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Ojos Dorados

Capitulo 6

Capitulo 6

Nov 28, 2025

Tres días habían pasado desde aquella noche.

desde que los labios de Caracalla rozaron su mejilla dejando un eco pesado que aún quemaba en la piel de Diana.

Tres días de poco sueño de hambre que le retorcía las entrañas de recuerdos del calabozo que se mezclaban con el perfume de jazmín y la suavidad de la seda. El palacio era un mundo nuevo deslumbrante pero cruel y en él Diana se sentía como un pájaro en una jaula dorada.

Desde que salió de la celda, una esclava joven de ojos oscuros y movimientos rápidos la había acompañado. Rebecca, la llamaban.

Al principio Diana apenas notó su presencia demasiado atrapada en su propia confusión. Pero Rebecca estaba siempre ahí trayendo agua ajustando las sedas que Geta ordenaba que vistiera sus manos suaves pero calladas como si temiera hablar más de lo necesario. Con los días Diana comenzó a buscar su rostro a encontrar consuelo en su silencio aunque nunca se permitió confiar del todo.

Ahora bajo la luz del mediodía que se filtraba por las altas ventanas del comedor, Diana estaba sentada frente a una mesa repleta de uvas, higos, pan recién horneado y vino especiado que hacía que su estómago rugiera. Geta estaba reclinado frente a ella su manto cayendo en pliegues impecables una sonrisa suave en los labios que no llegaba a sus ojos.

Era diferente, casi cálido sus gestos lentos como si quisiera envolverla en una red invisible. Pero Diana sabía que los emperadores no cambiaban. No así. No por una esclava como ella. Y sin embargo el hambre la traicionaba haciendo que sus dedos temblaran al alcanzar un higo su dulzura explotando en su lengua como un lujo que no podía rechazar.

—¿Te gusta? —preguntó Geta su voz baja casi melódica mientras tomaba un sorbo de vino sus ojos fijos en ella como si pudiera leer cada uno de sus pensamientos— Roma tiene los mejores frutos los traen de tierras que nunca has visto.

Diana tragó el higo su garganta seca a pesar del jugo. quería resistir quería aferrarse a esa chispa que la mantenía viva pero el hambre era un enemigo cruel.

—Es demasiado —dijo su voz apenas un susurro temiendo darle más poder del que ya tenía.

Geta rió, un sonido suave que resonó como un lazo apretándose.

—Demasiado, dices pero mira cómo brilla en tus labios. —Se inclinó hacia adelante su mirada recorriéndola como si fuera una obra de arte

— Cuéntame, Diana, ¿qué comías en tu tierra?

Ella dudó el recuerdo de hogueras y risas con su familia quemándole el pecho. No quería darle eso no quería dejarlo entrar pero el hambre la hacía débil y su voz salió antes de que pudiera detenerla.

—pan, carne seca, bayas si había suerte. —Sus ojos se alzaron hacia los de él desafiantes a pesar de todo—Era simple pero era nuestro.

—Nuestro —repitió Geta, como si probara la palabra su sonrisa ensanchándose— Qué dulce suena eso pero aquí no necesitas conformarte con tan poco —Hizo un gesto hacia la mesa las copas de plata brillando bajo la luz— Esto es solo el comienzo, un pequeño bocado a todo lo que puedes desear

El corazón de Diana dio un vuelco. Sus palabras eran un anzuelo y ella lo sabía pero el aroma del pan el peso de la seda en su piel todo conspiraba para quebrarla.

—No quiero esto —mintió su voz quebrándose sus dedos apretando la uva hasta que el jugo manchó su mano

Geta alzó una ceja inclinándose más tan cerca que ella pudo oler las especias en su aliento.

—¿No? —dijo su tono burlón pero suave como si estuviera desarmando sus defensas una por una—. Entonces, ¿qué quieres bárbara? ¿Volver a tus bosques quemados? —Hizo una pausa sus ojos brillando con algo que no era del todo crueldad

Diana sintió un nudo en la garganta sus ojos se detuvieran en el pan, en el vino, en la promesa de no volver a sentir ese vacío en el estómago.

—Quiero —empezó, pero se detuvo, sus ojos encontrando los de él grises contra dorados—. Quiero un lugar donde no tenga que temer.

Geta sonrió, una sonrisa que era tanto promesa como amenaza.

—Eso es fácil —dijo, su mano rozando la mesa, tan cerca de la de ella

— Quédate a mi lado y Roma será tu escudo. Yo seré tu escudo

Ella no respondió su mirada fija en el pan desmenuzado, su mente un torbellino. El hambre la estaba venciendo y las palabras de Geta se clavaban en ella como dagas dulces. 

No quería ceder no quería ser suya pero cada bocado cada sorbo de vino la acercaba más a su red. El comedor estaba en silencio ahora solo roto por el leve crepitar de las antorchas en las paredes y Geta la observaba como si supiera que estaba ganando.

Cuando el almuerzo terminó, Geta se levantó, su manto rozando el mármol, y dio una orden a Rebecca, que esperaba en las sombras.

—Llévenla a las termas —dijo su voz firme pero suave— Que la bañen, que la perfumen con aceites de rosas. Y lleven más ropa a sus aposentos,que no le falte nada.

Diana se puso de pie sus piernas temblando ligeramente y siguió a Rebecca por los corredores del palacio. La esclava caminaba con pasos rápidos sus ojos oscuros fijos en el suelo como si temiera mirar a Diana.

Había algo en su silencio que la ponía nerviosa algo que la hacía pensar en Caracalla, en su ausencia en el almuerzo no pudo contenerse.

—Rebecca —dijo su voz baja casi casual aunque su pulso se aceleró— ¿Por qué no estaba Caracalla en el almuerzo? ¿No come con su hermano?

Rebecca se tensó sus pasos vacilando por un instante sus ojos se abrieron un destello de pánico cruzándolos y sus manos se apretaron contra su túnica.

—El señor está enfermo —soltó, su voz temblorosa, como si hubiera revelado un secreto prohibido— Está en sus aposentos, descansando.

Diana frunció el ceño notando cómo Rebecca evitó su mirada cómo sus dedos temblaban ligeramente. No se lo creía.

Había algo más algo que Rebecca no quería decir.

Llegaron a las termas el aire cálido y húmedo envolviéndola mientras las esclavas la guiaban a una piscina de mármol mientras se sumergía en el agua tibia los aceites de rosas llenando sus sentidos los susurros de las otras esclavas llegaron a sus oídos bajos pero cargados de miedo.

—El emperador no ha salido de sus aposentos en días —murmuró una mientras vertía agua sobre los hombros de Diana— Dicen que grita en la noche que rompe cosas como si los dioses lo maldijeran.

—Es su mente —susurró otra más baja casi inaudible— Paranoia, dicen cree que todos quieren matarlo. Su hermano, los senadores, hasta los esclavos la última vez, destrozó un espejo y juró que vio traidores en el reflejo.

Diana se quedó inmóvil el agua cayendo por su piel. Paranoia, gritos en la noche, espejos rotos.

La imagen de Caracalla con su sonrisa torcida y sus ojos verdes se mezcló con el recuerdo de su toque de su susurro contra su mejilla.

¿Un emperador loco? No podía ser.

Pero los rumores se clavaron en su mente como espinas que no podía arrancar. Había sentido algo en él aquella noche pero no relacionado a locura,no vio locura en sus ojos,no en aquellos ojos verdes que la atravesaron,ojos tan diferentes a los de Geta,ojos que por un momento parecieron un escape.

Cuando regresó a sus aposentos cerca de las dos de la tarde el sol bañaba el mármol con un resplandor dorado. Las esclavas habían dejado sedas nuevas, pulseras de oro y collares que brillaban como estrellas. Diana se sentó en el lecho sus dedos rozando una tela verde esmeralda.

Diana se quedó mirando la ventana, su mano aún rozando la tela, su corazón latiendo con un peso que no podía nombrar. Un suspiro resignado escapó de sus labios, largo y tembloroso como si estuviera dejando ir algo que aún no estaba lista para soltar.

«¿Qué me queda?» pensó sus ojos grises perdiéndose en el resplandor dorado del sol que se desvanecía sobre Roma.

Mi tierra está en cenizas, mi familia muerta, mi libertad, un sueño que se desvanece con cada bocado con cada seda que me envuelve.

Solo tengo esto Esto es todo lo que soy ahora,una esclava en un palacio de mármol

Se levantó del lecho sus dedos apretando la tela su tacto suave como un susurro contra su piel. su lecho estaba lleno de regalos de Geta que eran tanto promesas como cadenas. Diana cruzó la habitación hasta un espejo de bronce pulido su reflejo temblando bajo la luz de las lámparas de aceite.

Se quitó la stola azul que llevaba dejando que cayera al suelo y se envolvió en la tela verde. El color brillaba como un bosque lejano como los árboles de su tierra antes de que el fuego los devorara.

Se miró en el espejo su cabello oscuro cayendo en ondas sobre sus hombros su rostro más pálido de lo que recordaba.

«¿Quién eres ahora?» se preguntó,

sus dedos rozando el reflejo como si pudiera tocar a la mujer que solía ser pero esa mujer estaba desapareciendo

La noche cayó sobre el palacio el cielo tornándose de un azul profundo salpicado de estrellas encendió una vela su llama pequeña pero cálida proyectando sombras suaves sobre las paredes de mármol.

Se sentó cerca de la ventana la tela verde envolviéndola su mente atrapada en los susurros de las termas en los rumores de Caracalla y su paranoia. Grita en la noche habían dicho. Rompe cosas. Cree que todos quieren matarlo ¿Será cierto?

Un movimiento en la ventana la sacó de sus pensamientos un par de ojos pequeños y brillantes la miraban era un mono pequeño con pelaje grisáceo y una cola que se enroscaba como una cuerda.

Sus movimientos eran rápidos curiosos y por un instante, Diana olvidó el peso de Roma. Sonrió una sonrisa débil pero genuina la primera en días.

—Hola, pequeño —susurró, inclinándose hacia la ventana, su voz suave para no asustarlo

El mono ladeó la cabeza soltando un chillido bajo casi juguetón. Diana extendió una mano lentamente y el animal la olfateó antes de acercarse más, no sabía que era de Caracalla que el emperador en sus momentos de calma dejaba que esta criatura vagara por el palacio un capricho que pocos entendían.

Para Diana era solo un destello de vida en un mundo de mármol y mentiras.

—Eres valiente, ¿verdad? —dijo, su voz más cálida ahora mientras el mono tomaba una uva que ella le ofreció desde un cuenco cercano

El animal masticó la uva sus ojos fijos en ella y por un momento sintió una conexión extraña como si este pequeño ser entendiera su soledad e inclinó más cerca, dejando que el mono rozara sus dedos con su pata diminuta era un gesto simple pero le recordó las noches en su aldea cuando los animales del bosque se acercaban a las hogueras atraídos por el calor.

«Si tan solo pudiera ser como tú» pensó, libre para correr para desaparecer en la noche.

La vela parpadeó y el mono soltó otro chillido antes de saltar de la ventana perdiéndose en la oscuridad, se quedó mirando el lugar donde había estado, su sonrisa desvaneciéndose, el momento había sido breve pero le había dado algo que no esperaba

un instante de paz.

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