De regreso al presente, ahí estaba yo, completamente rodeado, sin nadie a quién pedir socorro y con la lluvia cayendo sobre mí. Condenado por los poderes, que una vez fueron mi alegría.
No obstante, tal vez debo verlo desde otra perspectiva. «Yo tengo los poderes de Dios», esa frase iluminó mi mente.
—¡Yo tengo los poderes de Dios! —grité con todas mis fuerzas— ¡No permitiré que me atrapes miserable demonio!
—Espera, ¿Qué piensas hacer? —dijo el hombre de negro muy asustado.
Apoyé mis manos en el suelo y en mi mente sólo pensamientos de destrucción habitaban.
—¡No lo hagas! —gritó el maligno ser.
La superficie empezó a temblar. Pronto todo el suelo a mi alrededor se agrietó.
Los seres sin rostro se lanzaron a detenerme, pero bloques de tierra emergieron para golpearlos y arrojarlos lejos.
Yo no me detuve ahí, otro grupo de rocas ascendieron para aplastar al hombre de negro.
Esta vez ya no me permití ni siquiera sentir ganas de desmayarme. Seguidamente, me levanté y me di a la fuga.
Mientras corría en medio de la noche, unas campanadas estremecieron mi cuerpo. Alcancé a divisar que provenían de lo que parecía ser una iglesia abandonada.
Unas nubes extrañas se posaban sobre aquel lugar. Pese a ser una noche de tormenta con un cielo completamente oscuro, aquellas nubes eran blancas como la nieve y se arremolinaban sobre el campanario de la iglesia. Nunca había visto algo como esto, pero lo que más me asombró fue una sombra que parecía desplazarse entre estas nubes.
—No temas, vine en tu auxilio. —habló alguien en mi cabeza.
Era la voz de Dios, estoy seguro. Extraordinariamente se sentía muy cerca.
—Ve al campanario, te estoy esperando ahí. —dijo Dios.
Tan pronto como terminó de decir aquellas palabras, unas camionetas negras aparecieron para perseguirme.
Rápidamente corrí hasta la iglesia.
El edificio tenía 3 pisos de altura con un cimborrio sobre el último. En la parte izquierda había una pequeña edificación de 2 pisos de altura, que probablemente servía de almacén. Y, por último, a la derecha se encontraba la torre campanario con 8 pisos de altura, a la cuál solo se podía ingresar desde adentro de la iglesia.
El portón estaba desgastado y agrietado, así que entré fácilmente e hice que escombros, provenientes del techo, cubran la entrada. Apenas terminé, divisé por una de las grietas de la puerta que los seres sin rostro ya estaban frente a la iglesia vestidos de enfermeros.
Por unos segundos, el miedo me paralizó, pero la repentina caída de un rayo me reanimó.
El hombre de negro no había muerto e hizo su aparición. Su presencia ya no me asustaba en lo más mínimo. Todo lo contrario, mi rabia hacia él me dio la energía suficiente para no rendirme.
De pronto, nuestras miradas se cruzaron por las hendiduras del portón. Tras su máscara, sus ojos, así como los míos, mostraban determinación. Yo estaba solo contra todos ellos, pero no tenía miedo. Los poderes de Dios estaban en mis manos.
Hoy día se terminaba esto, así que era correr o morir.
El sonido de un rayo impactando la tierra inició el encuentro. El hombre de negro retrocedió y cuatro de los seres sin rostro se abalanzaron sobre la puerta, mientras que otro grupo de ellos rodeó la vivienda buscando entradas.

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