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Ojos Dorados

Capitulo 5

Capitulo 5

Nov 28, 2025

La noche avanzaba, las estrellas brillando frías sobre el palacio pero en una sala apartada lejos del bullicio de los banquetes y los juegos, Caracalla permanecía inclinado sobre una mesa cubierta de pergaminos. Las antorchas crepitaban en las paredes arrojando sombras danzantes sobre los mapas y decretos que detallaban la próxima conquista en el oeste. Sus dedos manchados de tinta trazaban líneas sobre un mapa del Danubio marcando rutas de marcha, provisiones.

El general Acacius estaba a su lado, su armadura reluciendo bajo la luz tenue, su rostro curtido por años de campañas. Hablaba en voz baja señalando un punto en el mapa donde las tribus bárbaras habían comenzado a reunirse. Caracalla asentía sus ojos verdes agudos como los de un halcón devorando cada detalle. Esto era lo que lo hacía vibrar

el peso de un imperio en sus manos la estrategia que convertía el caos en orden la promesa de un Imperio más grande más fuerte. Geta podía quedarse con sus juegos y sus multitudes rugientes. Caracalla conquistaba mundos.

—¿Y mi hermano? —preguntó de repente su voz cortante sin levantar la vista del pergamino donde firmaba un decreto para reforzar las legiones— ¿Ya firmó estos documentos?

Acacius dudó un gesto casi imperceptible que no pasó desapercibido para Caracalla. El general aclaró la garganta antes de responder.

—El emperador Geta dio un vistazo rápido, mi señor —dijo, eligiendo sus palabras con cuidado— Firmó sin detenerse mucho.

Caracalla soltó una risa seca más un gruñido que una muestra de humor. Típico de Geta. Siempre corriendo hacia el Coliseo hacia las gradas llenas de plebeyos gritando su nombre mientras el verdadero trabajo del imperio caía sobre él.

¿Hambre en las provincias? ¿Peste en las calles? A Geta no le importaba. Mientras los juegos siguieran mientras el pan y el circo mantuvieran al pueblo distraído él firmaba cualquier decreto sin leerlo dejando que Caracalla cargara con el peso de Roma. necio, débil pero peligroso, a su manera.

—Que no se moleste en leer —murmuró Caracalla su pluma rasgando el pergamino con una firma rápida y afilada— Algún día su indiferencia será su ruina.

Acacius no respondió solo inclinó la cabeza y volvió al mapa señalando una ruta alternativa para las legiones. Caracalla siguió firmando el crujido del pergamino y el crepitar de las antorchas llenando el silencio.

Pero algo lo inquietaba un murmullo en el fondo de su mente que no tenía nada que ver con estrategias militares.

Geta.

Su hermano estaba tramando algo siempre lo hacía. Esa bárbara de la que todos hablaban ¿Qué tenía ella que lo obsesionaba tanto?

Un roce suave en la puerta lo sacó de sus pensamientos. No era el paso pesado de un pretoriano, ni el murmullo tímido de un sirviente. Era algo más sigiloso casi furtivo. Caracalla alzó la vista sus dedos deteniéndose sobre el pergamino.

Acacius frunció el ceño su mano rozando instintivamente la empuñadura de su espada pero Caracalla levantó una mano para detenerlo.

—Déjalo —dijo su voz baja pero firme.

La puerta se abrió y un esclavo entró su túnica sencilla apenas visible en la penumbra. Era uno de los suyos un hombre flaco con ojos rápidos que Caracalla había entrenado para moverse como una sombra. Nadie lo notaba ni los guardias ni las esclavas parlanchinas de las termas. Perfecto para los secretos.

—Habla —ordenó Caracalla dejando la pluma sobre la mesa.

El esclavo inclinó la cabeza su voz un susurro que apenas perturbó el aire.

—Mi señor, la bárbara la sacaron del calabozo esta tarde. La llevaron a las termas. Las esclavas la lavaron, la perfumaron con aceites y la vistieron de seda como si fuera —hizo una pausa, buscando las palabras— una concubina imperial. No la llevaron de vuelta al calabozo. La escoltaron a unos aposentos privados cerca de los del emperador Geta.

Caracalla se quedó inmóvil sus ojos entrecerrándose. El aire en la sala pareció espesarse las antorchas crepitando más fuerte. ¿Aposentos privados? ¿No el calabozo? ese necio que apenas leía un decreto había sacado a una esclava bárbara del castigo y la había vestido como si fuera una reina. O algo más. Una concubina. La idea le arrancó una sonrisa torcida pero no de diversión.

—¿Y qué dijo la bárbara? —preguntó su voz fría pero con un filo de curiosidad que no pudo ocultar.

El esclavo dudó, su mirada fija en el suelo.

—No habló mucho, mi señor. Pero las esclavas dicen que temblaba, que parecía temer lo que vendría.

Caracalla se recostó en su silla desafiante. Claro que sí. Geta siempre había tenido un gusto por lo imposible por lo que no podía controlar. Pero esto era más que un capricho. Si Geta estaba vistiendo a esa esclava como concubina, llevándola a aposentos privados, era porque planeaba algo.

Caracalla soltó un bufido bajo. Su hermano era un idiota si pensaba que una bárbara del norte se rendiría tan fácil.

—Buen trabajo —dijo al esclavo, despidiéndolo con un gesto— Mantén los ojos abiertos. Quiero saber cada movimiento de esa mujer. Y de mi hermano.

El esclavo asintió y se deslizó fuera de la sala tan silencioso como había llegado.

Acacius que había permanecido en silencio alzó una ceja pero no dijo nada. Caracalla volvió al pergamino su pluma rasgando el papel con más fuerza de la necesaria. Pero su mente ya no estaba en las legiones ni en el Danubio. Estaba en esos aposentos privados en una esclava envuelta en seda y en el juego que Geta creía estar ganando.

No era solo curiosidad lo que lo impulsaba. Era el desafío. Si Geta quería jugar con fuego, Caracalla lo dejaría quemarse. Pero primero necesitaba verla. Necesitaba saber qué tenía esa bárbara que hacía que su hermano perdiera la cabeza. Y si era tan valiosa como parecía tal vez él mismo la reclamaría, solo para ver la cara de Geta cuando se la arrancara de las manos.

—Acacius —dijo su voz baja casi un siseo mientras dejaba el pergamino a un lado— Los aposentos cerca de los de mi hermano ¿cómo entro sin que los guardias lo noten?

El general conocía a Caracalla lo suficiente para no cuestionar sus motivos aunque la curiosidad brillaba en sus ojos.

—Hay un corredor secundario, mi señor —respondió Acacius su tono práctico como si estuviera discutiendo tácticas militares— Detrás de las termas usado por los esclavos para mover provisiones. No está vigilado de noche.

Caracalla asintió una sonrisa torcida curvando sus labios. Rápido. Silencioso. Como en el campo de batalla. Se levantó ajustando su manto oscuro sobre la armadura ceremonial para cubrir el brillo del metal. Sin decir más despidió a Acacius con un gesto y salió de la sala sus pasos firmes pero silenciosos contra el mármol. La noche era su aliada y el palacio con sus corredores laberínticos guardaba más secretos que hombres.

El corredor secundario era estrecho, húmedo, olía a aceite y cenizas de las cocinas cercanas. Caracalla avanzó con la gracia de un depredador su mano rozando el puñal oculto bajo su túnica. Las antorchas eran escasas aquí apenas puntos de luz que proyectaban sombras largas. Nadie lo vio. Los esclavos estaban ocupados en otras tareas y los guardias de Geta patrullaban los corredores principales no estos pasadizos olvidados.

Cuando llegó a la puerta trasera de los aposentos privados se detuvo su respiración controlada sus sentidos alerta. La madera era sencilla, sin adornos pero el cerrojo cedió con facilidad bajo sus dedos hábiles.

Entró sin hacer ruido cerrando la puerta tras de sí. La habitación estaba bañada en la luz tenue de una única lámpara de aceite su llama parpadeando contra las paredes de mármol. No era un aposento imperial pero estaba lejos de ser una celda. Un lecho cubierto de telas suaves, una mesa con una jarra de vino y frutas, cortinas de lino que se mecían con la brisa nocturna que se colaba por una ventana alta. Y allí, en el centro estaba ella.

Diana.

No estaba acostada como Caracalla había imaginado. Estaba sentada en el borde del lecho su postura rígida sus manos apretadas sobre la stola roja que apenas cubría su piel. La seda, ligera y translúcida dejaba ver más de lo que ocultaba, y el frío de la noche romana la hacía temblar sus hombros estremeciéndose bajo las ondas de su cabello oscuro.

La luz de la lámpara dibujaba sombras suaves sobre su rostro y cuando alzó la mirada hacia él, Caracalla sintió un golpe en el pecho. esos ojos grises, los mismos que los esclavos decían que eran de bruja no tenían la chispa desafiante que esperaba.

Pero allí, en el fondo, había algo. Una chispa, pequeña, contenida, como una brasa que aún no se apagaba.

—¿Qué haces aquí? —preguntó ella su voz baja temblorosa pero con un filo que no podía ocultar del todo. Se puso de pie lentamente como si quisiera mantener la distancia, pero sus manos seguían aferrando la seda, como si pudiera protegerla del frío.

Caracalla dio un paso adelante su sonrisa torcida regresando más afilada ahora. No respondió de inmediato dejando que el silencio la envolviera que el peso de su presencia la pusiera nerviosa.

La observó evaluándola. No era solo su belleza lo que lo intrigaba aunque era innegable. Era algo más algo en la forma en que temblaba pero no se rendía en cómo sus ojos lo miraban como si aún tuviera algo que perder.

—¿Qué favores sucios le haces a mi hermano, bárbara? —soltó su voz cargada de veneno cada palabra diseñada para herir para provocar— ¿De un calabozo mugriento a esto? —Hizo un gesto despectivo hacia la habitación la stola, el lujo que la rodeaba— ¿Qué le diste a Geta para que te vistiera como concubina y te trajera aquí?

El rostro de Diana cambió en un instante. Sus ojos se abrieron y por un momento, Caracalla vio en ellos una furia tan pura que parecía que lo abofetearía. Sus labios se apretaron sus manos temblando más fuerte pero no por frío ahora sino por rabia contenida.

Era una esclava, sí, pero también una mujer que sabía lo que significaba ser acusada así ante un emperador. No podía tocarlo no podía responder como quería y esa impotencia la hacía arder. Caracalla casi rió. Casi.

—No soy —empezó ella, su voz quebrándose antes de endurecerse— No soy lo que crees. No le he dado nada a tu hermano.

La negativa de Diana, ese "No le he dado nada a tu hermano." resonaba en su mente.  Había fuego en ella incluso ahora, temblando bajo la seda ligera que dejaba su piel expuesta al frío de la noche. Caracalla dio un paso más cerca cauteloso, como un lobo que evalúa a su presa pero sabe que un movimiento en falso podría hacerla huir. 

—¿Nada? —murmuró su voz más baja ahora, casi un susurro íntimo que contrastaba con la crueldad de sus palabras anteriores— ¿Ni un solo favor? ¿Ni una palabra dulce para ganarte esta seda? —Hizo un gesto lento hacia la stola sus dedos rozando el aire como si pudiera tocar la tela sin acercarse más.

Diana alzó la barbilla solo un poco y aunque el miedo seguía allí esa chispa en sus ojos destelló de nuevo más fuerte ahora.

 —No soy un juguete para tu hermano —dijo su voz temblando pero firme cada palabra un desafío que cortaba el aire.

Caracalla sintió un calor subirle por el pecho no furia, no exactamente. Era algo más, algo que lo desconcertaba. Esta mujer, lo miraba como si no fuera un emperador como si no tuviera el poder de destruirla con un solo gesto. 

Y sin embargo temblaba, sus hombros estremeciéndose, su respiración acelerada traicionando el miedo que intentaba ocultar. Era esa contradicción ese fuego envuelto en fragilidad, lo que lo atrapaba. No era solo un arma para usar contra Geta. Era algo más algo que lo hacía dudar aunque nunca lo admitiría.

Sin pensarlo dio otro paso acortando la distancia entre ellos. Su mano se alzó lenta, deliberada, y antes de que Diana pudiera retroceder sus dedos rozaron su mejilla. El primer contacto fue un toque ligero como la brisa pero que quemó como si hubiera tocado una brasa. 

La piel de Diana era fría, suave y por un instante Caracalla se quedó inmóvil, sus ojos clavados en los de ella,no había retrocedido no había gritado. Solo lo miró sus ojos abiertos de par en par la sorpresa mezclándose con el miedo.

El aire entre ellos se espesó cargado de algo que no tenía nombre. Caracalla sintió su sangre rugir un calor que no era diferente al que lo invadía cuando planeaba una conquista cuando trazaba rutas de guerra bajo la luz de las antorchas. Era la misma excitación el mismo pulso acelerado que sentía al imaginar ejércitos cayendo bajo su mando, pero esto era más peligroso, más íntimo. 

Sus ojos se deslizaron hacia los labios de Diana entreabiertos, temblando ligeramente bajo el frío y el peso de su mirada. Por un instante todo en él gritó que la besara que reclamara esa boca que lo desafiaba que apagara esa chispa con algo más fuerte que palabras.

Se inclinó más tan cerca que podía sentir el leve calor de su aliento el perfume de jazmín envolviéndolo como una red. Diana se tensó sus manos apretando la seda hasta que los nudillos se le pusieron blancos pero no se movió. Sus ojos grises lo sostuvieron atrapados entre el miedo y esa resistencia que lo volvía loco.

 Caracalla no la besó

 En lugar de eso sus labios rozaron su mejilla, un contacto apenas perceptible como el ala de una mariposa pero que envió un relámpago a través de su cuerpo. Fue un instante un roce que quemó más que cualquier toque más que cualquier conquista. Sintió la suavidad de su piel el leve temblor que la recorría y por un segundo el mundo entero se redujo a ese punto de contacto.

Caracalla se quedó allí su rostro a un suspiro del de ella sus labios aún cerca de su mejilla como si quisiera grabar esa sensación en su memoria. Luego, lentamente se enderezó rompiendo el momento. No dijo nada. No había palabras que pudieran contener lo que acababa de pasar lo que acababa de sentir. 

Sus ojos se encontraron con los de Diana una última vez y en ellos vio algo nuevo, no solo miedo no solo resistencia sino una confusión que reflejaba la suya propia. Ella tocó su mejilla con dedos temblorosos como si aún pudiera sentirlo allí y ese gesto tan pequeño lo golpeó más fuerte de lo que esperaba.

Sin emitir una palabra el emperador se giró hacia la puerta saliendo tan silenciosamente como había entrado. Pero mientras cruzaba el corredor oscuro su mente era un torbellino. No estaba en las legiones ni en los mapas ni en el imperio. 

Estaba en esa mejilla en ese roce que no fue un beso pero que quemó como tal, en esos ojos grises que lo desafiaban incluso en el silencio. Caracalla no iba a dejar que Geta ganara tan fácil. Si Diana era un arma, él la afilaría a su manera. Pero ahora por primera vez se preguntaba si esa arma podría cortarlo a él también.


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