—Quizás conserves la vida, a pesar de lo que eres. Esas simples palabras del hijo de Mirrael dolían, y para Eliedas eran como una sentencia que le hacía sentirse como un error. A pesar de que Rajel fue más amable que Mirrael, el diedras no pudo evitar sentirse afectado. A pesar de la aflicción, lo guardó dentro de sí, evitando molestar a su tutor. Sin embargo, el pensamiento de autodesprecio se aferró a su mente durante días en un ciclo interminable, hasta que una inesperada sorpresa se asomó en la vivienda, distrayéndolo de su cárcel mental. Fue la pequeña Mirra quien hizo acto de presencia en el hogar de la emanación, acompañada por su maestro, Ludos. El hermano de Mirra, según explicó Ludos, pidió como compensación que Eliedas y Slaen cuidaran de la pequeña en su ausencia. A Eliedas le pareció una decisión extraña, no considerándola muy inteligente. Ludos explicó que el hermano de la humana entendía que Mirra podía ser muy impertinente en sus acciones. —Bienvenida, mi morada es tu morada —dijo Slaen. Pero la pequeña lo ignoró, mostrando más emoción cuando vio a Alcabón. Corrió hacia él, con Eliedas detrás, intuyendo sus intenciones. —¡Espera! No le gustan los extraños, menos que lo toquen así —advirtió Eliedas cuando Mirra frotó bruscamente sus manos sobre las piernas del animal. La joven no pareció escuchar y se colgó de la pierna delantera de Alcabón. Dicho lo dicho, el animal gruñó, molesto, sacudiéndose para zafarse de ella. Chirrió, esponjando sus plumas. Slaen se interpuso, tomando las riendas del animal y apartándolo de la niña. —¿Mirra, estás bien? —preguntó Slaen, ayudándola a levantarse. Mirra saltó hacia atrás y se palpó las piernas para quitarse la arena. Eliedas se disgustó al ver que su tutor no la regañaba. A veces, la actitud blanda de Slaen le irritaba. —Lo siento, es que es precioso. —Alcabón es muy arisco, Mirra —dijo Eliedas, mostrando la palma de sus manos—. ¡Ya me ha mordido cuando cepillo mal su pelaje! De repente, Eliedas se paralizó al darse cuenta de que le estaba hablando a Mirra. —¿Debió doler mucho? —dijo la niña. Luego, tomó la mano de Eliedas y la alzó—. ¿No has pensado en unirlas conectando líneas? ¡Se vería muy bonito! Señaló las pequeñas cicatrices en su piel y, luego, descubrió la tela de su brazo, revelando cicatrices más grandes. —Sí que no le gustas a la avecita. —Esas no las hizo Alcabón —respondió Eliedas, arrebatando su mano con fuerza. —Lo siento —dijo Mirra, dando un giro sobre sí misma con un pie. Eliedas sobó su mano y luego miró directamente a los ojos de su tutor. —Slaen, no creo poder con ella, es muy revoltosa. —Tiene mucha energía, además es muy curiosa. Es normal en las crías de tu edad. Eliedas, deberías aprender a ser como ella. —¿¡Lo normal!? ¿¡Aprender de ella!? ¡No puede estar un minuto sola! ¿No ve que Alcabón, un poco más, y le saca los ojos? ¡Si fuera como ella, ya estaría muerto! Eliedas refunfuñó, apretando sus pequeños y afilados dientes al sentir la frustración. —Ja, ja, ja. —¿De qué se ríe, señor? —expresó Eliedas, irritado. Slaen se cubrió de inmediato la boca para contener la risa. —En serio, ya veo que sí. Este es el castigo ideal. Vamos, Eliedas, Mirra es impertinente, pero no actúa por malicia. Se ve que quiere ser tu amiga.
Eliedas ladeó la cabeza, confundido. La manera en que Mirra le habló fue rígida, con un tono demandante, y se sentía como si un adulto lo estuviera regañando. Pero, por otra parte, le enfadaba el menosprecio de Mirra por su ayuda. —¡En primera, eres una niña! Además, sería un cobarde si no te defendiera. —Eliedas, escúchame. —Mereces ser castigada, fuiste grosera —le interrumpió Eliedas—, pero si esa Karnante quería un castigo, debió ir y hablarlo con los adultos. ¡Nadie tiene derecho a lastimarte! —¡Ya te escuchas como tu padre! —¿¡Mi padre!? —dijo el diedra, desconcertado—. Slaen… Él no es mi padre, ¡no sé de dónde has sacado esa idea!? —Bueno… —Mirra rodó los ojos—, los adultos dicen que es tu papá. —No somos de la misma especie, en nada nos parecemos. —Slaen es una emanación. Dice mi hermano que él puede ser todo. Los hijos de las emanaciones no siempre nacen con la forma que dan a luz sus padres o que engendran sus padres... Como tú. Slaen nació con la piel de una criatura de tierras lejanas, pero eligió la forma humana. Ahora su hijo es un diedra. —¡Que no soy su hijo! —Eliedas soltó aire, exasperándose—. Olvídalo. Pero quiero un favor: cuando venga el señor Slaen, no le digas que salí lastimado por culpa de esa niña. ¡Sería una vergüenza que lo supiera! —Mis labios callarán… Te lo debo. Pero no sé los demás. Ludos se lo dirá, se ve que quiere ganarse su favor. Me pregunto, ¿por qué? —Le pediré que no le diga, tú apóyame para que no hable. —¿Tu herida…? —Le diré que me caí, ¡lo que sea! Solamente apóyame. —¡De verdad que no te gusta molestar al señor Slaen, Eliedas!

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