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Eugenesia Obscura: Silverclaw

Parte I Capítulo 4.3

Parte I Capítulo 4.3

Jun 21, 2025


—Una cena con el señor de Chapman —repitió Garrett, conduciendo el todoterreno por la cuesta que llevaba a la casona del señorío—. Por donde lo veamos es una trampa.

—Enviar al inspector en jefe del señorío, con una orden del Novilunio para prescindir de los servicios del teniente por esta noche, pidiendo que acudamos sin mayor preparación, o antelación, a una celebración en nombre del Alta Virtud —enganchó el pañuelo anudado al cuello, abogando por un poco de aire, para luego volverlo a acomodar, manteniendo la elegancia de la vestimenta—… Lo es.

—Una muy buena trampa.

El camino era un largo y solitario tramo de carretera pavimentado que salía por el suroeste, alejándose de los límites fronterizos con las tierras salvajes, que aumentaba su anonimato en una noche oscura, la luna cubierta por nubes grises.

—Y vamos directo a ella —prosiguió Garrett al notar que Joseph no continuaba hablando.

—No nos queda de otra —respondió lo no dicho—. No puedo rechazar su invitación, y no hay mejor manera de terminar rápido con el trabajo que esta…

—Cayendo.

Aun sin verlo, Joseph adivinó la presión en la frente del conductor.

Podría haber rechazado la invitación y haberse quedado en la seguridad de la casa de la inspectora, sí, protegido por la presencia del teniente, que ante cualquier anomalía habría enviado un mensaje directo al príncipe, para avisarle de cualquier intento de atentado en su contra, por supuesto. Pero, si lo hubiera hecho, estaría perdiendo una buena oportunidad de lucirse, en caso de que la invitación fuera seria. Un bajo porcentaje de posibilidad que, sin grandes avances en el terreno de la solución a la problemática en Dawes, ya era significativo.

Presionó su entrecejo. No quería lucirse, no quería hacerlo, y tenía que hacerlo. A eso había ido a Dawes, ¿cierto?

Si el príncipe no veía su utilidad, todo sería en vano.

—Si mi señor cree conveniente exponerse así —suspiró Garrett—…

—En vez de preocuparte por los detalles, mantente atento —se enderezó en su asiento, verificando a través de celular su localización—. Estamos por entrar a la zona idónea para una emboscada.

El silencio se instauró dentro del todoterreno al pasar una curva, adentrándose a un monte partido por el pavimento, la herida en la geografía inclinándose a los costados retenida por una malla que prevenía su desgaje, sin alumbrado público, sin más salida o entrada que el frente y el detrás, en el que debido a la topografía de la zona la señal de celular era débil, casi nula.

Si el señor de Chapman, o quien estuviera coludido con él, estaban dispuesto a arriesgarse para acallarlo y secuestrarlo, ese era el mejor momento. Alejado de la inspectora y del teniente, con nada más que un simple sirviente “beta” a su lado, en medio de la nada.

Las manos le sudaron.

La posición de desventaja era nueva para él.

Hasta ese día, cada uno de los cambios en la historia con los que se arriesgó, los hizo con la ventaja de ser quien colocaba las trampas, como sucedió con los alfas días atrás, o con la de ser quien conocía la línea de los hechos. Nunca estuvo en esa situación en la que desconocía a quiénes se enfrentaría o qué estaría por suceder.

Dejarse llevar por la nueva trama de la novela lo aterraba y, de cierto modo que no le agradaba admitir, igual lo emocionaba.

—Como lo esperábamos —Garrett desaceleró el todoterreno, parando a mitad del camino, los faros iluminando con su luz amarilla la camioneta negra atravesada al frente.

Una camioneta aparentemente abandonada.

Dando un vistazo a su alrededor, la inquietud dominó a Joseph, aun sabiendo que sus atacantes estarían ocultos en las sombras. Agudizó los sentidos, tratando de percibir en el ambiente un sonido o un aroma que los delatara.

—¿Dónde están? —el murmulló de Garrett fue secundado por el metálico crujir de la puerta del conductor al ser arrancada del marco y sus goznes.

Una figura completamente vestida de negro, con un pasamontaña, tomó al sirviente del cuello antes de que este reaccionara y lo lanzó fuera del todoterreno.

El nuevo personaje era una licántropo con un cuerpo semejante al de una beta, la fuerza de un alfa y carencia de aroma.  

—¿Inhibidores? —pensó en voz alta, paralizado, creyendo que podría tratarse de una alfa recesiva.

Si no podía ser beta, tenía que ser una alfa recesiva utilizando inhibidores.

El curso precipitado de sus pensamientos se detuvo con el estallido del vidrio de la ventana del lado del copiloto. Una segunda figura negra con una constitución claramente omega, sin aroma, quitó el seguro, abriendo la puerta para tomarlo de los cabellos y lo sacó de un jalón. Joseph cayó de trasero en el pavimento.

«¿Un omega?», se cuestionó, aún más confundido que antes por la agresividad, que suplía la fuerza, en sus acciones, al colocarse sobre él, hundiéndole la rodilla en el pecho, cortando su respiración en base a un punzante dolor, con una jeringa en una mano, a la que le quitó el capuchón.

Tal cual lo predijo, el escenario más probable estaba ocurriendo. Habían esperando la oportunidad para capturarlo.

—Quieto —gruñó la “omega”, descubriéndole el cuello, aumentando la presión en el pecho, instándolo a no resistirse.

La aguja se acercó a su garganta y fue separada al girarse la “omega” hacia su compañero, luego de escuchar un disparo. La “alfa” se estaba deslizando por un costado del todoterreno hacia la carretera, sosteniendo su hombro, una mancha brillante de sangre marcando un trayecto en la carrocería. Frente a él, la inspectora lo apuntaba con una semiautomática, el cañón humeando.

Una ráfaga apareció sobre Joseph, apartando de un puñetazo a la “omega”, que cayó de espaldas al suelo.

—¿Está bien? —el teniente fue incapaz de disimular la satisfacción que resanaba su orgullo, tras haber rescatado al Alta Virtud.

Joseph no alcanzó a responder ni a aceptar el gesto del alfa al ofrecerle su mano. Un aroma potente a cerezas podridas inundó sus sentidos, metiéndosele no sólo por la nariz, sino incluso por la boca, acariciando sus papilas gustativas como si se tratara de la mermelada de la fruta fangosa y fermentada la que acariciaba su lengua. Con la mano se cubrió la boca y la nariz, huyendo de la repulsiva fragancia, de la cual bastó una inspiración para hacer que los sentidos del teniente se adormecieran y colapsara. Lo mismo pasó con la inspectora.

—Es…

Asustado, Joseph buscó a Garrett, quien se mantenía en pie, frente a la tambaleante “alfa” que se fue levantando, sosteniendo en una mano el anillo que acababa de quitarse del anular izquierdo.

El aroma a podrido capaz de sedar a alfas y betas, y una fuerza que se asemejaba a la del subgénero en lo alto de la jerarquía. Una anomalía. Una que se mostró igual de sorprendida que Joseph, al notar que Garrett permanecía indemne a sus feromonas.

—Eres un theta —el susurro sorprendido de la “alfa” llegó a sus oídos, sólo por el silencio a su alrededor, y a través sus sentidos agudizados por el miedo.

Mostrando una sonrisa falsa, Garrett enmascaró la verdad al descubierto de su naturaleza y asintió, como si no importara:

—Justo como usted —se arremangó el puño de la camisa, quedando al descubierto su brazalete, presionando una de las incrustaciones. Tras hacerlo, el aroma a cereza podrida se mezcló con una fuerte esencia a naranja.

La expresión de la theta se descompuso, en una clara negativa.

Aunque ambos fueran theta, Garrett era distinto a ella. Su aroma lo era.

El peor de los escenarios estaba revelándose ante los ojos de Joseph.

—Mi Señor…

El llamado lo sacó de lo profundo de sus pensamientos:

—Corra.

Y le recordó que no podía quedarse ahí.

Apretando una mueca de dolor se levantó a prisa, girando en sentido contrario, raspándose los codos contra el pavimento al impulsar el cuerpo hacia arriba.

Respirar fue un infierno.

A cada bocada de aire su caja torácica resentida por la presión parecía querer ceder al fantasma de la rodilla clavada en el medio, para quebrarse.

Distancia. Se aferró a esa palabra en su mente para no pensar en el dolor.

Tenía que poner distancia entre él y la pelea que estaba detrás suyo, no por cobardía o por la vana ilusión de buscar ayuda, sino porque en cuanto lo hizo, la “omega” logró reponerse para ir a su caza, limpiándose la sangre que le brotaba de la nariz y empapaba la tela contra su cara, como si el dolor de una fractura en el cráneo, que por la fuerza de teniente era lo mínimo que debía tener, no existiera.

Joseph ya no estaba seguro de que su persecutora fuera una “omega”, más no tenía tiempo para detenerse y preguntarle qué rayos era, porque tampoco era una theta. Su constitución era distinta, y esa distinción solía marcar la diferencia de subgéneros.

Como fuera, confiaba en que, si se alejaba, podría vencerla sin poner en riesgo su identidad.

Una detonación a sus espaldas, seguida de una ráfaga caliente pasando por el costado de su rostro, lo hizo caer al eludir por instinto el disparo.

—¡Regresa aquí, pequeño puto! —escupió la “omega”, un rastro de locura impreso en la voz— Tengo la orden de llevarte con vida, más no sin agujeros.

Sin conseguir ponerse en pie, Joseph se giró, empezando a retroceder de espaldas, arrastrándose por la carretera, a más de cien metros de distancia de la salida de aquella trampa, sin ningún sitio donde esconderse a los costados y, si intentaba ponerse en pie, apostaría su sueldo entero de Alta Virtud, que esa “omega” con ojos de desquiciada, que acaba de insultarse por parentesco, le metería una bala. De hecho, apostaría lo que fuera a que sólo esperaba que le diera una excusa para hacerlo.

Al frente escuchaba la pelea y veía sombras moverse entre la luz de una luna censurada por las nubes, y las del todoterreno.

No estaba lo suficientemente lejos.

La omega caminó despacio, una bestia al asecho, apuntando en su dirección. Sus ojos, a través de la rendija del pasamontaña, brillaban atestados de locura.

—¿Vienes por las buenas o por las malas?

Un segundo tiro pasó, por diversión, más que por advertencia, cerca de su brazo, deteniéndolo.

Si se quedaba quieto, si sólo le permitía a la “omega” acercarse un poco más, le inyectaría el sedante que traía consigo y lo dejaría fuera de combate, sumando a Garrett un problema extra. Pero, si actuaba, como tenía que hacerlo, en ese momento, y Garrett no lograba vencer a la theta, la probabilidad de que descubrieran su subgénero aumentaría si una de ellas se escapaba. Por la marca, sus feromonas no eran tan fuertes como para afectar a dos licántropos juntos.

No tenía mucho de donde elegir.

La “omega” se fue acercando con el arma sin perder el objetivo entre sus piernas. Una diana divertida acompañada de una sarta de obscenidades referentes a su condición de omega y Alta Virtud. La gota que derramó el vaso.

Sin importar el subgénero de la licántropo, tenía una opción. Confiar en ser protagonista. Confiar en que, si tomaba por sorpresa a la “omega” con una bomba de sus feromonas, como lo hizo con la alfa de hacia unas noches, podría abrirse paso para desarmarla, acabar con ella y ayudar a Garrett.

Un boreal está, después de todo, por encima del resto los subgéneros. O esperaba que las palabras del autor fueran ciertas.

Jaló aire, preparándose mentalmente para luchar contra la barrera de la marca temporal, al llegar la “omega” a menos de un metro de distancia, con una nueva jeringa en la mano libre.

Escuchó el sonido de un motor, no muy lejos.

La “omega” se detuvo, no por el sonido, sino por algo que Joseph no escuchó.

—¡Mierda! —gritó frustrada la “omega”, que parecía haber recibido una orden por un intercomunicador.

La orden fue la oportunidad de Joseph.

Con las palmas firmes contra el suelo, pivoteó una patada en el estómago de la “omega”, se giró hacia la derecha, protegiéndose de un posible disparo, que fue la acción reflejo por el daño. En esa posición se apresuró a ponerse en pie, y en el impulso soltó un rodillazo contra la mejilla de licántropo, haciéndola caer de lado.

Muy al fondo de su mente recordó las palabras de uno de sus profesores de defensa personal, de una vida que parecía más lejana al pasar de los días en ese mundo ficticio, que se apoderaba de su sensación de realidad: asegúrate de que no pueda seguir atacando.

Pisó la muñeca de la “omega” obligándola a soltar la pistola, que empuñó, apuntándole.

«Mátala.»

Con el dedo en el gatillo, supo que eso tenía que hacer, como lo hizo con la alfa, como lo hizo varias veces antes desde que llegó ahí.

El dedo le tembló.

Las luces de las motocicletas, al dar vuelta en la curva ingresando al monte partido a la mitad, lo cegaron. A sus espaldas, un grito agónico le dio la victoria a Garrett.

Extendiendo un brazo, la “omega” fue levantada en medio de un improperio, siendo colocada en la parte trasera de una moto, Joseph usando sus manos para cubrirse del brillo al girar la moto e irse por donde vino. La segunda moto pasó al fondo, realizó una maniobra rápida, viró y al regresar a su lado, notó como disminuyó la velocidad. Por un segundo, Joseph alcanzó captar un rastro de aroma en el aire, el del alfa que lo atacó detrás de la casa de la inspectora.

Las motos se perdieron en la curva y la oscuridad, sumiendo la carretera en un silencio trozado por el traqueteo del motor del todoterreno que continuaba encendido.

«Fue mi error», pensó Joseph, su cuerpo dando la media vuelta en automático, sus pensamientos lejos de la instintiva necesidad de comprobar que Garrett estaba bien. «Me confié, y quizás no sólo Chapman y Birdwhistle están detrás de lo ocurrido en Dawes…»

La línea se quebró en ese punto para evitar el resto de la oración, cayendo en cuenta de que el marqués, en el libro original, jamás estuvo relacionado con ninguna anomalía de subgéneros. El marqués creía que, lo más extraño, era su condición de boreal.

Alejó la maraña de pensamientos acelerados del cauce inmediato de su mente, buscando a Garrett.

Sobre sus cabezas, dos helicópteros aparecieron invadiendo la noche.

Su vista nocturna le permitió divisar el escudo de armas del palacio del príncipe en uno, y el logo del Novilunio en el otro, yendo hacia el sur, hacia el improvisado helipuerto de Dawes. El lobo de perfil y la luna negra.

Presencias salvadoras.

Quien estuviera detrás de él, fuera un simple señor, un marqués o más, era lo suficientemente inteligente para saber que no le convenía continuar moviéndose esa noche. Más que por la luna, por el lobo.

Su vida se estaba complicando… De nuevo.

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Rezhtdy B. Miktze

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—Si mi señor cree conveniente exponerse así —suspiró Garrett—…

#Omegaverse #abo #boys_love #girls_love #bl #yaoi #romance #Fantasia #Transmigracion

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