Daiki abrió apenas un párpado y cerró la frase que antes había dejado a medias:
—...No sólo quiero ver cuánto tiempo duras. Quiero ver la capacidad de los Reyes Demoniacos... los que me quitaron todo lo que alguna vez tuve.
El silencio posterior fue denso, cargado de intenciones encontradas. No era sólo un combate físico: era un ajuste de cuentas, un choque de memorias y voluntades.
A apenas unas calles, donde el polvo aún flotaba por la explosión, el pánico se mezclaba con la huida. Gentes corrían enloquecidas, familias tirando de manos, gritos que se perdían con la distancia. Y entre ese caos, surgió una figura que rompía la lógica del desastre: un anciano. Caminaba sin prisa en dirección a la pelea, sosteniendo una bolsa de compras. Murmuraba para sí, contado los ingredientes con una calma absurda.
—Zanahoria... daikon... cebollín... calabaza... wakame... algas... el condimento —repitió, dejando escapar una pequeña baba que recordó su emoción por la cena, pero enseguida recompuso la compostura y alisó la solapa de su ropa con la mano libre.
Llevaba un bastón que le ayudaba a caminar, un traje blanco y una corbata roja en el cuello y una camiseta negra; parecía un hombre con todo el tiempo del mundo. Mientras avanzaba sin apresurarse, un pedazo enorme del pavimento, desgajado por la explosión, rodó en caída libre hacia un niño que huía con su familia. El niño, aterrorizado, cerró los ojos y aceptó su destino.
El anciano lo vio. Por un segundo el instinto del cocinero se mezcló con algo inesperado: una calma profunda y una certeza repentina. Sin ningún gesto teatral, sin dejar de sostener la bolsa, se desplazó con una velocidad imposible para su figura encorvada. Su ropa blanca ondeó apenas; sus movimientos, medidos y serenos, parecieron tener todo el espacio del mundo.
Se colocó frente al niño en un parpadeo. Alguien diría que fue la bendición de un milagro: el anciano alzó un solo dedo, señaló hacia la roca y, con una presión mínima, la roca se resquebrajó hasta convertirse en polvo que se esparció en el aire. Polvo y escombros cayeron mansamente al suelo; el niño abrió los ojos, temblando, y abrazó a su madre.
El anciano sin prisa recolocó el bastón, limpió con el dorso de la mano la baba que se le había escapado y sonrió con ternura. Continuó su camino hacia la tienda cercana como si nada extraordinario hubiese ocurrido, tarareando algo sobre el miso-shiru que iba a preparar. No percibió—o no le dio importancia—la naturaleza demoníaca del combate que se desarrollaba más adelante; su misión era clara y simple: conseguir los ingredientes para su sopa favorita.
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