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Ojos Dorados

Capitulo 7

Capitulo 7

Nov 28, 2025

El amanecer en el palacio es frío pero la luz que filtra por las ventanas altas baña los pasillos de mármol con una claridad dorada. Diana se levanta se lava la cara con agua fría que no logra borrar la resignación de sus ojos.

Rebecca llega más temprano que de costumbre como si en el aire supiera lo que se viene, silenciosa y eficiente. La stola dorada que trae con ella brilla como un reproche y un recordatorio doloroso de que ya no queda nada por que pelear o resistirse.

La stola era demasiado suave demasiado brillante. Diana se dejó vestir por Rebecca cuyos dedos ágiles ajustaron los pliegues del tejido dorado como si estuvieran cerrando la tapa de un sarcófago. El silencio entre ellas era pesado, roto solo por el roce de la tela y la respiración contenida de Diana.

—Es mejor así —susurró Rebecca casi sin aliento mientras terminaba de anudar un broche en el hombro de Diana.

Diana no respondió solo una sonrisa tensa un leve estiramiento de los labios que no llegó a sus ojos.

Caminaron por los pasillos la brisa mañanera acariciaba las columnas trayendo consigo el olor a pan recién horneado y a tierra húmeda de los jardines, el canto suave de los pájaros

Pero Diana no lo notaba solo sentía el peso de la seda sobre su piel como una armadura que no había elegido llevar.

En el comedor la mesa estaba rebosante uvas negras como ojos dormidos higos abiertos como heridas dulces panes dorados que aún humeaban, Rebecca se desvaneció en las sombras como siempre. Diana se sentó el hambre no era un animal desgarrador hoy era un vacío sordo un eco de algo que había muerto ayer junto con su resistencia.

Geta llegó con paso firme la armadura ceremonial reluciendo bajo la luz del amanecer sus guardias se desplegaron alrededor silenciosos como espectros, se sentó frente a ella, su sonrisa amplia y segura.

—Buenos días, Diana ¿dormiste bien? —preguntó su voz melosa como la miel envenenada.

Ella tragó saliva, los dedos apretando la stola bajo la mesa hasta que los nudillos le dolieron. Era su ancla, su último punto de resistencia antes de soltarse al abismo,porque gritar,llorar,maldecirlo,nada de eso servía,eso no le devolvería a su pueblo, a su familia,nada.

—¿Sigue en pie tu propuesta? —La pregunta salió de sus labios como un susurro quebrado pero claro, demasiado claro.

Geta se detuvo en seco, la copa de vino que sostenía quedó suspendida en el aire, una risa seca cargada de triunfo y deseo acumulado le brotó del pecho.

—Cada una de mis promesas sigue en pie —respondió su voz más ronca ahora áspera como la arena del Coliseo— ¿entonces?

Ella alzó la mirada los ojos grises antes llenos de fuego ahora solo reflejaban rendición. Una entrega total que hizo que el corazón de Geta latiera con fuerza brutal.

—¿Me prometes que contigo tendré libertad?

Geta se levantó de un movimiento fluido como un felino que por fin tiene a su presa justo donde la quiere, dio la vuelta a la mesa y se detuvo a su lado, tomó su mano fría, temblorosa y la ayudó a ponerse de pie, con dedos que sabían demasiado le apartó un mechón de cabello oscuro detrás de la oreja, ella no apartó la mirada.

—Te daré todo —dijo su voz ahora un susurro grave, íntimo que solo ella podía oír—Lujos, libertad, Roma entera si es necesario, mientras seas mía.

Y entonces como si las palabras hubieran abierto una compuerta que ya no podía contener Geta inclinó el rostro y hundió los labios en el cuello pálido de Diana. No fue un beso inocente, fue una marca, un acto de posesión que quemó más que el hierro al rojo vivo. Diana cerró los ojos sin resistir sintiendo cómo el aliento caliente de Geta recorría su piel cómo sus dientes presionaban levemente cómo sus manos apretaban su cintura para acercarla más.

Cuando Geta alzó la vista sus ojos dorados ardían como brasas.

—¡Rebecca! —llamó sin apartar la mirada de Diana— Que preparen los aposentos de concubina los del ala sur, que sean dignos de ella.

Antes de que Diana pudiera moverse Geta se inclinó de nuevo hacia su oído, su aliento caliente y cargado de vino y promesas le rozó la piel al susurrar

—Espérame esta noche.

En el pasillo, de regreso, Rebecca camina rápido casi arrastrando a Diana pero entonces un grito desgarrador corta el silencio desde el otro extremo del corredor.

¡¡SAL DE MI CABEZA!!

La voz era de Caracalla.

Rota, frenética, cargada de una angustia que heló la sangre de Diana, provenía de detrás de una puerta maciza de roble, protegidas por dos guardias que parecían estatuas de bronce tensos e inmóviles como si ni siquiera se atrevieran a respirar.

Rebecca se paralizó por un segundo el pánico pintándole el rostro.

—Rápido —murmuró agarrando del brazo a Diana con más fuerza— no mires, no es asunto nuestro.

Pero Diana se resistió, clavando los talones en el mármol.

—¿Por qué mientes? —insistió, su voz un susurro urgente—. Sé que no está enfermo las esclavas de las termas me dijeron que grita en las noches, que rompe cosas.

Rebecca tiró de su brazo con desesperación, arrastrándola por el pasillo.

—¡Basta! —le espetó deteniéndose de golpe—No insistas, ahora le perteneces a Geta ya causaste suficientes problemas.

Las palabras flotaron en el aire como un veneno. Diana se soltó bruscamente del agarre de Rebecca.

—¿Problemas? —repitió, frunciendo el ceño— ¿de qué hablas? he estado encerrada ¿cómo pude causar?

El rostro de Rebecca palideció sus labios temblaron, había dicho demasiado.

—El ala sur —murmuró, evitando su mirada—Es donde estaban las demás concubinas de Geta.

Diana no entendió ¿Celos? ¿Envidia?

—¿Y? ¿tendré que compartir aposentos? ¿ese es el estúpido problema?

Rebecca soltó un sollozo ahogado. Sus ojos se llenaron de lágrimas repentinas.

—¡Las mataron, joder! —explotó, su voz quebrada por la emoción— ¿Es tan complicado para ti entenderlo? desde que te sacaron del calabozo el señor ordenó eliminar a sus concubinas a cada una, las desechó como ratas.

El pasillo pareció inclinarse Diana sintió que el mármol se movía bajo sus pies.

—¿Qué? —logró articular pero la palabra sonó ajena, lejana.

Rebecca se cubrió la boca con las manos como si pudiera retener las palabras que ya habían escapado. Pero era demasiado tarde. La verdad, fría y afilada ya estaba entre ellas.

Diana sintió que el aire le quemaba los pulmones las palabras de Rebecca resonaban en su mente como un eco envenenado las mataron las desechó como ratas.

—Lo siento —logró decir, su voz apenas un hilo de sonido—. No sabía.

Rebecca negó con la cabeza limpiandose una lágrima furtiva con el dorso de la mano.

—Déjalo así ya está hecho solo —su voz se quebró—por favor si puedes evitar al otro, hazlo,evita más muerte.

Caminaron el resto del trayecto en un silencio pesado, roto solo por el leve crujir de la sandalia de Rebecca sobre el mármol. Los pasillos se volvieron más amplios los tapices más ricos el aire más cargado con el olor a azafrán.

Finalmente se detuvieron frente a unas puertas de cedro macizo talladas,Rebecca las abrió.

Los aposentos eran una declaración de poder.

La luz se filtraba por altos ventanales proyectando patrones de luz y sombra sobre el suelo de mosaicos. Oro bruñido en cada cornisa, en los apliques de las paredes que sostenían lámparas de aceite de alabastro.

Sedas color vino tinto y azul profundo cubrían los lechos y almohadones. El lujo era abrumador, opresivo. No era un hogar era una jaula dorada pagada con sangre.

Rebecca se quedó en el umbral observando cómo Diana absorbía la escena con una mezcla de asombro y horror.

—¿Puedo salir? —preguntó Diana de repente rompiendo el hechizo de opulencia— ¿Caminar?

—Le informaré a los guardias —respondió Rebecca su tono práctico aunque sus ojos aún estaban enrojecidos— Ya no eres una prisionera, eres concubina del señor, tendrás libertad para pasear por los jardines privados y las galerías sur pero —añadió y su voz se tornó urgente grave— evita el ala norte, evita los lugares donde él pueda estar por tu vida, Diana, evita a Caracalla.

Antes de que Diana pudiera responder Rebecca se dio la vuelta y se marchó cerrándole la puerta con un suave pero definitivo clic.

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