—Mi señor —dijo Marco, inclinándose ligeramente, aunque su voz traicionaba urgencia— El Senado lo espera. Su hermano Caracalla ha convocado una reunión urgente. Hablan de una nueva conquista otra campaña militar los generales ya están presentando estrategias.
Geta soltó un gruñido bajo su irritación destellando como una chispa. El Senado. Siempre el Senado, con sus interminables discursos y sus togas almidonadas discutiendo como si sus palabras pudieran mover ejércitos.
Caracalla por supuesto estaría en su elemento pavoneándose con mapas y planes como si él solo hubiera conquistado medio mundo. Qué aburrimiento. Qué pérdida de tiempo. Pero si su hermano estaba moviendo piezas Geta no podía quedarse atrás.
—Que esperen —masculló, pero se levantó del lectus ajustando su manto con un gesto impaciente. Marco inclinó la cabeza y se apartó dejando que Geta pasara.
Mientras cruzaba los corredores del palacio el eco de sus pasos resonaba contra el mármol mezclado con el murmullo distante de los sirvientes y el crepitar de las antorchas. Su mente sin embargo seguía atrapada en esos ojos grises. Diana. En el calabozo, sola, hambrienta. Dos días. Sería suficiente para quebrarla.
La sala del Senado era un hervidero de voces cuando Geta entró. Las columnas de mármol se alzaban hacia un techo pintado con escenas de victorias pasadas y las antorchas arrojaban sombras danzantes sobre los rostros de los senadores cuyos murmullos se apagaron al verlo llegar.
Caracalla ya estaba allí sentado en un trono elevado al frente, su armadura ceremonial reluciendo bajo la luz.
Sus ojos verdes y calculadores apenas se alzaron para reconocer a Geta pero una sonrisa torcida curvó sus labios como si supiera algo que los demás ignoraban. A su lado un mapa de pergamino estaba desplegado sobre una mesa rodeado por generales con rostros curtidos y senadores de togas impecables todos inclinados sobre líneas y marcas que prometían más gloria para Roma.
Geta tomó su lugar en el trono junto a su hermano su expresión una máscara de aburrimiento. Los senadores comenzaron de nuevo sus voces elevándose en un coro de argumentos, rutas de marcha, provisiones, legiones necesarias.
El general Acacius señalaba el mapa con un dedo enguantado proponiendo un ataque a las tribus del Danubio. Otro hablaba de reforzar las fronteras en Germania. Caracalla escuchaba con atención sus dedos tamborileando sobre el brazo de su trono, su mente claramente devorando cada detalle estratégico.
Geta en cambio apenas prestaba atención. Sus pensamientos vagaban de vuelta al calabozo a la bárbara que se atrevía a desafiarlo. ¿Estaría temblando ahora, en la oscuridad?
—Una conquista en el oeste asegurara nuestro dominio —decía Caracalla su voz firme cortando el parloteo de un senador anciano— Las legiones están listas, Roma no espera.
Los senadores asintieron algunos con entusiasmo otros con cautela. Geta reprimió un bostezo apoyando la barbilla en una mano. ¿Otra conquista? Caracalla y sus obsesiones militares. Siempre buscando gloria siempre buscando eclipsarlo.
Pero mientras los generales seguían discutiendo tácticas y los senadores debatían costos, Geta notó algo Caracalla no lo miraba. No había pullas, no había provocaciones. Su hermano estaba demasiado absorto en los mapas en las estrategias en la idea de más sangre para Roma,era casi decepcionante.
La reunión se alargó, las voces volviéndose un zumbido monótono. Uno por uno los senadores y generales comenzaron a retirarse, sus pasos resonando en el suelo de mosaico. La sala se vació lentamente hasta que solo quedaron los dos emperadores los pretorianos en las sombras y un puñado de sirvientes recogiendo pergaminos.
Fue entonces cuando Caracalla recostándose en su trono rompió el silencio.
—¿Aburrido, Geta? —dijo su voz baja con ese tono burlón que siempre hacía hervir la sangre de su hermano. Sus dedos jugaban con el borde de su brazalete de oro y sus ojos ahora fijos en Geta brillaban con algo más que estrategia militar— Pensé que estabas demasiado ocupado con tu nuevo juguete.
Geta alzó una ceja fingiendo indiferencia. Su corazón dio un salto pero no lo traicionó. Caracalla estaba mordiendo el anzuelo. Lentamente sí, pero lo estaba haciendo. Cada palabra, cada burla era una señal de que Diana había captado su atención. Perfecto.
—¿Juguete? —respondió Geta, su tono cargado de desdén aunque por dentro saboreaba el primer tanto— ¿Te refieres a la bárbara?
Caracalla soltó una risa seca inclinándose hacia adelante su armadura crujiendo ligeramente. El aire entre ellos se espesó como si el mármol mismo contuviera el aliento.
—No te hagas el inocente, Geta —dijo su sonrisa torciéndose en algo más afilado— La mandaste al calabozo ¿no? ¿Tan rápido te cansaste de ella? O —hizo una pausa, sus ojos entrecerrándose— ¿es que no puedes controlarla?
Geta apretó los puños bajo su manto su rostro una máscara de fastidio. Pero por dentro su mente corría. Caracalla sabía del calabozo. Alguien había hablado, un esclavo, un guardia, no importaba. Lo importante era que su hermano estaba cada vez más interesado y eso era todo lo que necesitaba.
Si Caracalla quería jugar él le daría un espectáculo. Pero primero esa esclava tenía que ceder. Jurar lealtad o algo más. La idea de doblegarla, de hacerla parte de su harén y convertirla en una pieza más peligrosa en su juego contra Caracalla le arrancó una sonrisa interna. No podía esperar dos días. Necesitaba actuar ahora.
—No todo se trata de control, hermano —dijo Geta, levantándose de su trono con una lentitud deliberada— A veces se trata de saber qué piezas mover y cuándo.
Caracalla lo observó su sonrisa no vacilando pero sus ojos destellando con sospecha. Geta dio un paso hacia la salida su manto rozando el suelo pero se detuvo en el umbral girando apenas la cabeza.
—Disfruta tus mapas, Caracalla —dijo, su voz baja y cargada de veneno— Pero ten cuidado No todas las conquistas son en el campo de batalla.
Salió de la sala el eco de sus pasos resonando en el silencio. Los pretorianos lo siguieron pero Geta apenas los notó. Su mente ya estaba en el calabozo otra vez en esos ojos grises que lo desafiaban en la necesidad de doblegar a Diana antes de que Caracalla moviera su próxima pieza.
Dos días sin comida la debilitarían, sí, pero no podía esperar. Si su hermano ya estaba preguntando por ella, el tiempo se agotaba. Tendría que traerla de vuelta antes, forzarla a hacerla suya de otra manera. La idea lo hizo detenerse, un calor extraño subiendo por su pecho.
Lujos.
claro, lujos ¿Qué mujer no se terminaba derritiendo por el oro? Era mejor cambiar la estrategia, usar algo más cálido.
Geta se detuvo en el corredor, su mano alzándose para llamar a uno de los cubicularii que rondaban las sombras un sirviente fiel con el rostro marcado por años de obediencia. El hombre se acercó de inmediato inclinándose con reverencia su túnica sencilla contrastando con el esplendor del palacio.
—Trae a la bárbara del calabozo —ordenó su voz baja pero firme como si estuviera dictando un decreto imperial— Llévala a las termas que las esclavas la laven, la perfumen con aceites de jazmín. Luego vístela con una stola roja de seda ligera con bordes dorados que resalten su figura. Nada de cadenas por ahora. Que parezca digna de un emperador.
El sirviente parpadeó sorprendido por el cambio repentino pero no cuestionó. Asintió y se alejó con prisa llamando a un pretoriano para que lo acompañara. Geta los observó irse el tintineo de la armadura del guardia mezclándose con el eco de los pasos. Diana saldría de la oscuridad fría del calabozo y entraría en un mundo de lujos que ninguna bárbara del norte podría resistir. Oro, seda, perfumes.
Todo para ablandarla y hacerla ceder. Y si no juraba lealtad entonces el harén. Una concubina imperial atada a él, un arma envuelta en seda roja que Caracalla codiciaría aún más.
Satisfecho con su nueva estrategia, Geta continuó hacia la sala de tronos, el corazón del palacio donde los emperadores pasaban las horas muertas entre audiencias y planes.
El sol ya se ponía tiñendo el cielo de un naranja sangriento que se filtraba por las altas ventanas proyectando sombras largas sobre el mármol pulido. Se sentó en su trono el frío del mármol calmando su piel, llamó a un esclavo para que le trajera vino y fruta.
La noche caería pronto y con ella Diana regresaría ante él envuelta en rojo, perfumada y lista para ser doblegada. Geta sonrió para sí mismo el vino rozando sus labios. Las estrellas comenzaban a brillar sobre Roma sus destellos filtrándose por las altas ventanas de la sala de tronos pintando el mármol con un resplandor plateado.
El palacio envuelto en la quietud de la noche parecía contener el aliento como si supiera que algo estaba a punto de cambiar. Geta tarareaba sin sentido, la anticipación quemándole el pecho. Esta noche Diana no sería solo una esclava. Sería una prueba, un trofeo, una arma envuelta en seda que doblegaría a su hermano o a él mismo.
Un murmullo suave rompió el silencio. Pasos ligeros, el roce de telas, el tintineo de un brazalete, alzó la vista, su pulso acelerándose sin que pudiera evitarlo. Las puertas de sus aposentos privados adyacentes a la sala de tronos se abrieron con un crujido lento.
Dos esclavas entraron primero, sus cabezas inclinadas, seguidas por un pretoriano que escoltaba a una figura que hizo que el aire se detuviera en la garganta.
Diana.
No era la bárbara harapienta que había llegado a Roma, cubierta de polvo y desafío. La mujer que avanzaba ahora era algo completamente distinto.
La stola roja de seda caía sobre su cuerpo como un río de sangre, ligera y translúcida, abrazando cada curva con una delicadeza que dejaba más piel a la vista de lo que Geta había imaginado. Los bordes dorados destellaban bajo la luz de las lámparas de aceite, y el perfume de jazmín flotaba en el aire envolviéndola como una nube.
Su cabello, antes enredado y opaco, ahora caía en ondas oscuras sobre sus hombros, brillando como si hubiera sido peinado con el cuidado de una diosa. Pero fueron sus ojos, esos ojos grises que lo habían desafiado horas antes, los que lo golpearon con más fuerza,
No había chispa en ellos ahora. Solo miedo, un temblor sutil que hacía que sus manos libres de cadenas se apretaran contra la seda.
Geta se quedó inmóvil, el cáliz de vino olvidado en su mano. Por un instante, todo su plan Caracalla, la trampa, el juego de poder se desvaneció.
¿cómo había ocultado esto? Una belleza que no era solo bárbara sino algo más, algo que hacía que su sangre rugiera y su mente traicionera olvidara por qué estaba aquí. Sacudió la cabeza furioso consigo mismo. No era un hombre común cegado por deseos vulgares. Era un emperador. Y ella por más que lo tentara era solo una pieza en su tablero.
—Déjenla —ordenó, su voz más suave de lo que pretendía, un tono que sorprendió incluso a las esclavas. Estas intercambiaron una mirada rápida antes de inclinarse y salir seguidas por el pretoriano cuyas botas resonaron contra el mármol. La puerta se cerró con un golpe sordo dejando a Geta y Diana solos en la penumbra de los aposentos.
Ella no se movió. Sus manos seguían apretando la stola y un leve temblor recorría sus hombros. Geta se levantó del trono sus pasos lentos deliberados como un lobo acechando a su presa. Pero esta vez no había furia en su mirada solo una calma calculada que escondía el torbellino en su interior. Se detuvo a pocos pasos de ella dejando que el silencio se alargara que el peso de sus ojos la envolviera.
—No tienes por qué temblar —dijo al fin su voz baja casi un murmullo pero cargada de una dulzura engañosa— Roma puede ser cruel, pero también generosa con quienes saben complacerla.
Diana alzó la vista solo un instante y aunque el miedo seguía allí algo más brilló en sus ojos, un destello de cautela como si estuviera evaluando cada palabra. Geta dio un paso más cerca dejando que la luz de las lámparas iluminara su rostro su manto púrpura cayendo en pliegues perfectos.
—Mírate —continuó, su tono suave pero cargado de intención, señalando la stola con un gesto lento—Seda de Oriente, perfumes que valen más que aldeas enteras. ¿Sabes lo que esto significa? —Hizo una pausa, dejando que sus palabras se hundieran en ella— Podrías tener esto todos los días, Diana. Lujos, protección, el favor de un emperador. Todo lo que una concubina obediente puede soñar.
Ella tragó saliva, sus dedos apretándose aún más contra la seda. El miedo en sus ojos era inconfundible ahora pero no era solo por él. Era como si estuviera imaginando lo que venía, lo que un hombre como Geta podría exigirle en una noche como esta. Y sin embargo no hablaba. No suplicaba. No se doblegaba. Geta sintió un pinchazo de irritación mezclado con algo que no quería nombrar.
—No te forzaré —dijo, sorprendiéndose a sí mismo con la declaración. Se acercó un paso más lo suficiente para que el perfume de jazmín lo envolviera pero mantuvo las manos a los lados, su postura relajada, como si no fuera el mismo hombre que horas antes la había condenado al calabozo—. No esta noche. Pero Roma no espera, y yo tampoco, Jura lealtad y todo esto —hizo un gesto amplio, abarcando la sala, el oro, la seda— será tuyo.
Dio un paso atrás rompiendo el hechizo de su cercanía y se volvió hacia el trono tomando su cáliz de vino como si nada hubiera pasado. Pero su mente era un torbellino.
Si su hermano la veía así, envuelta en seda, temblando pero desafiante su interés se dispararía. Geta necesitaba mover sus piezas rápido. Si Diana no juraba lealtad la haría suya de otra manera. Una concubina, una joya en su harén, un trofeo que Caracalla nunca tocaría. Pero esta noche la dejaría ir. Que temblara. Que pensara en sus palabras. Que soñara con el oro que él podía ofrecerle.
—Llévenla a sus aposentos —ordenó sin mirarla, alzando una mano hacia la puerta. Las esclavas regresaron silenciosas, y tomaron a Diana por los brazos guiándola hacia la salida. Ella no resistió pero Geta sintió sus ojos en él incluso cuando las puertas se cerraron tras ella.
Se dejó caer en el trono el vino amargo en su lengua. La noche era joven pero el palacio estaba inquieto. En las sombras los murmullos de los esclavos hablaban de una esclava bárbara que no se doblegaba, de un emperador que dudaba y de otro que acechaba desde la distancia.
Y en algún lugar bajo las estrellas de Roma, Caracalla planeaba su próximo movimiento, ajeno a la trampa que Geta tejía o al fuego que Diana podía desatar.

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