Ludos llamó a todos a adentrarse en el recinto. Pidió a los infantes que hablaran sobre la tarea anterior encargada, que consistía en preguntar a sus familias sobre cuentos, mitos o leyendas que fueran tradición en su hogar.
Por la voz de Mirra, Eliedas fue elegido primero. El joven la miró de forma acusatoria, enfadado por ser el centro de atención.
¿Qué decir? Eliedas pensó y pensó hasta que, en su mente, apareció una vieja historia. Tragó saliva, apretó sus garras contra la tela de su ropa y miró sus pies cruzados. Lentamente, levantó su rostro y miró a sus compañeros, quienes lo observaban con curiosidad, atentos a lo que podría decir. Algunos, impacientes, estiraban sus cuellos hacia adelante.
Tan expuesto, Eliedas recordó que siempre había estado cerca de los adultos, no de los jóvenes de su edad, excepto en las lecciones de combate, donde solo se cruzaban miradas sin palabras.
Aquí, en cambio, estaba rodeado por humanos y Karnantes.
Eliedas miró a su maestro, quien abrió levemente la boca y asintió con una mirada amable, animándolo. Podría darle confianza, pero aún no tenía un relato que compartir.
Su Matre Dominus no era su madre. Cuidaba de él, sí, pero el sentimiento no se parecía al que había observado entre otras crías y sus progenitores. Claro, era amable, pero Eliedas presentía que no era lo mismo que el vínculo entre madre e hijo. Era querido, pero ella era distante.
Entonces pensó en Slaen, su amable tutor: paciente y dispuesto a responder cada una de sus preguntas.
Una realidad lo golpeó: no sabía nada más allá de su propia especie. No tenía una historia familiar. No tenía raíces.
Puso sus dedos sobre su boca, tocando nervioso su colmillo.
—Yo no tengo una historia que mis padres me hayan dado, pero sí una de la nación en la que nací.
Se encorvó un poco.
—Podría… mmm... —se mordió debajo del mentón y se rascó detrás del cuello— hablar de eso. Hay una que me gusta. La llaman en las tierras de Sortloxia El vástago de la tormenta…
Guardó silencio, tomó una bocanada de aire y continuó:
—En Sortloxia, hace dos generaciones, se presentó ante un Patre Dominus una criatura cuya forma se ha olvidado, excepto por dos cosas: sus helados ojos azules y su piel pálida, tan blanca que hacía honor a su proceder.
Se nombró a sí misma hija de la tormenta. Venía a cobrar la vida del actual Dominus Patre para vengar a su pueblo caído por las manos del padre del gobernante.
El Dominus Patre negó las acusaciones y declaró que no entregaría su vida tan fácilmente, a lo que la criatura sentenció:
«Cada día que niegues tu vida, iré por un alma de tu pueblo.»
El gobernante respondió:
«No puedo entregarte mi vida. Hacerlo sería aceptar faltas que jamás ocurrieron y manchar el nombre de mi padre. Te daré caza, como lo haría con cualquier bestia que insulte mi honor. Hasta que compruebes delito alguno, mi vida no será tuya.»
Ambas palabras fueron cumplidas.
El vástago de la tormenta hizo honor a su nombre, pues sus víctimas morían congeladas con su mera voz. No importaba el rango social, la edad o el género. El lamento del dolor se escuchó por muchos días en Sortloxia, mientras el Dominus Patre, que seguía en su cacería, jamás había enfrentado bestia tan escurridiza.
El vástago de la tormenta, ante esta persecución, tomó una vida por día, hasta que le entregaran la que deseaba. No respondía a los ataques, solo huía, encaraba a sus cazadores con su helada mirada y, con un aterrador chillido, decía:
«Tu vida no debe ser robada. Se me debe compensar entregándola voluntariamente. Tú, que te llamas Victus, hazlo si amas a tu pueblo.»
Victus respondió:
«Amo a mi pueblo, pero no puedo dar mi vida a la mentira. No me has probado en ningún momento que mi padre fue responsable.»
Se dice que esto continuó por muchas lunas, hasta que un hijo de Geos, conmovido por el dolor de los ciudadanos, se apareció durante una de las cacerías.
Tomó la forma de una emanación de los llamados Enyas, un ciervo rojizo con una enorme cola serpentina y blancas astas, entintadas de carmín en las puntas, que se dice desprendían pétalos del mismo color.
Habló a ambos y dijo:
«Amado rey de Sortloxia, lo que ha dicho el vástago de la tormenta es verdad. Las raíces de Geos han sido testigo. Se escuchan los lamentos del pueblo de este vástago, clamando justicia desde hace muchas lunas.»
Victus respondió:
«Entonces daré mi vida, como he prometido. Es lo justo por no haber escuchado.»
Cuando Victus estuvo por entregarse al vástago, Enya intervino:
«Baja tu arma. Es justo el pago que un hijo de la casa de Sortloxia haga, pero el vástago de la tormenta fue tan injusto como tú. Reclamó vidas inocentes antes que pruebas.
Pudo evitar el dolor.
Y tú, alguna vez buen gobernante, permitiste por orgullo que sufriera tu pueblo.
Pudiste buscar la verdad antes de empuñar la espada o entregar tu vida honradamente.
Pero ya no servirá.
Cualquier sacrificio valdrá poco, por eso deberán compartir sus almas.
La sangre será mezclada.
Los hijos que engendren con sus esposas y esposos serán vuestros, y los amarán como si fueran su propia vida.
Y ustedes se amarán y odiarán de una forma jamás vista entre los mortales.»
Eliedas levantó su mano y luego señaló su brazo.
—Se dice que pintó el brazo izquierdo del azote y el derecho con las formas de las raíces rojas —dijo con emoción.
Cada palabra reflejaba su entusiasmo. Se notaba en su voz y en su rostro.
El pequeño Eliedas sintió cómo su estómago revoloteaba con cada oración, más contento aún porque sus compañeros le prestaban toda la atención. Estaban entretenidos, esperando más, pero…
—Nunca terminaron de contarme el resto de la historia —dijo, rascándose detrás del cuello—. Dicen que hay muchas versiones, pero que ninguna es cierta.
«No vale la pena. Lo demás son inventos deformados de esta hermosa historia», recordó Eliedas las palabras de uno de sus instructores.
—Mmm... entonces —dijo un niño humano con un gesto pensativo—, Geos los hermanó en sýndesi como castigo... Qué raro, los sýndesi son bendiciones.
—¿Sýndesi? —dijo Eliedas, curioso, sin entender el término—. No sé... Mmm... No sé qué es eso.
Bajó la cabeza, avergonzado.
—Está bien, eres nuevo y el término puede ser distinto en tu nación —dijo su maestro—. Un sýndesi es la persona o el vínculo que Geos crea entre dos seres de distintos procederes, uniendo sus almas para complementarlas. Pueden ser humanos, Karnantes e incluso emanaciones. Ningún sýndesi se une a su misma especie, a menos que Geos así lo decida.
—El sýndesi de mi madre es nuestro vecino, un humano —dijo un niño Karnante de piel azulada, levantándose del suelo—. Se ven todos los días en la tarde y siempre me lleva regalos en mis nuevas lunas. Mi padre dice que están así de cerca...
Acercó las palmas de sus manos.
—... de traerlo a vivir con nosotros si no fuera porque nuestra casa no es muy grande y el señor Elian es muy reservado. Si no, ya viviríamos apretados.
Eliedas parpadeó, algo consternado, y preguntó:
—¿No molesta a tu padre que tu madre esté con otro macho?
El pequeño ladeó la cabeza, confundido.
—Mi mamá y el señor Elian se conocen desde pequeños. Mi mamá dice que si tuviera que elegir entre papá y Elian ,porque mi padre no lo quiere cerca de ella— sería Elian. Siempre sería Elian.
"Qué poco propio para una Karnante con familia", pensó Eliedas.
—¿No te enoja si eso llegara a pasar?
—Me pondría triste, pero Elian es mi padre también y hace feliz a mi madre, así que está bien. Además, me cuida mucho cuando mis padres no están en casa.
—Es como tener tres papás. Siempre tienes doble... No, ¡triple regalos en tus lunas nuevas! —comentó una niña entre todos los oyentes jóvenes.
El Karnante gritó un "¡sí!" emocionado.
Entonces, una fémina Karnante alzó la mano, interesada por el relato.
—¿Por qué el Patre Dominus tenía que morir por lo que hizo su padre?
—Porque sí, es su hijo. ¿Quién más debe pagar la falta si está muerto el responsable?
—No entiendo. Él no lo hizo, fue decisión de su papá.
Eliedas se encorvó, inseguro, aunque mostró una expresión seca.
—Era la única forma de calmar al hijo de la tormenta —dijo entre dientes—. Era un ser violento y estúpido. El vástago de la tormenta no entendía razones. No importaba la lógica; para ella, la deuda debía pagarse.
—No entiendo... —La cría se cruzó de brazos, ladeando la cabeza de un lado a otro, intentando comprenderlo.
La cría se sintió abrumada cuando sus compañeros, en un descanso, se abalanzaron sobre ella con más preguntas sobre la historia. Tuvo que recalcar nuevamente que no sabía más, pero ellos, curiosos e inventivos, crearon sus propias resoluciones.
Gritaban entre parloteos y fuertes voces, lo que irritó al diedras. Se sentía ofendido con los intentos de continuarla, a pesar de la alegría de sus compañeros.
Pero para su alivio, y compostura, cuando vio llegar a su tutor, se despidió solemnemente de su maestro y le pidió que guardara lo ocurrido.
Se acercó a Mirra y le susurró al oído para recordarle su pedido.
Slaen se puso en cuclillas a su altura.
—¿Qué tal hoy? ¿Lo llevas bien?
Eliedas respondió que sí y quiso comentar su participación, pero antes de hacerlo, la emanación ofreció su mano.
—Vamos —dijo amablemente.
Eliedas aceptó la invitación.
—Te ves algo fastidiado —dijo juguetón. Luego miró atento el rasguño—. ¿Y esta herida?
Slaen tomó el rostro de Eliedas por debajo del mentón.
—Fue un accidente —dijo Eliedas. Luego miró a Mirra, para acusarla de mentir—. Por culpa de alguien.
—No es mi culpa que no seas más vivo.
—Me saltaste por detrás y luego me empujaste.
—Por torpe.
—No sé si ya se llevan mejor o peor... Pero, Mirra, ten más cuidado.
—Sí, sí, sí. Eliedas, cuéntale la historia que nos contaste en el nido.
—¿Cuál fue?
—Se llama El vástago de la tormenta.
Slaen soltó un suave "Oh".
—Lo conozco... o una de sus versiones.
Aflojó su mano, soltando la del pequeño.
—Habla de aquellas que ensucian tan bello relato.
—¿Seguro lo han ensuciado? ¿Es una historia real?
—¿Sí...? ¿Sí?... No sé. Pero sé que el Patre Dominus existió.
—Lo hizo... Bueno, no era un Patre Dominus —soltó con ligera aspereza—. Era un líder de guerra. Y no fue su padre el que... bueno, hizo cosas... Mejor no hablemos de esto o te confundiré más.
—¿Mirra vendrá hoy?
—Sí, señor.
—Tú, niña, no saltes así.
Eliedas saltó, sintiendo cómo su corazón casi se le salía cuando Mirra se abalanzó sobre él.
Al llegar a casa, lo primero que hacía Mirra era buscar a Alcabón. Tomaba con brusquedad su cabeza y la sacudía. La criatura inmediatamente se sacudía; había aprendido que morder no funcionaba con la infante.
—Eres adorable.
Alcabón chilló y la empujó, poniéndose detrás de Eliedas, quien traía en una cubeta su alimento. Allí atrás gruñó.
—Deja de molestarlo, le lastimas.
—Es que no puedo resistirlo, es tan lindo. Vamos a cepillarlo.
—Hey, hey, no desacomodes ahí, lo tenía todo en orden.
Aventó la cubeta al sentir que su enfado iba en aumento, intentando alejarla de las estanterías.
—¡Lo encontré!
—Dame eso.
Le arrebató la caja antes de que hiciera más desastre.
Comenzaron a cepillar al umbra, que se ponía tenso en las primeras pasadas, pero al cabo de un rato se relajaba y se recostaba en el suelo, olvidándose de la niña.
—Es genial que el hijo de la tormenta te cuide.
—¿De qué hablas?
—Slaen es hijo del vástago de la tormenta.
—¡¿Qué?!
—Digamos que mi hermano viaja seguido a Sortloxia. Conoce esas historias y la relación del señor Slaen.
—Él no me ha dicho nada —dijo en un tono entristecido.
—Debe ser algo de lo que no le gusta hablar. Así son los adultos, se guardan muchas cosas, más si son padres.
—Él no es mi padre, es mi tutor.
—A mí me lo parece. Sino, podría ser tu padre si se lo pidieras.
—No somos la misma especie.
—¿Y?
—¿Y qué, qué? —dijo Eliedas con un tono molesto.
—Que no tendría por qué importar… Mi padre verdadero me repudió, pero mi actual padre, que no es humano, me ama más de lo que lo hizo mi padre de sangre. Además, me dio un hermano mayor.
Eliedas parpadeó, perplejo por esa revelación, más aún con el tono relajado de la niña. ¿Cómo un padre podía repudiar a su hijo? Lo entendía si no eran sanguíneos y la madre había engañado al padre, pero… ¿No se supone que los padres deben estar orgullosos de sus hijos?
Eliedas no indagó más en la revelación y siguió cepillando a Alcabón con ayuda de Mirra.
Pensó en la conversación con su cuidador, en el relato folclórico de su gente y lo incómodo que se mostró, casi sintió que lo había enojado.
La historia de su pueblo no indicaba que la hija de la tormenta fuera una emanación. Hasta donde sabía, por palabras de su tutora, Slaen era hijo de dos emanaciones.
¿Por qué su tutora no se lo contó? ¿Por qué nadie se lo informó?
En la noche, ambos fueron arropados en el nido de Eliedas.
Esa noche era especialmente helada. El cielo se había vuelto gris al atardecer, y la humedad ya se sentía en el ambiente, señal de que llovería pronto, según la emanación.
—Mirra, cubre bien tu pecho. No queremos que enfermes —dijo Slaen mientras subía la esponjosa cobija hasta el cuello de la niña.
—¿Podría contarnos un cuento?
—¿Y eso?
—No lo molestes —dijo Eliedas, con una mirada severa.
—¿Qué te gustaría, pequeña?
—Lo que se le ocurra. Ha de saber muchas, por lo viejo que es.
—Je... Historias no le faltan a este viejo perro lobo.
—Podría contarme la historia de la criatura cuyo nombre llevo y cómo se convirtió en hija de Mirrael.
—Es una historia muy triste para una pequeña, no es apropiada.
—Mi hermano me la ha relatado una y otra vez.
—Yo no soy tu hermano y no relataré esa historia aquí. Puedo hablarte del pacto de los nómadas del desierto.
—Usted es muy aburrido.
—Prefiero ser un aburrido que ser irresponsable.
—Sí, es un aburrido.
Slaen se rió, terminó de arroparlos y dejó la habitación.

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