—Mia... Mia... ya es hora de salir.
Su voz me alcanzó como un susurro lejano, filtrándose a través de un sueño pesado y sin imágenes.
—Despierta.
Sentí la calidez de su aliento antes de abrir los ojos poco a poco, todavía desorientada. El cansancio acumulado y la noche en vela me habían pasado factura justo antes de la presentación. El perfume intenso del café recién hecho inundó mis sentidos. Escuché una risa cuando notó que yo estaba lela, con los ojos abiertos aunque mi mente seguía dormida.
—No me di cuenta de que te habías quedado dormida —me dijo ella.
Me ayudó a sostener el vaso, repleto de un espresso tan fuerte que seguramente no dormiría por varios días más después de tomarlo. Sus dedos rozaron los míos cuando lo sostuve, y lo apretó con delicadeza.
—Si lo sueltas, te vas a quemar —rió—. Prepárate, ¿sí? Voy a dejarte para que te alistes.
Lo dijo con suavidad antes de desaparecer, cerrando la puerta con tanto cuidado que ni siquiera alcancé a escuchar el golpe del cerrojo.
Caí en la realidad de golpe; o quizás era esa clase de realidad extraña que, de tan nítida, terminaba pareciendo un sueño. Me terminé de incorporar en el sofá, sintiendo el peso de mis párpados mientras recorría con la mirada el camerino. Todo a mi alrededor brillaba con una intensidad artificial: las hileras de bombillas blancas rodeando los espejos, las paletas de maquillaje abiertas y los estuches vacíos de nuestros instrumentos de cuerda descansando en las esquinas. Era un orden irreal dentro del desorden.
Había pasado poco más de un año desde mi llegada a EOS, aunque se sentía como una vida entera comprimida en unos pocos meses. Me puse en pie con lentitud, sintiendo cómo la tela del vestido se ajustaba a mi cuerpo, y me aferré a esa imagen de seguridad que tanto me había costado construir. Alcancé mi guitarra y, al rodear el mástil con la mano, el tacto de la madera me devolvió el equilibrio.
«Nunca pensé que acabaría aquí», me dije en un eco mental.
Me detuve frente a la puerta del camerino, con la mano suspendida sobre la perilla metálica. Por un segundo, la nostalgia me arrastró hacia atrás. Recordé el día en que comenzó todo; era uno de esos en los que la cama es el único refugio contra la sensación de ser insuficiente, un día gris en el que salir al mundo se siente como una batalla perdida de antemano. Llevaba muchas semanas sumida en lo mismo, pero ese día me resistí a toda esa porquería e intenté seguir adelante cuando todo dolía. Entendí en ese preciso instante que mi dolor, y la decisión de no dejarme vencer por él, era lo que me había traído hasta el umbral de esta puerta.
Giré el pomo. Del otro lado, el silencio del camerino fue devorado por un estruendo ensordecedor.
—¡EOS! ¡EOS! ¡EOS! —retumbaba por el sitio; ya era nuestro turno.
Una multitud eufórica gritaba nuestros nombres. Sentí un escalofrío. Había llegado el momento al que tanto le temí, y estaba frente a las cuatro mujeres que me esperaban para ir conmigo al escenario, dejando en mis manos el destino por el que habían trabajado todas sus vidas.

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