Cuando Eliedas empezó a quedarse dormido, escuchó hablar a Mirra. La niña levantó la espalda de la cama, miró hacia la entrada y él notó un dejo de malicia en su sonrisa retadora.
—Mirra, cuyo nombre llevo, era una hermosa diedras. Su piel era oliva, brillaba como los diamantes y sus ojos eran azules.
Tenía un padre estricto, pero siempre la mimó, quizá por ser su única hija y la mas pequeña que dejo esposa antes de fallecer, le tenia preferencia a pesar de sus cinco hijos varones.
Vivió anhelando la noche en que sería desposada por un joven diedras, cuando el abrir de su segundo par de ojos indicara su madurez. Soñaba con los hijos que tendría, quizá cuatro o siete como máximo.
Eliedas quiso regañarla, recordándole lo dicho por Slaen, pero Mirra se impuso ante el primero intento lo callo, hablando sin freno :
La prometieron a un diedras de su misma familia, un diedras adulto, cuando ella aún no había abierto su segundo par de ojos.
Había un acuerdo: ella no podría ser tomada hasta que la adultez llegara a ella. Su marido cumplió, pero era un hombre cruel, que disfrutaba torturarla ante el menor error.
Le prohibió ver a su antigua familia… La culpaba de no haberle dado herederos cuando llegó a la adultez, aunque no tardo mas que dos años desde que alcanso la adultes.
Cuando al fin fue dejada en cinta, su violencia tampoco cesó.
Una noche, tras el ultimo arrebato de su marido, huyó a casa de su padre.
Al estar frente a su progenitor, se arrodilló a sus pies, llorando, y le suplicó que la regresara a casa, confesando todo el dolor que su marido le había hecho pasar.
Reveló el sufrimiento de su primera noche, el dolor de sus golpes y humillaciones, las amenazas de deshacerse de ella si no lograba su embarazo.
En los ojos del padre incurrió la sorpresa, la ira, el dolor, pero miró a los demás miembros presentes en la habitación, quienes ya murmuraban sobre las posibles mentiras de la joven diedras.
Entonces, el padre de Mirra le causó el dolor más grande que alguien le había dado. Uno irrepetible, que no conocería jamás.
«No humilles a tu marido de esta forma. Regresa a su lado. Yo no puedo intervenir en tu matrimonio. No intentes una salida fácil solo porque estás inconforme con él. No busques ayuda de otros familiares; tampoco con tus suegros, o querrán tu cabeza. Te lo digo por tu bien. Recuerda que le perteneces.»
—Mirra… ella… fue entregada a su marido por más que suplicó, y ella…
La voz de la niña se detuvo en seco.
Volteó a mirar a Eliedas, quien se sintió incómodo ante el repentino silencio.
—Slaen tiene razón. No es una historia para alguien tan joven como tú —su voz se escuchó quebrada. Sus mejillas se sonrojaron y sus ojos brillaban por las lágrimas asomándose—. Durmamos, pequeño.

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