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Daiki No Kakusei

Capitulo 08: El Ser Mas Fuerte Parte 1

Capitulo 08: El Ser Mas Fuerte Parte 1

Nov 28, 2025

capitulo 08:  El Ser Mas Fuerte Parte 1

Kiku alzó el rostro hacia el cielo, con la ropa hecha jirones y el cuerpo cubierto de heridas que contaban cada batalla anterior. El viento arrastraba el polvo del campo mientras él percibía la magnitud del combate que acababa de ocurrir.

No podía ver el cielo, pero lo imaginaba inmenso y brillante, igual que la primera vez que sintió la luz tras sobrevivir a una batalla.

Su mente regresó a aquella lucha contra Reik —un guerrero formidable, lleno de odio—. Recordó su impotencia al no poder asestarle un golpe que lo hiriera de verdad, solo resistir... resistir hasta que Kaen apareció.

Kiku apretó los puños con furia. —No quiero depender más de Kaen... —murmuró entre dientes—. Si seguimos abusando de su poder divino, podría acortar la vida de Viktor... o peor... podría matarlo.

El aire se tornó pesado. Kiku, con los ojos llenos de rabia, golpeó su propio rostro, intentando contener la frustración que lo consumía por dentro. Su corazón ardía de culpa al ver a Viktor malherido, tendido en el suelo. El cuerpo del joven temblaba levemente, su respiración era irregular... y de pronto escupió un chorro de sangre que tiñó la tierra bajo él.

Kiku se estremeció. —¡Viktor! —exclamó, dando un paso hacia él.

Entonces, para su sorpresa, Viktor movió un brazo débilmente, luchando contra la inconsciencia. Antes de lograr incorporarse, volvió a escupir sangre, pero esta vez alzó el puño cerrado y, con un esfuerzo casi sobrehumano, se limpió la boca con el dorso de la mano.

Kiku lo observó, con los ojos muy abiertos. No podía creer que Viktor aún mantuviera la conciencia después de tanto daño. El muchacho, tambaleante, intentó incorporarse como si nada hubiera pasado. Kiku sintió un nudo en la garganta al verlo sonreír débilmente.

Con voz suave y temblorosa, Viktor murmuró: —Hola... señor Ogawa... ¿qué pasó aq...quí...?

Antes de terminar la frase, su cuerpo perdió fuerza. Kiku se abalanzó para sostenerlo antes de que cayera. Lo recostó con cuidado sobre un pedazo de escombro, dejándolo en una posición semi erguida, mientras el silencio de la tarde cubría las ruinas del campo de batalla.

Kiku lo observó unos segundos más, y una leve sonrisa se dibujó en su rostro. Miró al cielo con los ojos cansados, pero llenos de orgullo. —Estos muchachos de hoy en día... —dijo en voz alta, dejando escapar una risa suave—. No saben lo que es rendirse. Esa misma determinación... me contagia para seguir adelante.

Cerró los ojos por un instante, dejando que el viento golpeara su rostro. —Cuando muera, y ya no exista en este mundo... no dejaré de tener esperanza —susurró con una sonrisa firme.

Luego soltó una carcajada ligera, se agachó y cargó a Viktor sobre su espalda. Con los dientes, sujetó una de sus espadas, mientras guardaba la otra en su vaina. Dio unos pasos hacia adelante, tambaleante pero decidido.

—Pero primero —dijo con una sonrisa, mirando al horizonte—, hay que refugiarse. La futura esperanza.

Y así, con el campo de batalla en ruinas detrás de ellos y la luz del atardecer bañando las cenizas, Kiku avanzó con paso firme hacia un lugar seguro, cargando sobre su espalda la esperanza de seguir viviendo.

Cuando Kiku llegó al lugar, todo estaba destruido; las ruinas humeaban, y en su mente no dejaba de resonar lo que había pasado con Viktor... y con Kaen. Un escalofrío le recorrió la espalda: Kaen había aniquilado a un demonio de gran poder en un instante. Lo peor era pensar que a Kaen no le importaba a quién debía matar; cualquier ser que se acercara al combate —enemigo o aliado— podía convertirse en víctima. Esa idea le heló la sangre.

Mientras Kiku meditaba sobre la escena, desde entre los escombros llegó una voz infantil, confusa y lloriqueante. —Mi papi siempre me lleva a su trabajo... —murmuraba la voz—. Mi papi siempre me lleva al trabajo... —y rompió a sollozar.

Kiku, alertado por el sonido de una vida que aún lloraba, se acercó con cautela y encontró a una niña con apenas unos rasguños. Estaba sentada entre piedras, los ojos enrojecidos por el llanto. Al ver a Kiku, que cargaba a Viktor en la espalda, la niña, alterada y asustada, gritó: —¡Es un pervertido!

Desesperada, registró con manos temblorosas a su alrededor, tomó una piedra del suelo y, sin pensarlo, la lanzó con fuerza. La piedra golpeó la cabeza de Kiku, y la niña salió corriendo a toda prisa.

Kiku se quedó paralizado dos segundos, intentando entender lo que acababa de pasar. La incredulidad se transformó en enojo; no comprendía por qué la pequeña lo había atacado. Sin pensarlo mucho, salió a perseguirla, gritando entre la ira y la confusión: —¡Oye, pervertida! ¿Qué te pasa? ¡Ven aquí, que te voy a dar tus pataditas!

Mientras corría tras ella, parte de su rabia se mezclaba con un sentimiento más suave: sabía que, en situaciones así, el pánico nublaba el juicio y que la niña solo había reaccionado por miedo. Aun así, su primera reacción fue proteger a Viktor... y aclarar el malentendido cuanto antes.

Kiku levantó el brazo mientras corría velozmente hacia la niña. En un movimiento rápido, bajó el brazo y le dio un suave golpe en la cabeza, todo mientras sostenía a Viktor con una sola mano.

Con el puño cerrado, lo apoyó sobre su pecho, lo movió arriba y abajo, luego lo acercó a su boca y sopló con aire solemne. —Cuida tus palabras, niña —dijo con tono serio—. "Pervertida" no es algo que se diga a tu edad.

La niña, sobándose el chichón que le había dejado Kiku, lo miró con enojo. —¡Maldito pervertido, me dolió! ¿Por qué me golpeas? ¡Se lo voy a decir a mi pa...! —se detuvo de pronto. Su voz se quebró. Recordó lo que había pasado con su padre y las lágrimas comenzaron a correrle por las mejillas, suaves, involuntarias.

Kiku la observó en silencio, confundido. Pero antes de decir algo, la niña lo golpeó débilmente en el estómago, con un puñito que más parecía un toque delicado que un golpe real. —¡Eso fue por pegarme, pervertido! —gritó entre sollozos.

Kiku se inclinó hacia adelante, fingiendo dolor. —¿Qué estás intentando hac...—? No alcanzó a terminar: perdió el equilibrio y cayó al suelo, enredándose con Viktor, que aún cargaba.

El impacto levantó una nube de polvo. Por un instante todo quedó en silencio... hasta que Kiku rompió a reír. —Jajaja... ¡qué escenario tan peculiar para esto! —exclamó, entre risas.

Se incorporó rápidamente, quedando semi sentado en el suelo, con una sonrisa cansada. —Oye, pervertida —dijo con tono más calmado—, ¿qué haces aquí? Este es un lugar muy peligroso para una niña de tu edad.

La pequeña guardó silencio por unos segundos. Kiku, al verla tan callada, decidió romper el hielo con una broma: —No me digas que eres muda temporal —dijo con fingido dramatismo—. Sería un problema, ¿eh, pervertida?

—¡No soy muda! —gritó la niña, roja de furia.

—¿Ah, no? —respondió Kiku con una sonrisa burlona—. Entonces, ¿por qué te quedaste callada tanto rato? ¿Acaso te hice una pregunta demasiado difícil para tu edad?

—¡Tengo nueve años! —replicó ella indignada—. ¡Y no insultes mi inteligencia, viejo pervertido!

Kiku abrió los ojos, fingiendo sorpresa. —¿Nueve? Vaya, pensé que eras mayor... te ves como una viejita para tu edad.

—¿Viejita? ¡Tú sí que eres un viejo pervertido! —replicó la niña, cruzándose de brazos.

Ambos se quedaron mirándose unos segundos... hasta que no pudieron contener la risa. El eco de sus carcajadas rompió el silencio del lugar devastado, trayendo un pequeño respiro entre tanta ruina y dolor.

Una explosión enorme retumbó frente a ellos; el estruendo levantó polvo y arrancó fragmentos de suelo como astillas. Kiku se puso inmediatamente delante de la niña, protegiéndola con su cuerpo; detrás, Viktor quedó en el suelo por la caída de segundos atrás, aturdido y medio inconsciente.

Kiku, respirando con dificultad y la voz entrecortada por la rabia, dijo con un gruñido: —¿Y ahora qué...?

Del humo y los escombros emergió una figura tras otra: Daiki y Kahos aparecieron en medio de la nube negra. Kahos, con esa sonrisa sádica, miró a Daiki como si quisiera divertirse.

Daiki, entre pensamientos atropellados, comprendía por fin una cosa: no había conseguido adaptar el cuerpo a la velocidad del combate. — Este Error fue mío... —pensó, mientras trataba de recomponerse.

Kahos no esperó. Aprovechó un descuido, lanzó un golpe directo al rostro de Daiki; éste no lo esquivó. Con la rapidez de un destello, transformó su otro brazo en una guadaña y cortó la extremidad de Daiki. El brazo voló. Daiki quedó atónito: era la primera vez que le arrancaban algo así.

Kahos, eufórico, agarró la cabeza de Daiki con una velocidad abrumadora y lo estrelló contra el suelo. Se rio con sorna: —Ja... ¿eso es todo, ex rey? Decepcionante. 

Con un movimiento cruel, transformó su propio brazo en una hoja afilada, negra como la noche, y lo alzó con intención sádica.

—Te lo clavaré despacio —susurró—, para verte sufrir poco a poco. Para que este momento nunca termine.

La voz la detuvo a todos. Kiku, Daiki y Kahos quedaron en silencio, sorprendidos. La niña, con la voz quebrada, les reclamó sin medir consecuencias. Kahos, con una mezcla de alegría sádica y expectación, se relamió: por fin más entretenimiento.

Kahos se lanzó hacia ellos con rapidez para rematar. Kiku se adelantó, colocándose en guardia entre la niña y Kiku  sabía que era una pelea que quizá no podría ganar, pero no dudó.

Daiki quiso moverse, pero su cuerpo aún no respondía del todo; la sobreexposición de energía lo había dejado débil. Con un hilo de voz murmuró: —Perdón... niña... no podré devolvértelo ahora...

El cuerpo de Kidai (con Daiki dentro) intentó recomponerse; heridas profundas se marcaban por todos lados. Kahos, ya a punto de alcanzarlos, levantó los brazos y bufó:

—Primero me comeré tu cerebro mientras aún sigues con vida —dijo con voz gélida—. Luego te haré sufrir lentamente mientras observo cómo se desmoronan tus gritos... y cómo la niña llora al verte morir

—su sonrisa se ensanchó.

En un acto impulsivo, la niña cogió la espada que Kiku no estaba usando y salió corriendo hacia Kahos. Sus movimientos eran torpes, pero su determinación ardía.

—¡Este corte es por mi padre! —gritó, adoptando una pose con la espada como si fuera suya desde siempre.

Kahos sonrió con desprecio.Alzó ambos brazos: de sus manos brotaron unas uñas largas y afiladas, tan finas y resistentes como hojas de katana: —¿Crees que tu juguete me hará daño? Morirás, niña.

Bajó la espada con una velocidad letal. Todo pareció detenerse... hasta que una voz tronó a su lado, y un rayo de energía monumental surcó el aire: "¡Corte Universal!"

La onda de la técnica atravesó el suelo y los edificios cercanos como si nada: la estela cortó incluso a Kahos por la mitad. La mitad de su cuerpo cayó en silencio entre polvo y sangre.

Kiku se quedó paralizado, los ojos húmedos; lágrimas comenzaron a asomar en su rostro ciego. Entre sollozos, apenas pudo decir: —Señor... señor...

Entonces se oyó una voz suave, divertida y totalmente fuera de lugar en medio del carnicerío:

—Bien, bien... ¿quién está haciendo tanto espectáculo? —dijo la voz con un tono apacible—. ¡No me dejaron preparar y comer mi miso-shiru en paz!

El aire pareció tensarse un segundo entre incredulidad y alivio: alguien había salvado la situación... y además tenía el curioso problema de que le habían interrumpido su sopa.

Kiku sonrió apenas, aún con lágrimas en el rostro, reconociendo esa voz inconfundible que tantas veces había escuchado en su pasado.

Alzó el rostro hacia el cielo, respiró hondo y murmuró con alivio y reverencia:

—Señor Itsurō Kuro...

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