Tan pronto como esta nueva y misteriosa voz terminó de hablar, mi cuerpo fue regresado a mi plano y a mi mundo.
El pánico por lo vivido apenas me permitió levantarme del suelo. No podía creer lo que acababa de ver, pero ¿acaso fue real?
—Me temo que todo es real —me respondió la voz de mi interior.
—¿Quién o qué eres tú? —pregunté.
—Soy el que está por encima de todo, y el que dio origen a todo con su palabra.
—Acaso, ¿eres Dios?
—Así es cómo me conocen en tu mundo. Y me temo que tengo malas noticias para ti.
—¿Por qué? ¿Qué me pasará?
—El ente al que acababas de ver es la maldad misma, él busca tu poder y ya lo encontró. Pronto unos seres sin rostro vendrán por ti.
—¿No puedes protegerme?
—Me temo que no, ya no soy el amo de este mundo y mi poder no es suficiente para protegerte ahora.
—¿Y si me encuentran?
—El poder de un dios reside en ti, úsalo para protegerte.
—¿Qué haré hasta entonces?
—Encuéntrame. Tendrás que huir, yo te guiaré.
Inmediatamente, todos estos recuerdos se dispersaron y recuperé la conciencia.
Yo estaba al borde del río, dónde me había lanzado, muy lejos del tren.
Unas gotas de lluvia me despertaron. Ya había oscurecido, y mi único refugio parecía ser el imponente y lúgubre bosque que se encontraba frente a mí.
Me adentré en él con la esperanza de hallar un lugar dónde pasar la noche para retomar mi viaje a primeras horas de la mañana. Sin embargo, la luz de una linterna cegó mis ojos.
De pronto, la caída cercana de un rayo iluminó el lugar y me permitió identificar al dueño de la linterna. Era uno de los seres sin rostro. Al parecer habían estado buscándome cerca del río todo este tiempo.
De inmediato me lancé a correr. Para mi desgracia, más luces de linterna me empezaron a rodear. Pese a ello, conseguí evadirlos a todos y logré salir del bosque.
No obstante, frente a mí estaba el hombre de negro junto a otro grupo de enfermeros sin rostro. Quise huir a los costados, pero otro grupo salió y me cerró el paso. De pronto, el grupo del bosque salió y ya me tenían completamente rodeado.
—Jamás me uniré a ti demonio. Encontraré a Dios y juntos te derrotaremos. —le grité
—¿Derrotarme? Yo sólo trato de ayudarte niño. —me respondió el hombre de negro.
—¿Ayudarme? Solo eres un maldito mentiroso.
—Has causado muchos daños, ya es hora de que vuelvas a casa. Tu madre te está esperando.
—¡No la metas en esto! Si no fuera por ti, yo no me habría alejado de ella y no hubiera tenido que destrozar el tren.
—Tú no destrozaste ningún tren, niño. Solo atacaste al taquillero y saltaste por un barranco. Me temo que el resto sólo está en tu cabeza.
—Eso es imposible, yo sé lo que ví y estoy consciente de todo lo que hice. Tú no eres nadie más que un demonio que busca mi poder.
—Tú no tienes poderes y yo sólo soy un doctor — finalizó el hombre de negro.
La incertidumbre nubló mi razón, unas lágrimas de impotencia brotaron de mis ojos y, derrotado, caí de rodillas al suelo.
—Tú no eres un doctor. Ya dime, ¿Quién demonios eres? —grité llorando de rabia.
La caída de otro rayo en esta noche de tormenta estableció un frío silencio.
—Tienes toda la razón. —dijo el hombre de negro. — Yo soy Ofiuco.
Tras estas palabra, una máscara blanca apareció en su rostro. Estilo griego clásico. Tenía una alegre sonrisa, pero unos ojos tristes.

Comments (0)
See all