Kahos, moviéndose de forma frenética y descontrolada, se lanzó para atacar a Viktor. Kiku, al ver que estaba a punto de herirlo, corrió desesperada para detenerlo, pero no logró llegar a tiempo. Kahos ya estaba a un instante de atravesar el pecho de un Viktor exhausto y gravemente herido por el combate anterior.
Una sombra pasó velozmente frente a Kiku, llegando en un instante hasta donde estaba Viktor. En un parpadeo, la figura cambió de posición con él, poniéndose en su lugar y deteniendo con firmeza el puño de Kahos. Con un tirón brutal, arrancó de cuajo el brazo entero de su oponente.
Kahos gritó de dolor, retrocediendo, y rugió: —¿¡Quién demonios crees que eres!?
De pronto tragó saliva, quedándose paralizado al reconocerlo.
La sombra habló con un tono gélido: —Tanto tiempo sin verte, Kahos... Como dijiste antes, "maldita escoria", ¿no eran esas tus palabras cuando te reencontraras con tu viejo amigo?
Kahos comenzó a temblar de horror y murmuró, apenas audible: —P-perdón... Daiki...
Poco a poco, la sombra comenzó a desvanecerse, como humo disipándose en el aire, hasta revelar la figura que se ocultaba debajo. No era Daiki... era Kidai, pero su aspecto había cambiado de forma perturbadora.
Sus pantalones estaban hechos trizas, colgando en jirones. El torso, descubierto, mostraba detrás de su espada algo antinatural: una masa retorciéndose como tentáculos etéreos, moviéndose con vida propia y emanando una energía opresiva.
Sus ojos brillaban con un blanco puro e intenso, sin pupilas, como si miraran más allá de este mundo. Su expresión era juguetona, pero cargada de una seriedad inquietante.
La piel de Daiki, al entrar en el mundo de arriba, toma un tono negro gris , y su sombra proyectada siempre es más grande que su cuerpo real, distorsionada y amenazante. , pero el suelo bajo sus pies se oscurezca como si lo quemara desde otra dimensión.
Kahos, aún sangrando por la pérdida de su brazo, retrocedió un paso más, incapaz de apartar la vista.
Daiki sonrió apenas. Su voz, grave y con un eco que parecía surgir de algún abismo lejano, pronunció lentamente: —Kahos... Kahos... Kahos... Cuánto tiempo sin verte, viejo amigo. ¿Recuerdas cuando dijiste que mejorarías el sello? Uno que pudiera encerrarme por más tiempo... Jeje... Quiero verlo.
Esbozó una sonrisa burlona, y de sus ojos brotó una lágrima, no de tristeza, sino de una felicidad retorcida. Giró la cabeza apenas, observando a Kiku y a Viktor, que ahora estaban juntos. —Cuando acabe con Kahos... —dijo con voz fría— ustedes serán los siguientes.
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