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Ojos Dorados

Capitulo 1

Capitulo 1

Nov 28, 2025

El trono es frío.

Siempre lo es, el mármol pulido le hiela los dedos mientras tamborilea, esperando que esta farsa termine. El salón apesta a incienso barato y al sudor rancio de los esclavos que Acacius ha arrastrado desde su última conquista.

Bárbaros, todos. Sus cadenas resuenan contra el suelo, un eco que le taladra los oídos. Quiere su vino. Quiere sus aposentos. Quiere silencio.

A su izquierda, Caracalla se ríe como idiota, haciendo malabares con una fruta que su maldito mono intenta arrebatarle.

Ese bicho asqueroso. Lo llama "Dundus", como si un bicho pulgoso pudiera llevar un nombre.

Lo mira de reojo, su cabello desordenado cayendo sobre la frente, su sonrisa torcida. Siempre jugando, siempre provocándolo. Si no fuera su hermano, ya lo habría hecho azotar por esa insolencia.

–¿Aburrido, Geta? –murmura, sin siquiera mirarlo, mientras el mono chilla y salta en su regazo. –Pensé que te gustaba presumir en el trono.

–Termina con eso– gruñe, apretando los dientes. –Y controla a tu rata.

Él suelta una risita, pero no dice más. Mejor. Su paciencia se agota.

Mira al frente, al General Acacius, que se adelanta con su aire de perro leal. Inclina la cabeza, esperando su aprobación. Como si le importara su victoria en tierras que ni siquiera puede ubicar en un mapa. Solo quiere que esto acabe.

–Los cautivos– dice Acacius, su voz resonando en el salón. –De las tierras del norte. Un regalo para Roma.

Un regalo. Qué broma. Los mira desfilar, una fila de figuras rotas, con la cabeza gacha y las muñecas encadenadas. Hombres demacrados, mujeres temblorosas. Nada nuevo. Nada digno de su tiempo. Hasta que la ve.

Ella no baja la mirada. No tiembla. Está al final de la fila, con el cabello oscuro cayendo en mechones sucios sobre los hombros, pero sus ojos.

Sus ojos son un desafío. Se lo clavan como si él no fuera el emperador, como si no pudiera aplastarla con una palabra.

Diana, la llama Acacius cuando presenta a los esclavos. ¿Un nombre de diosa en una esclava sucia? Qué ironía.

Se inclina hacia adelante, solo un poco, lo suficiente para que Caracalla lo note. Su mono suelta un chillido, y él lo mira, entrecerrando los ojos.

–¿Qué tenemos aquí? – dice en voz baja, más para sí que para el salón, pero lo suficientemente fuerte para que Acacius y los guardias lo oigan. Señala a la esclava con un gesto de la barbilla. –Esa. La del final. Acérquenla.

–No me digas ¿Un trofeo solo para ti, Geta? – dice su hermano, con esa voz que destila veneno disfrazado de broma. –¿Desde cuándo te interesan los despojos de Acacius?

Lo ignora, pero su sangre hierve. No es su asunto. No es su derecho. Ella sigue mirándolo, y por un segundo, jura que ve una chispa de algo más en esos ojos.

¿Odio? ¿Orgullo? No lo sabe, pero quiere saberlo. Quiere romperla

"Acérquenla," repite, su voz cortando el aire como un látigo. Acacius asiente, y los guardias la empujan hacia adelante. Caracalla sigue riendo, y su mono suelta otro chillido. Esto no ha terminado.

Los guardias la arrastran, sus cadenas raspando el mármol. Diana camina con pasos firmes, no como los otros que se tambalean o arrastran los pies. Hay algo en su postura, en la forma en que levanta el mentón, que le irrita y le fascina a la vez. 

¿Quién se cree que es? Una esclava, una bárbara de las tierras del norte, desafiándolo con esa mirada. Quiere borrarle esa arrogancia, pero también quiere entenderla. Es un impulso extraño, uno que no le gusta admitir.

–Para – ordena cuando está a unos pasos del trono.

Los guardias se detienen, y ella se queda allí, erguida, con las manos encadenadas pero sin un ápice de miedo. El salón está en silencio, salvo por el maldito mono de Caracalla, que sigue gruñendo y saltando. Lo mira, y él le devuelve una sonrisa torcida, como si supiera algo que él no.

–¿Nombre? – pregunta, su voz baja pero afilada, dirigida solo a ella. Quiere escuchar su voz, probar si ese desafío en sus ojos se refleja en sus palabras.

–Diana – responde, sin vacilar. Su voz es clara, firme, con un acento que delata su origen extranjero pero no la hace menos precisa.

Hay un matiz en su tono, no exactamente insolencia, pero tampoco sumisión. Le intriga aún más.

Caracalla suelta un bufido, inclinándose hacia atrás en su trono. "Diana," repite, burlón, arrojándole una cáscara de fruta al mono, que la atrapa con un chillido.

–¿Qué sigue? ¿La vas a nombrar como tu nueva amante?

Su mandíbula se tensa. Quiere partirle la cara, pero no le da el gusto de reaccionar.

En cambio, mantiene sus ojos en ella. Diana no parpadea, no baja la mirada. Hay algo en ella que no encaja con los demás esclavos, algo que no puede descifrar aún.

¿Es solo orgullo? ¿O hay más? Su mente ya está trazando planes, podría hacerla sirvienta en sus aposentos, interrogarla, descubrir qué la hace tan particular. Pero no ahora. No delante de Caracalla, que está esperando que cometa un error.

–¿Y bien? – dice, inclinándose ligeramente hacia ella, dejando que su voz baje hasta un susurro que solo ella y los guardias más cercanos pueden oír.

–¿Qué hace una bárbara con nombre de diosa mirando a un emperador como si fuera su igual?

Sus labios se aprietan, y por un instante, cree que va a responder. Pero no lo hace. Solo le sostiene la mirada, y ese silencio es más provocador que cualquier palabra. Su pulso se acelera, no de ira, sino de algo más peligroso. Curiosidad. Peligrosa curiosidad.

–¡Llévenla con los demás! –Caracalla interrumpe, agitando una mano con desdén.

–Esto ya es aburrido, Geta.

Lo fulmina con la mirada, pero no contesta. No le dará la satisfacción. En cambio, hace un gesto a Acacius.

–A mis aposentos– dice, sin apartar los ojos de Diana. –Ella servirá allí.

El salón murmura, los guardias dudan, y Caracalla suelta una carcajada que resuena como un latigazo.

–¿Tus aposentos?– dice, casi escupiendo las palabras. –Vaya, Hermanito. Esto sí que es nuevo.

Que se ría. Que crea que lo conoce. Pero esta esclava, no es solo un capricho. Hay algo en ella, algo que va a descubrir, aunque tenga que romperla en el proceso


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