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Eugenesia Obscura: Silverclaw

Parte I Capítulo 5.3

Parte I Capítulo 5.3

Jun 30, 2025


17 de abril de 7746

Dos noticias llegaron a sus oídos al día siguiente del ataque.

La primera fue que esa pequeña casa, que apenas si conseguía albergar a cuatro licántropos, estaría dando asilo, por lo que quedaba de la misión, a nueve. Un número que aumentó con la llegada del resto de la comitiva de betas, encargados, hasta el amanecer, de arreglar la burocracia involucrada con su arribo al poblado.

La inspectora, a pesar de lo invasivo, lo tomó bien y se apresuró a buscar en la bodega de las oficinas de asuntos generales, entre los suministros para caso de desastres, cinco camastros extra.

Además de llegar con los camastros, la oficial volvió con la segunda noticia a cuestas.

El inspector en jefe, encargado de la invitación para tenderle la trampa, el señor de Chapman, así como un gran número de sus allegados, entre oficiales y familiares, fueron encontrados muertos en su casona, temprano por la mañana.

De acuerdo a la escasa información que obtuvo la inspectora, los enviados por el Novilunio se estaban haciendo cargo del caso, por lo que fuera de anexarla a la investigación, según lo esperado, la mantuvieron lejos de las pesquisas.

«Están atando los cabos sueltos», fue evidente para Joseph y, por la forma en que el resto guardó silencio en cuanto la inspectora terminó de hablar, se trató de una sospecha compartida.

La cuestión era si el resto creía, como él, que alguien en el Novilunio podría estar involucrado. Eran la única organización que conocía con licántropos con la influencia suficiente para lo acontecido en Dawes.

Desde la aparición de los alfas dominantes que lo atacaron, le molestaba la identidad de la persona que estuviera detrás de él, y con lo sucedido la noche anterior estaba sopesando la existencia de un tercer postor en busca de su persona. El tercer interesado debía ser alguien con el poder para conocer la existencia de los thetas, colocándose por encima del marqués de Birdwhistle y, si no estaba siendo demasiado paranoico, comenzaba a creer que la llegada del Novilunio a Dawes tenía más que ver con eso, que con la supuesta respuesta tardía a la solicitud de apoyo, que fue la justificación oficial a su llegada.

El Novilunio por fin había respondido a las peticiones de ayuda de Dawes, y “sin tener” conocimiento de la comitiva enviada por el príncipe. Su explicación no resultaba creíble más que para el resto del pueblo, que conmocionados por la cantidad de situaciones deshaciendo la tranquilidad de su día a día, sólo dejaron al Novilunio tomar el control de las oficinas de asuntos generales, dejando para los enviados de la Corona el desvalijado todoterreno y las dos únicas patrullas que poseían. Una, que ya estaba en posesión de la inspectora, y la otra que llegó con la coronel.

Con el pinchazo de temor de que en cualquier momento el Novilunio acudiría a la puerta de la inspectora a apropiarse de su investigación, pese a que la coronel le juró que sería imposible que el Novilunio interfiriera con un asunto que un miembro de la Corona tomó directamente, a partir de ese momento los nueve licántropos se dedicaron en mente, cuerpo y alma, a rescatar lo que pudieran dentro de la masacre de documentos.

El problema de ese arduo trabajo en equipo que, en teoría tenía que ser más rápido al estar involucradas más manos en el proceso, su seguridad garantizada por parte de la coronel , no estuvo en la precisión o en la velocidad, sino en el ambiente que se respiró al pasar de las horas y con el transcurso de los días siguientes, sumado al estrés de seguir sin una idea de cómo resolver, o la sequía en Dawes, o las consecuencias de ello.

Los registros enviados por el señor Chapman, antes de lo que cada vez sonaba más fuerte en los reportes oficiales como un suicidio grupal, incomprensible y sospechoso, no arrojaron luz en una posibilidad para los campos. El resto de la información que el señor Chapman retuvo, y que el Novilunio se negó a proporcionarles, con la más que válida explicación de que en los documentos dentro de la casona era necesarios para la investigación; Joseph tenía la certeza de que no cambiarían ese panorama. Los registros, desde la fundación de Dawes, eran una repetición constante de cultivo a cultivo, de rotación a rotación, sin variantes en esos cien años de historia. Información respaldada en las entrevistas realizadas a los lugareños.

Ofuscado por el saqueo, sobrepasado por su deber, y estresado por la convivencia al límite entre los alfas, los betas apenas sobreviviendo al medio de la línea entre el choque de feromonas, a unos días de tener que regresar al palacio del príncipe, Joseph gestionó un permiso con la coronel para salir de las cuatro paredes de la casa, bajo la excusa de visitar los campos y respirar.

Una excusa que fue atendida, siendo el único “omega” entre alfas, y con la conciencia de una escasez de inhibidores o sahumerios aplacadores en el área.

Escoltado por su séquito original, en una de las patrullas, llegaron a los campos más alejados dentro de la distancia que se le permitió a Joseph. Descendió a prisa, inhalando el aire limpio y seco de su entorno. 

Estar encerrado en un sitio reducido, con dos alfas, por mucho que el resto se tratara de subgéneros menos competitivos, no dejaba de ser complicado, incluso con la marca en la nuca y su condición de boreal.

Como un desconsiderado extra, le tocó revalorar a la mala, a través de la convivencia forzada, su comprensión inicial respecto a la coronel Erickson, en la pesada, sencilla y natural enemistad que se tanteó en el aire entre un fiel seguidor del príncipe Lowell, de un rango menor, y la fiel detractora (seguidora de la segunda princesa) del heredero de la corona, obligada (por los lazos de sangre con el marqués Erickson y al ser su heredera), a obedecerlo.

Si la coronel acudió a Dawes, rebajándose de su puesto militar, no fue por gusto o lealtad, sino porque no le quedó de otra que obedecer la orden, so pena (supuso Joseph) de perder su título nobiliario, si se negaba a seguir una indicación del heredero del reino. Una amenaza que creía pesaba sobre ella de forma constante, y no le era conveniente.

Perder un título nobiliario, como el marquesado de Erickson, no era cualquier cosa. El marquesado de Erickson era uno de los más antiguos de Silverclaw, perteneciente al ducado de Sallow y, por consiguiente, al principado capital de Flanagan. Su poder y su influencia, dada su antigüedad, dentro del Novilunio, era equiparable al de cualquier ducado común del resto de principados, sólo por debajo del Bythesea.

Por mucha que fuera su lealtad y devoción a la segunda princesa, Bethany Kingston, debía ser consciente de que perder su título reduciría significativamente, a futuro, el poder que pudiera colocar a favor de la princesa si lograba zafarse del control del príncipe heredero, en cuanto el marquesado estuviera en sus manos. Pese a ello, aún era capaz de cumplir su encargo, pisando el punto justo entre una ejecución impecable y sobresaliente de sus deberes, y dejar en claro y con gran elegancia su desagrado por el heredero, consiguiendo que al teniente no le quedara de otra que bajar la cabeza y obedecer.

Ese par se movía dentro de la casa de la inspectora como un par de felinos enjaulados. Uno era un gato montés y la otra una pantera negra.

El danzar meticuloso y arriesgado, fue otro de los tantos motivos para escapar esa tarde y aceptar llevar consigo su escolta, previniendo que el teniente perdiera la compostura jugándose el cuello frente a una superior. Por mucho que el joven alfa no fuera de su agrado, no iba a dejarlo morir si podía evitarlo.

Sopesando si su comparación de felinos era errada, y si debía hacer un mejor paralelismo entre un chihuahua y un dogo argentino, en un escape cognitivo por la tangente, caminó hacia el sendero al otro extremo.

El teniente quiso seguirlo, y él se giró y lo detuvo:

—Ambos —lo señaló junto con Garrett—, se quedan ahí. Si alguien me va a acompañar, sólo permitiré que sea la inspectora —acomodó su expresión para dejar caer la orden con calma, aguardando que el tono suave amortiguara la poca paciencia que tenía.

Ofendido por haberlo colocado en el mismo saco que al teniente, el Garrett hizo una mueca de reproche que ayudó a que el militar se tomara mejor la indicación y la acatara. La inspectora, por su lado, lo siguió a un par de pasos de distancia, honrada por el reconocimiento.

Entre un voluble alfa y un imprudente theta, Joseph prefería a la constante beta.

Cerca de un árbol marchito, sin la frondosa copa que pudiera ofrecerle una sombra, se detuvo, alargó la mano y tocó el tronco con la capa superior de su corteza cayéndose a pedazos.

Agradecía que, ya fuera por la “programación” de la inspectora, que como personaje improvisado no tenía mucho que aportar, o porque realmente se tratara de una de sus características el ser lo bastante intuitiva para entender que requería de un tiempo de “soledad” para pensar; no lo atosigara imponiendo su presencia más cerca, o con charla.

En ese espacio que le brindó, Joseph pudo divagar en lo frustrante que era no tener respuestas, no saber qué hacer, y encontrarse ante un objetivo y una promesa que le abrumaba pensar que quizás no tenía lo necesario para cumplir.

El mundo se le venía encima comenzando por su plan, viendo en el entorno yermo extendiéndose más allá de la vista, cómo el ego, la osadía y la ignorancia lo superaron, al punto de prometer que solucionaría la tierra seca de la que dependía un pueblo completo.

Lo peor era que, si bien lo sobrepasaba la situación y se sentía miserable, lo que más le pesaba no era la promesa que incumpliría, y las vidas a las cuales dio esperanza, sólo para enfrentarlas a su incapacidad de materializar dicha luz en una solución viable. Lo que le pesaba era ser consciente de que su verdadero temor estaba, no en los cientos de vidas dependiendo de él, sino en que, si no cumplía esa promesa, a los ojos del príncipe Lowell no dejaría de ser más que un simple Alta Virtud y, por consiguiente, sus oportunidades de encontrar un modo de regresar a su mundo se verían peligrosamente reducidas.

Alejó las imágenes de Ángela de su mente. Imágenes de una vida entera, que iban desde la primera vez que la vio, en la sección de cuneros, cuando su padre lo levantó en brazos y le señaló a la pequeña cosita con el rostro rojizo a punto de llorar, anunciando orgulloso que ya no sólo era un hijo, sino un hermano mayor; hasta el día que salieron de casa, para la desafortunada entrevista de trabajo.

Pequeños recuerdos llenos de sentimientos, de rastros de una vida que amenazaba con perderse en las páginas de una historia que no le pertenecía, lejos de la única familia que le quedaba y que fue incapaz de proteger.

—¿Qué puedo hacer? —murmuró, la impotencia remarcando sus palabras, un ligero temblor cerrando la interrogante.

Si Ángela estuviera ahí, ella sabría qué hacer.

Joseph podría adjudicarse el papel de protector, sin embargo, al final del día, cuando el mundo se tornaba más oscuro, era a Ángela a quien se le ocurría prender la luz, sostener su mano con sus pequeños deditos y guiarlo dulcemente hacia un sillón, sentándose juntos a ver la tele. Los monstruos invadiendo el universo, destrozándolo, y ella recargando sus redondas mejillas en su brazo, susurrándole con voz suave y comprensiva:

—Está bien si no puede hacer nada, osito —el sobrenombre que le quedó, al dificultársele a la pequeña Ángela añadir una “J”, y que se fue deformando hasta llegar a esa palabra, cuando empezó a hablar.

—Está bien si no puede hacer nada...

 

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Rezhtdy B. Miktze

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«Están atando los cabos sueltos», fue evidente para Joseph y, por la forma en que el resto guardó silencio en cuanto la inspectora terminó de hablar, se trató de una sospecha compartida.

#Omegaverse #abo #Transmigracion #licantropo #Fantasia #romance #boys_love #girls_love #bl

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