05 de abril de 7746
Para su excursión la inspectora solicitó a la oficina de asuntos generales el viejo todoterreno que tenían en la cochera, sin utilizar más que para los desfiles. En un sitio como Dawes las emergencias eran tan escasas como el agua en sus canales de riego.
Los campos de cosecha de Dawes se ubicaban alrededor de la zona poblada, principalmente a las faldas de los montes al sureste. Aun a la distancia, a Joseph no le costó darse cuenta del estado deplorable de las tierras. El suelo, más que apto para cosechar, era arena seca, siendo casi imposible pensar que, no hacía muchos años, hubo un extenso paraje de abundante cosecha que dio a los lugareños un hogar en el cual asentarse.
El todoterreno se detuvo con el crujido de la tierra cuarteada, levantando una nube de polvo entre raíces tiesas.
Joseph se adelantó al teniente y a Garrett descendiendo por su cuenta, el abrasivo sol de mediodía tostando su cabeza plateada, los leves destellos rojizos apenas perceptibles. Envuelto en un pulcro blanco y azul celeste, avanzó al límite de la parcela a la que llegaron, desoyendo la orden del teniente, instándolo (ordenándole) no alejarse.
«Metete la orden por donde mejor te quepa», respondió para sus adentros, de mala gana, asintiendo adorable por fuera, sin detenerse.
—Inspectora —llamó a la beta.
Guardando las llaves del todoterreno en el chaleco de su uniforme, de un negro que a Joseph le hizo agradecer ir de blanco con semejante calor, la mujer se acercó. El teniente quiso seguirlos.
—Si usted y yo nos enfrentáramos —dijo Garrett pasando un brazo alrededor de los hombros del soldado, deteniendo su andar—, y le ganara, ¿cree que eso bastaría para que me dejen entrar en la milicia y me consideren para ser más que un soldado raso?
Rogando que el teniente tuviera el suficiente autocontrol para no caer en la deliberada provocación de Garrett, Joseph admiró el compromiso del joven licántropo, de apenas doscientos catorce años, cumpliendo la orden de mantener alejado al alfa; continuando con lo suyo:
—¿Había alguna temporada en que sembraran flores?
Extrañada por la pregunta, le beta tardó en dar una respuesta.
—No era usual —pasó el pulgar por el mentón—. Salvo por unas dos familias, la mayoría se dedicaba a la rotación de cultivos de zanahoria, trigo y espiguilla.
—¿Y las otras familias?
—Creo que —se esforzó por recordar—… Soja y…
—¿Girasoles? —Joseph entrecerró los ojos, a la expectativa de la respuesta.
—Sí. Creo que sí —luego pareció recordar un detalle—… No sé si corresponda a lo que quiere saber, pero hubo una joven que, por años, plantó tulipanes en sus tierras. Eran tulipanes muy bonitos. Lo hacía de manera informal, vendiéndolos en el condado Walmsley y el condado de Kavanagh durante el festival de fin de año.
—¿Tulipanes corrientes o tulipanes fluorescentes?
—Fluorescentes. Pero, desgraciadamente la joven falleció y, al no tener descendencia, sus tierras fueron absorbidas por las oficinas de asuntos generales, haciendo imposible que continuaran produciéndose.
—Gracias. Es justo lo que quería saber.
La sonrisa dulce del Alta Virtud no disuadió el interés de la inspectora, y antes de que buscara el motivo ulterior a su curiosidad, Joseph se colocó en cuclillas recogiendo un tallo café grueso, largo y partido.
—Pensé que sólo era mi imaginación —lo trozó con los dedos—. Pero, parece ser que sí era un girasol —su mirada se levantó cruzando la hectárea frente a ellos—. Debió ser una vista hermosa antes de que la presa secara los campos.
—Lo era —la añoranza en la voz de la inspectora fue dolorosa—…
Por lo poco que conocía de la beta, era una policía oriunda de Dawes, promovida bajo el mando directo del señorío de Chapman, cinco años atrás, y fue la única que insistió en atender la emergencia en Dawes, al punto de poner en riesgo su propia carrera, llevando a cabo un movimiento arriesgado durante una capacitación en la ciudad capital Plenilunio.
Abandonando su puesto de enseñanza, la joven inspectora, una simple beta, hizo un revuelo a las puertas de la sede del Novilunio, llegando a oídos del secretario del príncipe Lowell, que se encontraba en sesión esa tarde.
De no ser por la oportuna intervención del secretario, la inspectora Jones habría sido arrestada y despojada de su rango en la policía, o despedida.
Un personaje menor con gran espíritu, cuya existencia no recordaba en la novela original.
Sacando un nuevo pañuelo de costosa elaboración, tomó un puñado de tierra, lo envolvió y se enderezó.
—Garrett —el nombre no terminó de salir de su boca y lanzó el paquete al licántropo que, mano en la cintura, continuaba picando la paciencia de un teniente a punto de alcanzar su límite.
—¿Chocolates? —ignoró al teniente, atrapando el paquete, viendo a Joseph.
—¿Cuál es el laboratorio agrícola más cercano?
—El de Kavanagh —respondió la inspectora, entendiendo su intención—. Para un análisis de fertilidad sería mejor opción el de la universidad del condado de Kavanagh. Sus académicos y eruditos tienen más conocimientos en el área de la agricultura, que el resto. Si partimos hoy, quizás mañana por la noche tendríamos los resultados.
—Prepárate para ir con ella —se sacudió el polvo restante de las manos.
—Imposible —un “sirviente beta” revelándose contra “su señor omega” no fue anormal para nadie.
—No es pregunta.
La negativa de Garrett estaba dentro de lo esperado.
El señor omega imponiéndose, sí levantó la ceja del teniente y abrió los ojos de la inspectora.
Aunque su sirviente y protector usual era Garrett, era evidente quién contaba con la mejor preparación para cuidarlo si tenía que alejarse de alguno de sus acompañantes, además de que no podía confiar al teniente o a la inspectora el motivo detrás de la petición.
Aceptado a regañadientes, Garrett cedió al silencio de Joseph. Un silencio que era más elocuente que las palabras.
“Cazando al alfa” fue una saga dentro del universo de Reinos Oscuros, escrita para complacer al público femenino, más que para presentar un desarrollo a la trama general de la historia, por lo que no había muchos datos que le fueran de utilidad para el camino que estaba torciendo para la historia. Sin embargo, tenía una corazonada proveniente de un dato muy lejano, suelto en una conversación trivial, que debía confirmar.
Si tenía razón, antes del plazo acordado de dos semanas daría una propuesta para salvar a Dawes, y tendría un as bajo la manga para sí mismo.

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