En algún rincón polvoriento a las afueras de lo que hoy se conoce como Grecia —aunque entonces era llamado Hélade—, un grupo de campesinos luchaba por arrancar vida a la tierra reseca. El sol abrasaba las espaldas encorvadas y los surcos del campo parecían clamar por misericordia.
—¿Qué haremos ahora? —exclamó uno de ellos, dejando caer su azadón con desesperación—. ¡Zeus nos ha abandonado! Hace años se apareció, nos ayudó con las cosechas... ¡hasta le construimos un templo! ¡Le oramos cada luna llena! ¿Y ahora? ¡Todo ha empeorado!
Un murmullo se extendió entre los presentes. El aire pareció cargarse de electricidad y, de pronto, una sombra se proyectó desde el cielo. Una figura descendía lentamente envuelta en una luz artificial que emanaba de una nave flotante. El hombre iba vestido con un traje brillante de tonos violetas, con una capa que ondeaba tras él como una estela etérea. En sus manos llevaba una extraña arma de dos puntas, forjada siglos atrás por los ciclopes, una antigua raza alienígena esclavizada por él. Su nombre: Helm of Darkness, el yelmo de la invisibilidad convertido ahora en lanza de poder.
—¡Miren eso! —susurró un campesino, maravillado—. ¿Otro dios como Zeus?
—Tal vez... o quizá sea un demonio disfrazado. ¡Viene sobre una criatura voladora!
El ser aterrizó con solemnidad, y su voz retumbó como un trueno suave.
—Soy Hades, dios de la muerte. Hermano de Zeus. Traigo vida y traigo muerte. Pero también traigo elección.
La multitud lo observó con ojos entrecerrados, incrédulos.
—Veo que sus tierras no dan frutos... —prosiguió—. Puedo ofrecerles lo que desean: cosechas abundantes, riquezas, ropa fina… Todo lo que anhelan. Lo único que pido es fidelidad.
Hubo silencio. La duda pesaba más que el hambre. Hades, previendo esa reacción, introdujo su mano en un compartimento oculto de su traje y sacó un pequeño artefacto, brillante como una joya negra. En secreto, él mismo había hecho que la tierra se secara días antes, todo para este momento. Activó el dispositivo.
Un leve zumbido, seguido de un temblor.
La tierra comenzó a vibrar, a agrietarse, pero no para hundirse, sino para renacer. Brotaron hojas, luego flores, y finalmente árboles cargados de frutas grandes, aromáticas y llenas de color. En menos de diez minutos, el paisaje cambió por completo.
—Prueben —ordenó Hades con una sonrisa helada—. Estos frutos son más dulces que cualquier cosa que hayan probado antes.
Un anciano tembloroso fue el primero en dar un paso al frente. Tomó un fruto dorado y lo mordió. Sus ojos se abrieron de par en par.
—¡Es néctar de los dioses! —exclamó, maravillado.
Los demás cayeron de rodillas, hundiendo la frente en la tierra ahora fértil.
—¡Oh, Hades! ¡Te seremos fieles! ¡Nuestro dios verdadero!
Hades sonrió para sí. Tan fácil de manipular. Tan sedientos de milagros.
Mientras tanto, en la pequeña casa de campo, Alcmene observaba cómo su hijo regresaba del entrenamiento junto a Kleon. Ambos estaban cubiertos de polvo, pero sus rostros irradiaban vitalidad.
—¿Qué tal les fue hoy? —preguntó ella con una sonrisa tierna.
—Bien, madre —respondió Hércules mientras se dirigía a un aparato brillante que dispensaba bebidas frías—. Debemos mantenernos ocultos. Estuve observando a los terrícolas... se lastiman entre ellos por envidia, por posesiones. Si supieran lo que tenemos, nos llamarían demonios... o peor.
—Eso si logran entender —añadió Kleon, con una risa baja.
Alcmene suspiró y cerró los ojos.
—No me gusta vivir en este planeta —admitió—. Pero es una misión de amor. Algún día tú, hijo, les enseñarás. No solo los protegerás… también los guiarás.
—No confío en Hades —dijo Hércules con firmeza—. Mi padre me habló de él. Siempre fue ambicioso, engañoso. Quiere esclavizar a los humanos. Ya lo ha intentado antes, en otros mundos.
Al amanecer, Kleon y Hércules montaron a caballo rumbo a las montañas, donde continuarían su entrenamiento.
—Hoy te enseñaré a combatir —dijo Kleon mientras el viento silbaba a su alrededor—. Tu fuerza es impresionante, pero necesitas disciplina. Eres capaz de soportar cien veces tu propio peso. Iremos a un lugar aislado, nadie puede vernos.
Tras una larga cabalgata, llegaron a un valle rocoso y desierto, salpicado de montañas oscuras.
—Perfecto —dijo Kleon, desmontando—. Aquí entrenaremos.
Pero un eco rompió la calma.
—¡Hace mucho que no te veo, Kleon!
Ambos voltearon. Allí estaba Hades, de pie junto a un grupo de aldeanos, que lo observaban con reverencia.
—Ese joven de cabello largo no es un simple mortal —clamó Hades—. ¡Es el hijo de Zeus… el dios traidor!
Los campesinos comenzaron a murmurar.
—¡Y eso no es todo! Zeus dijo que todos ustedes eran como sus hijos… ¡pero a ninguno les dio magia! ¡A él sí! ¡Les demostraré lo injusto que ha sido con ustedes!
Con un gesto sutil, Hades alzó sus brazos y, usando telequinesis, levantó enormes rocas que lanzó sobre los aldeanos. El caos se desató.
Hércules se movió como una ráfaga. Su cuerpo se volvió luz. Golpeó cada roca con precisión sobrehumana antes de que alcanzaran a los inocentes. Kleon lo observó, paralizado por la velocidad imposible de su pupilo.
—¡Es un demonio! —gritaron algunos.
Hércules retrocedió con el corazón oprimido.
—¡Vayamos a destruir el templo de Zeus! —gritó un aldeano, alzando un palo como si fuera un arma.
El miedo, la ignorancia… todo estaba funcionando según el plan de Hades.
Y así, con una sola jugada, el dios oscuro había comenzado a girar la rueda del caos.

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