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Ojos Dorados

Capitulo 3

Capitulo 3

Nov 28, 2025

Los juegos finalmente habían terminado. El sol ya no abrazaba tanto, y una brisa de media tarde envolvía el Coliseo, aliviando el calor sofocante de las gradas. Geta fue el primero en retirarse, su mente un torbellino de planes. Necesitaba tejer su estrategia, usar a esa esclava como un peón en su tablero contra su hermano.

Si lo podía hacer creer que esa mujer era importante, Caracalla caería en la trampa, atraído como un lobo a la sangre.

El trayecto al palacio fue un borrón, sus pasos rápidos devorando la distancia. El mármol del palacio lo recibió con su frialdad familiar, un contraste con el polvo y el clamor del anfiteatro. La sala de tronos estaba tal como la había dejado horas antes las velas a medio consumir goteando cera, los soldados pretorianos rígidos como estatuas, sus ojos alerta ante cualquier orden.

Geta tomó su copa, la llenó de vino hasta el borde y dio un sorbo largo, como si el licor pudiera encender la chispa que destruiría a su hermano.

Luego, con un gesto despectivo, arrojó la copa al suelo. El oro resonó contra el mármol, un eco que resonó como su propia determinación. Nada valía más que ver a Caracalla caer.

Caminó hacia sus aposentos, su manto púrpura ondeando tras él. Sabía que ella estaba allí, esperando, forzada a obedecer aunque su espíritu se resistiera.

Diana.

Los cubicularii abrieron las puertas con una reverencia, y allí estaba ella, arrodillada en el frío mármol, su figura iluminada por la luz tenue de las lámparas de aceite.

Geta sintió una media sonrisa curvar sus labios. Pasó de largo, ignorándola deliberadamente, y se recostó en su lectus con la gracia de un depredador que sabe que su presa no tiene escapatoria. Con un gesto de la mano, despidió a los sirvientes. Las puertas se cerraron con un golpe seco, dejando un silencio afilado que parecía vibrar en el aire.

Diana no lo miraba. Sus manos, encadenadas, descansaban sobre sus rodillas, los nudillos blancos de apretar los puños. ¿Odio? ¿Miedo? 

Geta no lo sabía, pero la tensión en su postura lo complacía. Que se resistiera. Que lo odiara. Todo en Roma se doblegaba ante él, y esta esclava no sería la excepción.

—Levanta la mirada —ordenó, su voz baja pero cortante, como el filo de una espada.

Ella obedeció, pero no con la sumisión de una esclava. Sus ojos grises, raros incluso para una bárbara del norte, se alzaron con una chispa de desafío que hizo que Geta se inclinara ligeramente hacia adelante, intrigado a su pesar. No había miedo en ella, no como en los demás. Había algo más, algo que lo irritaba y lo atraía en igual medida.

—¿Crees que puedes mirarme así y salir impune? —dijo, su tono goteando desprecio, aunque sus ojos traicionaban una curiosidad que no podía contener—. Haz esto más sencillo y jura lealtad a tu emperador.

Diana apretó los labios, y por un instante, Geta pensó que no respondería. Pero entonces habló, su voz clara, con ese acento del norte que sonaba como un río corriendo sobre piedras.

—No juraré nada a un tirano —dijo, cada palabra medida, como si estuviera probando el terreno antes de dar un paso—. Destruiste mi pueblo, mi hogar. No hay lealtad que pueda ofrecerte.

Geta soltó una risa corta, casi un gruñido. ¿Quién era esta mujer? Una bárbara con el nombre de una diosa, hablando como si tuviera algún poder en su presencia.

Se levantó del lectus, sus pasos lentos y deliberados, y se acercó hasta detenerse frente a ella. La luz de las lámparas proyectaba sombras afiladas sobre su rostro, haciendo que sus ojos parecieran arder.

—¿Qué insolencia es esta? —preguntó, inclinándose lo suficiente para que su aliento rozara el rostro de Diana—. ¿Crees que tu rebeldía te salvará? Dime, bárbara, ¿qué harás si sigues desafiándome?

Ella no retrocedió, aunque sus manos temblaron ligeramente, no de miedo, sino de una furia contenida que Geta podía casi palpar. Sus ojos se clavaron en los suyos, y por un momento, el silencio entre ellos fue más pesado que el mármol que los rodeaba.

—No necesito tu piedad —respondió al fin, su voz firme pero baja, como si estuviera guardando un secreto.

Geta sintió un calor subirle por el pecho, una mezcla de furia y fascinación. Quería aplastar esa arrogancia, doblegarla hasta que no quedara nada de esa chispa en sus ojos. Pero también quería saber más, desentrañar qué hacía a esta esclava tan diferente.

Era un arma, sí, pero una que no entendía del todo. Y eso la hacía peligrosa. Si Caracalla la veía así, con esa misma chispa, caería directo en la trampa, se obsesionara con ella, intentara arrebatársela. Eso le daría a Geta el espacio para mover sus piezas.

—Te equivocas —dijo, enderezándose, su sonrisa volviéndose fría y afilada—. Rogarás por mi piedad, te lo juro, bárbara.

La furia de su desafío lo quemaba. Esta esclava, esta nada, osaba hablarle como si fuera su igual. No podía permitirlo. No en Roma, no en su palacio. Geta giró sobre sus talones, su manto púrpura ondeando, y alzó una mano con un gesto brusco hacia la puerta.

—¡Guardias! —gritó, su voz resonando contra las paredes de mármol. La puerta se abrió al instante, y dos pretorianos entraron, sus armaduras reluciendo bajo la luz de las lámparas, sus rostros impasibles pero alerta.

—Lleven a esta bárbara al calabozo —ordenó Geta, sin siquiera mirar a Diana. Su voz era un látigo, cada palabra cargada de desprecio—. Sin comida, sin agua, por dos días. Que aprenda lo que cuesta desafiar a su emperador.

Los guardias asintieron, avanzando hacia Diana. Ella no se movió, pero sus ojos grises no abandonaron a Geta, ni siquiera cuando las cadenas resonaron al ser levantadas.

Había un brillo en su mirada, no de derrota, sino de algo más profundo, como si estuviera grabando cada palabra, cada gesto, en su memoria. Los pretorianos la tomaron por los brazos, y aunque no opuso resistencia, su postura seguía siendo erguida, su barbilla alta, como si el calabozo no fuera más que otro desafío.

Geta se volvió hacia el lectus, recostándose de nuevo, pero su mente estaba lejos de la calma. La imagen de esos ojos grises lo perseguía, y aunque lo negaría hasta la muerte, una parte de él se preguntaba si realmente podría doblegarla. O si, en su arrogancia, había subestimado a esta bárbara. Pero no importaba.

El hambre y la oscuridad harían su trabajo. Y cuando regresara, rota y suplicante, él tendría su lealtad.

Mientras las puertas se cerraban tras los guardias y Diana, un pensamiento cruzó su mente, frío y afilado como una daga

 Caracalla.

 Su hermano no debía saber de esto aún. Si olía debilidad, si sospechaba que esta esclava era más que un capricho, vendría por ella. Y Geta no estaba listo para compartir su arma. No todavía.

Un crujido en el corredor lo hizo tensarse. Pasos pesados, el tintineo de una armadura. Alguien se acercaba. Geta apretó los puños, su mirada fija en la puerta. Si era Caracalla, o uno de sus perros, esta noche se derramaría más que vino.

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