El único bar en Dawes se encontraba al frente del único restaurante del poblado, convirtiendo a esa la reducida calle en el núcleo del entretenimiento diurno y semi-nocturno, con pequeñas tiendas apostadas a lo largo de unos cuantos metros en línea recta.
La mayoría de los establecimientos, cayendo la noche, se preparaban para finalizar la jornada laboral metiendo sus letreros y maniquíes, encendiendo las luces exteriores de sus fachadas y bajando las cortinas metálicas.
La reducción del caos urbano a una longitud estrecha, era surreal para una persona acostumbrada al ajetreo constante, a las calles y cuadras atestadas día y noche en urbes que no descansan. En el mundo real, al haber vivido en la capital de un país, no le costó encajar en el asentamiento principal de Birdwhistle, una ciudad imponente en la que costaba creer que una mansión como la del marqués, se acomodaba sin conflictos con su lujoso espacio y arbolada; o en el territorio del príncipe, Relish.
«La magia de la ficción», pensó Joseph bajando del todoterreno a su disposición, distrayéndose por la lluvia de miradas siguiéndolo al entrar al bar.
El sitio no tenía muchos clientes. Un par alojados en la barra, una pareja y dos grupitos dispersos que, al escuchar a la dueña del bar darle la bienvenida, levantaron la vista, vertiéndole encima, descarados, su sorpresa y fascinación.
La atención en su persona fue tan opresiva, aún si conllevar feromonas, que de haberse tratado de alfas habría apostado que a más de uno se le habría escapado un gruñido territorial, poniendo en riesgo la “sana convivencia”.
Por dentro agradeció que los únicos subgéneros distintos ahí eran el teniente y él.
—¡Alta Virtud! —secundó efusivo y extasiado el esposo de la dueña.
«Por lo menos finja controlarse frente a su esposa», lo reprendió internamente.
Manteniendo la compostura por mera memoria muscular, devolvió el saludó, dejando que el señor, en un despliegue de incomoda caballerosidad, lo condujera a su “mejor mesa”, una cabina al lado de la ventana. El sitio con la mejor exposición a los transeúntes.
Lidiando con la sensación de ser un animal exótico colocado en una vitrina para el disfrute ajeno, una atracción, el teniente aceptó por ambos el espacio y a Joseph no le quedó más que enfrentar el interés que, sin reparo, el esposo le dedicó barriéndolo con la mirada de arriba a abajo. Aun tapado de pies a cabeza, sin mostrar más piel que la de las manos y la cara, y siendo un simple beta el otro, tuvo que cambiar la comparación inicia al acomodarse en su asiento, ladeando el cuerpo. Su espalda actuando de barrera.
No era un animal exótico. Era un trozo de carne.
Apretó los dedos del puño sobre el muslo, recta la espalda, suave la expresión, simulando una indiferencia imposible.
—Una cerveza para el teniente y un chocolate con crema batida para el Alta Virtud.
—¿Perdón? —la orden adelantada lo sacó de su incomodidad.
—Le va a encantar el chocolate con crema batida que hacemos aquí —aseguró el licántropo que le doblaba la edad y el tamaño a lo ancho, añadiendo un deje obvio de coquetería, sin que pareciera importarle que su esposa le estuviera acuchillando por la espalda desde la barra—. Era la bebida favorita del último omega que dio Dawes —bendito prejuicio.
—Gracias, pero preferiría una cerveza.
La dulce contradicción presentada por el omega, descolocó al esposo de la dueña. El beta, con el lapicero estático en la orden, vio al teniente. El gesto fue una clara petición de confirmación para modificar la orden, que no pasó desapercibido por Joseph, haciendo hervir su sangre y, por consiguiente, liberando una cantidad de feromonas que cayeron sobre el alfa en una cruda advertencia, que tampoco fue ajena del todo para el beta. Aunque para el beta no fue tan evidente, comprendió que el ambiente se enrareció, su pie derecho retrocediendo.
—Si el Alta Virtud quiere una cerveza, tráigala —contestó el teniente, manteniendo la apariencia firme.
Dudando, el beta asintió colocando en la mesa botanas saladas, y marchándose.
Contrayendo la respiración al fondo de sus pulmones, Joseph rememoró un recuerdo que, más que especifico, se armó a base de repeticiones a lo largo de su vida. Repeticiones de un acto insignificante para él y que no debió serlo para Ángela.
¿Una suposición? No.
«¿De dónde saqué la pedantería para decirte que exagerabas?», una excelente pregunta que en ese momento lo mantuvo callado, al ver en el desinterés del alfa por rectificar lo ocurrido, su propio reflejo.
La mirada de reojo que el teniente dedicó a la calle, y la variación en sus feromonas, un detalle instintivo que por su inexperiencia aún no era capaz de controlar, lo sacó de sus pensamientos, siguiendo la línea de visión a un callejón al lado del restaurante frente al bar.
—¿Los notó?
Con un respingón el teniente se volvió al frente, asintiendo incrédulo.
—Nos han estado observando desde el día que llegamos —si bien sus palabras no tuvieron mayor finalidad que informar, notó una ligera molestia en su compañero de mesa.
El teniente descubrió que los seguían más tarde que él.
La altanera vanidad de ir un paso al frente del alfa quedó sepultada en sus adentros, tras los labios inmóviles y brillosos, por el maldito gloss obligado a usar, que anhelaban desplegar un gesto triunfante; a favor de conservar la paz y su fachada.
—¿Ha visto cuántos son?
—Dos —dijo el teniente.
Asintió, confirmando sus sospechas con el número mencionado, repasando su mentón con el pulgar.
—¿Por eso salimos?
El esposo de la dueña acercó las dos cervezas, colocando delante del teniente una jarra grande con suficiente espuma, dejando frente a Joseph un vaso pilsner.
—Provecho.
Harto de pensar en el trato que era evidente que recibía en Dawes, para el que se pensó mentalmente preparado, giró el vaso, lo levantó y bebió de golpe tres cuartos del contenido. Un acto que, pese a lo impulsivo, tuvo un toque de elegancia con el que enajenó a los presentes en el bar.
Depositando el cristal de vuelta en la mesa, miró al teniente, respondiendo un tardío:
—Sí.
La salida fue la mejor forma de obligarlos a arriesgarse a ser visibles, para confirmar la cantidad y sus capacidades.
Por lo que Joseph infirió, no eran matones cualesquiera, que un simple señor como Chapman podría haber pagado, sino que poseían un buen entrenamiento. Uno que, de haberse tratado de un alfa común y un omega, les habría dado la ventaja que debían creer que tenían de ser indetectables.
Para infortunio de sus perseguidores, el teniente fue escogido personalmente por el príncipe, lo cual significaba que sus habilidades estaban por encima del promedio. Y Joseph no era un omega.
—Me haré cargo…
Hizo una negativa, llamando de vuelta al beta, tras vaciar el cuarto restante de cerveza, solicitando con una sonrisa engañosamente inocente, otra.
El beta, apurado, con una mueca de desagrado y desaprobación, atendió la orden tomando el vaso y retirándose hacia el barril de cerveza detrás de la barra.
A sus espaldas, el grupito habló en voz no muy discreta, criticando a los omega de ahora, rematando con un “por eso les pasa lo que les pasa”.
Haciendo gala de un autocontrol que para sus adentros no tenía, Joseph los ignoró, desviando su coraje a la frialdad dulce de su voz:
—No es necesario —acomodó su cabello, un gesto que simuló ser casual, más fue un petulante gesto de respuesta a los críticos—. Si hubieran querido hacer un movimiento, lo habrían hecho anoche o en el camino al bar —que estaba completamente despejado—. Por ahora, esperemos.
Una espera que no sería muy larga.
Sacó su celular y, mientras el teniente mantenía los ojos encima suyo, desconfiado, envió un mensaje.
[¿La lima de uñas está en la maleta de siempre?]
Tenía la sospecha de que el señor de Chapman tenía poco o nada que ver con sus persecutores.

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