—¡Se acabó maldito! —le grité mientras me levantaba— ¡Yo gané!
El hombre de negro no pronunció palabra alguna y solo me miraba con su misteriosa máscara.
—Sin tus monstruos no eres nada —le grité nuevamente.
—La torre es inestable Richter, será mejor que bajemos —respondió tranquilamente el maligno ser.
Su actitud me dejó anonadado por unos segundos.
—Yo nunca iré contigo monstruo. En cuándo Dios aparezca, tú ...
De pronto las blancas, como brillantes nubes, que se arremolinaban sobre la descubierta torre, emitieron su luz en nuestra dirección y la voz de Dios resonó en mi cabeza.
—Para venir conmigo, debes saltar por la ventana de la torre. —fue lo que dijo.
Dudando me acerqué hasta la ventana, pero el miedo me impidió continuar con lo ordenado.
—¡No la escuches! —gritó el hombre de negro adivinando mis intenciones — No importa lo que te diga tu mente, no la escuches.
La duda nublo mi razón.
«¿Acaso Dios me estaba pidiendo saltar desde el último piso de esta torre tan alta?»
—¡Salta! —resonó en mi mente otra vez— Salta y estarás conmigo.
—Dame la mano Richter, yo te puedo ayudar —dijo el hombre de negro acercándose a mí.
Yo no sabía qué hacer. Estaba entre la espada y la pared. Por un lado, Dios me pedía saltar a una muerte segura y por el otro, el monstruo del que tanto me costó escapar me ofrecía su ayuda.
—Salta, yo te sujetaré con mis manos —dijo Dios.
—¡No lo hagas Richter! ¡No escuches! —gritó el hombre de negro.
Yo ya no podía más, estaba completamente aturdido antes estas dos peticiones. Así que cerré los ojos, respiré hondo y tomé una decisión.
Lo último que recuerdo es que sentí paz cuando la luz blanca envolvió mi cuerpo mientras caía.

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