Los pasos de Hércules golpeaban el suelo como truenos. Kleon, a su lado, lo seguía con la mirada firme y el cuerpo tenso. Ambos corrían entre árboles y colinas, salpicados por la luz de un sol tembloroso. Habían dejado atrás la amenaza… por ahora.
—¡Tenemos que advertir a tu madre! —gritó Kleon—. Hades no los dejará tranquilos. Y si logra sembrar miedo entre los humanos, los tendrá en la palma de su mano.
—Y debo hablar con mi padre —respondió Hércules, apretando los dientes—. Ya no es un rumor. Hades está actuando… y ha empezado a envenenar las mentes.
Mientras corrían hacia el hogar, en otro rincón de la tierra, el viento se volvió más denso. La luz se desvanecía como si el sol dudara en brillar. Allí, en una caverna antigua envuelta en sombra, se encontraba Hades, rodeado por un grupo de jóvenes. Algunos parecían humildes, otros furiosos… todos tenían algo en común: miradas cansadas y corazones rotos.
Hades se movía entre ellos como un padre amoroso.
—Sé lo que sienten —decía con voz suave, casi susurrante—. El mundo los ha ignorado. Les han dicho que esperen, que recen, que acepten su destino. ¿Y qué han recibido a cambio? ¿Dolor? ¿Soledad?
Los muchachos lo observaban en silencio. Hades levantó la mano, e hizo flotar en el aire una imagen: se trataba de un joven de rostro endurecido, ojos tristes, y cuerpo cubierto por una armadura oscura como el vacío.
—Él se llama Kairon —dijo Hades—. Y no es diferente a ustedes. Fue traicionado. Abandonado. Los monstruos destruyeron su hogar, y nadie vino a ayudarlo. Ni Zeus. Ni los dioses de la luz. Sólo yo estuve allí.
Desde la oscuridad, Kairon emergió. Caminó despacio, con el porte de un guerrero… pero con la mirada de alguien que ya no cree en nada.
—No vengo a pedir lástima —dijo con voz grave—. Lo perdí todo. Y fue en ese vacío donde encontré la verdad. No hay justicia. Sólo fuerza. Hades me ofreció poder… y yo lo tomé. No para vengarme. Sino para cambiarlo todo.
Los otros lo miraban, algunos con asombro, otros con temor.
—¿Y qué harás con ese poder? —preguntó un joven campesino.
Kairon se detuvo. Apretó los puños, y su sombra se volvió más densa.
—Derribaré sus templos —susurró—. Haré que los falsos héroes caigan. Si ellos no pueden salvar al mundo… yo lo haré. A mi manera.
Hades sonrió, complacido.
—¿Ven? No todos los salvadores usan coronas doradas. Algunos visten de oscuridad... pero traen orden.

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