El alba llegó y el Celestial Mayor comenzó a infundirle su vida a las cosas. Maxxie estaba sentado, recostado en un árbol, mientras que Bernard terminaba de vendarle la cabeza. Tenía suerte de que el corte fuera preciso y la hoja no tuviera ni un milímetro de su hierro oxidado. Maxxie debía agradecer su esmerado cuidado con su puñal por no haberle complicado su herida.
Se maldijo. Su puñal era la única pertenencia personal que tenía, el único recuerdo físico de su padre, y se lo acababa de arrebatar un criminal. Parecía que eso era lo que más le dolía, más que la misma herida. Asimiló que, en ese momento, el puñal representaba su orgullo, enarbolado y perdido en vergüenza.
“Lo recuperaré” se dijo en un momento, decidido “No sé cómo, ni cuándo, pero luego de rescatar a la princesa saldré en su búsqueda. Encontraré a ese trío de dementes y me vengaré antes de que hagan más mal al Imperio Felino”.
Impulsado por esos pensamientos, se apuró a emprender el camino para cumplir su misión no más Bernard lo desató. Pero no llegó muy lejos antes de que el viejo canino lo interceptara y tratara de convencerlo de esperar. No escuchó, y al demostrar que no tenía intenciones de aceptar los consejos de Bernard, éste lo inmovilizó de nuevo para evitar que fuera tras los criminales.
Aunque Maxxie no estuviera en sus cabales para escuchar razones, los argumentos del san bernardo eran válidos. Lo habían despojado hasta de su espada y armadura, no tenía como luchar y eran tres, tres matones sedientos de sangre.
Bernard le despertaba mucha curiosidad, los otros caninos lo escucharon y obedecieron. Se preguntó si eso sugería que era su líder, o quizás solo un veterano reconocido en su mundo, si era posible que ese amable y tranquilo anciano también fuese un bandido. No tenía respuesta para ninguna de esas preguntas y Maxxie no se atrevía a interrogarlo, aún no al menos. No tenía ganas de hacerlo, no quería hablar con delincuentes.
Se dejó tratar la herida pues si no lo hacía lo más seguro es que moriría por una infección antes de lograr volver a la capital. Pero no podía seguir con él. Pensó un momento en apresarlo, pero no tenía los medios. Ni siquiera tenía una espada.
“¿Cómo hare cumplir mi autoridad así? ¿Desarmado y herido?”
Luego estaba el hecho de que era él quien lo había salvado. Bernard evitó que Taco y los demás lo cortaran pedazo a pedazo hasta matarlo. No entendía el motivo, ni se le ocurría como recompensarlo por eso. Si quiera aceptaba el hecho de agradecerle, su honor como Guardia Imperial se lo impedía. Pero tampoco le parecía correcto traicionarlo luego de que se arriesgara para salvarlo.
Al terminar de tratarlo, el canino también se sentó, apoyándose en un árbol a su lado, y comenzó a contemplar el amanecer en silencio, el cómo la luz del Celestial Mayor atravesaba las ramas de los árboles y ahuyentaba el frío de la noche.
No compartieron palabra alguna por un buen rato.
Al transcurrir lo que pudo haber sido una hora, Maxxie se levantó y comenzó a caminar al sur. Bernard lo observó y, tan solo medio minuto después, comenzó a seguirlo.
Gracias a que los otros tres los saquearon por completo la noche anterior, no tenían campamento que levantar, así que abandonaron el lugar sin más.
—¿Por qué me sigues? —preguntó Maxxie al rato.
—Entiendo que aún tenemos una misión que cumplir, ¿Estoy en lo correcto?
—No, yo tengo una misión. Tu… Tu solo eres un criminal. No puedo arrestarte, no tengo los medios. Además, me salvaste la vida, por lo que te perdonaré como mi Emperador te perdonó una vez. Pero no más.
—Joven Maximilian, le pido que no me llame criminal. Ya no soy lo que solía ser…
—Un criminal nunca deja de ser un criminal —respondió Maxxie, tajante.
—¿Ah no? Disculpe mi atrevimiento, joven señor, pero… ¿Usted como sabe eso? ¿Acaso fue un criminal anteriormente?
—¡No me insultes! —exclamó Maxxie, deteniéndose y plantándole cara al anciano —. No se te ocurra volverme a comparar con escorias como Taco y los otros dos malditos. Ni siquiera lo insinúes.
—Pido disculpas, pero también me gustaría pedirle que no me compare con ellos tampoco. Como dije anoche, hice un juramento, ahora protejo los intereses del Imperio.
—¿Así? ¿Sin más? ¿Consideras que eso es suficiente para que te vea como un igual? ¿Cómo un honorable soldado de la Guardia Imperial?
—¿Yo? Lo que yo considere no tiene importancia, joven Maximilian. Sin embargo, el mismísimo Emperador fue quien nos dio esta oportunidad. Eso quiere decir que el si considera que ahora somos iguales.
Maxxie estaba listo para seguir discutiendo, pero su argumento lo detuvo en seco. Él no era nadie para juzgar el juicio del Emperador. Si el Emperador consideraba que los criminales podían convertirse en Guardias Imperiales, él no tenía derecho para pensar lo contrario. Aun habiendo vivido la experiencia de la noche anterior.
Quiso disculparse con Bernard, pero, de nuevo, no se atrevió. Esta vez no fue su juramento que se lo impidió, si no la ira.
—Está bien —dijo en su lugar —, que sea como considere el Emperador.

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