Había pasado un tiempo considerable desde la tragedia que destruyó el antiguo negocio de James. Sin embargo, lejos de doblegarlo, aquel episodio pareció impulsarlo a nuevos horizontes. El local había renacido de sus cenizas con una majestuosidad innegable: más amplio, refinado y frecuentado por una clientela de mejor gusto. Clara, por su parte, había comenzado a recibir clases de tiro los domingos. Al inicio, el arma se le caía con frecuencia, y jalar del gatillo le parecía un reto mayúsculo. James, con su característica paciencia, la guió paso a paso. Pronto, Clara practicaba disparando a botellas vacías que los cantineros arrojaban a la calle. Se estaba volviendo diestra, con mirada firme y pulso cada vez más certero.
Una mañana, James recibió una carta sellada con cera roja. El sobre llevaba impreso un emblema discreto: una corona sobre una rueda dentada. Era una invitación del Círculo de Helmcrest, un grupo exclusivo que él siempre había denominado "el círculo cerrado de millonarios".
Londres, Octubre de 1892
Estimado Sr. James H. Lannister:
Por intermedio de esta misiva, le extiendo mis saludos en nombre de los caballeros del Círculo de Helmcrest. Hemos recibido información sobre una oportunidad de adquisición en el condado de Westbury, donde se proyecta la extensión de una línea férrea que favorecerá el comercio y la presencia de la clase ilustrada.
Dado su interés en el desarrollo estructural y su reputación intachable entre nuestros pares, lo invitamos cordialmente a una reunión privada el próximo jueves 7, en el Salón de los Espejos del Gran Hotel de Eldhollow.
La presencia de su asesor legal o financiero es opcional, pero su juicio será crucial para el avance del proyecto. Como es tradición, la discreción será recompensada.
Firmado,
Lord E. Matheson
Secretario del Círculo
James leyó la carta con atención, luego se dirigió a Clara:
—Clara, prepárate. Iremos en tren. Es un viaje importante. Ese día, probablemente, Robert cuidará la tienda.
—¿A dónde iremos? —preguntó ella con timidez.
—Al Gran Hotel de Eldhollow. Afortunadamente, sé cómo llegar.
—Sinceramente, yo sola no sabría cómo orientarme.
—Yo tampoco sabría si no fuera porque mi padre me llevó a conocer Norteamérica y sus sitios más emblemáticos.
Llegó el día de la partida. James llevaba una maleta ligera y, oculto entre sus ropas, su revólver. No era hombre violento, pero sabía que el peligro podía surgir en los lugares más inesperados, especialmente en los trenes que cruzaban el desierto. Clara caminaba junto a él, elegante pero nerviosa. En la estación, compraron sus boletos. A lo lejos, el silbato del tren rompió el silencio como un lamento metálico.
Ya a bordo, James indicó:
—Siéntate junto a la ventana. Si ocurre algo, yo te protegeré.
—¿Qué podría pasar en un tren en movimiento? —preguntó Clara, intentando restarle importancia.
—Hay ladrones del desierto. Rodean el tren, lo abordan en marcha. Yo los espantaré. Y si es necesario, te abriré paso para que escapes.
Clara asintió, aunque la inquietud le nublaba el rostro. James notó su ansiedad.
—Mientras estés a mi lado, nadie te hará daño.
El tren arrancó con un suspiro de vapor. El paisaje que los rodeaba era árido, carente de vegetación o color. Para distraerla, James sacó un libro y se lo ofreció.
—Es Viaje al centro de la Tierra, de un tal Jules Verne. Lo compré hace unos días. Es fantasioso, quizá infantil, pero curioso. Pruébalo.
Clara lo miró con una ceja alzada:
—No soy una niña, James.
—Jamás dije que lo fueras. Sólo que la historia parece irreal. Ir al centro de la Tierra con una máquina…
—Hace cien años nadie hubiera imaginado un tren sin caballos, y míranos ahora. El ser humano evoluciona. Quizá algún día, eso sea posible.
James rigió.
—Tienes razón. Antes luchábamos con espadas. Ahora, una bala define todo.
El viaje transcurrió tranquilo. Clara comenzó a leer con interés, pero al querer compartir una reflexión, notó que James dormía. Su sombrero cubría sus ojos y su respiración era pausada. No quiso despertarlo.
De pronto, algo en el paisaje captó su atención. A lo lejos, tres jinetes avanzaban en paralelo al tren. Uno llevaba una jaula de madera sujeta a su montura. Sus rostros estaban cubiertos por pañuelos que apenas dejaban entrever sus ojos. Clara sintió un estremecimiento.
Un golpe seco resonó en la parte trasera del vagón. Murmullos crecieron rápidamente.
—¡Son ladrones!— gritó alguien.
—¡De este lado también hay dos con el rostro cubierto!
—¡Y ese lleva una jaula!— dijo otro.
—¡No sean paranoicos, deben ser del circo!— comentó alguien, intentando calmar los ánimos.
Pero el sonido de metal golpeando el vagón se intensificó. Un pasajero gritó:
—¡Están subiendo al tren!
James abrió los ojos de inmediato. Se incorporó con frialdad y sacó su arma.
Desde el vagón delantero y el trasero aparecieron dos hombres armados con revólveres.
—No queremos problemas. Buscamos algo específico,— dijo uno.
De pronto, uno de los jinetes irrumpió por la puerta, tomó a Clara y huyó hacia la salida. James intentó reaccionar, pero el otro asaltante le apuntó. Con rapidez, James le propinó una patada certera, desarmándolo.
Corrió hacia la ventana y alcanzó a ver cómo subían a Clara a la jaula sobre el caballo. Su corazón se aceleró.
—Debo rescatarla,— pensó, y sin dudar, se preparó para saltar del tren y enfrentar a los jinetes.
La aventura apenas comenzaba.

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