04 de abril de 7746
Cerrando los incontables botones que componían el intrincado diseño de moda en Silverclaw, una mezcla entre ropa moderna y un estilo europeo del siglo diecinueve, bufó en una fría mañana de inicios de primavera, a pesar del clima seco predominante en Dawes, que para la tarde sería un infierno.
Los botones lo desesperaban, más estaba agradecido de que el autor del libro al cual transmigró, hubiera optado por esa época y combinación (antiguo/moderno), evitándole el penoso espectáculo de las mallas y las gorgueras. Le bastaba con los colores claros y pasteles, con más holanes de los que quisiera en la levita, remarcando su segundo género. ¿Algo a favor? Al menos la ropa era lo suficientemente gruesa para cubrirlo del frío.
En más de una ocasión trató de cambiar la estética de su guardarropa, para asemejarse a la línea visual de los y las oficiales (beta) de gobierno, que era sobrio y neutro. Empero, como Alta Virtud, lo máximo que consiguió fue que, para esa misión, se le permitiera un diseño menos pomposo, y sólo porque el príncipe intercedió a su favor con la modista de su palacio.
En la mansión Birdwhistle no le habría permitido cambiar nada de su etiqueta, más allá de omitir el uso de faldas, vestidos y pantalones cortos (sí, los omega masculinos usaban faldas o vestidos, y las alfas femeninas, únicamente pantalón), tanto por prejuicios como por no ofender las buenas costumbres en un momento en el que el marqués necesitaba tener bajo control cualquier detalle o excusa que pudiera tonarse en su contra. Y, él, como un simple acogido por el marqués, no tenía modo de quejarse. Sin embargo, ahora que estaba bajo el cuidado del príncipe Lowell, este contaba con la autoridad suficiente para permitirle saltarse una parte de los protocolos de indumentaria.
—Una ventaja debía tener —pensó en voz alta, acomodando el lazo azul celeste bajo el cuello de la camisa.
En ese sentido agradecía la actitud del príncipe con su entorno, por mucho que chocara con las memorias del príncipe Lowell que conoció en el libro “Cazando al Alfa”.
«Supongo que también es mi culpa», tomó el celular de la mesa de noche, volviendo a leer la vista previa de un mensaje que se rehusaba a abrir, enviado la noche anterior:
[Es la misma luna en todos lados.]
«¡Si no te vas a dejar seducir no lo pidas!», gritó para sus adentros, rojo hasta la punta de las orejas, apretando el celular antes de meterlo en el bolsillo del pantalón.
—¿El príncipe volvió a pisotear sus intentos de coqueteo? —la pregunta provino de Garrett, que acababa de abrir la puerta, permaneciendo apoyado en el marco, observándolo perder los estribos en el disimulo de creerse a solas.
Aunque su expresión parecía neutral y respetuosa, sus ojos brillaban burlones.
—¡Tú, cállate! —explotó entre dientes— Fue tu culpa.
—¿Mía? —frunció el ceño, haciéndose el desentendido— Yo no fui el que le escribió al príncipe: “La luna se oscurece en este rincón apartado del reino, sin…” —tocó su mentón con el índice repetidas veces— ¿Sin qué fue? —dejó el índice extendido hacia el techo— ¡Ah, sí! “La luna se oscurece en este rincón apartado del reino, sin la presencia de Su Alteza Real a mi lado”.
Una de las almohadas salió volando a la cara de Garrett, que la esquivó inclinándose a la derecha.
La almohada cayó en el camastro pegado a la pared.
—¡No leas mis mensajes! —reclamó, las mejillas pintarrajeadas de pena, perdiendo hasta el último ápice de dignidad y compostura del que hacían gala quienes fueron criados dentro de la Academia de Virtudes.
—No los escriba mientras estoy con usted.
Si era justo, Garrett tenía un punto. La vista de los licántropos era buena, en general, pero la de Garrett era muchísimo mejor que la de la mayoría, gracias a su subgénero. Un detalle que, unido a su curiosidad y personalidad ligeramente retorcida, hacían imposible que se resistiera a andar hurgando en asuntos ajenos, si surgía una oportunidad.
Por eso lo salvó…
«Y así cavé mi propia tumba», una conclusión atinada.
—Como sea, fue tu culpa. Tú sugeriste que usara la luna para coquetear con él.
—Y va y me hace caso…
Haciendo un gesto con una mano, apartó el tema, Garrett le concedió el deseo y colocó frente a él un fajo de documentos.
—Son inconsistentes —informó.
—Lo imaginé —revisó las primeras páginas, hojeando el resto, lleno de marcas que Garrett colocó durante la madrugada.
Si bien le dijo que no se desvelara completando su encargo, Garrett era un experto en llevarle la contraria. Aunque se sentía mal, porque a diferencia de él su resistencia ante las desveladas era la normal, agradeció que terminara de cotejar los datos, confirmando que sí, había oficiales siendo sobornados. Lo sospechó desde que el príncipe le informó la situación en Dawes, pero sin los documentos en sus manos, y la investigación directa y pertinente, era imposible actuar.
De haberse tratado de cualquier otro sitio, acceder a los documentos no habría sido un problema. Que Dawes estuviera en un territorio aún sin definir, una tierra libre, alejado de las zonas urbanas, complicaba la actualización de sus sistemas y facilitaba ese tipo de malversaciones.
—El señor de Chapman en verdad me subestima —le regresó el fajo.
—Es increíble comprobar el cómo un título de nobleza baja ciega la escasa inteligencia de algunos —secundó Garrett, yendo detrás de él por el pasillo de la casa de un piso, rumbo a la cocina-comedor.
Al dejar la habitación atrás, coincidiendo, Joseph recompuso la expresión, al controlar los músculos que traslucieran sus pensamientos.
Dudaba que el señor de Chapman, a esa hora, no estuviera al tanto de los documentos solicitados a la inspectora, o que no fuera capaz de entender qué estaba buscando al pedirlos. Darse cuenta de que su treta sería descubierta por un omega, representaría un duro golpe que le haría reconsiderar el haberlo subestimado. El satisfactorio escenario no significaba libertad, ni le concedía un indulto a la fachada a mantener en el mundo del libro.
Ante quien fuera, salvo la excepción de Garrett, debía continuar siendo el Alta Virtud de aire refinado y sutil, que dio los buenos días a la inspectora y al teniente sentados en la estrecha mesa de cuatro asientos, haciendo que se sonrojaran. El teniente Brown desplegando de modo inconsciente una oleada invasiva de feromonas, invitándolo a acercarse.
El aroma almizclado, genérico de los alfas comunes cruzó la barrera de la marca en su nuca, ganándose una llamada de atención a rosas y un atisbo de sándalo. Una sonrisa socarrona de parte de Garrett hizo al teniente carraspeara incomodo, desviando la atención y suprimiendo sus feromonas.
—¿Encontró lo que buscaba? —preguntó la inspectora encausando la atención al fajo de hojas en poder de Garrett.
—Por supuesto —respondió Joseph, sirviéndose el desayuno que el teniente preparó de mala gana.
El día anterior el teniente Dedos Rápidos se rehusó a ayudarlos con la revisión de los documentos, aludiendo que su deber era el de escolta, no de secretario o achichincle. En consecuencia, los tres se quedaron solos con una pila de documentos, y usando eso como excusa, antes de su penoso intento de coqueteo con el príncipe, Joseph se aseguró de devolverle una cucharada de su propia medicina al militar.
Una simple duda: “¿El teniente Brown tiene algún impedimento para cocinar?”, dirigido al licántropo correcto: Su Alteza Real.
Dos ventajas debía tener…
—Entonces —la mujer bajó la cuchara—, ¿el señor de Chapman…?
Joseph asintió. La beta era perspicaz y obstinada, pese a la apariencia sumisa que los beta solían adoptar delante de los alfa. Si aquella situación se estuviera desarrollando en un sitio distinto, y no en las periferias de la política de Silverclaw, quizá habría desaparecido desde su primera insistencia indirecta, con sus peticiones al Novilunio por el caso de Dawes.
Por su parte, el teniente frunció el ceño, excluido de la conversación.
—¿Podría llevarnos a recorrer las tierras de cultivo afectadas?
La brusquedad en el cambio de tema calló a los betas y al alfa.
—Necesito inspeccionar las tierras —explicó.
Los ojos del teniente Brown y de Garrett se dirigieron a su constitución delicada, sin pizca de disimulo.
—Su Alteza...
—Su Alteza Real—atajó la excusa del teniente, un leve temblor apareciendo en la comisura de sus labios por el claro menosprecio— me envió como su representante.
Dando Joseph un mordisco a una rebanada de pan, en la mesa se extendió un mutismo interrumpido por el tamborileo nervioso de las uñas de la inspectora sobre la madera, un chasquido desaprobatorio de Garrett, y los dedos chismosos del teniente apresurándose a preguntarle al príncipe si debía escuchar su petición de llevarlo fuera del alojamiento.
La razón más fuerte detrás de la resistencia del teniente no era ni su constitución ni su seguridad, era el príncipe heredero. Si el Alta Virtud sufría alguna caída o si se asoleaba, ¿qué haría el pobre teniente contra aquel alfa dominante que se encontraba sólo por debajo de un licántropo en Silverclaw, de Su Majestad Real?
El teniente creía que sería enviado a la horca en un escenario de ese tipo.
Garrett, por mucho que bromeara con los intentos fallidos de Joseph coqueteando, sabía de lo que era capaz un alfa dominante que había expresado, aunque fuera, un mínimo de interés en un omega, y no quería ni ver a qué punto se aventuraría uno con el título que ostentaba aquel. Sangre alfa pura y sangre real combinadas, no son una mezcla que uno desee retar.
Por su lado, la inspectora trató de entender las preocupaciones provenientes de un entorno que le parecía ajeno, su trato con alfas y omegas inexistente o esporádico.
Joseph era el menos preocupado por la problemática inmediata, más inquieto por un detalle que llevaba semanas rondando su mente:
«Es distinto», revolvió los huevos en su plato.
El príncipe Lowell de la novela y el que había conocido eran distintos. El Lowell de la novela original era impulsivo como cualquier alfa dominante, y cedía a los encantos del dueño original de su cuerpo, colocando a sus pies el reino entero. Ese Lowell no lo habría enviado ahí (¡ni lo rechazaría!) y, por tanto, se negaría en rotundo a que un “tierno pajarillo” (recordar el apodo le dio en la novela lo hizo tener un escalofrío), vagara bajo el intenso sol de Dawes por sus campos secos.
Sin embargo…
La respuesta a la pregunta del teniente llegó con una vibración . La tensión en su cuerpo y la mirada que alzó de la pantalla hacia él, lo delataron. Tener contacto directo con el príncipe era un honor apenas creíble para cualquier rango militar, y también implicaba jugarse los nervios:
—Podemos ir —informó.
El Lowell de la novela se habría negado a su excursión. Este Lowell no tenía problemas en permitir que se ensuciara las manos.
—Se lo dije.
La diferencia entre el príncipe que cortejó al Alta Virtud en la versión original, y el que él tenía la obligación de cortejar, era tan grande que, de no ser porque la molesta personalidad de Lowell no parecía levantar sospechas en los sirvientes de Relish o el secretario, habría pensado que sí, en efecto era un transmigrado, y que definitivamente estaba en contra del Lowell x Joseph.
Terminó su desayuno y se levantó, dejando en la mesa sus divagaciones respecto a uno y otro príncipe. Al final de cuentas, el cambio podía deberse a un simple e importante detalle. En la novela original el príncipe no estuvo ni siquiera cerca de obtener su mano…
Desgraciadamente, para la trama de la historia, Joseph necesitaba hacer un par de reajustes. Un par, o los que fueran necesarios, a cambio de conseguir regresar a su mundo.
Bajo las largas pestañas protegiendo el turquesa de sus ojos, la sombra de un recuerdo cruzó su compostura.
El recuerdo de un parabrisas hecho añicos, el toldo resintiendo el impacto del asfalto y el peso de automóvil volcado. Gritos en el exterior. El crujir de la fibra de vidrio y el acero de la carrocería resonando por encima del pitido en sus oídos y del dolor sordo a lo largo de su cuerpo, el volante encajado contra su esternón.
Una mano inerte frente a él, cubierta de heridas pequeñas y cristales incrustados. Dedos largos, finos, luciendo un anillo en el anular. Una manga blanca de olanes en los puños, empapada de manchas rojas.
Con un nudo amarrado a su garganta resistió la fuerza de las imágenes de los segundos previos a su transmigración, reafirmando su meta.

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