CDMX
14 de febrero de 2024
—¿Qué te dijeron?
—No mucho —los hombros de Ángela subieron y bajaron al entrar al auto y ocupar el asiento del copiloto—. Lo usual.
«Eso es mucho», contradijo para sus adentros Joseph, esperando a que se pusiera el cinturón de seguridad para arrancar y salir del estacionamiento. A pesar de la evidente mentira, no insistió, no porque no le importara, sino porque conocía de antemano la respuesta.
La habían rechazado del puesto, dando mil y una excusas, ninguna creíble, ninguna cierta, todas y cada una de ellas acompañadas de un ligero temblor en la voz del o la reclutadora, o una mirada fría.
Presionó el pomo de la palanca de cambios, resintiendo no sólo la injusticia de un escenario que Ángela había vivido una y otra vez, desde que se graduó de la universidad, hacia un año, sino, también, el proveniente de la rememoración de su propia experiencia.
Siendo honestos, entre los dos, le molestaba más que su hermana tuviera que sufrir el mismo maldito destino, que vivirlo por su cuenta.
—José…
—¿Eh? —el llamado de Ángela lo sacó de la culpa infundada que lo carcomía, al ser incapaz de brindarle más opciones o un futuro mejor, sin los obstáculos heredados que ninguno pidió.
—El boleto.
José giró el rostro hacia el validador de salida aguardando paciente.
Viendo que detrás no hubiera una fila de automóviles, agradecido por ser el único, se apresuró a buscar el boleto, encontrándolo en la mano de Ángela, que lo sostenía entre el anular con el anillo de sus quinceaños, y el medio, los holanes de la manga meciéndose con el movimiento al ofrecerlo.
—No sé qué harías sin mi —la frase, una dulce concesión comprensiva.
Ángela lo entendía. Entendía su coraje y le agradecía.
Y esa gratitud y comprensión, en vez de aliviar su carga, la aumentó, haciendo de la curvatura de su sonrisa una disculpa.
—Seguramente me quedaría aquí atorado, detrás de la pluma, hasta que vinieras a rescatarme.
Ninguno continuó el verdadero tema al fondo de su conversación, conociendo la profundidad detrás de un tema que los había perseguido a lo largo de su vida. Una ominosa sombra que se negaba a dejarlos en paz. Una sombra que invadía una a una sus horas, sus acciones, incluida el pedir trabajo en una empresa cualquiera, para la que Ángela se encontraba sobrecalificada, sin mayor pretensión que conseguir el dinero necesario para salir adelante en el anonimato de una vida común.
Dos niños huérfanos a bordo de un viejo automóvil, intentando alejarse de sus apellidos. Dos niños atrapados en el cuerpo de adultos, escapando de la realidad, detenidos en un semáforo, encontrando en una de las pantallas a las afueras de un enorme edificio, la transmisión en vivo que Ángela se perdió por ir a la entrevista de trabajo, acerca del universo literario que amaba: Reinos Oscuros.
—¿Ese es el casting para la serie en live action? —preguntó José inclinándose hacia el volante para tener una mejor vista de la pantalla.
—¡Sí! —respondió emocionada Ángela, la cola de caballo que sostenía su larga cabellera, dibujando un círculo alrededor de su cabeza al voltear a la transmisión, posponiendo el reproche que traía desde el año pasado contra él— Antares está produciendo la serie, por eso no fue una sorpresa cuando anunciaron que Ribeiro sería la protagonista de la primera saga de Reinos Oscuros.
—La saga que van a adaptar es la que trata de…
—Del reino de las sirenas, Vathys —la emoción se leía vívidamente en sus ojos, junto con un atisbo del repetido: “si no hubieras huido luego de Cazando al Alfa, lo sabrías”—, ¡¿has visto el arte conceptual de Anna como la princesa Letha Stravrou?! No termino de creer que van a empezar a desarrollar la serie a partir de las sagas pre-Gran Opresión. Eso significa —la emoción subió un par de decibeles en su discurso—… ¡Que podremos ver antes de lo esperado a la reina Nnegue!, a la capitana Hester Sheppard y, ¡por supuesto!, a la gran guerrera águila, Necallilistli.
La lluvia de nombres revolvieron la cabeza de José, quien decidió que lo mejor era dejar a Ángela ser Ángela. Si el anuncio entorno a los libros que le gustaban le permitía ser feliz en un día en el que, una vez más, vivían las consecuencias de elecciones que ellos no tomaron, le bastaba para estar agradecido con su perorata y con el autor de dicho mundo.
—Al finalizar la presentación —se frenó un segundo su hermana, los automóviles del carril contrario reduciendo la velocidad, advirtiendo que pronto se verían en la penosa necesidad de continuar su camino—, se supone que el autor mostrará su cara por primera vez, y hará publico el título de la saga que cerrará Reinos Oscuros.
Por la solemnidad con la que lo dijo, entendió que sería un suceso grande en la comunidad de fans que seguían la historia y, por consiguiente, se entrevió la decepción de no poder verlo en vivo.
Dio un vistazo a su viejo reloj de pulso.
«No es como si tuviera muchos clientes», se dijo al pensar en el letrero de “regreso en una hora”, colgando en la puerta de la pequeña tienda de abarrotes que abrió tras darse por vencido buscando trabajo. Un pensamiento que, cruel por lo real, le confirió la justificación necesaria para concederle un deseo a su hermana al ver que, en un pequeño restaurante a su derecha, estaban sintonizando el mismo programa.
El semáforo se puso en verde. En vez de continuar derecho, José tomó el carril vacío, virando a la izquierda.
Confundida, Ángela abandonó el programa en la pantalla, dirigiéndose a su hermano. José le dedicó una cálida sonrisa, preparándola para su sorpresa.
Un parachoques pulido, los vidrios polarizados y el medio rostro de la niña que crío hasta convertirse en una maravillosa mujer, fue lo último que quedó grabado en su mente, antes de que la enorme camioneta negra se saltara el semáforo en rojo, embistiéndolos a toda velocidad, empujando el viejo automóvil contra el arcén, haciéndolos rodar.
Una o dos vueltas. No lo recuerda.
El zumbido en los oídos.
La sensación de estar metido en una burbuja dentro de su cabeza y sentir el cuerpo lejos, conectado por una fina hebra de dolor que, mientras el auto dejaba de moverse, se iba engrosando.
Dedos manchados de sangre. Dedos que no eran suyos.
Un anillo de plata empapado de rojo.
El puño de una blusa blanca con salpicados granita, en una fecha que para el resto era una celebración y que para ellos siempre significó el preludio del fin, incluso ese día. Irónicamente más ese día.
Y el horror convertido en un grito que no supo si salió de su boca, o si se quedó atorado en su pecho, antes de perder la conciencia:
—¡Án!

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