró hacia el horizonte, donde las montañas se alzaban como gigantes dormidos.
—Me hago esa misma pregunta desde hace 40 años Ryu… Pero debemos darnos prisa. Esto… es solo una fracción de lo que enfrentaremos.
Kenji, aún con las manos temblorosas, guardó su arco.
—Si esto es una fracción… no sé si estoy listo para lo que viene.
Hiroto sonrió levemente.
—Nadie lo está. Pero el destino no espera a nadie.
Mientras tanto, a kilómetros de distancia, Sara Blanc caminaba por las calles de un pequeño pueblo japonés. A diferencia de Akihara, este lugar parecía intacto, pero el aire estaba impregnado de una inquietud que no podía ignorar.
En su mente, las palabras de Perséfone resonaban como un eco: "Encuentra a los otros. Sus destinos están entrelazados con el tuyo."
Sara se detuvo frente a un pequeño santuario abandonado, sus manos temblando mientras sacaba el diario de su madre. En una de las páginas, había un dibujo de una flor negra con raíces que se extendían como venas.
—¿Qué es lo que quieres que encuentre aquí? —murmuró, mirando al cielo oscuro.
Una sensación de calor recorrió su pecho, y por un instante, creyó ver la figura de un dragón azul en el horizonte. Aunque no sabía por qué, algo en su interior le decía que estaba cerca de el lugar correcto.
Mientras Ryuhoshi, Kenji y Hiroto avanzaban hacia el santuario, y Sara se acercaba al mismo destino desde otro punto, el mundo continuaba desmoronándose. Las sombras se alargaban, y los verdaderos horrores aún estaban por revelarse.

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