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Eugenesia Obscura: Silverclaw

Parte I Capítulo 1.2

Parte I Capítulo 1.2

Jun 10, 2025


—¿Un omega? —el hombre de pronunciada barriga se levantó golpeando la mesa y empujando la silla— ¿Esa es la respuesta del Novilunio a nuestras suplicas?

Actuando con semejante prepotencia, cuando el señorío de Chapman nunca prestó atención a lo que ocurría en el poblado de Dawes que, de no ser por la insistencia de la inspectora de área Jones, habría continuado siendo pasado por alto entre los miles de asuntos más acuciantes para el reino; a Joseph no le quedó más que respirar profundo, repitiendo en su cabeza que por supuesto esa era la actitud de un noble.

—Su Señoría —intervino en medio de la rabieta del beta con un título de nobleza baja, manteniendo una actitud diplomática, por encima de las ganas de clavarle un puño en la cara—, no fui enviado por el Novilunio para apoyarles, sino directamente por la Corona. Para ser más exactos, por el príncipe Lowell Kingston.

La muca sarcástica del simple señor de tierras, al ser nombrado el príncipe heredero, fue tan atrevida que hasta Joseph se sintió ofendido en nombre del insufrible de Lowell.

—Habría sido mejor que fueras enviado por el chico de los recados, omega.

Los ojos de la inspectora se abrieron de golpe al presenciar el doble atrevimiento del señor de Chapman, y el furioso teniente desplegó un paso, inclinando el torso sobre el escritorio, salvando la distancia entre ellos, desencajando la expresión del beta rozado por la arista de sus feromonas.

El brazo de Joseph detuvo al teniente, enderezándolo y haciendo que retrajera la amenaza. El alfa obedeció, retirándolas, no por gusto, sino por el recuerdo de minutos atrás, cuando el omega que custodiaba lo paró con sus propias feromonas.

—Alta Virtud —corrigió, la serenidad sostenida a fuerza de terquedad—. Eso es lo que soy y por eso he sido enviado aquí. Porque puedo hallar el modo de resolver los problemas que están teniendo en sus campos —en teoría—. Su Alteza Real así lo ha dispuesto y no creo que Su Señoría albergue deseos de rechazar la generosidad del príncipe, ¿o me equivoco?

La estancia en que el señor de Chapman recibía el apoyo prometido, maquillada con una fachada pulcra que contrastaba con el resto del edificio descarapelado, los plafones del techo sueltos, las puertas desencajadas de sus marcos y las pantallas de las lámparas cuarteadas, se sumió en el silencio de su expresión despectiva, obligado a aceptar lo que, a su ver, no eran más que migajas de un príncipe que quería simular hacer algo por su reino, sin intenciones de esforzarse.

Saliendo de detrás del escritorio, el señor de Chapman señaló a la inspectora Jones.

—Encárgate de lo que necesite el teniente.

El desprecio dirigido a su persona, hizo que Joseph rechinara los dientes y se mordiera la parte interna de la mejilla.

«Se cree mejor por ser un beta.»

Los kilos despreciables de aquel ser se retiraron.

Joseph conocía el concepto que la gente tenía entorno a los omega pero, en los dos años que llevaba ahí, nunca se había topado de frente con la cruel realidad que, hasta entonces, vivió enmascarada en refinados modales y progresismo, una ilusión ofrecida por el resguardo de la alta nobleza, cumpliendo sus deberes en un círculo limitado compuesto por betas y alfas, para quienes las apariencias eran importantes. A veces más importantes que la verdad.

Fuera del marco de cortesías, donde su título no era más que un adorno rimbombante, los estigmas de su segundo género sobresalían por encima de sus capacidades.

La realidad escaló por sus entrañas comprimiendo sus músculos, haciendo hervir su sangre y profundizando su respiración…

El sonido de un gong, seguido de un chillido parecido al de un cerdo herido, más cómico que lastimero, lo sacó de la vorágine de pensamientos consumiéndolo, al tiempo que una cara conocida asomó por el marco de la puerta, hacia donde fue atraída la atención de los presentes, saludando feliz. Un contraste con el revuelo del séquito que acompañaba al señor Chapman, yendo a su encuentro y que, junto con Garrett, estuvo aguardando fuera del cuarto, dando privacidad a la reunión.

—Inspectora —llamó el hombre de gestos coquetos y bien parecido—, creo que van a necesitar arreglar el techo y las lámparas antes de que se les sigan cayendo encima…

Se escuchó otro estruendo. Una secuela del chillido de cerdo fue acompañada de varios berridos extras.

Garrett apretó la sonrisa.

—Ya sólo va a necesitar arreglar el techo.

Recobrando la compostura, la mujer beta se disculpó, apresurándose a ir a ver lo sucedido.

Garrett se apartó, dejándola pasar.

—Sobrevivirá —se refirió al señor de Chapman, entrando a la habitación.

Moviendo los labios sin pronunciar sonido, agregó un:

—Mi Señor, contrólese.

Chirriando los dientes, Joseph amagó los retazos de su coraje, inspiró profundo, mantuvo el aire un momento y vació sus pulmones de un tirón, liberando las vías respiratorias, haciendo caso a Garrett.

A sus espaldas, el teniente dio un paso atrás, aliviado y avergonzado por apenas lograr lidiar con sus feromonas de omega dominante.




El informe del médico fue enviado a la hora acordada, haciendo del conocimiento del príncipe que se encontraba en perfecto estado, confirmando que sólo era incapaz de subirse a un helicóptero y sobrevivir.

Cansado, Joseph se dejó caer en la cama de la pequeña habitación extra en la casa la inspectora, concedida como hospedaje a falta de hoteles o similares en Dawes, población agricultora de calles empedradas, en la cual la llegada de un helicóptero con el logo del palacio de Relish, fue el acontecimiento más grande presenciado en décadas.  

Presionando la sien izquierda, Joseph repasó la imagen general del poblado, un escenario en el que los autos viejos y empolvados se mezclaban con carretas y caballos, uniendo la pintoresca imagen con la razón por la que estaba ahí: toda esa gente de vida sencilla, estaba siendo obligada a sopesar la posibilidad de abandonar aquel rincón desconocido del reino, a causa de una sequía artificial de años, que azotaba la región, y la consiguiente imposibilidad de alimentarse, con sus campos vacíos.

Resolver el problema fue la encomienda dada por el príncipe para demostrar que era capaz de cumplir su palabra, pero los recursos con que contaba, siendo parte de la prueba, eran limitados.

El condado en el que se encontraban era el de Walmsley, y este tenía a su cargo el señorío de Chapman, por lo que sospechaba que no podía esperar mucho apoyo del conde si permitió que el problema se agravara a ese punto en uno de sus señoríos. Aunque le sorprendía, porque Walmsley era famoso por procurar que los vizcondados, baronías y señoríos a su resguardo, prosperaran. No en vano se preveía que en cuanto surgiera el nuevo ducado, el vizconde ascendiera como un miembro importante en el entorno del futuro duque.

Quizás tenía que ver con el hecho de que Dawes, a diferencia de las otras dos poblaciones que conformaban Chapman, además de no contar con grandes recursos, estaba demasiado cerca de los límites territoriales de Silverclaw con territorio salvaje.

«No es lógico», pensó, aguantando la respiración.

—Si mi señor no se domina mejor, lo van a descubrir.

Con un ligero sobresalto, giró el rostro a la derecha, viendo a Garrett asomándose por entre las cortinas, atisbando el gigantesco patio trasero de la casa. Una larga extensión de monte.

Aunque aún no se acostumbraba del todo a lo sigiloso que llegaba a ser Garrett, al menos ya no terminaba saltando como gato.

—No lo harán.

—Es mi encomienda prevenir y evitar que pase, y sería más llevadera si lo tuviera en mente también —contestó, sentándose al borde del colchón.

—¿Por eso le dejaste caer el techo encima?

Frunciendo los labios, Garrett fingió inocencia:

—No sé a qué se refiere, Mi Señor. Estuve junto a la puerta todo el tiempo.

Por supuesto, estaba tan seguro de que lo último era verdad, como de que lo primero era una completa y descarada mentira, conociendo sus habilidades y su gusto por causar problemas.

—No me van a descubrir.

—Envidio su seguridad para hacer esa afirmación.

—Mejor pregunta a la inspectora si necesita ayuda con los documentos que solicité.

Entornando la mirada, Garrett postergó acatar la petición, lo que al final hizo, con un bufido.

—Como diga. Sólo —se colocó en pie—, procure conservar la calma.

Levantando la mano en una señal ambigua entre despedida y aceptación, Joseph esperó a que se marchara, no haciendo promesas en vano, en especial al recordar cómo perdió la compostura al termino de la reunión con el señor de Chapman, logrando que el pobre teniente sufriera las consecuencias de su falta de control. Para su suerte, el teniente achacó el suceso a que era “omega dominante”, sin sospechar más.

Refrenar sus subgénero en Dawes, era más difícil, por los prejuicios, que al lado de la nobleza.

Garrett y Joseph sabían que ese sitio era una prueba en más de un sentido.

Para el príncipe, lo era en cuanto a que demostrara sus capacidades para cumplir su parte del trato.

Para Garrett, en lo relacionado a su habilidad guardando las apariencias respecto a su naturaleza real, en un ambiente desfavorable.

Para Joseph, se trataba de una prueba personal de lo capaz que sería de alcanzar su objetivo en ese mundo.

En ese sentido, lo dicho a Garrett no fue una seguridad vana. Era más una certeza plena basada en un conocimiento que nadie más tenía y que, a su vez, sustentaban los conflictos de las pruebas del príncipe y la propia.

Se sentó en la cama peinando con los dedos la larga cabellera plateada, mezclada con leves, casi imperceptibles, destellos rojizos, sujeta en una coleta, echándola por encima de su hombro a la derecha. Aun no se lograba acostumbrar al cabello largo. Más de una vez quiso cortarlo. Para su infortunio, la etiqueta de los Alta Virtud era estricta, y debía emular la de la nobleza y la realeza, encajando con su estética. Y si batallar con el largo era un dolor de cabeza, lo era peor lidiar con el color claro. Qué mundo más desesperante era en el que los alfas tenían el cabello oscuro, los omegas plateado y el resto café, lo cual era extraño, más no tanto como lo del color de ojos... Que fascinación del autor con complicar y dividir a ese extremo a los licántropos.

Ese cabello plata enmarcaba una imagen placentera a la vista, andrógina, semejante a la de los elfos, con la diferencia de un poco más de masa muscular, adecuada para un licántropo. Aunque, tampoco era mucho a favor de su orgullo, siendo que la raza licántropa era, por excelencia, musculosa, sin importar su género primario o secundario.

Con un suspiro dio un vistazo a su alrededor, aguzando el oído y el olfato, confirmando que no había nadie en los alrededores.

El teniente y Garrett estaban fuera, esperando a que la inspectora llegara con los informes que le pidió mover de las oficinas generales a su casa, con la excusa de evitar ser víctimas de un colapso de las instalaciones, como le sucedió al señor de Chapman. La realidad de su encargo fue que no quería estar viajando diario a ese sitio, resistiendo la mirada indiscreta de los lugareños. Suficiente tuvo con sentirse como un bicho raro en exhibición en las oficinas, y de ahí durante el trayecto al centro de salud, al comedor donde le permitieron llenarse el estómago y, por último, yendo a la casa de la inspectora, que vivía sola en los límites de Dawes.

Escuchó a Garrett intentar hacer plática con el teniente, y al teniente darle una respuesta cortante, que decantó en un incómodo acompañamiento sin más intentos de charla, confirmando sus temores. La convivencia de su grupo sería un reto.

Seguro de que nadie lo interrumpiría, materializó en el aire un libro, flotando a una altura adecuada de lectura. El libro se fue moviendo acorde a su posición, permitiendo que sus ojos revisaran las líneas que se estaban escribiendo en sus hojas, y manteniendo oculto su título en la cubierta que nunca podía ver:

“Tenía la certeza de que nadie lo descubriría. Nadie, más que un puñado de gente —la mayoría muerta— conocía la existencia de los de su clase. Aquellos que están por encima de los omegas, de los betas, los thetas, los gamas, los sigma, los alfas y el largo etcétera; el último subgénero. Joseph Cartwright no era un omega dominante. Era un boreal. El único boreal de Silverclaw.”

—Un transmigrado —aclaró, consciente de que el libro no registraría dicha revelación—, a un cuerpo boreal, que necesita regresar a su mundo.

Necesitaba regresar, a como diera lugar.

 

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Rezhtdy B. Miktze

Creator

A sus espaldas, el teniente dio un paso atrás, aliviado y avergonzado por apenas lograr lidiar con sus feromonas de omega dominante.

#Omegaverse #abo #Fantasia #Transmigracion #boys_love #Accion #licantropos #yaoi

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Joseph sólo quiere regresar a su mundo.
Y si para conseguirlo, tras haber transmigrado al protagonista licántropo y omega, tiene que elegir, en lugar de al maravilloso futuro duque, al príncipe heredero, ¡al diablo con el canon! El omega más hermoso de todos irá por la mano del príncipe, un holgazán a quien ni su pueblo apoya, y que en la trama original de Reinos Oscuros enloqueció llevando a Silverclaw a la destrucción.
Boy's Love / Omegaverse (ABO) / Transmigración / Fantasía
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